Naturaleza de la Revolución Cubana.

José Gabriel Barrenechea.

Para quien conozca el negativo desempeño económico de Cuba durante el último medio siglo, la sobrevivencia hasta hoy de la clase política en el poder desde el 2 de enero de 1959 resulta una paradoja. ¿Cómo es que ha logrado permanecer allí, a pesar de la difícil coyuntura que le sobrevendría a raíz de la desaparición de la “comunidad socialista mundial”, la que, según el artículo 11 de la Constitución de 1976, era una de las premisas fundamentales de la independencia y desarrollo en todos los órdenes de la República de Cuba?

Tal paradoja debe de ser explicada si es que queremos pensar nuestro futuro; y para lograrlo, para comprender en esencia en qué ha consistido, cuáles son en un final sus claves profundas, nada mejor que ubicar al proceso revolucionario cubano en su correcto lugar dentro de otros procesos semejantes ocurridos durante el siglo XX.

Durante el mismo, lo fundamental político a escala global ha sido la contraofensiva del mundo periférico ante el avance globalizador que, bajo la égida del núcleo de occidente (Inglaterra, Francia, los EE.UU.), se había venido dando desde fines del siglo XVIII. En este sentido, los procesos soviético, chino o iraquí comparten la misma esencia última: La resistencia de lo que va quedando de las antiguas sociedades ancestrales y extraoccidentales, revitalizada por la que ahora ofrecen sus nuevas elites intelectuales, a medias occidentalizadas, ante el perfilamiento de un Estado o al menos un Mercado Mundial con su centro en las grandes capitales del mundo occidental.

El caso particular ruso, por ejemplo, es un ejemplo paradigmático de lo dicho arriba. Allí, en la coyuntura de una terrible crisis provocada por la evidente inferioridad rusa, cultural, económica y social, para enfrentar en una guerra a una nación occidental moderna, una minúscula minoría se ha hecho con el poder. Más que por cualquier otra consideración, lo ha logrado por una muy simple razón: Es la única facción política que ha admitido sacar al país de inmediato de la 1ª Guerra Mundial, sin cuidarse de la opinión de sus aliados franceses, británicos y norteamericanos. Actitud que le ganará el incondicional apoyo del gigantesco ejército no profesional, conformado en lo fundamental por reclutas campesinos, que en ese conflicto ha puesto la mitad de las bajas (de 8 millones de muertos, casi 4 corresponden al ejército ruso; aun cuando solo habrá peleado durante tres de los cuatro años que dura el conflicto). Apoyo que a partir del 7 de noviembre, al hacerse los bolcheviques con el poder en Petrogrado, se manifiesta de un modo harto suigeneris: los soldados demostrarán su apoyo a los bolcheviques nada menos que con los pies, ya que de inmediato los ejércitos comenzarán a ser desertados en masa.

El nuevo poder que se formará en Rusia a continuación no será uno de obreros y campesinos, aunque individualmente una parte de sus miembros provengan de dichas clases, sino el de una minoría consciente de la necesidad de modernizar al país, al menos en unos pocos aspectos claves para mantener viva una pretendida “rusidad” frente a los embates de la “occidentalidad”. Una nueva elite que justificará su existencia y poder ante la historia al mostrarse mucho más eficiente que la que le precedió en aprovechar, de lo creado por Occidente en la Modernidad, aquello que le es útil para mantener a la sociedad rusa atada a sus maneras ancestrales profundamente despóticas y antidemocráticas (industrialismo relacionado de modo directo con el abastecimiento del ejército y con su organización, técnicas policiales… pero también, y por sobre todo, una ideología tan ambigua como el marxismo, que a pesar de presentarse como la quintaesencia del progresismo, se demostrará en las realidades del siglo XX más útil para armar sociedades a la usanza faraónica que a la post-capitalista). Una elite que en definitiva cumple ese cometido casi tan eficientemente como la que encabezó Pedro el Grande, dos siglos antes.

Ahora, ¿preguntémonos si, contra la opinión general, cabe ubicar al proceso revolucionario cubano aquí, junto al ruso-soviético, y entre los procesos chino e iraquí?

Lo primero que nos saltará a la vista al compararlo con aquellos y en específico con el someramente analizado más arriba, es el hecho de la mucha mayor participación política en el nuestro. Si en el ruso-soviético son unas minorías que ganan el poder mediante promesas sencillas, prosaicas si se quiere (pan, paz y tierra), en medio de una situación de crisis profunda y lo fundamental, palpable, para ejercerlo casi en seguida en solitario, y por medio del terror indiscriminado, en Cuba no ocurre de igual modo: el poder se ha establecido no mediante una hábil componenda política armada sobre el hambre o las vicisitudes de una guerra atroz, sino gracias a la anuencia consciente de una mayoría de la población (quien lo dude puede consultar los surveys de la revista Bohemia, a inicios y mediados de 1959).

La diferencia esencial, la que sitúa al proceso cubano en otro grupo muy distinto, es que al contrario de la a medias asiática Rusia, por no decir China o Iraq, Cuba es una nación occidental, con un maduro proceso de individuación. Solo que una nación occidental secundaria, pequeña, de escasa población, incapacitada para la autarquía económica y a la vista casi de las costas de la que, a posteriori de la 1ª Guerra Mundial, se haya llamada a convertirse en la nación central del proceso globalizador: Los EE.UU. Y esta diferencia en cuanto a niveles de individuación se nos transparenta en que si, como entrevimos, en Rusia la conciencia de la desventaja y relegación nacional por el avance de un proceso homogeneizador no concebido desde la “rusidad”, sino desde la “occidentalidad”, solo se dan en una minoría, muchos de los miembros de la cual, por otra parte, solo llegan a esa conciencia en medio y a consecuencia de su ejercicio del poder, en Cuba la conciencia de la inferioridad de facto del cubano ante una de las facetas de lo occidental, lo americano, es más bien un (re)sentimiento nacional a partir de 1901.

A diferencia del ruso, cuyo completo mundo coincide con la docena de verstas cuadradas de tierra en que se desenvuelve su vida, el cubano, cuyos ascendientes en algún momento han cruzado al menos un océano, lo fue desde un inicio por su ansia consciente de abrirse al mundo, por su clara aspiración a desembarazarse de los rígidos corsés que le imponía la mentalidad española. Y en la concreta satisfacción de tal ansia, no es extraño que comenzáramos a crearnos a conciencia una idiosincrasia propia que completara la que ya de hecho iba distinguiéndonos de matritenses, sevillanos, leoneses o aun canarios. Lo que conllevó a su vez buscar modelos más allá de nuestras costas en aspectos no tan prosaicos y automáticos como el comer, el andar o el decir. Así, por ejemplo, los proyectos políticos y económicos cubanos de mediados del siglo XIX, que mantendrán de alguna manera su vigencia hasta los primeros años del XX (con exactitud hasta la crisis financiera de 1920, que dio fin a las “vacas gordas” y comienzo a las “flacas”), imitarán abiertamente primero, y hallarán luego su inspiración en las formas que la política y la economía han adoptado en la única nación americana independiente que no ha terminado en un estado fallido para esa fecha, y en que sus habitantes viven constatablemente mucho mejor que sus ancestros de antes de la independencia: los Estados Unidos de América.

