El inefable estilo de la Cubanidad.

José Gabriel Barrenechea.

Cuba no ha contado nunca con la población necesaria para haber tenido la demanda que garantizará la existencia de una cultura propia.

No obstante, es indudable que Cuba tiene una cultura propia, distinguible, y por demás increíblemente poderosa.

¿Cómo se explica esto?

Cuba es una Nación de frontera, de encrucijada, en que la cultura propia no se define por unas formas claras que permanecen relativamente invariables con el paso del tiempo. Cuba es una Nación en que esa cultura propia se define por algo más tenue, por un espíritu, por un estilo que es el que permanece.

Cuba no es Brasil, o Méjico, en que las formas resisten las arremetidas de la “penetración cultural” foránea a la manera de un hoplita que se resguarda tras de su escudo ante una carga de caballería meda. Sobre todo porque a diferencia de nosotros esas formas brasileñas o mejicanas han contado siempre con un vasto horizonte demográfico que les permite subsistir sin grandes problemas. Cuba, por el contrario, solo puede vivir abierta a todos los vientos del mundo. La cultura cubana es mucho más y mucho menos que fijeza de ciertas formas, es dialéctica de reinterpretación interminable de todo lo nuevo en el mundo. Reinterpretación que tiene un estilo, un espíritu, único y que nos define mucho más que un baile nacional que ya nadie baila, o una forma poética que espontáneamente muy pocos practican al presente.

La verdad es que mientras culturas como la brasileña o la mejicana podrían sobrevivir en el aislamiento[i], la cubana no.

Cuba, repetimos, no cuenta con la capacidad demográfica para tener una cultura de formas relativamente rígidas; pero es que tampoco su devenir histórico se lo ha permitido.

Cuba, situada desde sus mismos inicios en la encrucijada de los caminos mundiales, no es de aquellas domiciliadas al final tranquilo y aislado de alguna calle de las afueras. Cuba, no solo La Habana, por cierto, siempre ha vivido abierta a todo lo nuevo y en constante interacción con ello, porque solo así podía ser; y sin alcanzar ahora los 50 o 100 millones de habitantes es altamente improbable que fuera capaz alguna vez de hacerse de una cultura de formas fijas, capaz de sobrevivir en aislamiento, como algunos cubanos poco impregnados por nuestro estilo nacional desearían.

Ese ser de la cultura cubana más centrado en un estilo reinterpretador, transculturador, que en las formas, explica la desproporcionada influencia que en nuestros productos culturales, ya desde que nos convertimos en Nación en algún momento del siglo XIX, han tenido las nuevas corrientes mundiales. Eso explica también la mirada del artista o intelectual cubano demasiado centrada en el más allá, en “lo último de afuera”, y sobre todo su frecuente mayor inquietud por la recepción extranjera de su obra que por la nacional.

Pero eso explica además el que cuando los fanáticos defensores de unas supuestas formas cubanas rígidas han conseguido satanizar los intercambios fluidos, y hasta entorpecerlos para hacer prevalecer lo popular originario, de paso imponiendo por decreto la fosilización cultural, las propias formas culturales “populares” que se pretendía defender de esta manera se hayan rutinizado, caído en el rito, mientras la cultura toda se ha encogido, vulgarizado, descastado, hasta terminar por perder su riqueza y colorido natural (¿Se acuerdan?: María Caracoles…la que bailaba Mozambique).

Una mirada inquisitiva más allá de la horizontalidad de las superficies de nuestra cultura, que contrate nuestros periodos Republicano y Revolucionario, al menos en el caso de la música popular, la literatura, el periodismo, o el pensamiento, demuestran a las claras esta verdad. Ha habido en el segundo periodo más talleres popularizadores, mayores números en los movimientos de aficionados, o de artistas y escribidores ficcionados, en fin, más bulla y más enchufados de la ahora ubérrima teta del estado que en el primero, pero a la vez muchos menos ritmos populares, muchas menos obras canónicas, o muchos menos escritores, periodistas o pensadores con merecimientos para integrarse en cualquier canon cubano serio (en este caso me refiero a la producción oficial al interior de la Isla, sin dudas esta regla no se cumple para los márgenes o el exilio).

No nos engañemos, el que nuestros músicos o escritores vivan más colgados del afuera que del adentro no es algo nuevo, signo de la decadencia de los tiempos que se viven. Es un fenómeno de siempre, relacionado directamente con nuestra cultura. Solo que antes, al estar abiertos a las brisas de los alisios, a los sures de cuaresma, a las tormentas de polvo del Sahara, a los nortes de entre octubre y mayo… al digerirlos en las calderas de nuestro estilo, al transculturarlos, éramos capaces de hacer el mejor periodismo hispanohablante (gracias a Franco, pero solo en parte), producir docenas de nuevos ritmos, imprimir nuestros patrones radiales y televisivos al subcontinente… y es que hasta en el cine comenzábamos a penetrar la poderosa industria mejicana.

