La Isla

José Gabriel Barrenechea

Cuentan que hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, los habitantes de cierta isla se entusiasmaron con los discursos de cierto compatriota y, sin pensárselo no ya dos, sino ni tan siquiera una vez, la desprendieron del lecho marino al que había estado anclada por varios millones de años.

Y en verdad que el tal compatriota resultaba convincente, con su oratoria no muy correcta, pero sí llena de promesas y exaltaciones al ego de los isleños.

-…Más allá de los siete mares se encuentra la Nueva Atlántida, en donde todo es más luminoso. Una isla alcanzable para un pueblo heroico, como el nuestro.

Lo de la Nueva Atlántida lo había leído en un manuscrito perdido, y lo más importante, él sabía cómo llegar hasta allí.

Luego de lanzar a los escépticos y a los melancólicos por las costas, convertidas ahora en bordas, los habitantes de la isla se dieron a remar bajo su voz de mando. Como remos utilizaron a sus erguidas palmas reales, que derribaron en un par de jornadas voluntarias. El esfuerzo y el sacrificio lo valían. Al final, cuando emparejaran una isla con la otra, todo sería abundante y luminoso.

Por años los marinos reportaron en sus bitácoras sus encuentros con la isla viajera. Podía encontrársela en cualquiera de los siete mares, siempre con su capitán enfrascado en alguno de sus interminables discursos. Después, a partir de cierta fecha no muy clara, desaparece de los registros. Se siguieron avistando barcos fantasmas, sirenas y serpientes marinas, pero a ella, nunca más se le volvió a ver.

Sobre su destino final circulan múltiples versiones. Según algunos sus habitantes encontraron a la Nueva Atlántida, y desde entonces viven en un eterno y luminoso porvenir. Otros, sin embargo, sostienen que simplemente se fue a pique. Llegan incluso a señalar el lugar del hundimiento, aunque ni en esto hay consenso. Solo en el artículo que le dedica la última edición de la enciclopedia galáctica, se refieren docena y media de posibles lugares del desastre.

Política Cultural del VIII Congreso: El Nacional-Logrerismo.

José Gabriel Barrenechea.

Es cierto que ese nacionalismo ramplón, aislacionista, ese querer ponernos a bailar f0000086danzón a todos aun cuando ya el sombrero de pajilla y la pajarita habían pasado de moda entre los jóvenes del 33, ese deseo de prohibir el cine, o en general el audiovisual “americano”, ha estado siempre presente en nuestra historia, “revolucionaria”, mas es evidente que es ahora que, en contraste con anteriores oleadas de este nacionalismo equívoco, su imposición parece no venir de la iniciativa de un poder, el actual, que además de pensamiento parece también carecer de iniciativa, si no de la de un crecido sector de los artistas e intelectuales.
¿Por qué ocurre esto?
La razón es económica: Ese crecido sector de los artistas e intelectuales, ante la venidera radical rebaja del subsidio estatal a la cultura, con su consecuente recorte de canonjías, como se saben sin capacidad real para enfrentar al poder desde dentro del sistema, y como a la vez le temen a esos perros ovejeros de mirada torva que cuidan en los límites del mismo, para que nadie se salga sin sufrir las consecuencias, han optado por exigirle al gobierno que les conceda el absoluto monopolio del mercado cultural cubano.
No se crea que ellos piden ese monopolio por asegurarse el 100 % de sus ganancias. Aquí el negocio no es de quileos, es de todo, o nada. La realidad es que la gran mayoría de ellos se saben en realidad parásitos, que nada tienen que ofrecerle a la Nación, y que por lo tanto no podrían sobrevivir como artistas e intelectuales en caso de que luego de eliminado el subsidio estatal el mercado cubano quedará por completo abierto a los cuatro vientos.
Tras ese nacionalismo de risa, si no fuera por sus terroríficas posibles consecuencias, se oculta en definitiva el miedo a la “disponibilidad” de toda esa clase de profesionales del medro, pretendidos artistas e intelectuales que aparecieron solo gracias a las políticas culturales del gobierno de Fidel Castro. Políticas que por sobre todo perseguían vender una imagen hacia afuera de nuestras fronteras: La de que el poder castrista para nada estaba huérfano de ideas, lo que se pretendía demostrar por el bien alimentado tamaño de nuestra intelectualidad, y que en esencia consistían en ciertas facilidades abiertas a todo arribista mediocre que quisiera vivir como intelectual, sin tener que asumir los terribles deberes de semejante condición.
Que quisiera pasar por intelectual, paradójicamente no ejerciendo lo que de hecho define a uno: Su absoluta responsabilidad solo ante su conciencia.

Intelectuales y Participación

José Gabriel Barrenechea.