Y es en la búsqueda de realizar dichos proyectos políticos y económicos que nos habremos de lanzar a nuestra Guerra de los Treinta Años (1868-1898) por la independencia. Guerra sin comparación posible en las guerras humanas, por sus marcadas desproporciones en contra nuestra, y que en justicia nos hará creer merecedores de situarnos entre las naciones líderes a nivel mundial.Guerra, sin embargo, de la que saldremos con el monumental fiasco en que terminará convirtiéndose la Intervención de 1898 para 1901: Nuestro paradigma político y económico, en el cual habíamos buscado los modelos de civilización y modernidad que contraponer a la medievalidad española, nos decepcionara muy a lo profundo al demostrar con la Enmienda Platt que no nos creen capaces de seguir su misma senda por nosotros mismos.

Desilusión que es incluso perceptible en la obra de un confeso anexionista como José Ignacio Rodríguez, quien en Estudio Histórico sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la idea de la Anexión de la Isla de Cuba a los Estados Unidos de América no se ha propuesto en sí propagandizar dicha idea, sino más bien poner frente a frente los modelos de unión americano-cubana prevalecientes antes de 1860, y de los cuales los Informes presentados respectivamente a la Cámara y el Senado el 24 de enero de 1859 constituyen su expresión más acabada, con los que propugnaban para la fecha de composición de la obra (1899) “McKinley y sus amigos”. Modelos aquellos primeros en los que los “partidarios (cubanos) de la anexión creyeron siempre, y continúan creyendo, a pesar de todo”, ya “que por medio de aquella (la anexión de aquellos modos) podría alcanzarse para su patria amada la mayor suma posible de dignidad, de libertad, y de grandeza material y moral”, muy al contrario de lo que ocurría con los últimos, encaminados más bien hacia la consecución de una Isla “gobernada militarmente, como colonia, o (considerada como) posesión habitada por gente de raza y civilización inferior, a la que hay que enseñar el arte de gobernarse, e indigna de ser dejada a sus propios destinos”, y que por tanto resultaban inaceptables a los anexionistas que mantenían dicha posición por patriotismo.

Es por ello que a partir de 1901 y actuando como si en verdad la telaraña de los poderes mundiales estuviese organizada a modo de un justo mecanismo de premio y castigo, premiando primero que nada las virtudes guerreras y los méritos bélicos de cada pueblo, y no como casi siempre en la realidad, lo abrumador de los números geográficos o censuales, o las bondades del subsuelo, los cubanos, creyéndose víctimas de un malintencionado despojo, serán cubanos por esa sorda aspiración que alienta en lo profundo de todos sus corazones a reponerse al lugar que creen merecer en la mentada telaraña. Lugar que como condición sine qua non deberá ponerlos a un mismo nivel con los americanos. Aspiración o más bien sentimiento, no obstante, que aunque corroe el alma, todos lo tienen por irrealizable… al menos hasta la llegada al poder de un individuo, gústenos o no, excepcional: Fidel Castro Ruz.

Desechado por tanto el intento de clasificar al proceso revolucionario cubano dentro del grupo de aquellos procesos en que ciertas elites semi-occidentalizadas tratan de aprovechar algo de la occidentalización para evitar que sus culturas no occidentales sean relegadas en las escalas del poder mundial, o incluso absorbidas, se impone continuar buscándole una mejor ubicación. En este sentido, si logramos desprendernos de ciertos prejuicios, veremos que solo otro proceso en el siglo XX ha generado una semejante disposición colectiva e individual a la inmolación, a semejanza de la vivida en esta Isla durante 1961 y 1962: el proceso nacionalsocialista alemán.

Y es que en ambos procesos, sobre algunas diferencias significativas, como la de que en el cubano lo racional, al menos al nivel de discurso, predomina sobre lo irracional, se advierten a primera vista innumerables semejanzas:

Ambos ocurren en naciones occidentales, aunque no del núcleo, que por su pasado y por su espíritu se creen merecedoras de una mejor posición en las telarañas de ese poder mundial que se globaliza. En el caso alemán solo recordaremos la larguísima tradición del Sacro Imperio Romano-Germánico, al cual durante siglos, al menos en teoría, se subordinaba hasta el poderoso Reino de Francia.

En el nuestro, además de lo más arriba referido, es bueno entender que Cuba, y por sobre todo La Habana, ha sido durante casi doscientos años el único pedazo de lo que fuera el imperio español que ha continuado viviendo como tal. Su único centro expansivo no anquilosado. Desde el cual se ha asestado la única gran derrota que España le infrigiera a los nuevos imperios europeos, que en los siglos XVII y XVIII pujan por despojarla de sus dominios: La que terminó por propinarle el corso cubano a las piraterías y el corso de ingleses, franceses y proto-americanos. O que la única clase “tercermundista” que ha levantado una economía de plantación con recursos propios ha sido la de nuestros denostados “sacarócratas” de fines del Siglo de las Luces y principios del XIX: La sin comparación hemisférica Generación de 1792.

Naciones que, por otra parte, han tenido como modelo intelectual a otra más hacia el centro de occidente, pero las cuales, con sus actos hacia ellas, han terminado desilusionándolas de muerte en algún momento. En el caso alemán, la Francia revolucionaria, que con su maniquea identificación de lo germano con lo aristocrático y lo feudal, en contraposición a lo celta como lo popular y moderno, pero por sobre todo con el concreto expansionismo napoleónico del otro lado del Rin, terminará inspirando Los Discursos a la Nación Alemana, de Fichte, y luego la jerigonza oracular de Hegel; primer fundamento histórico del futuro nazismo. En el cubano, ya nos hemos referido más arriba a nuestra singular relación espiritual con losamericanos.