Sucedía así porque entonces actuábamos como lo que realmente somos: Una cultura nodo. Uno de esos pequeños centros mundiales adónde todo lo nuevo llega y es devuelto reinterpretado.

No hay, por tanto, nada reprochable en esa ansia por el afuera de nuestros artistas, al menos desde el punto de vista de nuestra cultura o mucho menos de nuestro pasado. Es lo que somos: Una cultura cosmopolita, un nodo donde se “transculturan” los elementos de la futura cultura global.

Por el contrario, para florecer otra vez Cuba no necesita más que desprenderse de la gruesa costra de inmundicias con que, a modo de armadura, de innecesaria armadura, dígase por lo claro, han aprisionado a nuestra vigorosa cultura esos individuos roñosos que no han tenido el privilegio de nacer con el estilo de la cubanidad en sus venas.

[i] Hablamos aquí de un cierto aislamiento cultural que ni de cerca podría llamarse absoluto. Tal no ha existido nunca. Ni aun antes de la Revolución Agrícola las bandas aisladas de humanos dejaron de interactuar ya no con sus vecinos, sino incluso con grupos distantes a veces centenares o hasta miles de kilómetros. La arqueología da suficiente cuenta de ello. Después existen evidencias de que a partir del año 2000 antes de Cristo al menos el Viejo Mundo se ha mantenido en interconexión casi constante, e incluso algunos sugieren que en los grandes períodos de tiempo los contactos se han mantenido incluso a nivel global.

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Soberanía, Nación e Independencia.

  1. ¿Era la Nación francesa soberana antes de 1789?

Evidentemente, no.

Es muy probable que para la época las decisiones que se tomaban en la Francia de entonces fueran las más independientes, al menos en Europa, con respecto a otros centros de poder mundial situados más allá de sus fronteras. Sin embargo, la Nación Francesa no era para nada soberana.

Si como el abate Sieyès consideramos que la Nación en propiedad coincidía con el llamado Tercer Estado, o sea, lo que quedaba en Francia al obviar a aristócratas y clero católico, debemos admitir que simplemente no lo era. El poder de hacer las leyes, o de cambiarlas, el de incluso regir el país desde el más puro discrecionalismo, le pertenecía al Rey, al Soberano, y a nadie más en última instancia.

Puede aducirse que el Soberano, ese individuo llamado Luís, fuera XIV, XV, o XVI, no detentaba en la realidad un poder absoluto. Que dependía de ciertos acuerdos tácitos que le legaba el pasado, o que no podía exceder ciertos límites impuestos por la naturaleza humana. Por ejemplo, no podía llevar los impuestos más allá de cierto punto sin amenazar la estabilidad misma de toda la sociedad, y en consecuencia de su gobierno, y por otra parte se encontraba enredado en las innúmeras y constantes intrigas palaciegas mediante las cuales la nobleza influía, a veces de manera determinante, en sus decisiones… Mas lo esencial es que el único camino abierto a la Nación para intervenir en las decisiones del Soberano pasaba por la amenaza de la fuerza, del motín, nunca a través de la consensuación.

No obstante tampoco debe sobreestimarse este poder del Tercer Estado, la Nación, de imponer su voluntad al Soberano mediante la amenaza de la violencia. La muestra más evidente de que dicho poder no era en realidad muy grande se encuentra en la actuación de la Francia del Ancien Régime durante la Segunda Guerra de los Cien Años con Inglaterra (1689-1815). Mientras la política exterior inglesa se concentra en favorecer los intereses mercantiles de la City, y por eso su escenario bélico principal son la Colonias, la política exterior francesa sacrifica una y otra vez cualquier interés de las clases productivas a favor de los de la aristocracia guerrera.

Inglaterra guerrea por mercados, o por monopolizar fuentes de materias primas. Francia por la Gloria, y por ello el escenario bélico al que le dedicará casi toda su atención es el europeo, en donde el enemigo siempre es “digno”; o lo que es lo mismo, otra aristocracia guerrera.

O sea, que la muestra más clara de que la Nación francesa, El Tercer Estado, no es para nada el soberano, se encuentra en la derrota que en esa centenaria guerra sufre su país frente a Inglaterra. En la cual, como monarquía parlamentaria al fin y al cabo, su propio Tercer Estado comparte al menos algo de la soberanía, y por tanto puede hacer que sus intereses sean tenidos en cuenta.

