La Isla

José Gabriel Barrenechea

Cuentan que hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, los habitantes de cierta isla se entusiasmaron con los discursos de cierto compatriota y, sin pensárselo no ya dos, sino ni tan siquiera una vez, la desprendieron del lecho marino al que había estado anclada por varios millones de años.

Y en verdad que el tal compatriota resultaba convincente, con su oratoria no muy correcta, pero sí llena de promesas y exaltaciones al ego de los isleños.

-…Más allá de los siete mares se encuentra la Nueva Atlántida, en donde todo es más luminoso. Una isla alcanzable para un pueblo heroico, como el nuestro.

Lo de la Nueva Atlántida lo había leído en un manuscrito perdido, y lo más importante, él sabía cómo llegar hasta allí.

Luego de lanzar a los escépticos y a los melancólicos por las costas, convertidas ahora en bordas, los habitantes de la isla se dieron a remar bajo su voz de mando. Como remos utilizaron a sus erguidas palmas reales, que derribaron en un par de jornadas voluntarias. El esfuerzo y el sacrificio lo valían. Al final, cuando emparejaran una isla con la otra, todo sería abundante y luminoso.

Por años los marinos reportaron en sus bitácoras sus encuentros con la isla viajera. Podía encontrársela en cualquiera de los siete mares, siempre con su capitán enfrascado en alguno de sus interminables discursos. Después, a partir de cierta fecha no muy clara, desaparece de los registros. Se siguieron avistando barcos fantasmas, sirenas y serpientes marinas, pero a ella, nunca más se le volvió a ver.

Sobre su destino final circulan múltiples versiones. Según algunos sus habitantes encontraron a la Nueva Atlántida, y desde entonces viven en un eterno y luminoso porvenir. Otros, sin embargo, sostienen que simplemente se fue a pique. Llegan incluso a señalar el lugar del hundimiento, aunque ni en esto hay consenso. Solo en el artículo que le dedica la última edición de la enciclopedia galáctica, se refieren docena y media de posibles lugares del desastre.

Advertisements

Una necesaria aclaración.

José Gabriel Barrenechea.

Me disculpo con antelación de mis lectores, pero en los próximos días no voy a poder sentarme a escribir ni una línea. Voy a irme de francachela con los 500 dólares que les afané a la gente de la NSA, y a los miamenses que cooperan con las campañas revisteras subversivas. Ya saben: mujeres, alcohol, juego, prendas, una dentadura de oro… después que cuelgue esto.

He estado reflexionando que hacer con ese dinerito, y bueno, a la verdad, sería malgastarlo comprándome otro par de zapatos además del único que tengo; mucha más ropa que mis 4 pantalones de los adquiridos en las “tiendas de yuma muerto”; una nueva viga central para que la casa de mis padres no nos caiga arriba; quizás una altísima valla en el patio para que no se nos cuele en el comedor y las habitaciones la peste de las cochiqueras de nuestros vecinos; o una buena inversión para que el viejo no tenga que seguir tostando café a sus ochenta y tres, después de haberse sacrificado por esta “Revolución” muchísimo más que lo que ha hecho cierta señora de cierto blog, muy dado a la infamia, que por lo que leo hasta amigos tiene de los que desde Miami cooperan con dinero para la “subversión revistera”. Mi padre, a diferencia de la, ¿compañera?, es consecuente con lo que cree, y por eso nunca tendría amigos semejantes. Por esa consecuencia lo admiro.

Claro, la referida señora no es más que un peón en este juego. Quienes importan son quienes mueven su mano, y que al parecer han decidido aprovechar mi silencio, por respeto de otros, para manchar mi reputación. Como a los otros no les ha importado saber qué pasó, pues no tengo razón para mantener mis escrúpulos. Por lo tanto, voy a explicar porque salí de Cuadernos de Pensamiento Plural…

Un imprescindible aparte antes de comenzar: Para cualquiera que lea Plural es evidente que esa publicación éramos Yo, y en menor medida, aunque significativa, Félix Castilla, que no solo le ha dado su particular visualidad, su corporeidad más bien, sino también una considerable parte de sus textos. Su editor, sin embargo, he sido yo. Muchas de sus páginas están ocupadas por trabajos míos (según los segurosos yo cree Plural porque no tenía donde meter lo que escribía), y las restantes han sido llenadas gracias a mis búsquedas bibliográficas o a mis particulares relaciones personales dentro de la república de las letras santaclareñas. Relaciones que venían desde el tiempo en que trabaje en el ICL, y que organicé, por ejemplo, el entramado literario de la Feria del Libro 2010 en Santa Clara. Relaciones que se mantenían, y mantienen, a pesar de mi postura abiertamente opositora, y que rendían frutos para la revista, porque en ese medio se sabía que Barrenechea ni se aprovecharía de ellos, ni manipularía sus opiniones, y mucho sus actitudes para darme celebridad de “pervertidor de intelectuales”. A su modo de ver trataban con un juicioso editor de una publicación que bajo mi control mantendría la seriedad. Confianza que llegó al punto de que un autor tan sinceramente revolucionario como Idiel García, presidente de la AHS en Villa Clara, llegóa entregarme un trabajo para la revista que sin embargo no pudo ser publicado por las habituales limitaciones de todo tipo de algunos “hermanos de lucha”.

Pero entremos en materia.

A fines de abril presentamos el poemario de Rafael Vilches publicado por Neopress. Desde un inicio me opuse a presentarlo en un espacio público, ya que esto significaría una provocación al régimen, que traería como consecuencia la desarticulación del grupo ya existente, y alejaría a otros que ya se acercaban. Mas predominó el deseo de figurar más que el de trabajar con calma, y debí ceder: Los recursos no los gestionaba yo.

Cuando se hizo en los altos de la librería Pepe Medina, de verdad creí que se había alcanzado un arreglo sin mi conocimiento; que para evitar problemas mayores el régimen había aceptado esta variante que le habrían propuesto otros. Me pareció incluso que aquello era un intento de resemantizar aquella presentación. Yo, de hecho, no estoy cerrado a esos acercamientos, por tanto no los juzgo más que por su utilidad momentánea, y por sobre todo al largo plazo (lograr que el régimen ceda aunque sea un milímetro es ya un logro).

Varios días después se me advirtió por varios de los escritores implicados, que estaban citados esa tarde para Cultura Provincial, con el partido y la policía política, “para nada bueno”. Y nada bueno debía de ser cuando al que debía dejarle varios trabajos para la revista se negó a aceptarlos: “porque ahora no puedo tener eso en la computadora, seguro ahorita me meten un registro”. También llegó a mi conocimiento (por otra vía), que el día anterior se había decidido separar de su puesto de trabajo a la directora de la Librería, que había accedido a la presentación sin que nadie le dijera en qué consistía (comoen verdad nadie le informó en qué consistía aquello).

Ante la situación asumí la misma posición que ahora adoptaría sin dudar: Canjear mi completa salida de Cuadernos por la permanencia en sus puestos de todos los implicados que evidentemente no se habían prestado para una posible “jugada”.

Pacto que al fin se logró.

Se preguntarán entonces algunos: ¿Por qué si todo salió tan a pedir de boca yo publiqué mi “Carta Abierta” del 2 de mayo, en la mañana? ¿Por qué arriesgar lo que tan bien había salido?

