Tras las apariencias en la Asamblea Nacional todo sigue igualito.

José Gabriel Barrenechea.

Se observa desde la anterior Legislatura que la Asamblea Nacional tiende a mostrarse más activa, a sesionar durante algunos días más de lo corriente.

No obstante, estos cambios son solo cuantitativos, ya que la Asamblea Nacional no ha pasado a ser todavía ni de lejos el “órgano supremo del poder del Estado”, aquel que “representa y expresa la voluntad soberana de todo el pueblo”, el único “con potestad constituyente y legislativa en la República”, como se establece en el papel de la Constitución vigente; “de dientes pa’ afuera”, a la manera que solemos decir en Cuba.

Por el contrario, la Asamblea Nacional es todavía un órgano diseñado para aprobar por unanimidad las decisiones, y la santa voluntad, de los miembros clave del Consejo de Estado; para así darles a aquellas (sus decisiones) y a esta (su voluntad) un barniz de legitimidad democrática.

Solo que como ahora, en el post-castrismo, es más necesario que nunca dar esa apariencia de amplia participación ciudadana, de que Cuba es un estado socialista en que manda el pueblo, no los mandamases, se requiere extremar un poco más la mano en el barnizado. De ahí que quepa vaticinar que de ahora en lo adelante la Asamblea seguramente se reunirá más de una vez en el año, y por mucho más tiempo, cada vez, que el fin de semana hasta ahora habitual.

De que todo sigue igual en el cuartico post-castrista da buena cuenta lo sucedido en estos días en el Palacio de Convenciones: Significativamente la Asamblea Nacional no discutió en su seno hasta consensuar las propuestas de quienes integrarían las comisiones en que se divide. Esas propuestas vinieron, impresas con suficiente anticipación, del Consejo de Estado, y nuestros “autónomos” diputados se limitaron a aprobarlas… por unanimidad, por supuesto.

Es de señalar que resulta por completo increíble que ni uno solo de los 600 diputados haya expresado al menos sus dudas sobre la selección de otro legislador para alguna de esas comisiones. Sobre todo si tenemos en cuenta que se habla de varios centenares de comisionados.

En cuanto a las intervenciones de los diputados no puede más que decirse que, salvo excepciones, no parecen haber tenido otro interés que demostrar, por parte del interviniente, su absoluta sintonía con lo definido previamente en el Consejo de Estado, o con lo que les informan unos ministros que van a hacer como si rindieran cuentas frente a las comisiones. De hecho nos atrevemos a afirmar que al menos el 50% de esas intervenciones no han tenido otro objetivo que el del diputado en cuestión, logrero manifiesto, de señalarse ante los que más mandan, los mandamases. Quienes pueden mantenerlo por siempre en su asiento “aprobativo” (no puede llamarse a nuestros diputados ni tan siquiera “consultores”, porque como ya hemos señalado más arriba ellos solo están allí para aprobar), o incluso buscarle algún acomodo de más provecho, más y más adentro del restringido círculo en que se toman las decisiones.

Un último punto a señalar es esa insistencia de nuestros medios, a indicación de los mandamases, en que la Comisión creada para elaborar el Anteproyecto de Reforma Constitucional nos representa a todos los cubanos.

Al menos en mi caso particular no es así. En ese símil demográfico, en ese modelo en pequeño de la Nación Cubana que dicen haber armado con esa selección los que más mandan, no se ha escogido a nadie como yo; y conste que no habló desde un supuesto excepcionalismo mío.

Y es que resulta imposible armar comisiones de modo que representen a la infinita variedad y riqueza de detalles del ser humano: Somos irrepetibles, no lo olvidemos nunca, sobre todo ante los que desean estandarizarnos y ponernos a pastar, como los carneros, en algún campo de su propiedad.

No nos embelequemos a nosotros mismos, si el objetivo es tomar decisiones lo más ajustadas posible a nuestra realidad, lo más práctico que para hacerlo hasta ahora hemos descubierto (por tanto, no lo que sirve para alcanzar de manera infalible la mejor decisión) es dejar que el soberano, el conjunto de la ciudadanía,  elija de dentro de sí a su poder legislante, por medio de las complejas formas en que se ha venido haciendo en las democracias occidentales desde mediados del siglo XIX[i].

Este recurso de crear comisiones que busquen representar demográficamente una copia en pequeño de la sociedad en cuestión pertenece a lo que ahora suele llamarse democracia deliberativa. Un recurso de gran utilidad, siempre que esas comisiones no sean las que decidan sobre el asunto a solucionar, sino que los acuerdos alcanzados por ella solo sirvan a los miembros del órgano legislativo en cuestión (poder legislante) para hacerse una idea aproximada de la opinión de la sociedad en un momento determinado, y en base a ello, y a sus propias opiniones, compromisos, impulsos irracionales… enfrentarse al proceso de consensuación subsiguiente al interior de dicho órgano.

En todo caso la real similitud, la semejanza de esas comisiones escogidas con la sociedad de la que en teoría son una muestra reducida resulta harto discutible. Las mismas han sido siempre escogidas por alguien, en consideración a criterios e intereses que son solo suyos.

En cuanto a intentar validar esas muestras en base a haber sido escogidas al seguir de manera escrupulosa criterios científicos, no cambia nada. La Ciencia, bien lo sabemos al presente tras los trabajos de Popper, Kuhn, Lakatos, Feyerabend… nunca nos dará un conocimiento acabado y exacto, solo aproximaciones que aceptamos en no poca medida gracias al consenso de la comunidad científica, y de la extra-científica que la rodea.

O sea, al nuestro saber científico mismo ser doxa, no la episteme que el mismo creador del término, Platón, situaba en un plano inalcanzable para el ser humano, no cabe utilizar a la Ciencia, como a veces se ha utilizado en la Modernidad, para justificar el imperio de ciertas formas políticas sobre la vida del supremo opinante: el hombre.

Es en el Diálogo sin otras cortapisas que las del respeto al espacio en que se realiza, que no puede ser cerrado para nadie, donde encontramos nuestras respuestas, siempre contingentes.

[i] la Partidocracia está llena de defectos, pero antes de simplemente echarla a la basura debemos preguntarnos: ¿Hemos encontrado algo mejor para sustituirla, algo que no sea regresar a las formas anteriores a las que vino a sustituir, demostradamente peores? Porque por desgracia ese ha sido el resultado del Leninismo, que con el supuesto objetivo de superar a la Modernidad Capitalista no ha hecho más que hacernos retroceder a la Pre-modernidad autoritaria.

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Para una defensa de la actualidad de la concepción de tiempo y espacio kantiana en la física de Einstein.

José Gabriel Barrenechea.

En su Nueva Refutación del Tiempo Jorge Luís Borges lleva a su conclusión natural todo el impulso destructor del pensamiento inglés contemporáneo de Newton. Berkeley ha negado el mundo de afuera, y Hume va incluso más lejos al negar la de nosotros mismos, más allá de la serie de sensaciones que se suceden sobre ese escenario que en un último golpe de cola ni tan siquiera admite somos: ¿Ante tanta fragmentación y nihilismo, por qué no negar también el tiempo, se pregunta Borges?

Quien habría de poner un término a ese ánimo nihilista inglés fue un prusiano residente en los confines de Europa: Emmanuel Kant. Un señor que conocía perfectamente la geografía del río Támesis sin haber puesto nunca un pie en Inglaterra, o en general a más de un centenar de kilómetros de su Königsberg natal. Es él quien establece la unión inseparable entre sujeto y objeto, entre quien piensa y el imprescindible algo que es pensado. Es él quien también nos aclara que espacio y tiempo no son formas de la realidad, del noumeno, sino herramientas de nuestro pensamiento.

Pensar, incluso a los niveles más primitivos, inconscientes, es ordenar. Según Kant ordenamos ese enorme mundo de sensaciones, de estímulos atrayentes o por el contrario desagradables, a que estamos sometidos, y para ello necesitamos una especie de regleta: el espacio, y una especie de diario: el tiempo.