Desarmemos ese mito, el de la participación de los intelectuales cubanos en la ideación del que llamaremos de ahora en adelante, solo para abreviar, Socialismo Cubano.
Salvo haber preparado la atmósfera en que pudo crecer vigorosamente, mediante una activa campaña de desprestigio de las formas republicano-democráticas, a finales de los cuarentas y principios de los cincuentas, no mucho más han hecho, o han podido hacer, los intelectuales cubanos por ese Socialismo. Han cortado caña, han estado en las trincheras, han alfabetizado, han creado una obra en que se loaba los logros, o, al menos en los últimos años, en que se criticaba (superficialmente), pero nunca han podido aportar lo que se supone hace en sí a un intelectual: ideas, propuestas. No han sido arquitectos y ni tan siquiera ingenieros; solo peones de obra.
¿Alguien puede mencionar en todo el periodo posterior a 1959 un pensamiento estructurado socialista que no sea más que en un final exegesis del pensamiento de Fidel Castro o Ernesto Guevara? Desde aquel memorable editorial en contra del burocratismo, hasta el pensamiento del recuperado de Fernando Martínez Heredia a mediados de los ochentas, los intelectuales “revolucionarios” no han hecho más que comentar, que traducir a la terminología “científica” el pensamiento de los Jefes. Así, el bastante destacable ataque al burocratismo solo se escribió después de que Fidel Castro hubiera dado el tiro de arrancada en par de discursos, y a su vez lanzado en ellos las líneas generales; el revivido pensamiento guevariano por Heredia o Tablada en tiempos del desmerengamiento, solo estructuró un poco el que en esencia presentaba Fidel Castro en su campaña de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas.
Resulta sintomático que la Teoría de la Dependencia, que debió haber sido creación de las universidades cubanas lo haya sido de las chilenas. Y digo que debió ser creación cubana no solo porque en esencia, aunque sin un planteamiento claro, esa fue la concepción de las relaciones internacionales que usaban desde un principio los dirigentes cubanos para orientar su actividad, sino porque además este era un país en que existía una fuerte tradición de auto-reflexión, aun comunista, y por lo tanto no se explica como una de las más claras intelectualidades latinoamericanas no haya podido plantear de modo distinto y sistemático lo que era la atmósfera difusa de la revolución, y su novedad. Obsérvese, no obstante, que ello exigía algo más que exégesis…
Pero leamos a uno de los exegetas más estimados de los Jefes Indiscutibles: El señor Roberto Fernández Retamar, en su Hacia una intelectualidad revolucionaria en Cuba, de 1967:
“Hace poco me preguntaba en México Víctor Flores Olea porque los intelectuales cubanos no participan sino excepcionalmente en las discusiones sobre problemas de tanto interés como las referidas al estímulo material y al estímulo moral, a la ley del valor, etc., asuntos que solían ser tratados por el Che, Dorticós y otros.”
O sea, Retamar reconoce desde un inicio que, incluso en ese periodo que ahora los de su generación pretenden vendernos como el más participativo en la conformación del proyecto socialista, esa especie de Tierra de la Participación Perdida, los intelectuales no solían participar, “sino excepcionalmente”.
Retamar, claro, intenta explicar esta extraña situación, de que en un país en efervescencia revolucionaria, respirándose pretendidamente optimismo y provenir luminoso hasta por los poros, los intelectuales, seres metiches de por sí, no intervengan en el que quizás sea el más atractivo de los campos humanos: la política. Empieza por aclararnos que esos compañeros, Dorticós y el “Che”, también son intelectuales, y que por la naturaleza de su trabajo necesariamente abordaban esos asuntos. Pero como de lo que está hablando no es de una revolución a la soviética, asignacionalista, o lo que es lo mismo, en que haya una completa división de responsabilidades, sino de la más maravillosa Tierra de la Participación Socialista, debe buscar pronto otra explicación a ese raro desgano intelectual. Para él no será otro que la escasa formación económica de nuestros intelectuales. Recuerda así que Carpentier, en el congreso constitutivo de la UNEAC en agosto de 1961, había notado el hecho de que se necesitaba un Rodó que supiera de economía .
Así nuestro hombre, para explicar la extraña no participación de los intelectuales en un campo en el que siempre están ávidos de participar, ¡mucho más las vanguardias!, echa mano de una idea de Ernesto Guevara, y la comenta: los intelectuales cubanos no participan en la ideación del Socialismo Cubano no porque no los dejen, si no por su incapacidad para entender de economía.
No obstante algo evidente falla en este discurso. Ni el “Che”, ni Fidel Castro sabían ni pitoche de economía, a no ser que la habilidad para destruir una economía nacional completa en menos de una década pueda considerarse conocimiento válido. Me atrevo a afirmar, como muy probable, que en esta materia seres tan antieconómicos como Lezama o Piñera supieran más que los dos Jefes juntos. En cuanto a Dorticós, que sí algo sabía, no tenía los pantalones para salirle al paso de los disparates salidos del magín de aquellos dos .
La verdad es que gracias a la desacreditación de las formas republicano-democráticas, desde muy pronto en 1959 se fueron cerrando las posibilidades de opinar sobre estos temas, hasta que aproximadamente en 1965 era ya por completo imposible que la iniciativa en la ideación del Proyecto viniera desde otro lugar social que no fuera la cúpula.
Y así ha continuado hasta el presente.
Nadie que ostente facultades omnímodas, poderes absolutos y discrecionales, los cede de buena gana. Esperar, como algunos de nuestros intelectuales, que Raúl Castro, o su heredero Díaz Canel, cedan de buena gana algo de su poder de pensar y decidir lo que va a hacerse del modelo de Socialismo Cubano, es de una ingenuidad vergonzosa. Más que recordar las palabras de año nuevo del General Presidente, en que pedía colaboración a los intelectuales para tal, debería venir a nuestra memoria que fue él quien cerró el CEA, y quien más hizo por cerrar el departamento de filosofía de la UH en 1971.
En realidad Raúl solo les pidió a los intelectuales cubanos que hagan como siempre, exegesis, y si alguien se pasa, pues nada, para eso están esos compañeros tan poco afectos a filosofías y otras debilidades y pajarerías ideológicas aledañas, los de la Seguridad del Estado.
Lo contradictorio de ese pedido está, sin embargo, en que si en definitiva se podía hacer exegesis del pensamiento de 3-mirada-al-VIII-Congreso2-mirada-al-VIII-Congreso, no obstante no se puede hacer lo mismo con la ausencia de pensamiento; y si algo es evidente que no tiene el General Presidente, y mucho menos su heredero, es uno…
No quiere decir esto sin embargo que nos debamos quedar callados, al no haber nada que comentar. Por el contrario, más bien ha llegado el momento de pensar, y de hablar, y de escribir, hasta por los codos.
Si como hemos visto los intelectuales son en un final los máximos responsables de este desaguisado llamado Socialismo Cubano, o más bien Castrismo, a ellos les toca componerlo.
¿Cómo? Pues de los más variados modos. Pero al parecer lo primero debe ser volver a prestigiar los valores democrático-republicanos. Valores no perfectos, pero al menos si perfectibles, abiertos a nuestra intervención para el mejoramiento, a diferencia de los pretendidamente perfectos valores autoritarios, castristas, que por esa misma perfección nos miran con mala cara (esas caras torvas de oficial del G-2 que casi todos hemos tenido que enfrentar en algún momento) al intentar nada más que pasarles un trapo: Cambiar lo perfecto, aun ligeramente, es destruirlo.
Lo segundo, comenzar a exigir un Estado de Derecho. Exigirle a Raúl que cumpla con la pretendida y cacareada institucionalización. Que se acabe de establecer toda la legislación complementaria a los derechos que dice garantizar la Constitución de la República, desde la Ley de Prensa hasta la de Cultos; que no se sigan operando cambios discrecionales a la Constitución sin reformarla; que se nos dé una verdadera Ley Electoral, y no esa Ley Para el Falseo de lo Electoral, lo que no implica necesariamente el pluripartidismo, por cierto; que se ponga bajo fuero civil a las instituciones policíacas, y sobre todo a la Seguridad del Estado, que hoy día disfrutan de un poder que ni la guardia civil española en tiempos de Tacón; que se reduzcan los exagerados poderes del Presidente del Consejo de Estado…
Si realmente los que se van a reunir este fin de semana en el VIII Congreso de la UNEAC se sienten intelectuales, y no unos logreros, unos tenderos preocupados por sus ridículas canonjías oficiales, por la “35”, es esto lo que deberían pedir: Real participación en la vida política de su Patria, al menos participación a la manera de un intelectual, que nada tiene que ver con el resignado asentimiento.