Podemos generalizar y afirmar que de que en un país una persona determinada, o algún grupo exclusivo, tengan el monopolio en la toma de las decisiones que atañen al mismo, sin interferencias directas e intencionadas de algún otro poder externo a sus fronteras, no se sigue que la Nación que habita en dicho país sea soberana. Tampoco debe concluirse que la Nación necesariamente tenga ni la más mínima gota de soberanía del hecho de que los gobernantes respeten las infinitas restricciones que se dan por sentadas en cualquier sociedad, sin tan siquiera concientizarlas al llegarles como tradición, o que de cuando en cuando deban inclinarse ante la voluntad nacional por miedo al uso de la violencia en su contra.

La Nación solo es soberana cuando es capaz de participar de modo no violento en la consensuación de las decisiones que le atañen; gracias a ciertas instituciones (Constitución, Habeas Corpus, prensa independiente, derecho subjetivo…), y a una específica mentalidad (en la que lo esencial se encuentra en que los individuos sean capaces de aceptar su falibilidad constitutiva, y sacar provecho de ella, en la medida en que es esto posible).

  1. Nos ocuparemos a continuación de las justificaciones que, al día de hoy, suelen presentar quienes se apropian de la soberanía que le debería pertenecer a la Nación; y de si en verdad a través de esa usurpación se consigue remediar el problema que dicen querer enfrentar.

Al presente suele echarse mano del mismo argumento usado por tantos desde tiempos inmemoriales para justificar el gobierno de un Monarca o de una Oligarquía: Solo mediante esos regímenes puede asegurarse el mantenimiento del orden. Este argumento, sin embargo, era ya flojo hasta para los helenos conservadores del siglo V antes de Cristo, enfrentados a las democracias en ascenso en sus polis.

Cualquiera que haya leído el Anábasis de Jenofonte, o que conozca las razones reales de la superioridad de lo ejércitos revolucionarios y napoleónicos franceses sobre los prusianos de su época, no podrá más que negarle refugio a dicho argumento aun en el arte militar; convertido por no pocos en una especie de paraíso de las formas autoritarias y de los ordenamientos piramidales.

Un ejército es más eficiente en la medida en que aun dentro de la estructura jerárquica los mandos intermedios, bajos, y aun el mismo soldado, cuentan con un determinado poder de decisión. La campaña alemana de 1941 en la URSS así lo demuestra: Las unidades soviéticas, cuyos mandos no se atrevían a tomar ninguna decisión sin el visto bueno del Kremlin, por el miedo a ser declarados “enemigos del pueblo” y arrestados, torturados y asesinados por el NKVD, a pesar de su significativa superioridad numérica y técnica[i] fueron aplastados con relativa facilidad por la Wermacht. Solo se revirtió esa tendencia cuando por un lado los soviéticos entendieron que los nazis no eran precisamente unos liberadores, sino unas retorcidas bestias, y Stalin que de alguna manera tenía que confiar en sus súbditos, y amainar el terror, si no deseaba perder la cabeza y su enorme imperio.

El argumento que nos interesa diseccionar, no obstante, es aquel que plantea que para mantener la independencia de la Nación, en un mundo que se unifica a pasos acelerados bajo la égida de las naciones occidentales, es imprescindible que el poder se concentre en manos de los pocos individuos conscientes de dicha amenaza: Solo gracias al control absoluto de la soberanía por estos individuos “extraordinarios”, la Nación podrá superar el peligro de desaparecer y ser absorbida por los Imperialismos Culturales Hegemónicos.

Los sostenedores de esta última justificación, gentes como Iroel “Risitas” Sánchez o Rosa Miriam Elizalde, tienen algo de razón: En el mundo actual no existe igualdad entre las diferentes naciones. Sin duda, algunas tienen mucho más poder que otras. Mas al saltarse la explicación de dichas diferencias, o al querer hacerlas depender de explicaciones más propias de consejas de viejas que de marxistas consecuentes, solo consiguen ahondarlas aún más.

Aunque es un proceso cuyo inicio no nos atrevemos a ubicar cronológicamente en ningún instante específico, es claramente discernible que ya desde finales del siglo XVII las sociedades occidentales han comenzado a organizarse de modos cada vez más complejos. Complejidad estructurada sobre una mayor participación de los individuos que componen dichas sociedades, sea a través de mecanismos o instituciones conscientes: el ágora (el voto, la libre expresión del pensamiento), o inconscientes (el mercado).