De hecho yo no tuve la respuesta afirmativa a mi propuesta hasta esa tarde, que cierto personaje se comunicó conmigo para comentarme además, que “la carta está en candela” (en Cuba todo parece arder en estos días).

Pero sobre todo porque simplemente no fue tan fácil. Como otros, poco después vi, el régimen pensó que mi actitud se debía a mi intención de evitarme problemas a mí mismo, y en consecuencia se le ordenó a la policía política me retuviera en Encrucijada. Así, en la nada pequeña estación de dicha policía en Encrucijada se me presionó por horas (“porque esto ahora viene en candela”), con amenazas de actos de repudio a la casa de mi padre, adonde ahora vivo circunstancialmente, para que firmara un ridículo y cursi documento en que me declaraba un Raúl Capo… disculpen, un agente fiel, valiente y decidido.

Fue por eso por lo que escribí mi “Carta Abierta”. Si el régimen no la hubiera “cagado” intentando, como siempre, con sus recursos y partes matoniles, ni tan siquiera hubiera subido un posts 2 horas después, ni hubiera publicado 16 en mayo. Como también si no la hubiera “cagado” ahora con el dichoso chisme que publicó la señora de marras, esto tampoco se publicaría.

En resumen: Sí pacté. Lo hice no por mí, con quien es casi seguro no se habrían metido, mientras que si me hubiera dedicado a publicitar a los cuatro vientos la represión que había desatado con mi hábil manipulación de los “intelectuales”, habría ganado, por el contrario, mucha celebridad. Para ello debería haberme desinteresado de que botaran de sus puestos de trabajo a muchos, y no solo del grupo de presentadores enterados. Claro, si Plural hubiera tenido a su disposición el dineral que se me acusa haber robado, no habría habido problemas, con ello pagaría de inmediato el sueldo oficial anual de 4 de ellos.

Como se ve no hay nada oscuro en mi salida de Cuadernos de Pensamiento Plural.

Pero es más: Si la señora aludida quiere entrevistar a este bloguero para desenmascarar su escasa naturaleza “independiente”, no habrá problemas. Claro, si publica absolutamente todo lo que yo responda, y no lo que ella crea que no le va a traer problemas.

¿Se anima? Vamos, mujer, a ver si le quita ese tufo chancletero a su blog… Y no tiene que estar prestándose a rumores. ¿A usted pensado si todo no fue más que una celada del enemigo-amigo miamense?

Ah. Y salúdeme a Chang…

TUBULAR BELLS.

José Gabriel Barrenechea.

Se sentaban sobre una semiderruida cerca de piedras. Abajo, a un costado, les quedaban el pueblo y sus luces; arriba, el cielo repleto de estrellas.

-¿… y muy lejos?- preguntó el niño.

-Muchísimo. ¿Ves esa de allá, la azulosa? Si se apagara ahora mismo, nosotros no nos enteraríamos hasta dentro de 200 años– le respondió su padre.

Bajó la mirada desde el cielo hasta sus pies, que colgaban a poco más de un metro del suelo. Le costaba imaginar que algo se apagara y él no lo advirtiera de inmediato.

– Pero así y todo lo lejos que están, algún día se llegará hasta ellas– continuó su padre. –Tú lo verás, cuando seas viejo, pero lo verás.

-¿En un cohete?

-Sí, pero en uno más potente que los de ahora. Para entonces ya estaremos en el comunismo y no habrá más países: ni Cuba, ni los Estados Unidos…

-¿Tampoco va a haber Estados Unidos?

-Allí también habrá triunfado la Revolución.

Permanecieron un par de minutos en silencio, el padre con la mirada en el firmamento; el niño de nuevo en sus zapatos.

Como un destello, toda una larga serie de recuerdos se unieron en su mente en una certeza que le armó un nudo en la garganta: El tiempo cumplía una función más que la de amparar sus, en apariencias, interminable tardes de juegos sobre las baldosas del patio. El tiempo también marcaba los límites, incluso los de él mismo.

-Papi, ¿yo me voy a morir?

Se volvió. Los ojos de su hijo titilaban a escasos centímetros de los suyos.

-Todos moriremos algún día. – le dijo al oído, mientras lo apretaba contra su pecho – Pero a ti te falta mucho, mucho tiempo. Tanto que en un futuro esta noche te llegará a parecer muy vieja, como si la hubieras vivido en otro tiempo. Un tiempo de leyendas.

De lo lejos, quizás desde el centro de la isla, el terral se traía a ratos el lejano bramido de un ingenio.

Se mantuvieron abrazados un minuto, tal vez dos. Al cabo, el niño olvidó. Pero solo por el momento.A fin de cuentas los abismos, cuando nos sorprenden, es para convertirse en parte inalienable de nosotros mismos.

-¡Cuando sea grande voy a ser cosmonauta!- gritó, como si hubiese encontrado la muy buscada respuesta a cierta pregunta anterior.

– Pero para hacerte cosmonauta no puedes seguir tan mono, tienes que comértelo todo para que te pongas fuerte, porque si no, no vas a pasar ni las primeras pruebas.

-¿Cuáles pruebas?

-Nadar, correr, levantar pesas, girar en ruedas sin marearte…

-¿Dar vueltas igual que los pilotos?

-¡Claro!, porque para hacerse cosmonauta primero hay que graduarse de piloto.

-¡Pues yo voy a estudiar para manejar un MIG-15!

Regresaron al pueblo tomados de la mano. Desde las casas que flanqueaban la calle les llegaron las notas futuristas de Tubular Bells, que alguien, allá en La Habana, había escogido como tema musical de un programa de televisión. Al padre las notas le provocaron otra efusión de divagaciones optimistas.

-Cuando se llegue al comunismo y la ciencia se ponga al alcance de todos los hombres, de seguro se le descubrirá una cura a la muerte. Quizá no sea en los próximos años, pero como tú vas a hacerte cosmonauta y viajarás a la velocidad de la luz…

-Pero, papi, si no me voy a morir nunca, ¿entonces voy a poder ir a todas las estrellas que se ven allá arriba?

Habían llegado. El hombre abrió la portada del jardín y el niño corrió hacia su madre, que llevaba ya un rato esperándolos en el portal.

-¡Mami, mami, voy a ser cosmonauta, como Yuri Gagarin!

No se detuvo mucho. Siguió hacia el interior de la casa para informar a su abuelo de su trascendental elección.

-¿Cómo la pasaron?- preguntó ella, en cuanto él llegó a su lado después de atravesar los rosales y limoneros del jardín.

“Bien”, le respondió él, con un gesto.

-Aquí estuvo Armando. Dice que mañana quieren verte en el Partido- le espetó ella tras una corta pausa.

-¿Algún problema…?

-No, no, nada, ¡¿qué va a ser, chico?!, otro curso u otra mierda cualquiera que nadie quiere pasar y bueno, ahí está el bobo maletudo de Joseíto, pa’ lo que sea.

Quiso ponerla en su lugar, mas no pasó de eso, de querer. Con cualquiera de las otras mujeres con las que trataba a diario le hubiera bastado con empezar con un “compañera”, y luego seguir con la consabida retahíla de correctas razones. Con ella, sin embargo, tal proceder solo empeoraría las cosas.