Todo ese caótico y amorfo “afuera”, ese más allá de nosotros mismos (aunque tampoco aquí los límites fronterizos nunca lleguen a sernos muy nítidos), es ordenado por nuestro pensamiento, y para ello entre otras herramientas se requiere de una noción de espacio. En él los estímulos que más difíciles nos resulta alcanzar, que mayor esfuerzo debemos emplear para experimentar, son colocados “más lejos”, y los más accesibles, “más cerca”. Idénticamente mediante el tiempo podemos intentar ordenar nuestros pensamientos, en una continuidad que garantiza la unidad de nuestro ser, esa sustancia pensante, al decir de Descartes.

No obstante, la concepción kantiana de espacio y tiempo es supuestamente puesta en duda por la Teoría Especial de la Relatividad: Tiempo y espacio no son absolutos, tal como estableció Newton, y Kant habría aceptado para su concepción de los mismos, sino relativos al movimiento del observador.

La realidad es que para cada “ordenador” específico tiempo y espacio propio no cambian en ninguna circunstancia. La dificultad solo aparece cuando el que piensa debe comunicarse intersubjetivamente con otro ordenador.

En el caso de la Teoría Especial de la Relatividad, si A percibe a B moviéndose a una velocidad próxima a la de la luz, dirá que lo ve acortarse en la dirección de su movimiento, y que en el los procesos naturales transcurren más lentamente (envejece a menor ritmo). No obstante, lo mismo es evidente que dirá B con respecto a A, ya que para él quien se mueve es aquel. Lo que constituye la paradoja de los gemelos, planteada por Paul Langevin, y que Einstein solo pudo resolver en un marco teórico más amplio: La Teoría General de la Relatividad.

Esta última aclara que el problema está en cuál de los dos está teniendo, o ha tenido que acelerar para alcanzar su estado presente de movimiento, y por tanto se ve o se ha visto afectado por fuerzas inerciales: Si es A quien acelera, observara que en B, librado de las fuerzas inerciales, los procesos naturales ocurren de manera más rápida que en su caso, y a su vez, correspondientemente, B verá que en A dichos procesos son más lentos, con lo que se elimina la contradicción que la Teoría de la Relatividad en su versión restringida no puede resolver.

De esto parecería colegirse que el fluir del tiempo, y las dimensiones o la estructura del espacio dependen de la existencia de fuerzas inerciales actuando sobre el ordenador.

No obstante, esto no es así: El tiempo y el espacio solo dependen de las fuerzas inerciales en la comunicación intersubjetiva. Para cada uno de nosotros, ordenador-pensante, encerrado en sí mismo, el tiempo y el espacio siguen inalterables, independientemente de si sobre nosotros sentimos la acción de fuerzas inerciales o no. Espacio y tiempo solo se curvan cuando intentamos encontrar un lenguaje común a dos ordenadores, uno de los cuales se encuentra sometido a las mencionadas fuerzas, y no en el caso particular de cada uno de ellos, en que la rejilla sigue recta y las anotaciones en el diario siguen estando exactamente a la misma distancia una de la otra.

¿Y no ocurre algo semejante en cualquier comunicación intersubjetiva?

Es decir, si hemos definido que el espacio no es más que una regleta donde ubicamos estímulos, y sus pretendidos causantes, en dependencia del esfuerzo que debemos hacer para llegar a ellos, o del que potencialmente deberíamos hacer: ¿No es evidente que hay radicales diferencias en esos espacios entre un ordenador y otro, incluso en el sector del afuera en que normalmente vivimos; y que si allí no llegamos a notar la magnitud de las diferencias y las adecuaciones consiguientes al traducir de uno a otro, se debe a que ya en ese sector del afuera ha sido establecido por la costumbre un idioma de traducción automático; y que solo comenzamos a notar las diferencias cuando entramos en ambientes novedosos, como los de las velocidades excesivamente altas, las aceleraciones en extremo elevadas, o en escalas de los constituyentes ya muy alejadas de la nuestra, como en el caso de la Mecánica Cuántica?

En todo caso no creo que nadie piense en realidad que el espacio del que echa mano un señor que se pasea por un prado danés, en un fresco día de junio, se corresponda con el que utilizaría ese mismo señor puesto a caminar en el medio del Sahara, a mediodía, y por esas mismos fechas. O que el tiempo corra de igual manera para Edmundo Dantés en su celda de la fortaleza de If, que para quien por primera vez ve Intriga Internacional de Hitchcock (North by northwest).

Aun cuando al paseante del primer ejemplo alguien le demuestre con una lienza que la vaca danesa que ve a la distancia se encuentra al mismo kilometro que el pozo de agua sahariano, a él, aun con todo el bagaje de milenios en los cuales hemos llegado a esa convención intersubjetiva que es el sistema métrico, le costara un gran esfuerzo convencerse de que realmente esos dos estímulos, la mugiente y cálida mancha blanca y negro, y el medio de calmar su sed, se encuentran a la misma distancia.

Debemos tener absoluta claridad, como alguna vez señaló el propio Einstein, que una cosa son el espacio y el tiempo subjetivos, de la filosofía, y otra el espacio y el tiempo de la física (ese del que solo podemos decir que medimos con nuestros relojes). En este segundo caso es entre otras cosas un recurso “idiomático” en la comunicación intersubjetiva, en la primera una vivencia del en sí mismado.

Tiempo y espacio filosóficos son concepciones a priori, recursos sin los cuales no podríamos pensar en el aislamiento ensimismado de nosotros mismos, conceptos que indiscutiblemente nos son alterados por el cúmulo de estímulos que intentamos colocar en ellos. No son ciertamente absolutos, en el sentido de unos y los mismos para todo aquel que piensa. Están claramente determinados por el propio pensante, y por el particular cúmulo de estímulos a que está sometido. Pero de ello no se desprende que el espacio y el tiempo estén en el amorfo e infinito afuera, solo que quizás algunas características de este sean parecidas, paralelas, a las de ellos.

En este sentido quizás seamos el único animal que ha alcanzado a pensar racionalmente, “ordenadamente”, por la favorable casualidad de que ciertas estructuras mentales en potencia que poseían nuestros ancestros, hace millones de años, coincidieran en una medida bastante adecuada con algunas del amorfo e infinito afuera en que por entonces vivíamos.

Ocurre aquí como en el caso del cerebro, en que la verdad es que nada nuevo que se investigue sobre él cambiará nuestra real percepción de nosotros mismos, y principalmente de lo que somos en definitiva, ya que el cerebro no es lo que somos, sino solo una idea con que intentamos ordenar determinadas sensaciones y estímulos relacionados directamente a nosotros mismos

Y es que hace falta mucho más que la Teoría Espacial de la Relatividad para negar que el espacio y el tiempo sean formas de nuestra sensibilidad: El milagro de alguna vez conseguir trascender nuestra propia condición en sí mismada.

Discurso del Método para distinguir de entrada si lo de la Reforma Constitucional no pasa de otra maraña castrista más.

José Gabriel Barrenechea.

miguel-diaz-canelEn Los Principios de la Filosofía Descartes nos dice que ha advertido que los filósofos, al tratar de explicar cosas que son en sí manifiestas, no han hecho más que oscurecerlas. Se refiere, claro, a aquellos filósofos escolásticos que antes de sumergirse en el estudio de la realidad, al intentar definir cosas tan inasibles y por tanto inefables como la vida, o actos como el sentir o el pensar, se enredan de manera inevitable en tal maraña de razones y devaneos lógicos que no los conducen a nada práctico.

Sostiene Descartes que hay verdades tan evidentes para todos, como la de que si se piensa es porque se existe, que no se necesita para admitirlas de sentarse a reflexionar antes sobre qué es pensar o existir. Que basta el tener una mente despierta y que antes haya admitido ponerlo todo en duda para que puedan ser claramente comprendidas.

Pero si bien el iniciador de la filosofía moderna tiene aquí razón, debemos señalar, sobre todo al dirigirnos a una audiencia cubana, que esto es solo absolutamente verdadero en asuntos tan impenetrables como los metafísicos. Por el contrario, en el caso de los políticos, muy concretos y hasta prosaicos, es vital siempre partir de definir el tema de lo que se discute, y por sobre todo qué se entiende por los principales conceptos enredados en la discusión. Tengo la certeza de que si tal hiciéramos, los cubanos muy pronto terminaríamos por darnos cuenta de que lo que solemos hacer en nuestras discusiones de esquina no es más que gritarnos los unos a los otros… en la defensa de exactamente lo mismo que sostiene nuestro contrincante.