A raíz de lo sucedido en la Mesa Redonda del pasado Martes

José Gabriel Barrenechea.

Mucho me he preguntado por qué alguien como Miguel Barnet, uno de nuestros más destacados intelectuales de todos los tiempos, se ha prestado para servirle de comparsa al régimen. La explicación la encontré anoche. Don Miguel ha sido capaz del mayor sacrificio a que puede llegar un intelectual, esa muestra de total y absoluto desinterés que rara vez se encuentra en un humano, muchísimo más si es escritor. Ha puesto en riesgo su prestigio, su trascendencia, porque sabía que si él no ocupaba la presidencia de la UNEAC, otro lo haría. En definitiva un apapipio cultural, y vaya a saberse si apapipio a secas también… como ese de Las Tunas al que atinadamente le salió al paso en la Mesa Redonda, indignado por su descarnado discurso fascista.
Si alguien se preguntaba, o se pregunta lo mismo que yo, lo invito a ver la Mesa del martes 8 de noviembre. Barnet ha decidido permanecer aferrando a Cuba, como un gigante en medio de ese huracán fuerza 5 que ha sido el castrismo, porque sabía que era ese su deber. Como también el Historiador de la Habana, que es el autor de esa puya velada a Raúl Castro de llamarlo General Presidente, o sea como llamaban a Machado sus más descocados guatacas, Barnet ha decidido que más que marcharse, o plantar cara, lo que él mejor podía hacer era salvar lo más posible de su amadísima Cuba mientras dura la Noche, no permitiendo que los oscuros ocuparan ciertos puestos clave.
Mas ahora Don