La fragancia de un galán de noche los envolvió por unos segundos, luego el viento recobró sus derroteros habituales.

Su esposa regresó a adentro, a intentar que el niño bajara la voz, no fuera a despertar a su hermana menor. Se dio la vuelta y se aferró con fuerza a la barandadel portal. Por el resquicio de la puerta entreabierta, a sus espaldas,novio pasar a su bolígrafo nuevo en un viaje intergaláctico, entre los dedos de su hijo.

Por primera vez, en nueve años,de su propio tiempo de leyendas le llegó un recuerdo. Uno de esos recuerdos que como fragmentos difuminados parecen emerger de un océano de oscuridad: Un cowboy cabalgando solitario, sobre una ilimitada pradera, camino del espejismo de unas montañas. La escena de una vieja película en blanco y negro, de las de la matinée. Su padre a su lado susurrándole algo de unas tales Rocallosas, y de una siempre elusiva última frontera. Sobre ellos, a través de una tronera en el destartalado techo del cine, la estrella azulosa, distante a doscientos ocho años luz de la tierra y su futuro.

Más allá de la calle, tras los pinos de la casa de enfrente, cruzó una estrella fugaz. La fragancia del galán de noche lo envolvió de nuevo por un instante, por el instante en que comprendió de veraz que además de la muerte hay otros límites.

Por primera vez en onceaños de Revolución sentía con nitidez que aquella no se parecía a su vida.

La noche

José Gabriel Barrenechea.
Como cada noche de las últimas tres semanas, el tipo se sienta frente a su flamante televisor soviético, en blanco y negro. Las horas pasan. Sombras y débiles fogonazos se alternan sobre su rostro absorto en la pantalla: Kastanka le demuestra a Bakulin lo necesario de anteponer lo colectivo a lo individual, guardias rurales y desalojos en las aventuras, sobreproducciones de plátanos y perfidias yanquis en el noticiero, parejas de recién casados que pasan su luna de miel embarcando azúcar a granel, la era está pariendo un corazón, ¡hurra!, y toda la compañía del capitán Evretchenko asalta el último piso del Reichstag…
Por fin acaba la programación, y antes de que terminen de entonar el himno nacional, ya él ha desconectado el televisor. Se calza las chancletas, y con ojos enrojecidos se va a la cama. Apaga la bombilla incandescente, que cuelga del techo en medio de la habitación. Solo entonces cae en cuenta y de inmediato acciona de nuevo el interruptor. Una luz ceniza llena pesadamente la habitación. Todo se ve en blanco y negro.