Ambos ocurren como resultado del desgaste de avanzados intentos democrático-constitucionales. Desgaste achacable más que a las propias falencias de dichos intentos (que en ambos casos las hay, sin dudas), a las expectativas nada realistas que en ellos ha puesto la mayoría nacional. Expectativas que se encuentran fuertemente predeterminadas por la exagerada idea que dichas mayorías tienen de la posición que debe merecer su nación en el contexto internacional, e incluso, para ciertos sectores intelectuales, por la creencia consciente en un destino que su nación debe cumplir en dicho contexto.

Por tanto, conceptualizando podemos decir que el proceso cubano pertenece más bien al de aquellas naciones occidentales relegadas a un papel secundario en la globalización occidentalizante, y que poseedoras a su vez de un pasado imperial, han intentado revertir esa situación.

Hay una semejanza más entre los procesos alemán y cubano, que de ningún modo puede pasarse por alto:

Por lo general los políticos en naciones con gran influencia de las masas en el poder, como lo es Cuba aun bajo la dictadura de Fulgencio Batista, por no hablar en el periodo auténtico-repúblicano, o Alemania bajo la República de Weimar, tienden a contrapesar, poner diques a las ansias reivindicativas nacionalistas de dichas masas, que ellos perciben atinadamente como potenciales desbordamientos sumamente peligrosos para el futuro de la Nación. Suelen, por lo tanto, cortar las alas de los sueños nacionales para que no terminen convirtiéndose en delirios colectivos. Y es ello algo que se cumple en la aplastante mayoría de los políticos, y de sus decisiones particulares.

En la minúscula fracción restante, nos encontramos con individuos como Adolfo Hitler y Fidel Castro.

Ambos, a su asunción del poder, darán curso abierto a las aspiraciones nacionales constreñidas (pero por sobre todo Fidel, por su negativa casi total a pactar con nadie que las pueda mediar: él nunca pactará con los grandes capitanes de la industria o las finanzas, como si lo hará el Führer, y cuando lo haga con la URSS, lo hará no obstante con los dedos cruzados a la espalda). Serán de hecho los arietes que, con la pasión de sus nada ortodoxas oratorias que enredan y elevan a planos extracotidianos a sus oyentes-seguidores, derribarán todas las posibles reservas, racionales o irracionales, de la gran masa nacional, e incluso las de muchos individuos que poco antes se enorgullecían de su escepticismo metódico.

El proceso revolucionario cubano puede así reducirse a que las mayorías nacionales, asqueadas de la política democrático-social de los cuarentas, que no acierta a ponerlas a vivir, de golpe, porrazo y sin esfuerzo, en un paraíso por demás completamente aislado de cualquier influencia exterior, cual si estuviera ubicada en la cara contraria de la Luna, optan por deshacerse de dicha política. Pero como sin política ninguna sociedad puede vivir, lo que en verdad hacen es dejarla por completo en manos de un ser percibido como sobrehumano; todo pureza y desinterés. El mismo que a su vez resulta ser el primer gobernante en cincuenta años de República que se muestra dispuesto a llevar adelante las desmedidas aspiraciones de las mayorías nacionales.

O sea a la auto-identificación de una nación occidental secundaria, pero con una visión de sí misma particularmente desmesurada, con un individuo extraordinario: Fidel Castro Ruz.

Carácter Monárquico de la Constitución de 1976.

José Gabriel Barrenechea.

¿Por qué afirmo que, a pesar de la superficial y aparente semejanza entre ambas, la Constitución Cubana de 1976 es otra cosa bien distinta que la Soviética de 1977?

Si la segunda define en teoría un régimen parlamentario, y en la realidad el gobierno consensuado de una elite de funcionarios, la nuestra, por su parte, más que uno presidencialista, prefigura uno monárquico. Si en la soviética en su artículo 121 se definen las atribuciones del Presídium del Soviet Supremo de la URSS, y en el 131 los límites de las atribuciones del Consejo de Ministros, en cambio falta ese larguísimo, semejante al 91 de la nuestra del 76, o el aun un tanto más largo 93 de la de 1992, en que se establecen con claridad los muchos poderes del equivalente cubano del Presidente del Presídium del Soviet Supremo de la URSS, el Presidente del Consejo de Estado de la República de Cuba.

Es así que uno no se explica (bueno, en verdad uno si se lo explica…) que alguien tan agudo como el relevante jurista cubano, Julio Fernández Bulté, escriba en su ensayo “El proceso de institucionalización en Cuba” que, “la Constitución de 1976 nos aproximó, funcional y estructuralmente, a los países socialistas de Europa del Este y nos separó en cierta medida de nuestras tradiciones presidencialistas”. Porque en la realidad, más que en la teoría, y no “en cierta medida”, sino en una inusitada, la Constitución de marras fue más que presidencialista, monárquica, y ni tan siquiera a la manera de la Inglaterra del siglo XVIII, sino a la de la Francia de 1700, bajo el Rey Sol.

En este sentido resulta sumamente locuaz el siguiente fragmento tomado del libro “Comentarios a la Constitución Socialista”,del “miembro clave de la comisión encargada de redactar el Anteproyecto de la Constitución Socialista”, profesor y diplomático Fernando Álvarez Tabío:

“La función múltiple atribuida al Presidente del Consejo de Estado, en lo político, en lo económico, en lo legislativo, en lo gubernamental, en lo administrativo, en lo militar, la cual ostenta como máximo depositario de la soberanía nacional y defensor más representativo de la causa de la democracia y del socialismo, solo podemos concebirla en quien, desde las epopeyas del Moncada y la Sierra Maestra, guiado por el pensamiento de José Martí, condujo la Revolución a la victoria. En la historia de todos los pueblos hay grandes hombres cuya vida y obra están estrechamente ligadas a las más gloriosas etapas históricas de la nación. Estos hombres simbolizan las más altas cualidades de su pueblo; dedican toda su vida a la lucha por su independencia y su felicidad; sus palabras y sus acciones reflejan las aspiraciones más acariciadas y la voluntad más firme de la Nación.”

“El presidente del Consejo de Estado de nuestra República, compañero Fidel Castro Ruz, es uno de ellos. Consideramos, pues, que el artículo 91 de la Constitución es un justo homenaje a su persona.”

Solo la aceptación desprejuiciada de este carácter monárquico de nuestra Ley de Leyes, nos ayudará a comprender por qué, según lo expresa el catedrático Walter Mondelo en “Constitución, regla de reconocimiento y valores jurídicos en el derecho cubano”, nuestra Carta Magna no ha podido consolidarse como el patrón de la constitucionalidad y la legalidad. En definitiva por qué la misma no es “usada regularmente como criterio para identificar el derecho válido y para fundamentar el deber de obediencia a sus normas”.