Imágenes de la Mesa Redonda del pasado martes 8 de abril

Imágenes de la Mesa Redonda del pasado martes 8 de abril

se nos va, o lo van, y nada bueno asoma. Quién menos debe de preocuparnos es el arribista profesional, ordenado intelectual por decreto, que lo sucederá, un villareño tan anodino y gris como el Heredero al Trono (¿Díaz Ventura, o Machado Canel?). Preguntémonos: ¿Qué hacía ese apapipio, un personaje tan de cuarta, en la Mesa Redonda? La única explicación válida de esta meteórica ascensión es que su discurso es muy atrayente para el poder, y que en consecuencia es este quien lo ha elevado tan alto, en tan poco.
Algo terrible parece crecer tras ese discurso nacionalista ramplón, aislacionista, anti-occidental, tan de moda hoy entre los muchos mediocres que el régimen presenta, y engorda, como intelectuales. No olvidemos que los fascismos no suelen ser más que eso: la reacción violenta de la gran masa de mediocres colados en la máquina del Estado, ante la primera amenaza de limpieza.
Mucho me temo que el medro de tanto “intelectual” se imponga en este Congreso, y que la salida de Don Miguel Barnet coincida con la imposición de un ridículo fascismo cultural.

Los Intelectuales y la revolución de 1959.

José Gabriel Barrenechea.