Lo de definir, imprescindible en nuestras habituales discusiones entre ecobios, aseres y moninas, lo es más en nuestra política. Sobre todo en la política que hagamos de ahora en adelante, y más que nada en la relacionada con la prometida próxima Reforma Constitucional.

Si recordamos en la actual Constitución, en su artículo 3, se establece que “El socialismo… es irrevocable…” Algo que puede ser plenamente aceptable para quien esto escribe, solo sí en la futura Reforma se deja muy claro qué es el tal socialismo ese que es irrevocable, y a él le conviene lo definido.

Parto de admitir, por cierto, que los proponentes de la Reforma no han hecho la interpretación literal de lo que señala el tercer párrafo de ese artículo 3, ya que de haber interpretado al pie de la letra lo que allí se dice les habría quedado claro que la Constitución en su conjunto es irreformable, o que los cambios que pueden hacérsele resultan tan insignificantes, que quizás solo quepan los de redacción. Cambios que en todo caso no alteren “…el sistema político y social revolucionario establecido en esta Constitución, probado por años de heroica resistencia frente a las agresiones de todo tipo y la guerra económica de los gobiernos de la potencia imperialista más poderosa que ha existido y habiendo demostrado su capacidad de transformar el país y crear una sociedad nueva y justa…”

O sea, que en la Constitución actual si existe ya una interpretación de qué es el socialismo, y es muy simple: Es lo que hay, que ha más que “probado” y “demostrado” “su capacidad de transformar al país y crear una sociedad justa y nueva”.

El socialismo cubano es lo que hay, y san se acabó.

Resulta evidente que de ser esa la interpretación que hacen quienes ahora nos proponen una Reforma Constitucional, ya de entrada nos descubren que lo que piensan proponernos en ella no pasa de meros acomodos sin trascendencia.

Por lo tanto un primer medidor claro de si con la Reforma no se nos está cogiendo pa’ sus cosas, como hasta ahora han solido hacer los castristas en estos temas electorales, es si en la propuesta de Reforma aparece o no una explícita definición de qué es ese socialismo que los cubanos aceptamos como irrevocable. Si no aparece es simple y llanamente que se admite la interpretación implícita que nos dejó la Reforma de Fidel, o sea, que socialismo es lo que hay, y por lo tanto ya sin necesidad de cansarse la vista en continuar en la lectura del texto de la propuesta de Reforma podremos afirmar, sin temor a equivocarnos, que no hay en ella cambios de alguna trascendencia. Solo palabrería vana y quizás hasta mucho enredo jurídico, como en la Reforma de 1992, en que en apariencias se democratizó un poquito el estado cubano, y en la realidad se concentró más el poder en las manos del Presidente del Consejo de Estado; ese Monarca nuestro.

Cambio fraudeLo primero, por tanto, cuando se publique el texto de la propuesta de Reforma es buscar la definición de Socialismo en ella, y si no aparece pues no hay porque seguir la lectura. Y a menos que usted sea de los que cree que lo que hay está muy bien, que Cuba es hoy por hoy una sociedad “tan nueva y justa” que no amerita mejoras, no le queda otra opción que votar NO en el Referendo en que se nos someterá la tal Reforma.

Por lo menos si es usted una persona, no un esclavo, que hace siempre lo que sus mercedes los Amitos buenos esperan haga.

Izquierda y derecha en Cuba: discursos y realidades.

Pedro Campos.

(Tomado del blog Primero Cuba.)

Los conceptos izquierda y derecha aparecieron específicamente en la votación realizada por la Asamblea Nacional Constituyente, surgida de la Revolución Francesa en 1789, cuando se discutía si se incluía en la Constitución el veto del rey a las leyes aprobadas por la futura Asamblea Legislativa.

Los diputados que estaban a favor del veto —de hecho, el mantenimiento del poder absoluto del monarca— se situaron a la derecha del presidente de la Asamblea. Los que estaban en contra, y por tanto a favor de la soberanía de la Asamblea sobre la autoridad real, se situaron a la izquierda.

Así, tales nociones quedaron asociadas a las luchas a favor o en contra de los derechos civiles y políticos de las mayorías, de la igualdad ante la ley, de la democracia, de la soberanía popular o la centralización del poder.

Por eso, el término derecha ha sido apropiado para calificar a los gobiernos dictatoriales que han suprimido el Estado de derecho, los derechos ciudadanos, las elecciones y procesos democráticos, las constituciones democráticas, los parlamentos y han gobernado por leyes impuestas sin aprobación popular.

En la actualidad, en la mayoría de los países, más y menos desarrollados, la distinción entre izquierda y derecha se hace transparente por las grandes diferencias sociales y económicas y por el control del poder político por las minorías de los grandes intereses capitalistas.

Cada cual puede acomodar esos criterios tradicionales a la situación en Cuba, como bien le parezca, para identificar dónde están la izquierda y la derecha.

Desde mi punto de vista, en nuestro país las diferencias tienden a nublarse por el discurso revolucionario y antiimperialista del poder y el hecho real de que la Constitución vigente fue aprobada por una amplia mayoría del pueblo. Pero habría que recordar que eso fue hace casi 40 años y en otras condiciones nacionales e internacionales.

Además, la aplicación práctica de esa Constitución ha resultado en una alta concentración del poder político y económico en manos de una elite tradicional, sin alternancia, resistente a cambios verdaderamente democráticos en el sistema político cubano.

Echada a un lado la fraseología del poder y sus medios, al trasladar aquellos  conceptos a la realidad cubana de hoy día, encontraríamos la izquierda en los que luchan a favor de la descentralización, la democratización y socialización del poder político y económico, y porque se respeten los derechos políticos, civiles, económicos y sociales de todos los cubanos.

En fin, por cambios que  favorezcan a las mayorías marginadas o limitadas en su participación en la política y la economía, por el alto nivel de centralización y monopolización de las mismas.

Hoy, en Cuba, la derecha, en términos políticos heredados de la Revolución Francesa, estaría claramente representada en quienes se aferran al poder político y económico centralizado y monopolizado por la elite que se considera ella misma única heredera de la revolución popular y democrática de 1959.

Una minoría que excluye de las decisiones de todo tipo a las grandes mayorías del pueblo cubano, en nombre de un “socialismo” que ha encubierto un capitalismo monopolista de Estado administrado por esa elite y del “marxismo-leninismo”, reconocido disfraz  del neo estalinismo.

Si a eso le agregamos las políticas económicas de corte neoliberal aplicadas por el Gobierno como el cierre de empresas y fábricas, la racionalización de miles de empleos, el estímulo a la explotación asalariada por privados y la apertura amplia al capital internacional, en quien cifra las esperanzas para salir de la crisis, marginando y limitando las posibilidades de las fuerzas productivas de los propios cubanos, entonces ya no quedarían dudas.

Pero, para evitar confusiones, habría que hablar de una Nueva Derecha Cubana en el poder y no confundirla con la vieja derecha desplazada del control de la nación, por la revolución política de 1959, asentada desde entonces en EEUU que, tampoco, representaba ni defendía ayer, ni hoy representa ni defiende, los intereses de las mayorías excluidas de participar en el poder político y económico, interesada solo en recuperarlo para sí.

De manera que cuando se habla de la Nueva Derecha Cubana en el poder, se está haciendo honor a aquella noción política de la Revolución Francesa, pues al final de cuentas no es el discurso lo que califica si una perspectiva política es de izquierda o derecha, sino la posición respecto a los derechos políticos y civiles de las mayorías, a la soberanía popular.

Hoy en Cuba una izquierda, diversa —que iría desde anarquistas y socialistas de distintas corrientes, hasta demócratas y liberales—, demanda la democratización del poder político y económico y  la liberación de la economía de los controles monopólicos estatales, a fin de que se respeten los derechos humanos, civiles, políticos, económicos, sociales y culturales de todos los cubanos y puedan florecer las llamadas —por los estatalistas— formas “no estatales” de producción.