Cuba 80

José Gabriel Barrenechea.
Parecía que su hermano fuera a reventar en cualquier momento; como si por algún punto de la cara oculta de su cuerpo le hubiesen enchufado una manguera y le estuvieran pasando litro tras litro de sangre.
– Pero cálmate- le rogaba la madre, atenta a los ojos enrojecidos y al flequillo sobre su frente que no dejaba de saltar- ¿Tú no te habrás puesto a defenderla, verdad?
– No…- y la sangre que no paraba de entrarle en el cuerpo lo ponía cada vez más y más rojo- ese es el problema, que yo no me atreví…
Entonces por primera vez lo vio llorar.
La maestra nos hablaba de las olimpiadas, y de cómo los griegos llevaban la cuenta de sus años por ellas, cuando en la puerta del aula se presentó la directora. Por sobre su rojo pañuelo de pelo asomaba la desproporcionada gorra de plato del sargento Habichuela.
– Mire compañera Julita, usted me va a disculpar, pero el compañero nos ha venido a avisar de un acto de repudio al cual todos los alumnos deben asistir…
Tras la interrupción el aula entera chilló y saltó la mar de contenta. No tanto por el privilegio de participar, según la directora, codo con codo con nuestro heroico pueblo trabajador en esta primera batalla de nuestra generación, como porque las clases se hubieran suspendido casi dos horas antes de lo establecido.
Íbamos saliendo del aula atropelladamente cuando, al pasar por frente a la mesa de la maestra, esta vino hacia mí y me tomó por un brazo.
-Javier, tú sabes bien que a tú mamá no le va a gustar que andes mataperreando por ahí.
Hasta ese día, hasta ese justo momento, no me había caído mal la maestra; por el contrario, hubo tiempos en que incluso creo haber estado enamorado de ella. Esa tarde, sin embargo, la odié. Sus palabras me sonaron del mismo modo que las que un par de semanas antes me había espetado mi tía materna más joven, nada menos que enfrente de mi hermano.
-“¡No corras tanto niño, que se te van a partir las paticas flacas esas, y después quién oye a tu señora madre!”
-Quédate aquí en el aula, yo los llevo para sus casas antes de que la escuela salga para el acto…- me tentó la maestra, mientras me invitaba con una mano lacia a unirme al pequeño grupo a sus espaldas; grupo en el que resaltaba la relamida figura de Tom el pianista.
A mis espaldas pasaban los retrasados de siempre. Los sentía murmurar en lo profundo de sus cerebros:
– “…el bitongo, rajado y patiblanco este ya se va a esconder debajo de la saya de la maestra… Si su hermano supiera, ese si no le tiene miedo a nada… Imagínate que ahora está estudiando para entrenador de boxeo… ¿de boxeo?… si el pobre supiera el tronco de pendejo que tiene por hermano, seguro, seguro mandaba a pedir que le cambien el apellido…”
-“¿Oye, y eso se puede tú?”
Me desasí de la mano con brusquedad y bastante alto, para que me escucharan todos, no solo los rezagados en el aula, sino todos en la escuela, le grité:
-¡Yo si voy a ir, porque yo si soy un revolucionario!
-¡Que se vayan, que se vayan…! ¡Pin, pon, fuera, abajo la gusanera! ¡Gusano, merluza, te cambias por pitusa!
La calle se había llenado ya, pero aún seguían apareciendo estudiantes. También maestros y pancartas improvisadas, como aquella en que el presidente Carter lucía una boca enorme, ojos pequeñitos y un traje de cowboy a la moda disco.
Nos pusimos en marcha. Cuando la manifestación tras detenerse y arrancar par de veces terminó por acotejarse, descubrí junto a mí a Osviel, Puchito y Eliecer, los más duros entre los duros de sexto grado. A pesar de que no hacía ni un par de semanas me habían dejado encerrado en el baño de las hembras todo el recreo, ahora su proximidad no me inquietó. Por el contrario. Estábamos en el mismo bando, teníamos un enemigo común. Al menos por lo durara el acto formábamos parte de un algo más grande, cálido, protector; como un útero.
Por esos días yo acababa de leer, o estaba leyendo, lo que del 30 de septiembre de 1930 escribiera Pablo de la Torriente Brau. Niño al fin, la letra impresa me impresionaba más de lo normal, o al menos de lo normal cuando ya se ha pasado de cierta edad – ¿los veinte, los treinta quizás, algún momento exacto y para todos en definitiva? En consecuencia esa tarde me veía a mi mismo recorriendo no las calles de un pequeño pueblo de provincia, como parte de una manifestación que no dejaría huellas en la historia nacional, sino colina abajo, por la todavía flamante escalinata de la Universidad de la Habana, a enfrentarme con la emperifollada policía de Machado. En mi imaginación Osviel era Pepe Trompá, el boxeador de la generación del 30; Eliecer, Pepelín Leyva y yo, casi seguro el mismísimo Pablo, porque para ese entonces no me había terminado de aceptar como el enclenque que todavía soy.
-¡Cuidado!
– Usted me disculpa…
Habíamos llegado. Enfrente se elevaba la pesada estructura de la recién construida estación de policía. Yo, en mi impulso escalinata abajo, había tropezado con una muchacha de secundaria; y debí ponerme más rojo que un tomate maduro, a juzgar por el ardor que sentía en las orejas. Por suerte la atención general estaba concentrada en la puerta de la estación, incluidos los ojos verdosos de la muchacha, que se fijaron en mí no más de una décima de segundo, antes de descender a investigar los daños en sus pulcros zapatos de goma.
Esa tarde en aquel estrecho espacio se concentró tanta gente como las que llenaban todas las calles del pueblo en cualquier día de carnaval de por entonces. A mí, sin embargo, en un primer momento más que la cantidad de personas reunidas a mí alrededor, me atrapó la nuca de la muchacha de secundaria atropellada por mí. Sobre todo sus minúsculos vellos negrísimos, que dibujaban perfectos remolinos sobre la piel muy pálida. Un par de minutos después una ola de silencio no tardo en alcanzarme, sacándome de paso en mi novena o décima erección- y la primera no relacionada con Susana Pérez: En la puerta de la estación había aparecido un grupo de hombres de civil.
Con pose mussolinesca el teniente Talavera les indicó el camino que debían de cubrir: la desolada docena de metros entre ellos y el gran camión verdeolivo en que se los llevarían del pueblo, rumbo al lejano puerto del Mariel, del otro lado de La Habana.
Por algunos segundos que se estiraron como en un duelo final de los westerns de la época de John Wayne, los hombres permanecieron arracimados en el mismo lugar y con el azoro estampado en sus caras, mirando alternativamente al oficial, al camión, y a nosotros, la muchedumbre expectante. Hubo entre ellos quien incluso volvió la mirada al oscuro pasillo por el que habían sido conducidos hasta allí, desde las celdas al fondo del edificio. Pero las dudas y la mutua expectación no duraron mucho. Un mulato muy alto, con un par de patillas de esas que por entonces no se atrevían a dejarse más que los peores delincuentes, arrancó a correr y antes de que nadie tuviese tiempo de reaccionar ya se había colado dentro de la caja verdeolivo del camión.
Fue entonces que los demás se animaron a seguirlo. Solo que ya del lado de acá todos nos habíamos recuperado de la sorpresa. Y así, no bien habían levantado el primer pie del suelo, cuando sobre ellos comenzó a caer una lluvia de huevos y tomates que por un instante oscureció al sol.
El que todos intentaran colarse a la misma vez por la pequeña puerta trasera de la caja del camión, por supuesto que sin lograrlo, alargó la diversión.
-¿Y tú no tiras bobito?
Las palabras de Eliecer me devolvieron a mi lugar dentro del gran cuadro de la Historia. Lugar que no estaba precisamente a solo medio paso más atrás de la Libertad con las tetas al aire, tirándole tiros a los burgueses y sus sirvientes, sino más bien escondido entre los cortinajes de alguna ventana de alguno de los edificios medio difuminados a su izquierda, en el cuadro de Delacroix. Junto a mi Osviel y Puchito vaciaban aceleradamente el jabuco de poliéster azul en que el segundo solía llevar sus libros a clase, y que ahora habían sido sustituidos por varias libras de tomates en todos los grados de maduración.
-¡Coge, tíralos…¡- y Eliecer me alargó dos de los más rojos tomates.
Nunca antes había llegado tan lejos.
Tuvo que ver el grupo de porristas improvisadas a nuestro alrededor; que incluía a la muchacha, sus ojos verdosos, y mi décimo u onceno conato de erección.
– ¡Eh, pero si mira que clase de brazo tiene!- comentó Puchito, sin acabar de creérselo, y a mí el comentario me animó tanto que me pasé en el siguiente tiro.
Al punto de atinarle justo al escudo nacional, en la fachada de la estación de policía.
Nunca fui muy cuidadosa, pero aquella tarde más que descuidada me comporté como una estúpida. De otra forma no se explica el que saliera con la urna mal cubierta con un chal de terciopelo. No me iba a ir sin los cubiertos de plata que tantos sacrificios les habían costado a mis abuelos, pero muy bien podía haber guardado la urna dentro de un maletín, que los tenía y no uno ni dos. O si no que le pregunten a los compañeros que desvalijaron mi casa, la de mis abuelos y padres, después de mi partida.
Mas no lo hice así y por eso Tita, mi vecina de enfrente, me descubrió la intención.
Según supe después, ya de este lado del Estrecho, ella juró y perjuró que me había descubierto de casualidad. No pude más que reírme cuando me lo contaron. ¿Acechando las veinticuatro horas del día desde su renegrido postigo la vida y milagros del vecindario, podía de verdad pasar que descubriera algo de casualidad? ¡…de necesidad más bien! Sobre todo si se toman en cuenta mis estupideces de película de esa tarde.
Por lo que me contaron que cuenta ahora, cuando mi sobrina María Elena me visitó un par de días antes, a ella le pareció que se escuchaban tenues maullidos desde el bolso que la muchachita llevaba colgado del hombro al marcharse.
-¿Qué raro, habrá regalado a su gata?- dicen que ahora presume de haberse preguntado entonces, dándoselas de Agatha Christie.
La certeza de que yo no habría regalado a mi gata a menos que estuviese por emprender un viaje de los que no tienen regreso, junto a los ruidos de la plata provenientes de la urna mal tapada, que a su oído entrenado de chismosa profesional no cabían pasar desapercibidos, se combinaron en el estropajo maloliente que tiene en lugar de cerebro en una única conclusión posible: Yo me iba del país…y no a Rusia precisamente, que todo el mundo en la cuadra sabía muy bien que esos señores tan desaseados no han sido nunca santos de mi devoción.