Miguel Barnet. Presidente de la UNEAC

Miguel Barnet. Presidente de la UNEAC

Mucho a dado que hablar aquella frase de Ernesto Guevara, sobre el complejo de culpa de la intelectualidad cubana por no haber participado en la revolución de 1959. Mucho también le sirvió a Fidel Castro, que fue en definitiva quien supo o pudo sacarle provecho.
¿Mas es correcta esa percepción del camarada argentino sobre la pobre, o ausente contribución de la intelectualidad cubana al triunfo de dicha revolución, y posterior establecimiento de nuestro particular estalinismo tropical? Quizás nadie mejor que el propio Fidel Castro haya comprendido, distinta o aun inconscientemente, el error de ese arbitrista que fuera Ernesto Guevara. A ello se debe que tanto la repitiera. Sabedor de que en política no ya un ensayo sino una simple frase pueden más que explicar la realidad a ratos incluso cambiarla, quiso sacarle provecho. En definitiva, para convertir a la Isla en esa finca de Birán extendida que soñaba dirigir hasta en los más nimios detalles desde un jeep, necesitaba sacar primero del juego político a la intelectualidad cubana que se alimentaba de una poderosa tradición, y una cercana conexión con los centros culturales de Occidente. ¿Y qué mejor método para neutralizarla que mediante complejos de culpa?
La realidad, sin embargo, nada tiene que ver con los arbitrios del revolucionario austral, ni con las maquinaciones políticas de Fidel Castro.
¿Pero por qué fue tan relativamente fácil hacerle sentir ese sentimiento a un considerable sector de la intelectualidad, grupo humano que se supone debía de ser el menos dado a esas sugestiones malintencionadas? La razón, además de encontrarse en lo discutible de la idea anterior, o sea, la mayor resistencia a las sugestiones del intelectual, parece encontrarse no en escasa medida en un error de perspectiva histórica.
Es innegable que los intelectuales jóvenes iniciaron, y luego participaron activamente en la Revolución del 30. La abrogación el 9 de septiembre de 1933 de la Enmienda Platt, la caída de Machado y con él de la Primera República Liberal, para dar paso a una Segunda República Social, tiene su inicio en la Protesta de los Trece, o en las luchas universitarias dirigidas por ese intelectual en ciernes que era Julio Antonio Mella. Recordemos tan solo que tres de las más importantes organizaciones antimachadistas, el partido comunista, el ABC y el Ala Izquierda Estudiantil, fueron organizadas y dirigidas por intelectuales. O que el Directorio se echó a las calles en respuesta a las reprensiones de Enrique José Varona.
La revolución de 1959, por otra parte, no tuvo participación intelectual. Al menos no de manera tan obvia como en la de los treinta. Ni el Movimiento 26 de julio, ni el Directorio, ni las organizaciones auténticas, fueron creación de intelectuales, y tampoco contaron con ninguno en su plana mayor (Fidel Castro es indudablemente un político fuera de serie, pero ni de lejos un intelectual).
Y como en esencia la generación intelectual de los cincuentas pensaba al mundo desde las formas de lo hecho por la de los treintas, desde sus actitudes, no resultó difícil convencerla de su no contribución en 1959, a diferencia de en 1933.
Hay otra razón para dejarse sugestionar: La fea naturaleza de su contribución. Una oscura, de la que casi nadie, y mucho menos un intelectual, suele sentirse orgulloso. Una que era mejor no admitir.
Quizás haya notado ya el lector que escribo revolución a veces con mayúscula, a veces con minúscula. La del 30 con la primera, la del 59 con la segunda. La razón es muy simple: La primera fue en realidad una Revolución; la segunda, no. Distinción esta, clave en lo que aquí discutimos.
La primera, la del 30, había alcanzado la independencia política y poco a poco la económica. Al menos en el grado realista en que podía o puede serlo Cuba, y no en ese absolutista y disparatado de nación flotando en el vacío cósmico absoluto. También, y no resultaba lo menos importante, había terminado estatuyendo una República Social: La de 1940.
Quedaba en los cincuentas, por tanto, ocuparse de los detalles. El primero: Recuperar la República del 40 que había derrocado Fulgencio Batista, aunque sin atreverse a anular nada de la avanzada legislación social o laboral de la misma. El segundo: Diversificar el modelo económico cubano. Porque desde ya hacía mucho era evidente que si “sin azúcar no hay país”, con ella sola en lo futuro tampoco la habría.
De haber logrado ambas cosas, la de 1959 habría merecido también una erre mayúscula. Menor, claro, que la del 30, pero también habría sido ella una Revolución, la de 1959.
Pero más que esto, lo que se hizo a partir de 1959 fue destruir sistemáticamente la economía, y sustituir a las formas republicanas por las monárquicas basadas en el carisma. Debo agregar que la destrucción de la economía fue tan exitosa que hacia 1972 se terminó por esfumar el último rescoldo de independencia que nos quedaba. A partir de entonces hemos dependido de los EE.UU. como nunca en nuestra historia.
Esta paradójica realidad resulta evidente si comprendemos que a partir del mega desastre de 1970, Cuba, sin economía, no ha podido subsistir más que de venderse como el aliado perfecto de quien tenga algo contra los americanos: Quien quiera jeringar a Washington, solo tiene que sufragar nuestra economía de despilfarro pantagruélico. Lo cual ha limitado enormemente nuestras posibilidades, y nos ha obligado a vivir con los ojos más puestos en aquella capital que en la nuestra propia. Porque no nos engañemos, la dependencia no resulta solo de signo positivo…
Ahora, obsérvese bien este detalle: Todo ello, destrucción de la economía, pérdida de la soberanía… tiene su raíz en el establecimiento del dominio monárquico carismático de Fidel Castro, que a su vez solo pudo alcanzarse por la sistemática campaña de desacreditación de las formas republicanos-democráticas allá en los cuarentas, y primeros cincuentas.
¿Y quiénes fueron los principales promotores de esa campaña? Pues quien si no, nuestros intelectuales. Unos más, otros menos, pero muy pocos escapan de esas culpas.
Si alguien comprendió muy bien esto fue Fidel Castro, que quizás nunca habría sido capaz de escribir un tratado como El Príncipe, pero que en sacarle provecho a unos principios que no habría sido capaz de expresar de modo distinto si era más hábil que Maquiavelo.
Fidel Castro sabía que quien corona, es capaz de hacer lo contrario, y por ello se mostró tan interesado en restarle poder a sus elevadores al trono, ¿y qué mejor método que destruyendo su autoestima? Más, cuando no podía simplemente deshacerse de ellos, enviándolos a una UMAP, porque en sus maquinaciones internacionales, mediante las que pretendía conseguir mantenerse independiente a la vez de la URSS y de los EE.UU., era clave el ganarse el apoyo de la intelectualidad occidental. Ese sector tan determinante en la opinión pública del mundo libre, que no habría admitido una solución tan radical sin armar la alharaca, y al que por el contrario se lo podía ganar para sus planes si era lo suficientemente hábil para conseguir convencerlos de que acá se edificaba una nueva utopía a la manera de la del “buen salvaje”: La del Socialismo Revolucionario con Libertad de Creación, y hasta de expresión.
Resumiendo: En la revolución de enero de 1959, y por sobre todo en los caminos que muy pronto tomaría, los intelectuales si fueron determinantes. A su pesar, como comenzarían muy pronto a notar.
Es cierto que, como observara con su desconocimiento total de los cubanos y sus asuntos el argentino Ernesto Guevara, los intelectuales no se integraron en ninguno de los grupos de lucha armada contra el gobierno de facto de Fulgencio Batista . Pero eso se debió más que nada a que ellos, desde los cuarentas, habían reducido a polvo el edificio republicano, y esos polvos, a que dudar, fueron el componente principal de los lodos que en los sesentas los ahogarían a ellos como primeras víctimas. Habían tomado, en su gran mayoría, una posición de total desencanto, de nihilismo sobre el futuro de Cuba, que había incluido aneja una salvaje campaña de desacreditación de las formas republicano-democráticas.
Actitud y campaña, que unidas a ciertas teleologías paridas por los origenistas, serían en definitiva los grandes justificantes del establecimiento de la monarquía carismática de Fidel Castro.

Crónicas del Socialismo Cubano.