Se trata de un lenguaje revolucionario en sus esencias, sin la fraseología “izquierdista” de la Nueva Derecha en el poder que, por mucho camuflaje, se identifica con la elite minoritaria que todo decide, poseedora del poder político y económico, el cual no está dispuesto a compartir con las mayorías.

Y, aunque parezca paradójico, encontramos defendiendo posiciones de izquierda, como son los derechos civiles y políticos de las mayorías desposeídas y explotadas, a grupos que el Gobierno “socialista” califica de “contrarrevolucionarios al servicio del imperialismo”

Es la dialéctica de la historia, de la lucha que se desata cuando sectores minoritarios se apropian del poder y tratan de excluir a otros, mayoritarios o no.

Para solucionar las contradicciones sociales sin grandes conflictos, el poder político y económico debe estar compartido entre todos los ciudadanos, quienes deben decidir en referendos y procesos renovados las leyes que a todos atañen, elegir democráticamente por el voto directo y secreto los cargos públicos en alternancia, aprobar y controlar los presupuestos participativos y administrar directamente sus negocios en forma individual o colectiva, lo cual debe quedar claramente establecido en la ley de leyes, la Constitución.

A fin de promover el diálogo inclusivo de todos los cubanos que nos ayude a salir del actual laberinto y encontrar ese camino, esa Amplia Izquierda Cubana debería echar a un lado sus otras diferencias y tratar de coordinar sus proyectos y acciones pacíficas y democráticas.

Burocracia, Poder y Participación en la Cuba Revolucionaria.

José Gabriel Barrenechea.

thDos factores explican el camino seguido por el proceso cubano de construcción del socialismo en los sesentas: Sin lugar a dudas uno de ellos lo es la evidente necesidad personal de Fidel Castro de convertirse en algo así como el Dios Supremo de un Panteón Revolucionario, pero sobre todo lo es el universo de ideas, supuestos y creencias, la mentalidad del pueblo cubano de entonces.

Es ineludible resaltar esa verdad ante las visiones que de manera simplista dejan en un muy limitado número de manos la responsabilidad de lo ocurrido en la Cuba Socialista: Si en la cultura del pueblo cubano, y no solo en su cultura política, no hubiesen existido condiciones propicias para el ascenso de un Fidel Castro, si no hubiesen existido los mecanismos mentales legitimadores, este señor nunca hubiera conseguido realizar lo que evidentemente deseaba y sobre todo necesitaba, por su muy particular psicología, desde sus tiempos de tiratiros universitario.

En las líneas que siguen mostraremos a esas precondiciones culturales conformar el devenir cubano de los últimos 60 años. Para ello nos concentraremos en una de las vías por la cual la cultura, las ideas y creencias del pueblo cubano contribuyeron ya no tanto al ascenso de Fidel Castro a la condición de César, como a su posterior legitimación en la de Dios Supremo del Panteón Revolucionario.

Nos ocuparemos de la relaciones de la Revolución Cubana con la burocracia.

La actitud cubana revolucionaria ante la burocracia es determinada por dos precondiciones: Primero, la experiencia soviética con su excesiva burocratización, fenómeno que se quiere evitar; segundo, el estado mental cubano de pachanga constante, pero sobre todo su sublimación política, el estado mental cubano revolucionario, con su necesidad de un nivel de exaltamiento ininterrumpido y su crónica incomodidad para ajustarse a los cánones de una sociedad moderna.

1.

Toda sociedad contemporánea depende de la existencia de una burocracia, o de varias, para ser más exactos. En esencia de unas instituciones que administren de manera impersonal la esfera de lo cotidiano. Ninguna sociedad puede vivir al presente sin burocracias, al menos sin retroceder de manera abrupta a estadios sociales en que, por ejemplo, no se podrían mantener las altas expectativas de vida actuales, o los bajísimos índices de mortalidad infantil presentes. Esta dependencia, que es ya enorme en una sociedad capitalista, escala a niveles mayores en una socialista. Algo que, por cierto, Max Weber había predicho unos cuantos años antes de la Revolución Rusa de 1917, al tomar en cuenta la preocupante insistencia del socialismo de su época por identificarse más con la posibilidad de una completa y centralizada planificación de la economía, que con la de verdaderamente socializar la propiedad (lo primero puede lograrse, como después de hecho ocurrió, sin socializar en absoluto, al convertir al estado en una enorme e ilimitada empresa fordista).

Consecuentemente con las previsiones de Weber la sociedad soviética no tarda en burocratizarse.

Pero esa burocratización, que en definitiva no es más que un síntoma de algo más esencial, es tomada por la crítica que aún se aferra a la viabilidad y legitimidad del experimento leninista como la causa última de lo que evidentemente ha salido mal en la URSS, como la maligna perversión de lo que sin esas desviaciones debería de haber salido maravillosamente bien. “La burocracia es la causa de todos los males del socialismo”, no tardan en afirmar los críticos comunistas, o lo que es lo mismo, quienes no quieren romper de manera definitiva con la tradición inaugurada por la Revolución Bolchevique de octubre-noviembre de 1917. Sin explicar nunca, por cierto, de qué manera los burócratas han conseguido hacerse con el control de la sociedad soviética en tal magnitud como para pervertir su funcionamiento.

La realidad, no obstante, nada tiene en común con las afirmaciones de los críticos comunistas (entre ellos los cubanos de la década de los sesentas, y los no pocos trasnochados del presente): Son los bolcheviques, una élite de aventureros-intelectuales-profetas, que vive en los márgenes más remotos de la sociedad rusa y en general europea (solo un poco más acá que los anarquistas), quienes se han hecho con el poder en Rusia gracias a un golpe de estado, no la burocracia zarista o alguna otra que como las esporas de algún hongo maligno viva a la caza de algún estado que parasitar. Y lo han conquistado al ganarse el apoyo del enorme ejército ruso de campesinos reclutados a la fuerza, el cual solo desea el fin de la guerra y su consiguiente e inmediata desmovilización. Algo que solo el partido bolchevique promete hacer de inmediato. Es el apoyo del ejército y en especial de la marinería de la Flota del Báltico el factor determinante en la estabilidad inicial del Sovnarkorm (Sóviet de Comisarios del Pueblo), ya que la influencia bolchevique sobre el resto de la sociedad es muy limitada, y en un final mucho menor que la de otros movimientos socialistas de carácter agrario. Lo cual se evidencia en los resultados de la elección de delegados a la Asamblea Constituyente, por la cual los bolcheviques han clamado más que nadie mientras han sido oposición, y a la que no tardan en disolver una vez en el poder.

Acto que en los primeros días de enero de 1918 sella definitivamente los destinos del proceso soviético.

Ya Weber había señalado al empresario como el contrapeso en el Capitalismo de la racionalidad de la burocracia, en lo esencial en lo económico, aunque ciertamente no solo en ello. En cuanto al representante electo, a la libertad de prensa y en general a la opinión pública, aunque son más bien formas de contrapeso del poder político en sí, se sobreentiende que también lo son de la burocracia, si es que observamos que en esas instituciones se crean constantemente las discontinuidades sociales, intuitivo-carismáticas, que se ocupan de contrapesar la racionalidad administrativa de aquella. Todas estas instituciones y especiales grupos sociales se encargaban de limitar a la burocracia al papel de imprescindibles servidores, bajo control público o privado, al tiempo que por su propia constitución y supuestos limitan que dichas discontinuidades intuitivo-carismáticas puedan alcanzar a su vez a monopolizar la actividad en la sociedad en cuestión (algo suicida para una sociedad moderna, con sus elevadísimos requerimientos de orden).

En el Socialismo más ortodoxo, al hacer desaparecer al empresario, resulta evidente que la única manera de controlar a la imprescindible burocracia pasa por todos esos otros medios de contrapeso arriba mencionados, además de novedosas y progresistas formas de participación ciudadana y laboral, como el control de los trabajadores sobre la actividad productiva a todos los niveles y en todas las áreas. Pero al cerrar la Asamblea Constituyente y aplastar la Oposición Obrera se renunció a todo ello en la naciente URSS, incluso, y es muy significativo esto, con mayor determinación que al empresariado.