Apartándonos de divagaciones kelsenianas o hartianas, concebidas para no tener que ver lo evidente, sin perder prestigio académico de paso, el hecho de que aún se debata “si los decretos-leyes (del Consejo de Estado) tienen igual jerarquía que la ley, cuando la Constitución faculta únicamente a la Asamblea Nacional a promulgar leyes y, además, a revocar los decretos-leyes del Consejo de Estado si se oponen a la ley o a la Constitución”, el que por otra parte en casi 38 años la Asamblea Nacional no haya nunca ejercido su derecho a “decidir acerca de la constitucionalidad de (los) decretos-leyes”, o “revocar en todo o en parte los decretos-leyes que haya dictado el Consejo de Estado”, solo se comprende a cabalidad si aceptamos que dicha constitución se ha hecho a la medida del imperante carismático, Fidel Castro.

Y es que en esencia dicha Constitución no consiste más que en una reescritura de las constituciones socialistas de corte soviético, redactada por los seguidores más próximos del líder carismático y bajo su directa supervisión, con el fin de obtener los beneficios de la pertenencia al CAME sin a la vez verse obligados a desprenderse de las particulares formas que ha terminado asumiendo el poder en la Cuba revolucionaria. De este modo todo lo que no este escrito allí para legitimar dicho poder carismático, o que pueda entrar en contradicción con el mismo, ha sido expurgado cuidadosamente de todo valor real.Como por ejemplo la grandilocuente declaración que es en sí el artículo 69 de la versión de 1992, que establece que “La Asamblea Nacional del Poder Popular es el órgano supremo del poder del Estado. Representa y expresa la voluntad soberana de todo el pueblo”.

Tal declaración carece de la más absoluta realidad, si comprendemos no solo que reuniéndose a lo sumo una semana al año es imposible ejercer semejante poder, sino también que por el actual sistema electoral, que impide el surgimiento de otras figuras políticas de alcance nacional independientes de las previamente existentes, la Asamblea se encontrará siempre, y por completo, en manos de poderes anteriores a su elección: el imperante carismático, y a quienes este tenga a bien designar para sucederle.

Los socialismos del no crecimiento.

José Gabriel Barrenechea.

Desgraciadamente las alternativas al actual Orden Mundial con que los anticapitalistas pretenden ganar nuestra adhesión, en este ya no tan nuevo siglo XXI, parten de la satanización de cualquier crecimiento.

Debemos reconocer, sin embargo, que al actuar de este modo los neocomunistas del nuevo milenio parecen en cierta medida ser más consecuentes que sus antecesores del XX, o del XIX. Si en el modelo original se combinaba contradictoriamente la aspiración al crecimiento constante de las fuerzas productivas, con la creencia de que vivimos en un Universo paradisíaco, del que solo no podemos disfrutar por la manera injusta en que organizamos nuestras sociedades, los teóricos del socialismo sostenible finalmente han comprendido que crecer resulta innecesario en un Universo semejante. ¿Para qué esa compulsión de crecer en definitiva, si en el mismo nada nos amenaza? ¿No será mejor volver a las mentalidades anteriores a la modernidad, a lo tradicional, a “vivir el(al) día”, y al cuidado del alma… pero colectiva?

Una buena muestra de los sofísticos caminos que suele tomar el pensamiento “neo (anti)progresista”, lo hallamos en el artículo “Un siglo de pereza y comunismo. En defensa de Cuba y en memoria de Paul Lafargue”de Carlos Fernández de Liria. Allí el autor comienza por analizar los problemas de los que una gráfica, la de MatheusWackernagel, dan buena cuenta. Esta representa en el eje vertical el conocido Índice de Desarrollo Humano (IDH), y en el horizontal, la cantidad de planetas Tierra que harían falta para generalizar a toda la población mundial actual el nivel de consumo material del país en cuestión. El profesor Liria concluye muy acertadamente que si los sistemas políticos del Primer Mundo fueran lo que dicen ser, democracias maduras, en todos sus parlamentos se debería de estar discutiendo la constatación, que se obtiene del superficial ojeo de la mencionada gráfica, de que de aumentar los niveles de utilización de los recursos terrestres a los ritmos actuales, la Tierra no será suficiente para sostenernos en un futuro no muy lejano.

Sin embargo, nuestro hombre comete el tan frecuente error de todo radical: De que no las poseamos al presente, no se concluye obligatoriamente que las democracias no puedan madurar. Es por esa desconfianza en la democracia, tantasveces exhibida porcierta izquierda, que hacia la mitad del artículo nuestro autor da un paso en falso que desacredita cualquier socialismo del siglo XXI que pueda surgir de su razonamiento:

Del hecho de que en la gráfica de Wackernagel Cuba sea el único país con IDH mayor de 0,8, cuyo consumo de universalizarse le permitiría a la humanidad vivir con mucho menos de un planeta, el catedrático español concluye que la Cuba de hoy debería ser el modelo de sociedad a imitar por el resto del mundo en este nuevo milenio.

Independientemente de algunos contrasentidos que a continuación analizaremos, lo cierto es que la gráfica elaborada por Wackernagel resulta en extremo inexacta, al menos en el caso cubano. ¿Habrá tenido en cuenta, por ejemplo, los inmoderados niveles de consumo de agua per cápita en Cuba, comparables a los del máximo consumidor mundial, los EE.UU.?

El español reconoce, al referirse a nuestro ingente flujo migratorio: “… huyeron y huyen del país buscando ese otro nivel de consumo que no puede ser generalizado sin destruir el planeta, es decir, reivindicando su derecho a ser tan globalmente irresponsables como lo somos los consumidores estadounidenses y europeos”, pero al parecer no logra ver por completo la falla de su discurso en el hecho de que la altamente educada juventud cubana tenga tan poca conciencia de los problemas del planeta, o en todo caso sea capaz de anteponerle sin muchos remilgos sus más pedestres intereses individuales. ¿No comprende que de nada vale un modelo sustentable que no logra convencer por sí mismo, y sin necesidad de aislamientos profilácticos, de la necesidad del mismo a un número significativo de sus jóvenes? ¿No comprende que no debe de ser tan espiritualmente superior el modelo cubano, cuándo no consigue concienciar a la juventud…?

Lo cierto es que como él mismo reconoce, causas externasa los pretendidos objetivos perseguidos por el Modelo han recortado drásticamente el consumo de, y en la Isla. Liberado del Embargo, con la ayuda libérrima de algún nuevo mecenas económico, a la manera de Moscú hasta 1990, o en todo caso con una más acertada organización político-económica-social que fuera capaz de aprovechar aun a un pequeño porciento sus enormes posibilidades, el país cuando menos iría a situarse al mismo nivel de los países del Centro y Este de Europa, de IDH semejante. O sea, que se necesitarían poco más de dos planetas para generalizar el modelo cubano, de vuelta en sus condiciones ordinarias, a la humanidad completa.