Portada Voces 21

Portada Voces 21

Por Ernesto Peña González

El número 21 de Voces reúne varias crónicas y comentarios sobre el socialismo cubano.

No es para la Prensa propone un cuestionario cuasi humorístico de V/F sobre la actualidad futbolística cubana, el desarrollo de los deportes de invierno en Cuba, y la ¿posible? liberación  de Osvaldo Alonso por parte de AFC para que asista al Mundial de Brasil con la camiseta del equipo norteamericano.

En Bovary Raúl Flores Iriarte comenta sobre los fenómenos de la publicación y divulgación del libro y la literatura en Cuba. Destaca la inmovilidad de los libros en librerías, el control absoluto de las instituciones que deciden a quién publicar y a quién promover (casi siempre autores políticamente correctos), así como las tiradas de 500 ejemplares con portadas poco atractivas. Todo ayudado por una prensa fiel, que nada contradice. Es de interés su observación acerca de la escasa divulgación de autores extranjeros anglófonos e hispanoamericanos, y de los ignorados escritores cubanos del exilio. Una breve consideración sobre el provincianismo generalizado y el anquilosamiento de algunas palabras como Revolución, Patria, Bloqueo, Imperialismo y Pueblo, cierran el artículo.

Por su parte, Regina Coyula, en su Des-concierto, y a semejanza de las Vidas Paralelas de Plutarco compara a los músicos Arnaldo Rodríguez y Boris Larramendi en cuanto a sus credos y conductas políticas.

Nonardo Perea conoce algunas Fobias. Entre todas la más incómoda: la futurofobia, la de no poder realizar los sueños por carencia de recursos elementales. Aunque otro articulista no pierde la fe. En la corriente futurológica se inserta El año 2020 será de alta inestabilidad social en Cuba. AleagaPesant medita, basándose en síntomas y tendencias actuales, sobre el futuro cercano sociopolítico de la isla. El incremento del activismo social, la desaparición de organizaciones pro gubernamentales, la creación de nuevos partidos y la redefinición de la labor del MININT son algunas de las ideas desarrolladas. Se advierte la preocupación por el destino de las armas y su seguridad, así como la esperanza de un desenvolvimiento real de las fuerzas productivas y las relaciones internacionales.

¿Puede una isla perseguir a sus habitantes? Se pregunta Alfredo Fernández Rodríguez, que a un tiempo nos ilustra sobre la vida ahorrativa de los médicos de una misión en Ecuador; la miseria psicológica de ahorrar y ahorrar, de temer perpetuamente a la miseria.

En contraste somos invitados a Vivir Cuba desde los Estados Unidos. De la mano de Orlando Luis Pardo Lazo vamos de paseo por varios estados de la Unión americana. Es un paseo insólito, donde no se extraña a Cuba “ni un poco”, pero no se deja de vivir en ella; de soñar, sufrir, llorar por ella. En una cuerda parecida asistimos a un 1er día de college. dek.s.ll. Un correo informal sobre un día cotidiano.

Luis Pérez de Castro nos devuelve a la realidad cubana en Una vez más el absurdo. Otra vez el perdón. Sucinto testimonio de etnología urbana, asistimos junto a Luis al interior de una shopping santaclareña, que puede ser cualquier shopping de nuestro país. El absurdo de los precios de carnes y quesos, etc. en relación atroz con el salario real del ciudadano común. Todo ello silenciado por la abstracta retórica oficial, en especial de uno de sus personeros: Marino Murillo.

Cierra el número una Carta del desespero, de Clara Méndez Martínez, solicitando a la embajada mexicana la reunificación familiar. Versión epistolar del anhelo por emigrar, por huir de la desesperanza que fueron los años 90, ¿los años 90?

Narrativa

Complementando las crónicas encontramos varios textos de ficción. Y en este apartado recomiendo Una larga vida con sentido, escrito en 2ª persona y en tiempo futuro. El tristísimo cuento de José Gabriel Barrenechea, cuadro de una tenebrosa realidad de la Cuba actual: la vida cotidiana de muchos viejos y ancianos, vendedores de periódicos y bisuterías que traen la cabeza llena de los recuerdos de pasados sacrificios y esperanzas rotas.

“El castillo es un edificio con una sola cocina”, afirma Eduardo Frías Etayo en su cuento El castillo es un edificio.

Una curiosa postal sobre el encuentro entre Candice Bergen y Jaime Sarusky nos regala Azucena Plasencia en su Amanecer en la catedral.

Ensayo artístico

Contra Bolaño. Susurrado elogio disfrazado de asalto dedica Daniel Díaz Mantilla a la figura del controvertido Roberto Bolaño. En contraste, lanza algunas necesarias estocadas a los fascinados, a los enamorados acríticos de la obra del escritor chileno, y alerta que “No se trata, por supuesto, de negarle valor a su obra, sino de ponerlo en perspectiva, de leerlo sin sucumbir al embrujo del gran escritor maldito”. Dentro de su concepto de lo que es —o debe ser— la literatura, Díaz Mantilla encomia la actitud artística y vital del poeta y narrador. Enaltece su humildad personal, fidelidad a la poesía, y cuestionamientos al poder político represivo y a la autoridad literaria complacida.