Es gracias a ese proceso automantenido y creciente de organización que las sociedades occidentales han logrado, por primera vez en la ya larga historia humana, concretar una civilización global. Es ese proceso automantenido de crecimiento de la complejidad social, que incluye desde las conciencias, pasando por las tecnologías y utillajes hasta las instituciones políticas, el que en definitiva le ha dado a las sociedades occidentales la ventaja que desde mediados del siglo XIX disfrutan sobre todas las demás civilizaciones.

O sea, dichas sociedades han logrado imponerse a todas las demás no porque, como pretenden muchos, la ética haya sido devorada en ellas por el individualismo y el egoísmo, creando sociedades de piratas, si no por que se han logrado articular de modo que las infinitas relaciones a su interior ganen cada vez mayor complejidad. Lo que las ha dotado para tener una infinitamente mayor capacidad de respuesta frente a situaciones nuevas e inesperadas; en muchos casos gracias a una también mayor habilidad para adoptar, con nunca antes experimentada facilidad, prácticas, instituciones, palabras… de otras civilizaciones, e incluso para darles un mucho más completo y eficiente uso[ii].

Preguntémonos entonces: ¿No es una contradicción en sí querer enfrentar a sociedades que han logrado su ventaja actual gracias al aumento de la participación, y la consiguiente expansión de la soberanía, mediante nada menos que el establecimiento de formas de soberanía exclusivista?

Querámoslo o no, vaya en contra de nuestros principios o no, tras ese proceso llamado modernidad las sociedades occidentales crecen en complejidad de modo exponencial, lo que las dota de una superior ventaja en la globalización que ellas mismas le han impuesto al resto del planeta. Y lo único que cabe hacerse para evitar vernos relegados en esa ya inexorable globalización es complejizar a su vez nuestras sociedades, y por consiguiente, extender el ejercicio de la soberanía en ellas.

O, si se es consecuente, a semejanza de los fundamentalistas islámicos, atarse una bomba de hidrógeno bajo la camisa (o la blusa) y hacerla estallar en medio de ese mundo occidentalizado, para que todo quede igual que como estaba antes de aparecer esas satánicas formas de organización humana…

Algo que gentes tan amantes de los dulces placeres terrenales como Iroel o Rosa Miriam nunca intentarán.

[i] El 22 de junio de 1941 el rígido y ultra vigilado Ejército Rojo en la frontera occidental tenía 5 millones de soldados frente a los 3 millones de alemanes, italianos, rumanos… y más de más de 12 mil tanques para enfrentar a los escasos 3 mil panzers de la Gran Armée que Hitler reunió contra la URSS.

[ii] El caso del sistema Bessemer de fundición del acero, o de la imprenta, ilustran muy bien lo dicho más arriba: Se los inventó en la Milenaria China, pero solo en Occidente se les sacó todo lo que podían dar.

La real naturaleza del Arma Sónica.

¿Ha pensado alguien en que quizás lo sucedido a los diplomáticos americanos y canadienses se deba, simple y llanamente, a la ubicua presencia del reguetón en nuestros espacios públicos y privados?

Yo mismo he sufrido esos tan publicitados síntomas de que ahora tanto se habla y escribe. Sin ir muy lejos, la semana pasada cogí una guagua en la que para conseguir avisarle de la próxima parada al guagüero había que hacerlo a grito pelado. Solo así, y desde muy cerca, casi en su oreja misma, lograba uno sobreponerse al escándalo reguetonero para comunicarse con quien, desde unos bafles aleatoria y asimétricamente situados por todo el vehículo, nos atormentaba a algunos. Que no todos, no obstante: No, por ejemplo, a la “señorita” vestida a lo guacamaya amazónica, que con mirada bovina mascaba un chicle mientras hacia el viaje trepada sobre mi pie izquierdo.

Al lograr escapar de la reguetoneroteca móvil confieso me sentí bastante desorientado. Aclaro que no solo porque el guagüero me hubiera dejado a varias cuadras de la parada oficial. Incluso, ya en tierra tuve mi ligero vahído, que me obligó a agarrarme por algún rato de una de esas barandas habaneras que lo menos que le inspiran a uno, miradas de cerca, es alguna sensación de estabilidad.

No conozco de estudios serios al respecto, pero estoy seguro de que la exposición al reguetón provoca caídas catastróficas de nuestra capacidad intelectual. Y que la exposición continuada hace irreversibles tales desplomes. No tiene usted más que interactuar algún rato con un fan de ese “género musical” (solo cinco minutos, por favor, no se arriesgue) para constatarlo.