-¡Oye! ¡Que se va! ¡Que se va, coño!- y comenzó a seguirme, vestida con su ajada y empercudida bata de casa y calzada en sus infaltables chancletas de palo.
-¡Qué pasó!- y salió casi al segundo Glades (sí, así mismo, con e), la guajirona presidenta del CDR.
-¡Que se va, que si no no se llevaba el búcaro lleno e la plata esa que no quiso entregarle al CDR pa los planes de Fidel¡- le respondió, sin dejar de perseguirme.
Yo había esperado alcanzar a dejar el pueblo sin llamar la atención. Era por eso que viajaba tan ligera de equipaje. El maletín, con algunos recuerdos que no me animaba a dejar atrás, y la urna. El momento era parte del plan, ya que con un acto frente a la estación de policía, al cual desde una magullada bocina en el techo de un jeep ruso habían estado convocando desde por el mediodía, las calles por las que me fugaría deberían de haber quedado vacías. Sin embargo, ya lo decía mi difunto abuelo que en gloria esté: a quien hace planes le salen planazos. No bien atranqué por última vez la puerta de la casa de mis mayores, ya me habían descubierto las tropas élites de la vigilancia cederista.
Antes de alcanzar la esquina me vi rodeada por media docena de vecinos y vecinas. Me observaban desde las aceras y los portales, vacilando entre despedirme o ayudar a Tita, que imposibilitada de correr por una de las tiras de cuero de sus chancletas, empeñada siempre en desprendérsele en los momentos cumbres de su vida, no paraba de pedir a voz en cuello:
-¡Ataja!
Y tal vez hubiera podido escapar si hubiese forzado el paso, que a fin de cuentas a la mayoría de los que me rodeaban los conocía de toda la vida, y sí, estoy segura, no me habrían detenido; mas la desgraciada verdad es que nunca he sido una mujer resuelta. No sé a ciencia cierta que tiempo estuve detenida allí, en el medio de mi calle. Perdí así un tiempo valioso. Poco después me rodeaba otro elemento bien distinto: Jóvenes fundamentalmente, salidos de no sé dónde, retrasados del acto, o tal vez no muy a gusto en él, que gesticulaban y gritaban a mí alrededor con los ojos iracundos de una tribu de indios que se deleitan en retrasar el corte de un cuero cabelludo.
Fue entonces cuando algo me golpeó en el antebrazo. Sin mucha fuerza, la verdad. Un tomate maduro que dejó algunas semillas y un poco de jugo sobre mi piel y sobre la blusa. Mas entonces lo siguió un segundo, contra mi cadera, y luego un huevo, que vino a romperse contra mi maletín.
La mirada, que había mantenido enterrada en el piso, se me levantó sola en un reflejo condicionado o incondicionado, no lo sé. Entonces lo vi, con su flequillo castaño, bastante más allá del muro de rostros que me rodeaba, y entre los que logré distinguir a los de algunos de mis antiguos alumnos más díscolos.
– …El Tulipán Negro maestra,- y lo tenía de nuevo delante de mí, ridículamente serio en aquellos pantalones largos en que su madre me lo mandaba al aula ya desde tercer grado- mi papá me lo lee a pedacitos, todas las noches, a la hora que mi mamá está viendo la novela.
– ¿Y hay algún pedacito del que te acuerdes en especial?
– Sí maestra, cuando tenían presos a aquellos dos hermanos y afuera de la cárcel se había reunido mucha gente mala, que querían entrar para matarlos a mandarriazos, pero no los dejaba un capitán de mosqueteros que con su compañía cuidaba las puertas, y que se les reía en la cara y los llamaba cobardes sin que toda aquella gente se atreviera a hacerle nada…
Un tercer tomate me golpeó con fuerza en la espalda y yo, al doblarme del dolor, dejé caer la urna, que se rompió contra el pavimento esparciendo la plata de mis mayores por toda la calle.
Nuestras miradas se cruzaron en ese instante. Era el único que me miraba ahora, más allá del muro de ojos fijos en el suelo a mis pies. Estaba terriblemente pálido.
Alguien gritaba a media docena de pasos a mi espalda que dejaran aquello allí, que aquella plata le pertenecía al pueblo, que los revolucionarios no se comportaban como vulgares saqueadores. Por entre los ojos ávidos y los gritos apareció en ese preciso instante Rafelito, para arrastrarme literalmente para su casa.
– ¿Pero te volviste loco Rafael? ¿Tú sabes en el problema en que nos estás metiendo?- soltó Lucila mientras su esposo atrancaba la puerta tras de sí. Lucila, mi mejor amiga hasta esa mañana, a quien los ojos se le salían de las órbitas.
A un tiempo sonaron las primeras pedradas aisladas contra la puerta.
No pasó mucho antes de que el chofer dejara de encontrar entretenido el acto de repudio, sobre todo desde que su camión se convirtió en el blanco de los tomatazos y los huevazos. La gota que le colmó la copa de su paciencia fue una pedrada, lanzada con fuerza pero sin tino, que le rompió el parabrisas. El teniente Talavera y el primer secretario de la juventud tuvieron que correr a contenerlo entonces, cuando ya amenazaba con echar mano de su pistola de reglamento, llamándonos hijos de puta y pichones de gusanos de mierda.
-¡Hay otro acto por la panadería…!- avisó el grupo de muchachos de secundaria a nuestra izquierda.
-¡Vámonos para allá!- ordenó Osviel, y yo, a pesar de recordar que a mi madre no le iba a caer nada bien el que me hubiese dedicado a mataperrear por el pueblo, me fui tras ellos; por sobre todo porque al haber dado aquella orden me había incluido en su grupo.
Llegamos tarde, sin embargo. Una vieja solterona y antigua maestra de mi hermano había sido descubierta cuando intentaba desertar. Unos vecinos, no muy integrados por cierto, le habían dado asilo en su casona. Ahora la fachada del viejo caserón de madera lucía peor que el camión verdeolivo.
-¡Compañeros, ya es suficiente, ya hemos demostrado nuestra justa indignación!- se desgañitaba un hombre alto y de espejuelos de cristales verdes que trataba de apaciguar a los dos o tres grupitos que se mantenían desafiantes frente a la casona, aunque ya sin apedrearla. Otra media docena de hombres formaban una línea de contención detrás del de los espejuelos. En los bolsillos de las camisas de un par de ellos se distinguían los carnés rojos del partido.
Una vieja en una mugrosa y casi traslúcida bata de casa, calzada en chancletas de madera medio podrida, rezongó a nuestro lado:
– Los blandengues son los que van a telminar hundiendo a esta Revolución. ¡Si Fidel supiera, carajo…!
Al rato, no obstante, como todo indicaba que al Hombre nadie hubiera ido a enterarlo de la situación allá a La Habana, cada uno comenzó a tomar por su lado y la calle no tardó en vaciarse. Osviel, Puchito y Eliecer remolonearon un poco más por los alrededores, pero al final emprendieron el camino de sus casas.
Yo los seguí; a pesar de no vivir por sus mismos rumbos.
– Corría más que un guineo el patilludo ese – comentó Puchito.
– Lo que es un bicho,- lo corrigió Eliecer- agarró a todo el mundo desprevenido y por eso se salvó de los tomatazos.
– A la vieja tortillerona esa es a la que yo tenía ganas de ver corriendo- agregó Osviel- Dicen que era una tremenda singa’ cuando era maestra. Con un tío mío la tenía cogida y no lo dejaba ni acercarse a los mariconcitos de su aula.
– A todos esos traidores que se quieren ir lo que hay que hacer es fusilarlos- interrumpí yo, preocupado porque a mis compañeros no les diera por confundirme con los inoportunos mariconcitos condiscípulos del tío de Osviel.
Por unos segundos permanecimos todos en silencio.
-El que sí es un atravesado es el viejo de los espejuelos verdes. Dicen que ni Habichuela quiso meterse, pero como el tipo es del partido…- intervino Eliecer por segunda vez, mirándome de reojo.
– Del partido o no, a ese tipo de seguro que lo matan el primer día si vienen los yanquis. Porque en la guerra, o matas, o te matan, y si se pone con esas mismas pendejerías que con la contrarrevolucionaria esa delante de ellos…- me atreví a ser más radical que el hasta ese momento cerebro de la pandilla, aunque manteniendo mi mirada en el mismo indefinido punto que antes, en una perfecta imitación de la del Che en la famosa foto de Korda.
Osviel me observó admirado, en gran medida por la claridad con que yo expresaba lo mismo que él sentía y que, sin embargo, le resultaba imposible de poner en palabras, pero además por el efecto que sobre los espíritus no muy sutiles tienen ciertas estudiadas poses. Acto seguido me soltó, hasta con la voz medio quebrada por la emoción:
-Sí, sí, así mismito es.
A Eliécer, por supuesto, no le gustó el que yo viniese a desplazarlo como el inteligente de la manada, que era lo que en un final significaba aquel implícito reconocimiento por Osviel de mi superioridad intelectual para justificar la violencia. Mas no dijo nada. A fin de cuentas él no era el alfa, sino Osviel, y aquel acababa de adoptarme, mas que como su nuevo protegido, como su guía espiritual.
Tras separarme corrí de regreso a casa. No era por la carrera, sin embargo, que el corazón me latía tan fuerte en el medio del pecho. A partir de esa tarde miraría a mi hermano como antes, como cuando aún la directora no había reestructurado a todos los grupos de la escuela, “para acabar con los privilegios heredados”, según dijo, tocándome a mí caer en uno con los niños del peor barrio del pueblo.
Ahora, mientras corría de regreso a casa, sabía que ya no volvería a avergonzar a mi hermano, porque ya nadie le podría ir con el cuento de mis humillaciones. Y es que esa tarde yo había entrado a formar parte de la banda que en la escuela ocupaba el sitio más alto de la cadena alimenticia. Era un duro y no uno de esos mariconcitos que encierran en los baños de hembras a la hora del recreo.
En todo caso, de esa tarde en adelante yo pertenecería al bando de los que encerraban.
Mi madre me preguntó muy asustada que qué me pasaba y yo, que había dado vueltas y vueltas por el pueblo para aplacarme la impotencia antes de volver a casa, no pude contenérmela adentro ni un minuto más.
-¡Que era un abuso coño, que todo el mundo lo sabía y nadie se atrevía a hacer nada!
-¡¿Pero qué pasó?!- insistió mi madre cada vez más asustada, mirando a los lados por si alguien nos espiaba a través de las ventanas, desde los patios vecinos.
-Que le cayeron a tomatazos a mi maestra de la primaria, a Delfa, ¿te acuerdas?, porque se va para el norte.
– Pero cálmate- y alargaba los brazos hacía mi frente, como si pensara que al tocarla lograría aplacar mi agitación- ¿Tú no te habrás puesto a defenderla, verdad?
– No, ese es el problema, que yo no me atreví.
Entonces lo noté. Desde la puerta de la cocina mi hermano menor me observaba llorar.