Pletórico en halagos, y prometidos argumentos, Pablo de Cuba Soria, glorifica sin sonrojo a Lorenzo García Vega, “el benjamín de Orígenes”. “Después de la de José Lezama Lima, la obra de mayor riesgo literario (…), más individualmente universal, menos origenista desde su militancia origenista, la obra que más fuerza posee para sacar de su mediocridad cotidiana, influir, a las sucesivas generaciones de escritores, es la de Lorenzo García Vega”, nos asegura el autor del escrito intitulado De los años de Orígenes al oficio de perder: finalmente solo el discípulo.

Porque el lector valore y disfrute la Editora adjunta poemas y textos breves de Fina García, Justo Rodríguez, Eliseo Diego, Lezama, Virgilio, Ángel Gaztelu, Baquero, Octavio Smith, Lorenzo García tomados de diferentes números de Orígenes

Cierra este número de Voces cuatro poemas que integran el poemario Vegas Town de Juan Carlos Flores.

Una insuperada hazaña… mal recordada.

por José Gabriel Barrenechea.

El trabajo que presento a continuación ha sido publicado íntegramente en la revista Guamo, número 76. Debo por lo tanto pedir disculpas por las acusaciones que antes hice, a raíz de la recogida del número 70 de las librerías, como debidas a la censura de

Con Guamo

Con Guamo

mi trabajo La noche que dio comienzo a la Edad Contemporánea en Cuba. Siempre se me dijo que todo no se debía más que a un error burocrático relacionado con los precios a que se comercializa esta revista, lo que con esta nueva publicación, además de con la reaparición del número 70 en librerías, no parece más que confirmarse. Sin embargo, prefiero creer que la verdadera razón está en que la élite santaclareña ha comenzado a ejercer su natural abierto; por lo menos su natural mucho más abierto que el de cualquier otra ciudad del país. Y claro, no sería yo un Hidalgo, si no lo reconociera…

Una insuperada hazaña…mal recordada.

A ratos, aunque ya no tanto como hace treinta años, se escucha en nuestros medios, círculos académicos y hasta controversias de barrio, ensalzar una y otra vez a la guerra en Vietnam, a finales de los sesentas y comienzos de los setentas, como la más desigual de todos los tiempos. Que esto se diga en el resto de Latinoamérica no me causa asombro, a fin de cuentas allí las guerras más desiguales contra potencias extranjeras nunca excedieron la relación de tres a uno, y en cuanto a lo técnico, ejércitos libertadores los hubo mejor armados que los que la decrépita, ocupada ella misma España por los ejércitos napoleónicos, pudo ponerles enfrente; mas que semejante opinión se vierta en Cuba no puede más que asombrarme. ¿Es que acaso olvidamos nuestra Historia, en específico nuestra Guerra de los Treinta Años (como acertadamente la llamaba Don Fernando Ortiz), con la que nos sacudimos de encima la dominación colonial española que nos ahogaba económica, política y socialmente?

“Vino el Remington y junto con el Remington la ofensiva; se acabaron los indios y se conquistó el Desierto”, así escribía el general Ignacio Fotheringham en su “La vida de un soldado”, refiriéndose a la vital importancia que tuvo para la conformación definitiva de la República Argentina aquel arma, que permitió por fin enfrentar con éxito las cargas de caballería de los bravos aborígenes araucanos. Pues bien, ese mismo fusil remington 1867, de tiro central, fue masivamente enviado a la isla de Cuba en 1869, a solo dos años de su salida al mercado, dándose el caso de que en la propia España, donde el gobierno debía enfrentar una guerra, la segunda carlista, y numerosos y diarios pronunciamientos, sus unidades siguieron usando el ya obsoleto fusil de avancarga hasta bien entrada la década de los setentas.

Sin embargo es en la guerra del 95 que se manifiesta ese deseo de la metrópolis de armar con lo último a su ejército colonial en la Isla de Cuba, sobre todo para lograr contener esa enfermiza costumbre cubana que tan bien describe cierto coronel andaluz de las aventuras de Elpidio Valdés, la de que “oyen un tiro y nos asaltan a machetazos”. Mucho se repite en la Cuba de hoy que los norteamericanos enviaron a Vietnam sus más modernos armamentos convencionales, y no es una exageración, pero pocos parecen conocer que a esta islita el gobierno de la regente Doña María Cristina, envió el que por entonces era un fusil revolucionario, el máuser de repetición; tan revolucionario que con ligeras mejoras fue el fusil orgánico de la Wermacht durante toda la II Guerra Mundial (los norteamericanos compraron su patente en 1903 para producir una variante bajo el nombre de Springfield, con el que equiparon a sus infantes hasta 1942, y que era el arma reglamentaria del ejército batistiano al que enfrentó Fidel Castro y su Ejército Rebelde a finales de la década de los cincuentas). Esta arma adelantada a su tiempo, junto al cañon Krupp especialmente diseñado para la “guerra cubana”, y a otros adelantos técnicos como los heliógrafos mejorados, o el extendido uso del transporte por ferrocarril, convirtieron al Ejército de Cuba hacia 1897 en el más moderno de su tiempo, al menos fuera de las fronteras de Europa Occidental.