Es cierto que puede ser que en gran medida la razón de la baja capacidad intelectual de los reguetonero-dependientes se encuentre en que son precisamente los individuos con tales cortedades quienes se afilian al “movimiento”. Mas, profesor de preuniversitario por muchos años, puedo dar fe de algún que otro adolescente de mi contorno, a quienes el deseo de resultar aceptados por los de su generación los llevó a consumir reguetón. En tales casos el efecto fue rápido. Muchachos con una riqueza verbal, y una capacidad para resolver ecuaciones de segundo grado, casi sin mirarlas, que lo hacían a uno llenarse de optimismo por el futuro de la Patria, al presente hablan con monosílabos y gruñidos y sudan la gota gorda para determinar que tres por ocho es veinticinco (perdónenme ustedes, es que mi vecino acaba de reasumir su auto impuesta tarea de promocionar en nuestro vecindario la… “obra” de un tal Yumil, Yocién o cualquier nombre irrecordable por ese estilo).

En general el reguetón, un arma desarrollada por la Seguridad del Estado en cierta y muy mentada “oficina secreta”, para acabar de erradicar definitivamente de Cuba a la muy odiada por los segurosos plaga de los “inteligenticos”, provoca una rápida involución humana. O lo que es lo mismo, hace retroceder al ser humano al estado anterior evolutivo, el del simio. Solo tiene usted que observar la gestualidad de un reguetonero-dependiente, y a seguido compararla con la de los monos del Zoológico de 26 (el otro está demasiado lejos), para darse plena cuenta sobre de qué hablamos.

En consecuencia, suponer que el reguetón sea el responsable real de las tan llevadas y traídas agresiones sonoras no resulta una hipótesis tan descabellada: En un final los síntomas sufridos por los diplomáticos mencionados, absolutamente todos, coinciden con los que provoca la exposición continuada al reguetón; y este suena, mejor, atruena, en todos los espacios cubanos, desde el paladar común hasta en los audífonos de la recepcionista en el Consejo de Estado, desde el aula magna de la UH en día de fiesta hasta en los hoteles cinco estrellas del Vedado, regentados por algún rubito de Cabaigúan, desde el barrio de la República Independiente de la Cuevita, en que mal se vive, hasta aquellos otros en que, felices y a la caza de mulaticas, habitan los compañeros diplomáticos destacados en este país bullero y para nada respetuoso de la intimidad ajena. Se dan las condiciones para al menos ubicarlo muy arriba en la lista de sospechosos.

En este sentido creo que, contrario a lo que pensaran algunos, que sé hasta habrán respirado aliviados con mi suposición, el que el reguetón sea el “arma sónica” tan buscada en los pasados meses implica un más grave peligro para nuestro país que si la tal arma fuese el dispositivo ultra sofísticado, en manos de algún tenebroso grupo de segurosos disgustados con la apertura a los EE.UU., con que tanto se ha especulado. No solo por el peligro que representa su actual uso indiscriminado al interior de Cuba, al amenazar con convertir a la Nación Cubana en un gran atajo de monos antropomorfos y con paradójicas tendencias metrosexuales. Más que nada por la real amenaza de que los americanos, dirigidos ahora por un presidente tan loco como el Zaphod Beeblebrox de las novelas de Douglas Adams, decidan que no puede permitirse que, a menos de 90 millas de sus costas, un país compuesto de individuos en rápido proceso de involución posea un arma tan terrible.

Afirmo, por lo tanto, que las campañas que contra el reguetón ha lanzado durante años el compañero Abel Prieto, sin que sin embargo se le haga mucho caso por el grueso de la castro-cacocracia dirigente, tienen en sí una importancia más vital para el futuro de nuestra Patria de lo que el propio peludo y dientuso personaje alcanzaría a suponer. Es por ello que, al menos en esto de la lucha sin cuartel contra el reguetón, me uno a sus esfuerzos patrióticos (aclaro, no a los logreros). Y además hago esta propuesta: Recuperar aquellas Patrullas Click que en los setentas iban casa por casa, sin muchas consideraciones por la intimidad ajena, apagándoles a los vecinos las luces innecesariamente encendidas. Solo que ahora en lugar de los pioneritos que integraban aquellas, conformarlas con muchachones de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), y que en lugar de dedicarse a apagar luces innecesarias, lo hagan con cuanto equipo de reproducción de sonido, radio, computadora o televisor, atruene con un reguetón el sacrosanto espacio sonoro de la Patria.