Mas no fue una burocracia anterior, alguna que se esparce mediante esporas malignas o una socialista todavía inexistente quien decidió prescindir desde un inicio de tales controles, sino el grupúsculo que dirigió el golpe de estado, auto seleccionado en base al supuesto usufructo de la única verdad posible (solo ellos sabían cómo construir ese destino final obligado de la Historia, el Comunismo): La Vanguardia leninista, el Partido. Y lo cierto es que esa élite de aventureros-intelectuales-profetas, que se había adueñado del país mediante una jugada política, pudo simplemente haber decidido prescindir de administrarlo mediante una burocracia, a la manera de Iván el Terrible y todos los déspotas rusos pre-modernos. Pero el hecho es que si quería administrarlo con la suficiente eficiencia para permitirle a su gobierno sobrevivir y permanecer independiente frente a la amenaza de unos poderes centrales occidentales empeñados en modernizar bajo su control al planeta entero, necesitaban de una burocracia, o de una administración que de alguna manera se le pareciera.

Que necesariamente este mal remedo de las burocracias occidentales, en especial de las muy eficientes del Imperio Alemán, pronto superara a esa élite leninista hasta triunfar con Stalin, en propiedad el Zar de los Burócratas, no niega lo dicho: El socialismo soviético se burocratiza no por la naturaleza interna de la burocracia, sino por la de ese particular socialismo, autocrático y piramidal, en que tanto por su propia concepción leninista de una Vanguardia que debe dirigir el proceso, como por las circunstancias históricas específicas en que llega al poder, son echados a un lado todos los posibles controles sociales desde abajo o desde planos horizontales alternos. Lo demás lo harán las necesidades de sobrevivencia de las élites leninistas, en medio de un mundo en que sin cierta racionalidad de la administración no se puede soñar con conseguirlo.

El proceso burocratizador, en consecuencia, no es más que el resultado necesario de la inicial concentración desproporcionada del poder en el vértice de una sociedad contemporánea que a consecuencia de su propia concepción teórica se piramidaliza de manera cada vez más monstruosa, ya que ante ese núcleo de poder, el Partido, El Politburó, El Gran Líder por último, no queda otro recurso que echar mano de una hipertrofiada burocracia que se ocupe ya no solo de administrar una economía a medias modernizada, sino aun de los más nimios detalles de la vida humana de los súbditos (quizás la única burocracia soviética eficiente es la Cheká).

Sin embargo, la primera crítica comunista, compuesta en esencia por los intelectuales leninistas que han iniciado el proceso pero que han terminado apartados más tarde o más temprano, solo verá con claridad la consecuencia, nunca la causa que los incluye a ellos como actores principales. Por lo tanto interpretará esa consecuencia como un resultado de la mala naturaleza de la desagradecida burocracia creada por ellos, que ha terminado por desplazarlos del poder, no de sus propias concepciones teóricas o de sus decisiones tácticas. El más brillante entre todos, Trotsky, lleva este discurso hasta sus últimas consecuencias al tratar a la burocracia como una clase social en sí misma, y asignarle por tanto modos de acción en base a unos supuestos intereses de clase a los que en conjunto no puede renunciar.

Pero la realidad es que a pesar de lo sostenido por esa primera crítica comunista, y por los que después solo repiten de una u otra manera sus ideas al respecto (la crítica cubana de los sesentas, por ejemplo), la burocratización soviética se origina en el coartamiento de lo participativo en base a medidas tácticas (la necesidad de conservar el poder que ha ganado la minoría mediante rejuegos políticos), pero sobre todo en la adscripción de los comunistas a la creencia en las vanguardias políticas y su papel director.

Porque en esencia ninguna vanguardia, sea élite política, económica o social, será nunca de por sí un contrapeso de la burocracia. Mucho menos cuando se encuentra enfrentada por un lado a un mundo que vive un proceso modernizador bajo el impulso de otros centros de poder, y por el otro a toda su propia sociedad, y en consecuencia necesita rodearse de un cuadro administrativo racional que les ayude a ejercer el poder en esa precaria situación.

La élite, en todo caso, solo pervierte la racionalidad de la burocracia. Al situar a toda la sociedad, incluidos ellos mismos, no ya bajo un marco legal claro y de estricto cumplimiento para todos (lo que Weber llamaba administración burocrática en estado puro, y nosotros estado de derecho), sino bajo el de su voluntad monda y lironda, la retrotrae hasta los tiempos pre-modernos y convierte a la burocracia en el irracional cuadro administrativo de alguna sociedad equivalente. En un proceso que nunca termina de completarse mientras el estado socialista en cuestión esté obligado a competir por el dominio del mundo con otros estados en que la racionalidad impere, pero que se cerrará definitivamente si el socialismo leninista consigue extenderse a todo el planeta (algo que por fortuna no sucedió y que en esencia hubiera significado un retroceso mundial al año 1000).

Y es que en el Socialismo Real, aquel que unos muy asustados tories británicos de 1867 identificaban acertadamente con la Democracia más plena, el equilibrio frente a la imprescindible burocracia deberá proporcionarlo la mayor participación posible de la ciudadanía, y sobre todo de los trabajadores, ya no solo en la política sino en la gestión de la economía a todos los niveles. Sin ese control, cuando la participación ciudadana es disminuida al mínimo posible (no nos engañemos, siempre la hay, aun de parte del esclavo), la burocracia, por interés del grupo político que se ha hecho del poder, no por interés propio, crecerá y crecerá para permitirles a estos controlar lo que ahora los ciudadanos no pueden consensuar. Esto es en esencia lo ocurrido en la URSS: La Vanguardia leninista, el Partido, a partir de 1919 el limitadísimo Politburó, y por último después de 1934 el Gran Líder, al limitar la participación y crear una sociedad con fines supra cotidianos a los que solo ellos pueden conducirla, provocan el crecimiento desbocado de una burocracia que mediante la administración de lo cotidiano les permita subsistir en su estatus de nuevos y contemporáneos Moisés.

2.

Además de la reticencia ante la burocracia, heredada de la crítica leninista, en el cubano de a pie existe una marcada sospecha a todo lo impersonal, y en el de algunos aires intelectuales una aversión por lo cotidiano algo más marcada de lo habitual para esta capa, que en los tiempos revolucionarios que corren a partir de 1959 los llevará a unos y otros a desconfiar por partida doble de una institución humana que existe en la modernidad, como hemos dicho, para administrar lo cotidiano de manera impersonal.

Para el cubano de todas las épocas, excepto para ciertas capas urbanas que serán en esencia las que pronto se opongan a la Revolución, las relaciones entre seres humanos siempre tienen que ser personales, por lo que no puede más que identificar a cualquier burocracia como contraria a la naturaleza populista del proceso inaugurado en 1959. Mientras para el cubano con aires intelectuales, para quien lo reglado, lo sometido a programa, lo exhaustivo era y es aun hoy un pecado, lo cotidiano contrario a la vida, y la espontaneidad por su parte la única actitud digna de reconocimiento, los exaltados tiempos revolucionarios lo llevan un paso más allá, hasta adjudicarle el papel de principal enemigo interno.

No es de extrañar entonces que para intentar solucionar el problema de la burocratización, ya advertido en el caso soviético, en el cubano el foco de atención no tarde en fijarse en lo impersonal y en lo cotidiano, en el método y la regla que se oponen a la epopeya constante en que se estima debe vivir el ser humano revolucionario. Y que como medio de resolverlo se pretenderá personalizar de modo absoluto todas las relaciones humanas (Fidel Castro con su jeep y su habano en todas partes, al habla con todos a la vez, al tanto de todos los problemas), pero por sobre todo trascendentalizar, extra-cotidianizar absolutamente la vida del ser humano revolucionario.

Siempre según aquella serie de editoriales que Granma publicara a principios de 1966, recopilados más tarde en la revista Bohemia bajo el título de La Lucha contra el Burocratismo: Tarea Decisiva, la solución a que “…mientras permanezca el Estado como institución y mientras la organización administrativa y política no sea, plenamente, de tipo comunista, existirá el peligro de que se vaya formando una capa especial de ciudadanos en el seno del aparato burocrático, administrativo y de dirección, solo puede consistir en la promoción, “…el desarrollo de un hombre nuevo, con una conciencia y una actitud nuevas ante la vida…” En concreto el desarrollo de un individuo constantemente concentrado en la edificación del comunismo, dispuesto a la “entrega total a la causa revolucionaria”, a “actos de valor y sacrificio excepcionales por ella”, y que perpetúe “en la vida cotidiana esa actitud heroica”: Un revolucionario a tiempo completo, un Tábano de la conocida novela romántica. En fin, una mujer o un hombre que no viva en lo rutinario, sino en lo trascendente: un asceta revolucionario.