Crónicas del Socialismo Cubano.

Portada Voces 21

Portada Voces 21

Por Ernesto Peña González

El número 21 de Voces reúne varias crónicas y comentarios sobre el socialismo cubano.

No es para la Prensa propone un cuestionario cuasi humorístico de V/F sobre la actualidad futbolística cubana, el desarrollo de los deportes de invierno en Cuba, y la ¿posible? liberación  de Osvaldo Alonso por parte de AFC para que asista al Mundial de Brasil con la camiseta del equipo norteamericano.

En Bovary Raúl Flores Iriarte comenta sobre los fenómenos de la publicación y divulgación del libro y la literatura en Cuba. Destaca la inmovilidad de los libros en librerías, el control absoluto de las instituciones que deciden a quién publicar y a quién promover (casi siempre autores políticamente correctos), así como las tiradas de 500 ejemplares con portadas poco atractivas. Todo ayudado por una prensa fiel, que nada contradice. Es de interés su observación acerca de la escasa divulgación de autores extranjeros anglófonos e hispanoamericanos, y de los ignorados escritores cubanos del exilio. Una breve consideración sobre el provincianismo generalizado y el anquilosamiento de algunas palabras como Revolución, Patria, Bloqueo, Imperialismo y Pueblo, cierran el artículo.

Por su parte, Regina Coyula, en su Des-concierto, y a semejanza de las Vidas Paralelas de Plutarco compara a los músicos Arnaldo Rodríguez y Boris Larramendi en cuanto a sus credos y conductas políticas.

Nonardo Perea conoce algunas Fobias. Entre todas la más incómoda: la futurofobia, la de no poder realizar los sueños por carencia de recursos elementales. Aunque otro articulista no pierde la fe. En la corriente futurológica se inserta El año 2020 será de alta inestabilidad social en Cuba. AleagaPesant medita, basándose en síntomas y tendencias actuales, sobre el futuro cercano sociopolítico de la isla. El incremento del activismo social, la desaparición de organizaciones pro gubernamentales, la creación de nuevos partidos y la redefinición de la labor del MININT son algunas de las ideas desarrolladas. Se advierte la preocupación por el destino de las armas y su seguridad, así como la esperanza de un desenvolvimiento real de las fuerzas productivas y las relaciones internacionales.

¿Puede una isla perseguir a sus habitantes? Se pregunta Alfredo Fernández Rodríguez, que a un tiempo nos ilustra sobre la vida ahorrativa de los médicos de una misión en Ecuador; la miseria psicológica de ahorrar y ahorrar, de temer perpetuamente a la miseria.

En contraste somos invitados a Vivir Cuba desde los Estados Unidos. De la mano de Orlando Luis Pardo Lazo vamos de paseo por varios estados de la Unión americana. Es un paseo insólito, donde no se extraña a Cuba “ni un poco”, pero no se deja de vivir en ella; de soñar, sufrir, llorar por ella. En una cuerda parecida asistimos a un 1er día de college. dek.s.ll. Un correo informal sobre un día cotidiano.

Luis Pérez de Castro nos devuelve a la realidad cubana en Una vez más el absurdo. Otra vez el perdón. Sucinto testimonio de etnología urbana, asistimos junto a Luis al interior de una shopping santaclareña, que puede ser cualquier shopping de nuestro país. El absurdo de los precios de carnes y quesos, etc. en relación atroz con el salario real del ciudadano común. Todo ello silenciado por la abstracta retórica oficial, en especial de uno de sus personeros: Marino Murillo.

Cierra el número una Carta del desespero, de Clara Méndez Martínez, solicitando a la embajada mexicana la reunificación familiar. Versión epistolar del anhelo por emigrar, por huir de la desesperanza que fueron los años 90, ¿los años 90?

Narrativa

Complementando las crónicas encontramos varios textos de ficción. Y en este apartado recomiendo Una larga vida con sentido, escrito en 2ª persona y en tiempo futuro. El tristísimo cuento de José Gabriel Barrenechea, cuadro de una tenebrosa realidad de la Cuba actual: la vida cotidiana de muchos viejos y ancianos, vendedores de periódicos y bisuterías que traen la cabeza llena de los recuerdos de pasados sacrificios y esperanzas rotas.

“El castillo es un edificio con una sola cocina”, afirma Eduardo Frías Etayo en su cuento El castillo es un edificio.

Una curiosa postal sobre el encuentro entre Candice Bergen y Jaime Sarusky nos regala Azucena Plasencia en su Amanecer en la catedral.