Pero independientemente de todo lo dicho, lo que no podrán negar los teóricos del “no crecimiento”, es que aun el modelo del “único país sostenible del mundo” del mundo actual lo será solo mientras la población no exceda los 8 500 millones de habitantes a que sería capaz de dar cabida. ¡Cuando se espera que para el 2050 llegue a por lo menos 9 500 millones!

Encerrarnos en este planeta y detener el crecimiento, además de disminuir de modo drástico nuestras posibilidades de sobrevivencia, implicaría una vuelta a la Premodernidad, con todos sus atributos de hambre, violencia, insalubridad, intolerancia… o en el mejor de los casos, llevaría la planificación hasta los nacimientos, lo que nos conducirá irremisiblemente a modelos como el descrito por Aldous Huxley en su “A Brave New World”. Lo que no deja de ser una posibilidad en verdad espeluznante.

 

La Isla

José Gabriel Barrenechea

Cuentan que hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, los habitantes de cierta isla se entusiasmaron con los discursos de cierto compatriota y, sin pensárselo no ya dos, sino ni tan siquiera una vez, la desprendieron del lecho marino al que había estado anclada por varios millones de años.

Y en verdad que el tal compatriota resultaba convincente, con su oratoria no muy correcta, pero sí llena de promesas y exaltaciones al ego de los isleños.

-…Más allá de los siete mares se encuentra la Nueva Atlántida, en donde todo es más luminoso. Una isla alcanzable para un pueblo heroico, como el nuestro.

Lo de la Nueva Atlántida lo había leído en un manuscrito perdido, y lo más importante, él sabía cómo llegar hasta allí.

Luego de lanzar a los escépticos y a los melancólicos por las costas, convertidas ahora en bordas, los habitantes de la isla se dieron a remar bajo su voz de mando. Como remos utilizaron a sus erguidas palmas reales, que derribaron en un par de jornadas voluntarias. El esfuerzo y el sacrificio lo valían. Al final, cuando emparejaran una isla con la otra, todo sería abundante y luminoso.

Por años los marinos reportaron en sus bitácoras sus encuentros con la isla viajera. Podía encontrársela en cualquiera de los siete mares, siempre con su capitán enfrascado en alguno de sus interminables discursos. Después, a partir de cierta fecha no muy clara, desaparece de los registros. Se siguieron avistando barcos fantasmas, sirenas y serpientes marinas, pero a ella, nunca más se le volvió a ver.

Sobre su destino final circulan múltiples versiones. Según algunos sus habitantes encontraron a la Nueva Atlántida, y desde entonces viven en un eterno y luminoso porvenir. Otros, sin embargo, sostienen que simplemente se fue a pique. Llegan incluso a señalar el lugar del hundimiento, aunque ni en esto hay consenso. Solo en el artículo que le dedica la última edición de la enciclopedia galáctica, se refieren docena y media de posibles lugares del desastre.

Una carta olvidada.

Enrique José Varona.

Sr. General M. Ramos, Presidente del Partido Republicano

Puerto Príncipe

Señor y compatriota:

Muchas muestras de cariño y confianza he debido a nuestro Camagüey; ninguna que me haya con­movido tanto como ésta que me trae su telegrama de Ud. Largas horas de ansiosa meditación he pasado antes de contestarle, pidiéndole un aplaza­miento. A medida que transcurrían, he sentido pesar más y más sobre mi espíritu la gravedad de esta situación, oscura de suyo, hecha más incierta y riesgosa por casi dos años de olvido obcecado de la realidad.

Desean ustedes que represente a nuestro pueblo en la Convención Nacional. Más de un mes ha que me escribieron proponiéndomelo muchos respetables compatriotas, entre los que también estaba Ud. Les contesté excusándome, y ofrecién­doles escribirles más por extenso. Insisten ustedes ahora, y ha llegado la ocasión de exponerles mis puntos de vista, parte principal para no sentirme con fuerzas ante la enorme tarea.

Lejos de creer yo, como muchos hombres promi­nentes de la Revolución, que la intervención americana ha sido una sorpresa, la he considerado siempre como resultado inevitable de to­dos los antecedentes de la situación en que nos encontrábamos en la primavera del año 98. Los Estados Unidos desde que llegaron a la boca del Mississippi, han considerado la cuestión cubana casi como asunto doméstico y su diplomacia ha procedido en consecuencia con alguna oposición a veces, las más con el asentimiento de las poten­cias europeas; y sin que España pudiera, aunque bien hubiera querido, resistir a esa presión per­manente. ¿En virtud de qué derecho? En el de su enorme fuerza social y política. En virtud del derecho que ha neutralizado a Bélgica y Suiza, es decir, que ha puesto límites a la independencia de esos dos Estados; de ese mismo derecho que de­tuvo a Turquía victoriosa, para que no aplastara a Grecia, y que ha obligado a los candiotas a no anexarse al reino helénico y contentarse con un gobierno autónomo bajo la suzeranía de la Puerta; de ese mismo que mantiene a Bosnia y Herzegovina, con su millón y medio de habitan­tes, bajo la administración de Austria-Hungría. Un derecho que nace de la solidaridad de las naciones modernas, cuyos intereses, materiales y morales, están hoy tan mezclados, que ninguna puede constituirse en un mundo aparte, y todas tienenque sufrir algún menoscabo de su independencia teórica, porque todas son interdependientes.

La intervención vino porque tenía que venir; porque estaba anunciada desde la época de Grant, cuando el gabinete de Washington declaró que no podía consentir a sus puertas un país en insurrección permanente. Y sólo hubiera dejado de ve­nir en la forma material de la ocupación militar, si los cubanos hubiéramos tenido fuerza bastante para vencer a España y expulsarla de nuestro territorio, o España previsión bastante para pactar con los cubanos. No ocurrió ni lo uno ni lo otro; y los Estados Unidos intervinieron con sus fuerzas de mar y tierra; y a su intervención se debe que la furia española y la desesperación cubana no hayan convertido a Cuba en un yermo sembrado de escombros y cadáveres. Los Estados Unidos han salvado a Cuba para la civilización y la humani­dad; y éste que es un título eterno a nuestra grati­tud, les da, a los ojos del mundo y en el estado actual de esas relaciones que se amparan del nom­bre de Derecho Internacional, un título, que nin­guna potencia les disputará, a considerarse parte en la constitución de nuestro gobierno definitivo. Todo lo que no sea tener esa realidad delante de los ojos es ir a sabiendas contra el propio interés de nuestro pueblo; porque es entregarse a las más peligrosas ilusiones, cuando serán pocos todo el seso, toda la prudencia, toda la entereza y toda la doctrina de que podemos disponer. Y yo con­sidero emponzoñadores de la conciencia pública a los que hagan creer a los cubanos que podrán reunirse, como en una isla desierta y desconocida del mar Antártico, a disponer por sí solos de sus destinos.