O sea, un individuo en alerta constante, que participe ininterrumpidamente, pero no en la solución consensuada de los problemas concretos y cotidianos que se le presentan a su sociedad, sino en la construcción de un ideal de sociedad en la que de alguna manera mística, al final de los tiempos, esos problemas desaparecerán o hallarán solución definitiva y satisfactoria para todos y cada uno de sus integrantes.

Este énfasis más que en lo cotidiano en lo trascendente, sin embargo, no provocará el advenimiento de un hombre nuevo socialista, y mucho menos el estado de participación constante, por parte de todos, que de modo evidente esperan los editorialistas, sino por el contrario la conformación definitiva de un Panteón Revolucionario encabezado por un Imperante Carismático y su posterior legitimación ad aeternas.

La realidad es que la autodisciplina, la insomne vigilancia de sí mismo, de sus acciones y hasta de sus pensamientos que todo ascetismo implica, genera un esfuerzo psíquico descomunal, asumible solo por unos pocos individuos.

De esta manera la diferencia natural de aptitudes humanas para los esfuerzos psíquicos o para el mantenimiento de la atención tenderá a polarizar a la sociedad, a reproducir dentro de ella las previas desigualdades en la distribución de poder, desfigurando lo que en sus inicios, y al menos en teoría, era sin dudas un destacable intento igualitarista. Así, mientras los ascetas verdaderos sienten de manera continuada la exaltada gracia revolucionaria en su interior, alcanzada gracias a haber cumplido, por propia voluntad, con determinadas normas y principios que a su vez han aceptado solo tras someterlos a su particular criterio, las inmensas mayorías o no pueden, o están demasiado apegadas a lo mundano como para alcanzar tal estado. Imbuidas en las agobiantes necesidades cotidianas, no es en sí que carezcan de la cultura o de la inteligencia necesarias para aspirar a tener un criterio propio, sino sobre todo de tiempo liberado de las necesidades cotidianas de subsistencia para buscar en su transcurso las normas y los principios que les permitan disciplinar sus vidas, en el camino de auto perfeccionamiento constante que es todo ascetismo.

Ellos solo podrán abandonar lo cotidiano intermitentemente, sobre todo en La Plaza, en el gran acto mistérico de las concentraciones, so riesgo de morirse de hambre o sufrir un colapso nervioso.

En consecuencia esas normas y principios mencionados los tomaran de fuera, ya hechos, de una entidad en cuyo criterio, voluntad e intenciones no tardan sin embargo en comenzar a creer por fe. Así, en esta particular sociedad de revolucionarios, fundada sobre lo heroico y lo trascendental, el elegido será al final uno de los compañeros iniciales y no un dogma: El que tenga el carisma para hacerlos sentirse a ellos también, de cuando en cuando, trascendentes, supra-históricos. Como ya dijimos en La Plaza, en medio de las concentraciones, cuando el calor, el sol tropical a plano, la falta de oxígeno, la imposibilidad incluso de volverse o amarrarse los cordones de los zapatos en medio de la multitud, y sobre todo sus palabras en torrente que llegan desde todas la direcciones posibles, retransmitidas por mil altavoces, establezcan esa unión mística entre líder y pueblo de que nos habla más de un observador contemporáneo.

th (1)Con semejante y mayoritaria relación basada en la fe dentro de la sociedad que se quiso igualitaria, al menos entre los revolucionarios, es evidente que pronto ocurrirá un desequilibrio de poder entre los mismos ascetas verdaderos en favor del elegido. Más temprano que tarde, independientemente de si es un santo verdadero o solo un charlatán, la fe mayoritaria fija en él lo ensoberbecen (si es que él mismo no lo estaba de antes, como es sin lugar a dudas el caso de Fidel Castro desde su más tierna niñez). Si las grandes mayorías lo siguen, si las grandes mayorías se abandonan a su criterio, no pueden caber dudas de su monopolio de la verdad. Solo él sabe lo que debe hacerse; solo él tiene la claridad; solo él conoce el camino correcto. En consecuencia es su deber concentrar en sus manos el poder para evitar el error; incluso en los más nimios detalles. Pronto cualquier norma o principio asumido por otro criterio que no sea el suyo pone en peligro la magna obra que la mayoría de los revolucionarios han echado sobre sus hombros; un desafío malintencionado o en el mejor de los casos miope, que no puede permitirse “ni por un tantico así”. Y en el rechazo de tales “autosuficiencias” de los demás ascetas verdaderos las mayorías no solo apoyan al elegido por su fe en él: Para ellas la independencia de criterio de los demás ascetas es también una humillación, un molesto recordatorio de su falta de él, o de voluntad para obrar a su dictado.

Habrá llegado, por tanto, la hora en que Saturno devora a sus hijos: La Revolución que pretendía evitar con sus caminos trascendentalistas el caer en semejantes “errores” devora a los demás ascetas revolucionarios. En el nuevo escenario para ellos solo quedaran dos opciones: o abandonar el ascetismo y convertirse al revolucionarismo por fe, aunque claro, desde la siempre favorable posición del miembro secundario del Panteón (del santoral, en propiedad); o no transigir, lo que significa la excomunión y el martirio, y siempre la rebaja a la categoría de concreción del Mal Contrarrevolucionario en los imaginarios de las grandes mayorías.

De este modo lo que aparentaba ser una solución democrática a la manifiesta falta de libertad del socialismo leninista soviético, una unión de heroicos y extra-cotidianos hombres nuevos iguales entre sí, participativos a tiempo completo, se convierte, debido a la naturaleza humana, de la que las grandes mayorías atrapadas en sus urgencias cotidianas no pueden escapar, en el imperio de uno solo: El Imperante Carismático. En un socialismo en el que las grandes mayorías no ejercen el poder real no porque se los impida la burocracia elevada a la categoría de nueva clase explotadora, sino por algo todavía peor: Porque simplemente ni se creen capaces, ni tampoco lo hayan necesario, al compararse con el Trascendente y Personal objeto de su fe, de su fidelidad.

Un modo más eficiente que el leninista de retrotraer a lo pre-moderno la sociedad en cuestión.

3.

No obstante, por la misma razón que la élite leninista soviética se viera obligada a poner la administración del estado en manos de un remedo de burocracia, más temprano que tarde el Imperante Carismático cubano también tendrá que hacer algo parecido. La necesidad de sobrevivir como Imperante, en medio de un mundo al cual se lo moderniza desde centros de poder situados más allá de las costas dela Isla, hará nacer las únicas burocracias eficientes del castrismo: las políticas, militares y policiales (aunque no tan eficientes como las soviéticas: la inmensa mayoría de los atentados a Fidel Castro fueron detectados por  indiscreciones de quienes los llevaban adelante y por la alerta actitud del revolucionario de la calle, no por una Seguridad del Estado que normalmente andaba comiendo catibía).

En cuanto a las demás burocracias, sobre todo las que se ocupan de administrar lo económico, sufrirán en su desarrollo la influencia del aconomicismo sobre el que a nivel cultural se asienta el castrismo. Un principio esencial suyo, al cual se mostrará en extremo hábil en conservar, aun en medio de la contemporaneidad. Y es que el castrismo no tarda en comprender que más que un mal, su cercanía extrema a los EE.UU. es por el contrario el único recurso de que dispone para mantener a la Isla viviendo en unos perpetuos tiempos heroicos, que legitimen idealmente la posición de privilegio del Imperante Carismático, a la vez que una segura y sui generis fuente de riquezas y capital. Para explotar económicamente a la cual solo hay que venderse como el aliado ideal de todos aquellos que en la segunda mitad del siglo XX, e inicios del XXI, pretendan oponerse al intento globalizador-modernizador de Occidente, encabezado por entonces por los EE.UU.