Ensayo artístico

Contra Bolaño. Susurrado elogio disfrazado de asalto dedica Daniel Díaz Mantilla a la figura del controvertido Roberto Bolaño. En contraste, lanza algunas necesarias estocadas a los fascinados, a los enamorados acríticos de la obra del escritor chileno, y alerta que “No se trata, por supuesto, de negarle valor a su obra, sino de ponerlo en perspectiva, de leerlo sin sucumbir al embrujo del gran escritor maldito”. Dentro de su concepto de lo que es —o debe ser— la literatura, Díaz Mantilla encomia la actitud artística y vital del poeta y narrador. Enaltece su humildad personal, fidelidad a la poesía, y cuestionamientos al poder político represivo y a la autoridad literaria complacida.

Pletórico en halagos, y prometidos argumentos, Pablo de Cuba Soria, glorifica sin sonrojo a Lorenzo García Vega, “el benjamín de Orígenes”. “Después de la de José Lezama Lima, la obra de mayor riesgo literario (…), más individualmente universal, menos origenista desde su militancia origenista, la obra que más fuerza posee para sacar de su mediocridad cotidiana, influir, a las sucesivas generaciones de escritores, es la de Lorenzo García Vega”, nos asegura el autor del escrito intitulado De los años de Orígenes al oficio de perder: finalmente solo el discípulo.

Porque el lector valore y disfrute la Editora adjunta poemas y textos breves de Fina García, Justo Rodríguez, Eliseo Diego, Lezama, Virgilio, Ángel Gaztelu, Baquero, Octavio Smith, Lorenzo García tomados de diferentes números de Orígenes

Cierra este número de Voces cuatro poemas que integran el poemario Vegas Town de Juan Carlos Flores.

Una larga vida con sentido.

A las puertas del Café Literario de Santa Clara

A las puertas del Café Literario de Santa Clara

(Cuento publicado en Voces 21)

José Gabriel Barrenechea.

Despertarás. Aún no habrá salido el sol, pero para entonces te ocurrirá con frecuencia que despiertes a tales horas: Tus muchos años, ha saber. Te habrá despertado algún calambre, un ronquido demasiado profundo, una molestia en la espalda, en la vejiga, la vesícula o tal vez en la próstata. En fin, cualquier achaque de viejo que ya no te permitirá volver a recuperar el sueño.

Desde tu cama sentirás no solo los dolores de tu cuerpo, sino también los de la ciudad, tan, o mucho más achacosa que tú: Las paredes grises y cuarteadas, los balcones peligrosamente inclinados sobre las aceras, los manojos de vegetación que brotan de cada grieta y que ahora, al final de la madrugada, se perlan de rocío… A ratos, al silencio que trasciende los límites de la ciudad, para internarse en los campos de la isla y llegar hasta las lejanas playas del sur, lo interrumpirá el rumor de algún derrumbe –un gran pedazo de estuco, la voluta de una columna, toda una balaustrada, una pared de ladrillos centenarios, todo un edificio…

Con no pocos y ubicuos dolores te sentarás al borde de tu camastro. Te calzarás tus viejas y cuarteadas botas de andar en casa. Arrastrando los pies te irás a la cocina, a prepararte el café. En lo profundo de los mil y un recovecos de la barriada un gallo habrá de cantar al tiempo que explotan los borboteos de la cafetera. En la calzada el primer camello del día se traerá consigo el primer terremoto de la jornada.

Aunque tu sobrina nieta te haya traído, lavada y planchada, la camisa de rayas, preferirás ponerte la de color ya indefinido, que habrás venido usando desde una semana antes.

-Hoy no me toca ir a llevarle flores. Hay que precaver. Lo mejor es tener una camisa limpia, por lo que pudiera presentarse. No me gustaría que tuvieran que enterrarme con una camisa sucia. ¡Quién la oye si me ve llegar hecho un asco! Ya voy a tener bastante con que me vea dentro de uno de esos cajones de bacalao que ahora se usan para enterrarlo a uno.

-¡Ah!,aquellas frituras de bacalao de cuando era un fiñe y solo me importaba que tocaran la campana de la escuela para irme a jugar pelota.

A las cinco y media los vecinos de la derecha despertarán ya en medio de su sempiterna bronca.El siguiente camello o un camión cualquiera y el segundo terremoto del día. Radio Reloj. Radio Rebelde.Incluso, desde algún recoveco de la laberíntica barriada, escurriéndose sigiloso entre otros mil y un ruidos nacientes, a través de pasillos, pasajes y escaleras, te llegará, casi al límite de la percepción, más como un presentimiento que como un sonido audible, el tema de Radio Martí: Aquí falta señores una voz, hay, una voz…

La calzada quizás no amanezca tan polvorienta, aunque es muy poco probable que no sea así. Un prieto de edad indefinida usurpará los contenedores de basura en que normalmente bucea algo para vender tu amigo Raimundo. Después de revolver en tu cabeza varias veces la palabra amigo, advertirás que para ese entonces ya no habrá de tener el mismo significado de cuando eras joven: No más que una manera de llamar, cada mañana, al borroso motivo de un saludo maquinal;sin detener él su escarbar en la basura y tú el arrastre de tus pies calzada arriba. Un saludo desapercibido para los pocos que a tan tempranas horas caminen por ella, inexistente para los transeúntes como los mismos viejos de ropas ajadas y zapatos zurcidos que se los intercambian sin mirarse.

Un saludo que en vista de la ausencia de tu amigo Raimundo te preguntarás si ya no habrás de pronunciar nunca más.

-¿El último? –y te responderá el mismo contemporáneo, al que nunca habrás podido ganarle la mano, y al menos por una vez llegar antes que él a marcar en la cola del periódico.

-¿El último? –y ahora serás tú quien le respondas al viejo de papadas fláccidas que todas las mañanas llegará a marcar detrás de ti en la cola.

Mas no por ello dejarás de advertirle:

-Él va delante de mí. Yo voy a estar sentado allí enfrente…

Y él, a su vez, a repetir el mismo ritual de parecer algo desorientado, a señalar con un dedo indefinido y expresión como de que le estuvieras diciendo algo novedoso mientras las papadas tiemblan débilmente.

El sol iluminará ya el piso superior del edificio de la esquina, adonde en otros tiempos habrías querido mudarte. La calzada ya habrá entrado en calor, por lo que demorará algo antes de que logres encontrar un resquicio entre el tráfico. Cuando aparezca, te irás al oscuro portal de siempre, a desplegar tus mercaderías sobre la bolsa de nailon en que las habrás traído: un par de tubos de pasta, una pastilla de jabón de la cuota, media docena de sospechosos repuestos de bolígrafo, una muy usada llave de bronce, varias docenas de tornillos medio oxidados… mercaderías que te darán a vender quienes sepan que tales cosas solo podría venderlas la paciencia de un viejo.

El río de autos se mantendrá todavía un rato, luego se hará intermitente, cortado en los grupos de cuatro o cinco en que los agruparán los semáforos de las intersecciones importantes. Un mulato de voz ronca, una señora de pelo pajizo, un joven de pantalones caídos se detendrán a preguntarte el precio de la llave, si es de medio o tres cuartos, el color de la tinta de los repuestos, si también vendes jabas de nailon y a cuánto.

Nadie, sin embargo, te comprará nada.

A eso de las nueve, para cuando el sol empiece a ser molesto, traerán los periódicos. Esa mañana habrá más compradores que de costumbre. Un joven con aspecto exitoso de esos de cartel de propaganda política protestará por los acaparadores que hasta de la prensa se aprovechan. A Manuel, el vendedor del estanquillo, se lo verá más nervioso que de costumbre. En fin, que solo podrás comprar una vez: Dos Granma y dos Juventud Rebelde, para 3,20 de ganancia. Ese día, aunque no lo quieras, vas a tener que pasar con lo del comedor social.