No propongo usar para ese trabajo a los conocidos drones, nuestros fornidos y golondrinosos muchachones de los cuerpos anti motines, porque como es sabido para ellos, en el interior de esas estrechísimas cabecitas suyas, comprimidas por demás por sus minúsculas boinas prietas, hasta el Himno Nacional suena con ritmo de reguetón.

La Isla

José Gabriel Barrenechea

Cuentan que hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, los habitantes de cierta isla se entusiasmaron con los discursos de cierto compatriota y, sin pensárselo no ya dos, sino ni tan siquiera una vez, la desprendieron del lecho marino al que había estado anclada por varios millones de años.

Y en verdad que el tal compatriota resultaba convincente, con su oratoria no muy correcta, pero sí llena de promesas y exaltaciones al ego de los isleños.

-…Más allá de los siete mares se encuentra la Nueva Atlántida, en donde todo es más luminoso. Una isla alcanzable para un pueblo heroico, como el nuestro.

Lo de la Nueva Atlántida lo había leído en un manuscrito perdido, y lo más importante, él sabía cómo llegar hasta allí.

Luego de lanzar a los escépticos y a los melancólicos por las costas, convertidas ahora en bordas, los habitantes de la isla se dieron a remar bajo su voz de mando. Como remos utilizaron a sus erguidas palmas reales, que derribaron en un par de jornadas voluntarias. El esfuerzo y el sacrificio lo valían. Al final, cuando emparejaran una isla con la otra, todo sería abundante y luminoso.

Por años los marinos reportaron en sus bitácoras sus encuentros con la isla viajera. Podía encontrársela en cualquiera de los siete mares, siempre con su capitán enfrascado en alguno de sus interminables discursos. Después, a partir de cierta fecha no muy clara, desaparece de los registros. Se siguieron avistando barcos fantasmas, sirenas y serpientes marinas, pero a ella, nunca más se le volvió a ver.

Sobre su destino final circulan múltiples versiones. Según algunos sus habitantes encontraron a la Nueva Atlántida, y desde entonces viven en un eterno y luminoso porvenir. Otros, sin embargo, sostienen que simplemente se fue a pique. Llegan incluso a señalar el lugar del hundimiento, aunque ni en esto hay consenso. Solo en el artículo que le dedica la última edición de la enciclopedia galáctica, se refieren docena y media de posibles lugares del desastre.

Política Cultural del VIII Congreso: El Nacional-Logrerismo.

José Gabriel Barrenechea.

Es cierto que ese nacionalismo ramplón, aislacionista, ese querer ponernos a bailar f0000086danzón a todos aun cuando ya el sombrero de pajilla y la pajarita habían pasado de moda entre los jóvenes del 33, ese deseo de prohibir el cine, o en general el audiovisual “americano”, ha estado siempre presente en nuestra historia, “revolucionaria”, mas es evidente que es ahora que, en contraste con anteriores oleadas de este nacionalismo equívoco, su imposición parece no venir de la iniciativa de un poder, el actual, que además de pensamiento parece también carecer de iniciativa, si no de la de un crecido sector de los artistas e intelectuales.
¿Por qué ocurre esto?
La razón es económica: Ese crecido sector de los artistas e intelectuales, ante la venidera radical rebaja del subsidio estatal a la cultura, con su consecuente recorte de canonjías, como se saben sin capacidad real para enfrentar al poder desde dentro del sistema, y como a la vez le temen a esos perros ovejeros de mirada torva que cuidan en los límites del mismo, para que nadie se salga sin sufrir las consecuencias, han optado por exigirle al gobierno que les conceda el absoluto monopolio del mercado cultural cubano.
No se crea que ellos piden ese monopolio por asegurarse el 100 % de sus ganancias. Aquí el negocio no es de quileos, es de todo, o nada. La realidad es que la gran mayoría de ellos se saben en realidad parásitos, que nada tienen que ofrecerle a la Nación, y que por lo tanto no podrían sobrevivir como artistas e intelectuales en caso de que luego de eliminado el subsidio estatal el mercado cubano quedará por completo abierto a los cuatro vientos.
Tras ese nacionalismo de risa, si no fuera por sus terroríficas posibles consecuencias, se oculta en definitiva el miedo a la “disponibilidad” de toda esa clase de profesionales del medro, pretendidos artistas e intelectuales que aparecieron solo gracias a las políticas culturales del gobierno de Fidel Castro. Políticas que por sobre todo perseguían vender una imagen hacia afuera de nuestras fronteras: La de que el poder castrista para nada estaba huérfano de ideas, lo que se pretendía demostrar por el bien alimentado tamaño de nuestra intelectualidad, y que en esencia consistían en ciertas facilidades abiertas a todo arribista mediocre que quisiera vivir como intelectual, sin tener que asumir los terribles deberes de semejante condición.
Que quisiera pasar por intelectual, paradójicamente no ejerciendo lo que de hecho define a uno: Su absoluta responsabilidad solo ante su conciencia.