Podemos aspirar a mucho, porque está en la conveniencia del pueblo americano, y dentro de sus prácticas y principios, no ponernos indebidos obstáculos en nuestra constitución interna; pero en lo que pudiera llamarse nuestro “status” in­ternacional, lo más a que podemos llegar es una situación parecida a la de Bélgica. Parecida, no igual, porque la neutralidad de Bélgica está ga­rantizada por la ponderación de fuerzas entre las potencias signatarias del tratado de Londres de 19 de abril de 1839; mientras que la nuestra sólo es­taría respaldada por la única potencia americana que cuenta en el mundo; y sería por tanto resul­tado, no de un equilibrio, que hace desaparecer la subordinación, sino de una enorme fuerza pre­ponderante.

Ignoro cómo llegarán nuestros legisladores a dar forma legal y plena a ese estado de derecho; pero sólo sé que si no encuentran la fórmula y se obsti­nan en pretender que en las relaciones internacio­nales de Cuba, cualquiera que sea su índole, nada tenga que decir el gobierno de Washington, ire­mos a dar contra un muro infranqueable, y podre­mos encontrarnos por muchos años en la posición de las provincias otomanas que Austría-Hungría administra y ocupa militarmente.

Así veo yo nuestra situación; y así la ven otros muchos cubanos; pero son contados los que se atreven a decirlo; mientras que son innumerables los empeñados en engañarse y en engañar a los demás, diciéndoles que hemos conquistado la in­dependencia y que toda limitación por pequeña que fuere, que ellos fantasean como si viviésemos en la Luna, sería usurpación manifiesta, que jus­tificaría el delirio de una resistencia que nos lle­varía al suicidio. Los pueblos sin embargo no es­tán destinados a suicidarse, sino a tratar de vivir progresando en bienestar, en cultura, en humani­dad. ¿Lo conseguiremos con tanta ilusión, tanta palabra hueca y tanto volver los ojos hacia atrás?

De todos modos, ello es lo cierto que el clamor general pide lo que a mí me parece inasequible. ¿Puedo en estas condiciones ir a representar a quienes quizás no piensan como yo? Y aunque así no fuese y ustedes aprobaren mis puntos de vista ¿qué podría yo en una asamblea compuesta de hombres empeñados en ver las cosas por el prisma de sus deseos y en impulsarlas por la línea de sus pasiones, que ellos sienten heroicas y sublimes? ¿No ven ustedes que me condenarán a una lucha desigual en que estoy destinado a hun­dirme, reprobado y conspuido? Mi posición oficial ¿no es un arma forjada como a deseo para herirme y desacreditarme? No sería yo el cubano que busca el bien de los suyos, el bien positivo de la paz, el orden y el progreso, sino el servidor del gobierno extranjero, que se aviene a las miras del usurpador. No, la patria no tiene derecho de exigir sacrificios estériles. La hora no es para los que creen el primero de los deberes cívicos decir la verdad por mucho que amargue, sino para los poseídos del espíritu de vértigo, que quieren ex­cluir a cuantos no piensan, no sueñan y no deliran como ellos. ¿No lo hemos oído? La primera voz que resuena es para trazar con la espada del án­gel guardián del Paraíso, un círculo de fuego en torno de la Convención. Allí no entrarán sino los que han pasado el Jordán revolucionario. Como si la Revolución hubiera tenido como fin conquistar a Cuba para un puñado de sus hijos, y no colo­car a los cubanos, a todos los cubanos, en aptitud de servir dignamente, en la medida de lo posibley de sus fuerzas, a la grande obra de hacer que Cuba recupere el tiempo perdido, y sea social y económica y políticamente un factor de progreso, y no un foco de perturbación y discordia, en el mundo.

En mucho tengo el honor que ustedes han queri­do hacerme, que me han hecho ya; pero tan grande como mi gratitud es mi convicción de que debo a ustedes y a Cuba mi pensamiento en toda su inte­gridad. Creo que pensando como pienso, me toca estarme donde estoy, servir mientras pueda en la esfera administrativa, y servir después, como lo he hecho siempre, en mi esfera de simple ciu­dadano a la causa de la cultura de Cuba, que es como podré ayudar a que nuestra patria viva en paz y sosiego y levante de día en día su nivel social.

De Ud. con cariño y respeto.

La Habana, 21 de agosto de 1900.

Vía Cubana al Socialismo.