Esto último explica el que, en lo económico y en su política exterior, la historia revolucionaria de la Cuba posterior a 1959 pueda reducirse a la búsqueda incansable de mecenas que, con tal de molestar a Washington al sufragar un enclave hostil a la vista de sus costas, se ocupen de mantener económicamente a la Isla.

Ese aconomicismo esencial al castrismo, y la singular manera en que consigue conservarlo, no serán sin embargo obstáculos a la burocratización: Por el contrario, de modo paradójico más que evitar la formación de una burocracia administrativa y económica la impulsan a niveles inesperados. Porque sostenido por una economía que por un lado es estructuralmente todavía la misma de antes de 1959, dedicada en lo fundamental a la exportación de bienes agrícolas estacionales y semielaborados, y viviendo ahora de explotar la cercanía extrema a los EE.UU. y el diferendo histórico cubano con dicha Nación, el castrismo no tardará en descubrir en la burocracia el recurso ideal para solucionar la estructural falta de puestos de trabajo, y hasta para fomentar políticas de pleno empleo. Así la burocracia cubana crece y crece de manera desmesurada, al tiempo que se reducen de manera drástica los “contenidos de trabajo” de los burócratas y se solapan sus funciones de una manera en realidad inextricable.

Todo por mantener a la población ocupada en algo. Una obsesión histórica del castrismo, que entiende muy bien que su supervivencia depende de mantener a las grandes mayorías constantemente movilizadas en alguna actividad: Solo el estado de pachanga revolucionaria ininterrumpida puede garantizar esa supervivencia.

Pero no obstante el regreso real de la burocracia a la Cuba de Fidel, tanto en el discurso oficial como en general en los imaginarios colectivos se continúa identificando a lo impersonal y lo cotidiano con lo contrarrevolucionario.

Porque el negativo papel de la lucha cubana contra los demonios del burocratismo no queda limitado al proceso mediante el cual se impone el endiosamiento revolucionario, sino que de manera más peligrosa todavía se extiende más allá, a aquel otro subsiguiente mediante el cual se lo legitima y mantiene vivo ad aeternas.Incluso cuando de manera evidente esos mismos dioses promueven ahora la tan repelida burocratización.

En la Cuba posterior a 1970 será siempre la burocracia la que cargue con la responsabilidad por los platos rotos. Es ella no solo el chivo expiatorio de que se valen el Dios supremo del Panteón Revolucionario(Fidel Castro, el Imperante Carismático) y sus Santos Subsidiarios (sus raules, almeidas, vilmas et al) para desviar la atención de encima de ellos y sobre todo de la particular estructura del socialismo cubano, piramidal, autocrático (incluso cabe decir hasta teocrático), sino que es por sobre todo el recurso del que se vale la intelectualidad y los formadores de opinión para eludir el bulto a criticar lo que en realidad deberían. Jugar con la cadena, pero no con el mono, decimos en Cuba, para denominar a esa actitud de dudosa ética adoptada por intelectuales orgánicos pero dizque contestatarios a su vez. Actitud que le permite a muchos disfrutar de una vida placentera mientras se simula tener bien afeitada la lengua.

Mas en justicia no hay solo temor y oportunismo detrás de esa actitud. Como ya hemos visto, en buena medida, y no solo para los formadores de opinión, en Cuba la píldora del autocratismo es tragable porque entre ellos aún se ve a lo impersonal y rutinario como lo repulsivo, y a lo heroico, extra-cotidiano, lo personal, al carisma sin contrapesos racionales, como lo más aconsejable para una buena y valedera convivencia social.

Algo que aunque en niveles menos tóxicos ocurre en cualquier otra sociedad, por cierto sea dicho. Ya que muy raramente se encuentra a un pensador, un artista o un académico que algún vez haya tenido que ver con una empresa económica real, o que haya puesto sus pies en una administración para algo más que mirar a su alrededor por encima del hombro.

En definitiva la burocracia, pronto renacida tras el final de los años heroicos, exaltados e irracionales de las postrimerías de los sesentas, e indudablemente por necesidades de sobrevivencia de quien manda, cargará una y otra vez con las culpas en la Cuba de Fidel. Hasta el punto de que algunos grupos de pensamiento no tarden en desempolvar, sobre todo desde mediados de los ochentas, la añeja idea de muchos leninistas apartados del poder por Stalin y que en sí había estado en la base de la vía cubana al socialismo: Aquella de que el socialismo no requiere de una burocracia, que esta es en sí un fenómeno privativo del Capitalismo y una de las malas herencias suyas con que puede llegar a cargar. Una institución burguesa, a la cual solo pueden tener por imprescindible intelectuales burgueses como Max Weber.

Por cierto que, inveteradamente fieles a la vía trascendentalista y personalista de construcción del socialismo, si se los presiona solo un poco los integrantes de estos grupos de pensamiento no se demuestran para nada remisos en reconocer, de manera precisa, que lo no deseable de la burocracia es su atención fija en lo cotidiano y el carácter impersonal del ejercicio de sus funciones. Lo que hace dudar no ya de la consecuencia de sus razonamientos, sino de su capacidad para comprender la realidad social en que viven, porque al satanizar a la burocracia cubana en base a tales características parecen no caer en cuenta de que esta es ineficiente sobre todo por no ser ni lo uno ni lo otro: O sea, por no ser una burocracia en el más pleno sentido del término definido por ellos mismos.

Si se observa, la burocracia nuestra no cumple con ninguno de los caracteres típicos que según Weber debe poseer una que merezca el nombre de tal.

Eso que al presente llamamos burocracia en Cuba, o sea, el cuadro administrativo castrista, es en primerísimo lugar cualquier cosa menos impersonal. De hecho en la Cuba de Fidel tenemos un sobrenombre muy particular para el tipo de sociedad que definen las relaciones preferidas por su cuadro administrativo: Sociolismo, el socialismo de los compadres, en que los cargos no son asignados por las competencias individuales, sino por la incondicionalidad hacia el Panteón Revolucionario y por las relaciones personales de los pretendientes. Unos cargos que por demás no tienen una remuneración efectiva estable, sino que dependen por sobre todo de lo que se pueda “resolver” por quien los ocupa. Ya que aunque absolutamente todos los burócratas cubanos cobran un sueldo mensual, la realidad es que con el mismo no pueden atender a las necesidades básicas de sus familias incluso ni durante una semana del mes. Lo que los obliga a echar mano del robo y de la sisa para conseguirlo. Y aclaramos que al hablar de lo que se pueda “resolver” no nos referimos solo a lo que se obtenga a resultas del cargo que se ocupa en cuestión, sino y sobre todo del complejo entramado de relaciones de compadreo que en definitiva conforman la verdadera estructura de la burocracia cubana, y que la definen como tal.

O sea, que a la manera de cualquier cuadro administrativo patrimonial o feudal, la “burocracia” cubana vive de explotar sus cargos. Y esto es válido tanto para el Ministro o el jefe de departamento en una institución nacional, como para la funcionaria que se ocupa de organizar la actividad de los médicos y sus interacciones con el público en cualquier policlínico de barrio.

En cuanto a su conocimiento de la actividad que se ocupa de controlar, debe admitirse que a diferencia del alemán de los tiempos de Weber el burócrata cubano quizás sea el individuo con relaciones directas con la misma que más en oscuras anda respecto a ella. Esto, más que un tópico humorístico, es una amarga realidad en la Cuba de Fidel. Pero además, y esto es sumamente importante, en el socialismo cubano la función primordial de la burocracia no consiste en administrar la actividad cotidiana del país. Como ya dijimos, en el socialismo de pleno empleo cubano, sostenido por una economía históricamente débil en lo estructural, en que la capacidad de empleo real ha estado siempre muy limitada, la burocracia es por sobre todo un recurso para conseguirle acomodo laboral a un enorme por ciento de la población del país; del mismo modo que la pretendida universitarización total, propuesta por Fidel Castro a principios de este siglo, era por sobre todo un medio para sacar de las calles a los jóvenes y tener un mejor control de ellos.

Este uso de la burocracia no solo como medio controlador, sino como destino en que controlar, provoca su hipertrofia, lo que a su vez causa la catastrófica caída de su eficiencia en el cumplimiento de sus funciones, a resultas de la conocida Ley de los rendimientos decrecientes.