Intelectuales y Participación

José Gabriel Barrenechea.

Desarmemos ese mito, el de la participación de los intelectuales cubanos en la ideación del que llamaremos de ahora en adelante, solo para abreviar, Socialismo Cubano.
Salvo haber preparado la atmósfera en que pudo crecer vigorosamente, mediante una activa campaña de desprestigio de las formas republicano-democráticas, a finales de los cuarentas y principios de los cincuentas, no mucho más han hecho, o han podido hacer, los intelectuales cubanos por ese Socialismo. Han cortado caña, han estado en las trincheras, han alfabetizado, han creado una obra en que se loaba los logros, o, al menos en los últimos años, en que se criticaba (superficialmente), pero nunca han podido aportar lo que se supone hace en sí a un intelectual: ideas, propuestas. No han sido arquitectos y ni tan siquiera ingenieros; solo peones de obra.
¿Alguien puede mencionar en todo el periodo posterior a 1959 un pensamiento estructurado socialista que no sea más que en un final exegesis del pensamiento de Fidel Castro o Ernesto Guevara? Desde aquel memorable editorial en contra del burocratismo, hasta el pensamiento del recuperado de Fernando Martínez Heredia a mediados de los ochentas, los intelectuales “revolucionarios” no han hecho más que comentar, que traducir a la terminología “científica” el pensamiento de los Jefes. Así, el bastante destacable ataque al burocratismo solo se escribió después de que Fidel Castro hubiera dado el tiro de arrancada en par de discursos, y a su vez lanzado en ellos las líneas generales; el revivido pensamiento guevariano por Heredia o Tablada en tiempos del desmerengamiento, solo estructuró un poco el que en esencia presentaba Fidel Castro en su campaña de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas.
Resulta sintomático que la Teoría de la Dependencia, que debió haber sido creación de las universidades cubanas lo haya sido de las chilenas. Y digo que debió ser creación cubana no solo porque en esencia, aunque sin un planteamiento claro, esa fue la concepción de las relaciones internacionales que usaban desde un principio los dirigentes cubanos para orientar su actividad, sino porque además este era un país en que existía una fuerte tradición de auto-reflexión, aun comunista, y por lo tanto no se explica como una de las más claras intelectualidades latinoamericanas no haya podido plantear de modo distinto y sistemático lo que era la atmósfera difusa de la revolución, y su novedad. Obsérvese, no obstante, que ello exigía algo más que exégesis…
Pero leamos a uno de los exegetas más estimados de los Jefes Indiscutibles: El señor Roberto Fernández Retamar, en su Hacia una intelectualidad revolucionaria en Cuba, de 1967:
“Hace poco me preguntaba en México Víctor Flores Olea porque los intelectuales cubanos no participan sino excepcionalmente en las discusiones sobre problemas de tanto interés como las referidas al estímulo material y al estímulo moral, a la ley del valor, etc., asuntos que solían ser tratados por el Che, Dorticós y otros.”
O sea, Retamar reconoce desde un inicio que, incluso en ese periodo que ahora los de su generación pretenden vendernos como el más participativo en la conformación del proyecto socialista, esa especie de Tierra de la Participación Perdida, los intelectuales no solían participar, “sino excepcionalmente”.
Retamar, claro, intenta explicar esta extraña situación, de que en un país en efervescencia revolucionaria, respirándose pretendidamente optimismo y provenir luminoso hasta por los poros, los intelectuales, seres metiches de por sí, no intervengan en el que quizás sea el más atractivo de los campos humanos: la política. Empieza por aclararnos que esos compañeros, Dorticós y el “Che”, también son intelectuales, y que por la naturaleza de su trabajo necesariamente abordaban esos asuntos. Pero como de lo que está hablando no es de una revolución a la soviética, asignacionalista, o lo que es lo mismo, en que haya una completa división de responsabilidades, sino de la más maravillosa Tierra de la Participación Socialista, debe buscar pronto otra explicación a ese raro desgano intelectual. Para él no será otro que la escasa formación económica de nuestros intelectuales. Recuerda así que Carpentier, en el congreso constitutivo de la UNEAC en agosto de 1961, había notado el hecho de que se necesitaba un Rodó que supiera de economía .