-¿Qué cosa sabrosa de comer me traerá mi nieta este domingo? ¿Plátano maduro frito, o a lo mejor un bistecito de carne de puerco? La verdad es que la muchachita es de oro. Si no fuera por el marido que se buscó. Es él quien se pasa el día empujándola para que me pida que la ponga de heredera de mi casa. Y no sé para que la querrá, si como él dice es una cueva de monos apestosa a viejo que no aguantaría ni un ciclón platanero.

Con tu mercancía, y con tus periódicos, te quedarás del lado del estanquillo y de la sombra. Te acercarás a la parada del camello.

Antes de que al mediodía vuelva a engruesarse el tráfico en la calzada habrás vendido todos los periódicos y un tubo de pasta, que muy disimuladamente se llevará una muchacha con pinta de nueva rica. Un señor de bigotes, pullover a rayas horizontales y carpeta colgada al hombro te habrá comprado un Granma y un Juventud Rebelde. Con el entrecejo fruncido te habrá extendido un par de billetes nuevos, cual si en lugar de una persona solo fueses un atentado a la buena imagen internacional del país.

Volverá a hacerse intermitente el tráfico, mientras la sombra se cambia de acera y luego se estira. Te comerás un pan con no te importará qué, y cambiarás por última vez de posición, justo para estar a tiempo en tu sitio a la hora en que la muchacha amable de ojos verdes pase:

-¿Y cómo andan los marchantes, abuelo?

-Andan, andan-mientras le das tu única sonrisa del día.

El perro de ojos asustados aparecerá para que le lances el mendrugo de pan final, también lo harán las muchachas de secundaria, con las mismas alegrías de cuándo esperabas a la que habría de ser luego tu esposa, quinceañera entonces, donde hoy un edificio más caduco que tú mismo amenaza a los transeúntes que se atreven a circular por su portal.

Antes de que el sol termine de ocultarse tras los tejados de enfrente alguien vendrá a comprarte la llave de bronce: Un señor muy colorado del interior, con quien intercambiarás un par de quebradizas memorias de cuando estuviste movilizado por su zona, ¿en una zafra, persiguiendo bandidos, en el año…?. Para entonces la calzada se habrá vuelto a llenar de autos, mas ahora, cuando recojas las mercancías restantes y vuelvas a casa, no tendrás ya que cruzarla por estar en la acera de tu casa.

-Hoy no ha sido un mal día, a la verdad. Con lo que saqué de la llave de bronce podría comprarme una pizza y así evitarme el tener cocinar el poco de arroz que todavía me queda de la cuota. Pero no, no puedo, deboahorrar para comprarme un par de botas nuevas, porque estás ya no me aguantan ni un remiendo más, o ir pensando en esa viga cuarteada que cualquier día me cae en la cabeza y que el esposo de mi sobrina nieta no va a arreglar a menos que la declare a ella heredera.

El barrio igual que cuando lo dejaras en la mañana: Radio Rebelde, la sempiterna bronca, Radio Martí escurriéndose por los rincones… pero además habrá para entonces algarabía de chiquillos, costosos equipos de música atronando la barriada, golpes de fichas de dominó sobre la mesa, cristales de botellas cargadas de mal alcohol.

El enésimo camello del día traerá el enésimoterremoto escala tres.

Será no obstante un día inhabitual. Habrá agua en las llaves y gas en las tuberías.

-La verdad es que si algo hice bien en la vida fue no mudarme de este barrio. Si me hubiera dejado llevar por mi mujer ahora estaría como mi sobrina, que a veces se pasa hasta tres días sin agua, y luchando por la izquierda su balita de gas.

A las ocho vas a sintonizar en el polvoriento radio de bombillos tu programa de tangos, que ya hará mucho habrán sacado del aire, sin embargo. Sonará el cañonazo, pero no lo vas a escuchar por el pandemónium de ruidos que llenan a esa hora la barriada.

A eso de las diez te acostarás. Libertad Lamarque cantará aún desde algún recoveco de tu cerebro, recordándote sonrientes y disfrutados tiempos de antaño. La barriada no sabrás ya exactamente cuántos años antes, interrumpida de amplios espacios verdes, de fincas, de terrenos de pelota. Te sentirás de nuevo enfundado en aquellos pantalones de pelotero que tu madre te hiciera con un saco de azúcar. El escozor por la tela basta. Tu mujer, que te conoció con ellos, y a la que tantas veces habrás esperado con ellos puestos, escondido tras las columnas del por entonces para nada caduco edificio de tu vejez.

Ese fin de semana te tocará visitar su tumba. Desde su lado de la cama te soltará sus letanías habituales de cada visita de fin de semana:

-Ni que no tuvieras más que esa camisa de rayas, que va a pensar la gente, y con esa peste a sudor que yo no sé, a ti a la verdad nunca te importó nada, sí no hubiera sido por mi esta casa hace mucho se hubiera caído, como de seguro lo hace el día menos pensado ahora que yo ya no estoy, miraesa viga, pero tú, si me acuerdo las muchas noches que pasé aquí solita en alma, porque tú andabas en movilizaciones, escuelas del partido, zafras, y yo aquí, las noches enteras vigilando esa puerta que tú te ibas y nunca te ocupabas de asegurármela, “esto va a ser para nuestros hijos, vieja”, me decías…

Cambiarás de lado para darle la espalda. Ese habrá sido un día afortunado. La llave… Mereces otros recuerdos, te dirás, y entonces, por milésima vez volverás a esta tarde, al cielo muy azul, moteado de nubes blancas, al sudor que corre por tu espalda, bajo la camisa azul de miliciano, a los muchos otros que te encuadran por todos lados, a las farolas en que se han trepado guajiros con sus machetes colgándoles en el vacío y sus sombreros de yarey, al negro que a tu lado ríe con dientes blanquísimos y te llama compañero y al que tú, con la misma enorme emoción, tan grande como la multitud que a tu alrededor llena la Plaza de la Revolución, le respondes también compañero.

Pero entonces desde la tribuna resuena su voz, y en torno a sus palabras, que ahora lo dominan todo hasta las lejanas costas de la isla, aun más allá, hasta los límites del universo que en la última clase de marxismo te han explicado infinito, se hace el más completo silencio. Y las palabras de Él, y el calor, y la falta de oxígeno, te harán sentir que en la vida hay algo más trascendente que el simple discurrir de tu existencia por una limitada serie de días. Te sentirás parte de esa multitud, dejarás de pensar, con los calzoncillos bañados en sudor, individualmente. Serás solo una célula más de la Masa, la Masa que vibra a sus palabras, en sus palabras, y cabalgarás entonces sobre la Historia, más allá de tus miserias domésticas o del vecindario.

El último camello del día se traerá entonces el último terremoto categoría tres. Un par de balaustres se desprenderán en alguna parte y matarán a un perro de ojos asustados en medio de un sueño repleto de mendrugos de mal pan. Mas tú no habrás de escuchar nada, porque para entonces estarás bien dormido, con esa expresión satisfecha de los viejos que sueñan haber usado bien de sus días.