José Gabriel Barrenechea.
Ante la evidencia de que el socialismo soviético más que una superación del capitalismo ha sido un retroceso, ya en la década de los cincuentas otros movimientos comunistas se embarcan en la búsqueda de nuevos caminos. A la Yugoslavia de Tito, que ya desde el mismo fin de la guerra ensaya el socialismo construido por comunistas más avanzado, le siguen una década después el intento húngaro de restablecer la República de los Consejos de 1919 en octubre de 1956, y el “Gran Salto Adelante” maoísta, el caso más retrógrado.
El tiro de arrancada lo ha dado el PCUS, cuando en su XX congreso y de labios de su primer secretario, Nikita Jrushov, se atreviera a criticar todo su desempeño anterior y admitir que se han cometido graves errores (la burocratización de la sociedad y de la economía soviética). Y al hacerlo ha vuelto a dejar, por lo menos entreabierta, la puerta a la búsqueda de una sociedad postcapitalista; puerta que tras Lenin y su supuesta genialidad había quedado cerrada con siete pestillos, y defendida por los muchachos de la NKVD.
La Revolución Cubana, que en sus orígenes tiene por sobre todo un impulso nacionalista de reconformación hemisférica, evoluciona con rapidez hacia la órbita del único socialismo construido por comunistas que por entonces posee cierto arraigo en la Isla: el socialismo soviético. Muy pronto, no obstante, surgen los desencuentros entre la revolución cubana, nada dada por su naturaleza intrínseca nacionalista a que se la trate como satélite, y la jerarquía del Kremlin. Esto favorecerá durante los sesentas el clima necesario para que se perfile una “vía cubana hacia el socialismo”. La elaboración de la cual, en vista de la sospecha que ahora se cierne sobre los miembros del viejo partido, quedará en manos de un sector joven que se ha educado políticamente en la revolución, pero que por otra parte no ha perdido la tradicional comunicación de nuestras vanguardias con el pensamiento occidental más avanzado, por lo que a la inquietud por la burocratización, superponen la suya propia por la falta de libertad evidente tras los telones de acero o de bambú.
La más acabada expresión teórica de esa vía, a nuestro entender, será una serie de editoriales de Granma, recopilados más tarde en la revista Bohemia bajo el título de “La Lucha contra el Burocratismo: Tarea Decisiva”, en los que en principio se ensaya explicar el automático proceso de burocratización que opera al triunfo del socialismo. Una explicación no exactamente marxista por su particular concepción de las clases sociales, y si más cercana a la visión weberiana de las mismas, la cual no trataremos tanto por razones de espacio, como porque para este trabajo lo que en realidad nos interesa es la solución que se propone al hecho de que “…mientras permanezca el Estado como institución y mientras la organización administrativa y política no sea, plenamente, de tipo comunista, existirá el peligro de que se vaya formando una capa especial de ciudadanos en el seno del aparato burocrático, administrativo y de dirección”; o sea, la mencionada vía cubana.
Y esa solución, según el editorialista, pasa en definitiva por: “…el desarrollo de un hombre nuevo, con una conciencia y una actitud nuevas ante la vida…”
O sea, el desarrollo de un individuo que esté constantemente concentrado en la edificación del comunismo, dispuesto a la “entrega total a la causa revolucionaria”, a “actos de valor y sacrificio excepcionales por ella” y que perpetúe “en la vida cotidiana esa actitud heroica”. Un revolucionario a tiempo completo, un Tábano de la conocida novela romántica, en fin, una mujer o un hombre que no viva en lo rutinario, sino en lo trascendente: un asceta revolucionario.
Mas la autodisciplina, la continúa vigilancia de sí mismo, de sus acciones y hasta de sus pensamientos que todo ascetismo implica, genera un esfuerzo psíquico descomunal, asumible solo por unos pocos individuos. Así la diferencia natural de aptitudes estira hasta los extremos a la sociedad, desfigurando lo que en esencia era un remarcable intento igualitarista. Mientras los ascetas sienten la gracia revolucionaria en su interior, alcanzada gracias a haber cumplido, por propia voluntad, con determinadas normas y principios que a su vez han aceptado solo tras someterlos a su particular criterio, los demás, las inmensas mayorías, o no pueden, o están demasiado apegados a lo mundano como para convertirse ellos mismos en ascetas. Imbuidos en lo cotidiano, carecen muchas veces no solo de la cultura o de la inteligencia necesarios para aspirar a tener un criterio en realidad propio, sino aun hasta de tiempo para buscar en base a él, cuando lo poseen, las normas y los principios que les permitan disciplinar sus vidas, en el camino de autoperfeccionamiento que es todo ascetismo. En consecuencia esas normas y principios los tomaran de fuera, ya hechos; de una entidad en cuyo criterio, voluntad e intenciones creerán por fe. Y en esta particular sociedad de revolucionarios latinos, fundada sobre el valor central trascendentalización, el elegido será un hermano y no un dogma: el hermano que tenga el carisma para hacerlos sentirse a ellos también, de cuando en cuando, trascendentes, suprahistóricos.
Algunas veces un charlatán, es cierto, pero casi siempre uno de los ascetas, opción sobre la que de ahora en adelante continúa nuestro análisis.
Con semejante y mayoritaria relación basada en la fe dentro de la sociedad igualitaria de los revolucionarios, es evidente que pronto ocurrirá un desequilibrio de poder entre los ascetas a favor del elegido. Más temprano que tarde, independientemente de si es un charlatán o no, la fe mayoritaria fija en él lo ensoberbecen. Si todos lo siguen, si todos se abandonan a su criterio, no pueden caber dudas de su monopolio de la verdad. Solo él sabe lo que debe hacerse; solo él tiene la claridad; solo él conoce el camino correcto. Es su deber en consecuencia concentrar en sus manos el poder para evitar el error; incluso en los más nimios detalles. Pronto cualquier norma o principio asumido por otro criterio que no sea el suyo pone en peligro la magna obra que la mayoría de los revolucionarios han echado sobre sus hombros; un desafío malintencionado o en el mejor de los casos miope, que no puede permitirse “ni por un tantico así”. Y en el rechazo de tales “autosuficiencias” de los demás ascetas las mayorías no solo apoyan al elegido por su fe en él: para ellas la independencia de criterio de aquellas es además una humillación, un molesto recordatorio de su falta de él, o de voluntad para obrar a su dictado.
Ha llegado entonces la hora en que Saturno, la Revolución, devora a sus más verdaderos hijos, los ascetas revolucionarios, para quienes en el nuevo escenario van quedando solo dos opciones: o abandonar el ascetismo y convertirse al revolucionarismo por fe; o no transigir, lo que significa la excomunión o el sacrificio.
Al final, lo que podría pensarse como una solución democrática a la manifiesta falta de libertad del socialismo soviético, una unión de hombres nuevos iguales entre sí, se convierte, debido a la naturaleza humana, de la que las grandes mayorías atrapadas en sus urgencias no pueden escapar, en el imperio de uno solo: el imperante carismático. En un socialismo en el que las grandes mayorías no ejercen el poder real no porque se los impida la burocracia elevada a la categoría de nueva clase explotadora, sino por algo peor: porque simplemente ni se creen capaces, ni lo hayan necesario al compararse con el perfecto objeto de su fe, de su fidelidad.

De Marx a Chávez: Cómo el Marxismo se convirtió en un anti-progresismo (2).

José Gabriel Barrenechea.

Pero para fines del siglo XIX el Socialismo como partido político no solo prospera en el centro de occidente. Para entonces se habrá extendido a la periferia. Aunque en ningún lugar va  convertirse en partido mayoritario, quedando reducida toda su influencia a ciertas regiones y ciudades industrializadas, donde incluso tiene que competir con populistas de todo tipo, y principalmente con las más variadas especies de anarquistas, para ganarse el apoyo obrero.

Uno de los más importantes de dichos partidos será el ruso. El PSDR es fuerte en la capital imperial y cara de Rusia a occidente, Petrogrado, en que abundan los establecimientos industriales de altísima concentración. Con todo, incluso allí deberá abrir sus bases a otros grupos y clases sociales, ya que los obreros rusos carecen de la ilustración que puede encontrarse en sus contemporáneos europeos. Son hijos o nietos de siervos recién liberados en 1861, que han dejado los campos para buscar suerte en las ciudades o regiones industrializadas. En su gran mayoría analfabetos y con la mentalidad tradicional a flor de piel, devotos como sus bisabuelos campesinos del “padrecito Zar”, ser de suprema bondad, a quien sin embargo engañan sus ministros, los especuladores capitalistas y hasta algún que otro pope ambicioso.