Esta mayor desigualdad técnica en nuestras guerras de independencia, sin embargo, resalta más por el hecho de que mientras a los vietnamitas los apoyo masivamente la poderosa URSS, y hasta la China de la Revolución Cultural y el acercamiento a Washington (los trenes soviéticos para abastecer a su aliado, tanto de trigo como de modernos cohetes tierra-aire, siguieron cruzando a diario por el territorio chino, aun cuando las dos potencias socialistas estuvieron a un paso de la guerra en esos mismos tiempos), a nosotros los cubanos no nos apoyó nadie. Expedición tras expedición fueron enviadas a Cuba antes de abril de 1898, gracias únicamente al sacrificio de las emigraciones y a la diligencia del Delegado del PRC, Don Tomás Estrada Palma. Y esas expediciones, que necesariamente debían llegar por mar, se veían obligadas a burlar el masivo dispositivo naval español. En su “El ejército español en Cuba. 1868-1878”, René González Barrios y Héctor Esplugas Valdés, nos advierten que “…Para ese año (1870, cuando comenzaron a llegar 30 modernas cañoneras compradas en los EE.UU.) la escuadra española destacada en La Habana (ya) contaba con 52 buques, con 250 cañones a bordo, y 5 857 hombres de tripulación, lo cual la convertía en la más poderosa escuadra de la península en los mares del mundo.” A lo que agregamos que en mayo de 1898 España contaba en Cuba con 61 buques, que aunque no aptos para enfrentar a una flota de alta mar como la norteamericana, si se bastaba muy bien para mantener vigiladas nuestras costas de expediciones. Las cuales, y es bueno no olvidarlo, con todo y ello se atrevían a dejar sus alijos a la vista de La Habana, Cárdenas o en las costas de una provincia tan vigilada como Pinar del Río.

Es, no obstante, en la relación ocupante-ocupado donde realmente se destaca la superioridad cuantitativa y cualitativa de nuestro esfuerzo bélico. Un norteamericano por cada setenta vietnamitas en 1969, el año climático de la guerra indochina; un español por cada siete cubanos en el 95, o sea, ¡un soldado español adulto por cada siete cubanos de todas las edades o sexos! Pero es que en la del 68, incluso, la relación parece haber sido más desfavorable todavía. Y es que si según Carlos de Sedano y Cruzat, en su libro “Cuba desde 1850 a 1873”, habitaban el archipiélago cubano en 1869 exactamente 1 399 811 personas, y si por otra parte creemos al coronel ibérico Francisco de Camps y Feliú, nada sospechoso de afinidad con el bando mambí, cuando en su libro “Españoles e Insurrectos” escribe que el Ejército de Cuba llegó a tener durante la Guerra de los Diez Años 270 000 hombres sobre las armas, entonces dicha relación muy bien pudo haber sido de uno a cinco, algo nunca visto en toda la ya larga historia de las guerras humanas.

¡Tengamos en cuenta que la suma total de los soldados que el gobierno de Madrid despachó para someter a poco más de un millón de cubanos en cualquiera de las dos guerras (unos 500 000), excede a la de todos los ejército europeos enviados a este lado del Atlántico, desde la Guerra de Independencia de las Trece Colonias, hasta la expedición británica para recuperar las Malvinas en 1981!

Por último la comparación de las víctimas de la guerra es más que clara: dos millones de vietnamitas, uno de cada diecisiete; 200 000 cubanos en las estimaciones más frías solo para la última guerra, uno por cada ocho. Porque para quien hoy no lo sabe las aldeas estratégicas fueron solo un juego de niños si se las compara con la Reconcentración que nos impuso España, y que se encargó de aplicar el genocida Valeriano Weyler. Solo en la Habana el Cónsul General de los Estados Unidos informó a su gobierno, con fecha 14 de diciembre de 1897, que de 101 000 reconcentrados habían muerto nada menos que 52 000, en su mayoría niños, mujeres y ancianos guajiros llevados a la fuerza a morirse en los portales de los pueblos y ciudades, que era lo único que los “patones”, maestros de estalinistas y nazis, dominaban de esta Isla para mediados 1897.

En un final que resulta imposible negar la hazaña del pueblo vietnamita, pero el reconocerla debe servirnos a los buenos cubanos, esos que no corremos a hacer colas en la embajada de España y que nos duele en el alma que otros se vean forzados a hacerlo, para recordar que nuestros tatarabuelos y bisabuelos, superaron con mucho ese listón, o cualquier otro impuesto en la ya milenaria historia humana.