Así nuestro hombre, para explicar la extraña no participación de los intelectuales en un campo en el que siempre están ávidos de participar, ¡mucho más las vanguardias!, echa mano de una idea de Ernesto Guevara, y la comenta: los intelectuales cubanos no participan en la ideación del Socialismo Cubano no porque no los dejen, si no por su incapacidad para entender de economía.
No obstante algo evidente falla en este discurso. Ni el “Che”, ni Fidel Castro sabían ni pitoche de economía, a no ser que la habilidad para destruir una economía nacional completa en menos de una década pueda considerarse conocimiento válido. Me atrevo a afirmar, como muy probable, que en esta materia seres tan antieconómicos como Lezama o Piñera supieran más que los dos Jefes juntos. En cuanto a Dorticós, que sí algo sabía, no tenía los pantalones para salirle al paso de los disparates salidos del magín de aquellos dos .
La verdad es que gracias a la desacreditación de las formas republicano-democráticas, desde muy pronto en 1959 se fueron cerrando las posibilidades de opinar sobre estos temas, hasta que aproximadamente en 1965 era ya por completo imposible que la iniciativa en la ideación del Proyecto viniera desde otro lugar social que no fuera la cúpula.
Y así ha continuado hasta el presente.
Nadie que ostente facultades omnímodas, poderes absolutos y discrecionales, los cede de buena gana. Esperar, como algunos de nuestros intelectuales, que Raúl Castro, o su heredero Díaz Canel, cedan de buena gana algo de su poder de pensar y decidir lo que va a hacerse del modelo de Socialismo Cubano, es de una ingenuidad vergonzosa. Más que recordar las palabras de año nuevo del General Presidente, en que pedía colaboración a los intelectuales para tal, debería venir a nuestra memoria que fue él quien cerró el CEA, y quien más hizo por cerrar el departamento de filosofía de la UH en 1971.
En realidad Raúl solo les pidió a los intelectuales cubanos que hagan como siempre, exegesis, y si alguien se pasa, pues nada, para eso están esos compañeros tan poco afectos a filosofías y otras debilidades y pajarerías ideológicas aledañas, los de la Seguridad del Estado.
Lo contradictorio de ese pedido está, sin embargo, en que si en definitiva se podía hacer exegesis del pensamiento de 3-mirada-al-VIII-Congreso2-mirada-al-VIII-Congreso, no obstante no se puede hacer lo mismo con la ausencia de pensamiento; y si algo es evidente que no tiene el General Presidente, y mucho menos su heredero, es uno…
No quiere decir esto sin embargo que nos debamos quedar callados, al no haber nada que comentar. Por el contrario, más bien ha llegado el momento de pensar, y de hablar, y de escribir, hasta por los codos.
Si como hemos visto los intelectuales son en un final los máximos responsables de este desaguisado llamado Socialismo Cubano, o más bien Castrismo, a ellos les toca componerlo.
¿Cómo? Pues de los más variados modos. Pero al parecer lo primero debe ser volver a prestigiar los valores democrático-republicanos. Valores no perfectos, pero al menos si perfectibles, abiertos a nuestra intervención para el mejoramiento, a diferencia de los pretendidamente perfectos valores autoritarios, castristas, que por esa misma perfección nos miran con mala cara (esas caras torvas de oficial del G-2 que casi todos hemos tenido que enfrentar en algún momento) al intentar nada más que pasarles un trapo: Cambiar lo perfecto, aun ligeramente, es destruirlo.
Lo segundo, comenzar a exigir un Estado de Derecho. Exigirle a Raúl que cumpla con la pretendida y cacareada institucionalización. Que se acabe de establecer toda la legislación complementaria a los derechos que dice garantizar la Constitución de la República, desde la Ley de Prensa hasta la de Cultos; que no se sigan operando cambios discrecionales a la Constitución sin reformarla; que se nos dé una verdadera Ley Electoral, y no esa Ley Para el Falseo de lo Electoral, lo que no implica necesariamente el pluripartidismo, por cierto; que se ponga bajo fuero civil a las instituciones policíacas, y sobre todo a la Seguridad del Estado, que hoy día disfrutan de un poder que ni la guardia civil española en tiempos de Tacón; que se reduzcan los exagerados poderes del Presidente del Consejo de Estado…
Si realmente los que se van a reunir este fin de semana en el VIII Congreso de la UNEAC se sienten intelectuales, y no unos logreros, unos tenderos preocupados por sus ridículas canonjías oficiales, por la “35”, es esto lo que deberían pedir: Real participación en la vida política de su Patria, al menos participación a la manera de un intelectual, que nada tiene que ver con el resignado asentimiento.