Se abre necesariamente la membresía a otras clases y grupos, y en consecuencia se adherirán al socialismo militante por sobre todo intelectuales admiradores de occidente: Cientos de ellos, en su gran mayoría poliglotas y cosmopolitas, a quienes atrae por sobre todo esa predicha Revolución Mundial que desde el corazón de occidente ira poco a poco expandiendo al resto del mundo sus estándares de progreso, y libertades. El cambio en Alemania, la puerta de occidente para Rusia, de revolucionarismo a evolucionismo, no cambiaran en esencia el esquema. De occidente seguirán  viniendo los cambios, solo que no mediante violentas convulsiones, sino gradualmente. Solo cabe en consecuencia aprovechar las escasas libertades que ha concedido el Zar tras la Revolución de 1905, y desde una Duma que en muy poco se parece al Bundestag, y muchísimo menos al parlamento británico, ponerse a la obra con los partidos liberales para construir primero el Capitalismo, crear la mentalidad adecuada y luego emprender la construcción del socialismo cuando en Europa ya se esté bastante adelantado en esa dirección.

O sea, que para los socialistas marxistas rusos, como para Marx, el socialismo es algo que solo podrá darse primero en Europa Occidental para desde allí extenderse más tarde al resto del mundo.

A esta visión se opondrá Vladimir Ilich Lenin, un intelectual de procedencia nobiliaria. Lenin se escinde  con algunos seguidores en 1913 y funda un nuevo Partido, el bolchevique o comunista, partido que en apariencias solo se distingue del Partido Socialdemócrata Ruso  en que, a diferencia de este último, se mantiene fiel a la creencia original de Marx de que se debe destrozar por completo al estado burgués si es que de veraz se quiere comenzar el periodo de transición hacia la sociedad sin clases, y no intentar aprovecharse de su parlamentarismo. Algo más los separa. Para Lenin Rusia ya no será el siguiente eslabón en la cadena de Revoluciones que necesariamente comenzará en occidente, sino la chispa que les dé comienzo.

Más incluso para él, el reorientador del marxismo en una nueva dirección, occidente sigue siendo lo vital: Una Revolución es inconcebible que pueda mantenerse solo en Rusia a menos que triunfe de inmediato en Rusia.

En definitiva la Revolución triunfa y los comunistas de Lenin se hacen del poder, no tanto por sus especulaciones sobre cómo organizar la sociedad post-capitalista, como por el prosaico hecho de que el bolchevique es el único partido que está dispuesto a sacar a Rusia de la Guerra Mundial de inmediato, y a repartirles la tierra a los campesinos sin muchas, o ningunas, consideraciones.

Más pasan los meses primero y los años después  y contrario a lo esperado en occidente no acaba de desencadenarse la Revolución Mundial. Para rematar, como a propósito para desengañar a quienes comienzan a especular sobre ayudarla con las bayonetas del Ejército Rojo, este es derrotado a las puertas de Varsovia por un pueblo que se levanta en pleno a defender su recién ganada soberanía.

No obstante, la mayoría intelectual cosmopolita, todavía por entonces al frente del partido bolchevique, sigue a la expectativa y ante cualquier escaramuza de callejón en Berlín reactiva sus esperanzas. Ridículamente solo para quien no conozca la trampa en que han caído, las circunstancias en que se descubren sumergidos de lleno al término de la Guerra Civil. Dirigen un país que hasta la Revolución fue quizás de los más contrastantes del planeta. Por un lado una minoría políglota, altamente educada en los valores occidentales, que ha dado músicos, escritores, pensadores, científicos… plenamente imbricados en la tradición occidental, por el otro mujiks u obreros semibestializados, a los que tan vivamente retrata Gorki en sus novelas. A ellos, sin embargo, solo les toca dirigir de estos últimos, los primeros o se han marchado o han muerto en la cruenta guerra civil.

Pero además, en lo económico el país es una ruina que se encuentra muy por debajo de los niveles alcanzados en 1913. Lo cual resulta en sí lo más preocupante, porque ya incluso para aquella fecha Rusia era incapaz de autoabastecerse de los productos necesarios para la existencia de cualquier sociedad contemporánea, y lo que más atemoriza a esa elite: para alcanzar a tener los medios para defenderse de las grandes potencias, y mantener por consiguiente su independencia política.

A la muerte de Lenin es ya absolutamente claro que continuar a la espera de occidente solo los llevará al suicidio político. El tiempo de la NEP, con la que se pensaba ir capeando el temporal, ha terminado. Debe ser abandonada ya que de ningún modo logrará convertir a la URRS en la gran potencia industrial, capaz de defenderse en un mundo en el que la producción de acero se contabiliza por millones de toneladas. Pero no solo ha llegado la hora de la NEP. Se deben tomar medidas más expediticas y los viejos hombres no son de ningún modo los idóneos.

Con Lenin muere el cosmopolitismo intelectualista en la dirección del Partido. Una muerte nunca más apropiada. Es bueno destacar que estos nunca fueron mayoritarios en el partido, y si alcanzaron a copar su cúspide fue por el favor especial hacia ellos del líder indiscutible y fundador del mismo, que al parecer, y en base a su Teoría de la Vanguardia, siempre pensó que ese era el orden natural de la cosa política.

La gran masa, sin embargo, del masivo aumento del partido desde julio del 17 en adelante serán hombres de acción, y por sobre todo oportunistas, con una visión del mundo maniquea, propia de esa casi bestializada mayoría de población rusa. Stalin será su máximo representante, oscuro hombre de acción hijo de siervos, educado en instituciones religiosas de provincia.

Son ellos quienes se harán del poder.

Para este nuevo grupo la visión de occidente ya no será la misma. A diferencia de Plejanov, Lenin, Trostky, Bujarin, Kamenev y tantos otros, no conocen más que Rusia. Occidente ya no es el ideal, sino el enemigo. Sus libertades solo les provocan suspicacia si es que de ellas han tenido alguna noticia. El progreso solo es un arma para mantener el poder frente a los poderes mundiales.

Surge entonces, y con ellos, la idea del Socialismo en un solo país, la URSS.

Hacia 1929 en Rusia se cierra un ciclo en la evolución del Socialismo. De corriente de pensamiento que busca mejorar las sociedades occidentales, a reacción defensiva ante este por parte de la periferia y del más allá cultural.Lenin_CL_Colour