Tampoco puede decirse que haya mucho de racionalidad en los principios por los que se rige la  administración de la burocracia cubana, o de carácter rutinario en el tratamiento de sus asuntos. En Cuba la administración se rige no por planes y estudios cuidadosos de la realidad, sino por metas y consignas, por voliciones y evoluciones estomacales de cualquiera situado en una posición de poder, sin más conocimiento de la actividad en cuestión que el de lo imperioso de “triunfar y vencer”.

Y es que en Cuba, al menos para los que mandan y para las hipertrofiadas intelectualidades que se ocupan de legitimar ese mandato, la actividad económica nunca es tomada como lo que es, una actividad cotidiana y rutinaria, sino como una heroica.

Conclusiones.

De un modo en apariencias paradójico la solución cubana a la burocratización soviética dará como resultado el mismo socialismo burocratizado.

En Cuba, con el declarado propósito de evitar caer en la excesiva racionalización burocrática soviética, se intenta establecer un ascetismo que, sin embargo, por su carácter trascendentalista y por su ensayo de personalizar todas las relaciones humanas a su interior, resulta inoperante sobre todo para una compleja sociedad contemporánea (y en general para cualquier sociedad que no viva abiertamente del botín o de las ayudas de un mecenas).

El problema está en que al querer promover la participación mediante el ascetismo lo que se consigue más tarde o más temprano es dividir a la sociedad en ascetas reales de un lado y seguidores en potencia del otro. Al menos en un primer momento, porque el proceso de polarización social nunca se detendrá allí. O sea, justificar desde una base empírica, gracias al experimento cubano de los sesentas, la visión vanguardista de Lenin de que deben de existir quienes guíen y quienes sean guiados.

Esto se consigue porque aunque sin dudas en el plano teórico la vía cubana promueve la participación, en la práctica es esta de un tipo que nunca puede mantenerse por mucho tiempo. Así, al eliminar los mecanismos legales de contrapeso que permitan mantener abierta la posibilidad participativa en los instantes críticos y ante los asuntos puntuales y cotidianos, en la creencia de que supuestamente el impulso participativo ha sido sembrado en lo profundo del corazón del revolucionario, lo que se facilita es que tras la pronta retracción del esfuerzo psíquico constante por unas mayorías incapaces de mantenerlo por mucho tiempo, el poder real se concentre de manera extraordinaria en las manos de ciertas élites, incluso en las de ciertos individuos.

Mucho menos coopera el hecho de que los objetivos que persigue la sociedad en cuestión no sean los relacionados con la solución de los problemas cotidianos que se le presentan a la asociación, sino unos extra-cotidianos, siempre en un instante más allá de la extensión de la vida de los humanos presentes. Unos objetivos que necesariamente han sido definidos, propuestos por una élite anterior al impulso ascético, y que en consecuencia ya parte con una ventaja en la lucha por el poder en la sociedad en cuestión.

Debe señalarse también que la solución cubana legitima el “orden de cosas” con mucha mayor eficiencia que la soviética leninista, y que en concreto solo es comparable, por su capacidad para resistir con eficiencia las adversidades que se le presentan a la asociación humana, con el nacionalsocialismo alemán. El cubano castrista, como el nazi-alemán, cuentan con un aparato ideal que le permite encuadrarse dentro de su religión, y a la vez participar más conscientemente en los grandes momentos de crisis de lo que alguna vez pudo lograrse respecto al hombre soviético. En este sentido cabe indicar que el caso cubano se encuentra más próximo a los fascismos, que a los socialismos leninistas.

Todo lo dicho más arriba nos deja ante una evidencia: En la construcción de un Socialismo o una Democracia Real, que para el caso no hay ninguna diferencia entre uno y otro, de un socialismo basado en la participación de los ciudadanos, la mentalidad, digamos que el civismo, no bastan, ni aun o mucho menos cuando se pretende llevar ese civismo hasta un estado ascético. Son imprescindibles los mecanismos e instituciones que mantengan abiertos los espacios de participación y le permitan al ciudadano participar en el momento oportuno, mientras a su vez vive su vida (en la cual sus preocupaciones por toda la sociedad no cubren más que una pequeña proporción de su tiempo). Y por otra parte esos mecanismos e instituciones, creados por los hombres en la Modernidad, y a los cuales no se puede simplemente lanzar por la borda de la gran nave humana, no deben estar ahí tampoco solo para consensuar la construcción de la futura sociedad en que, por su misma concepción, se le dará respuesta a todos los problemas de manera satisfactoria para todos: Deben estar para consensuar la solución de nuestros problemas cotidianos, a corto, mediano y largo plazo, para nada más.

El Reino de la Libertad, la Sociedad Abierta, es solo una sociedad hacia la que se tiende, sin alcanzársela nunca en definitiva. Una sociedad ideal en que todos participamos en igualdad de condiciones, todo el tiempo. Querer hacerla ahora mismo, y en consecuencia abandonar por completo nuestras vidas en ese empeño, solo nos conducirá a repetir los mismos errores en los que el pueblo cubano lleva ya sesenta años extraviado.

Notas tras leer On Becoming Cubans, de Louis A. Pérez, Jr: El Real origen de la Modernidad Cubana

José Gabriel Barrenechea.

En su grueso pero imprescindible libro, por cierto muy mal traducido para esta edición cubana, LAPJ se concentra primeramente en el proceso por el cual nuestros ancestros cubanos adoptaron el mercado, el consumismo americano, los valores del trabajo duro, como formas de vida con que buscar distinguirse de lo español. A partir de aquí, en el que es de manera evidente el objetivo final de la extensa obra, explica el complejo proceso que llevaría a la explosión de nacionalismo de 1959; precisamente como consecuencia de las incongruencias que arrastraba a la larga esa adopción de lo americano como nuestro paradigma de modernidad:

Cuba, una diminuta economía fuertemente ligada a la enorme de los EE.UU., como su suministrador de un producto semielaborado, el azúcar crudo, nunca podría llegar a los niveles de consumo de la nación que se le presentaba como su modelo consumista de lo moderno, lo cual acabaría por elevar el nivel de insatisfacción individual hasta niveles de ingobernabilidad nacional.

Debe de admitirse que su historia está bien contada, aunque también que no está muy bien argumentada: Por ejemplo, sus citas han sido escogidas de una manera harto interesada, al punto de que algunas, con las cuales intenta sustentar su idea sobre las características singulares del proceso de la evolución insular en cierta etapa, corresponden a un periodo o muy anterior, o claramente posterior. En general puede afirmarse que un número nada despreciable de sus citas resultan sutilmente descontextualizadas, y además en no pocas se nota ese error propio del no cubano de no tener en cuenta la tendencia a la elipsis, a la exageración, tan propia del pensamiento insular.

La historia de LAPJ es sin embargo una visión parcial de un americano de ascendencia cubana que ve a Cuba y su evolución histórica solo desde los EE.UU. Así, aunque frecuentemente refiere que nuestra idea de lo moderno no solo procede de raíces americanas, sin embargo estas declaraciones encuentran poco sustento en el cuerpo de ideas que constituyen su obra, con lo que tales declaraciones quedan solo en una especie de disculpa que no encuentra asiento real en la misma. Una parcialidad de trascendental importancia si recordamos que el objetivo del autor es precisamente explicar la Revolución de 1959 a partir de los tratos de los cubanos con la idea de la modernidad.

Un hecho tan inusitado como la explosión nacionalista cubana del cambio de década de los cincuenta a los sesenta no se explica solo a partir de las incongruencias del modelo foráneo de desarrollo adoptado. La insatisfacción individual del que no consigue consumir lo que la propaganda le enseña es lo aconsejable, si es que quiere ser alguien en ese modelo consumista, en la generalidad de los casos solo lleva al surgimiento de subculturas marginales del barrio, del gueto, y en el más organizado de los casos a olas de saqueos, rara vez a explosiones nacionalistas. No nos engañemos, incongruencias con modelos foráneos adoptados han ocurrido siempre en todas partes, pero rara vez han llegado a dar lugar a esa tendencia muy cubana a la quijotada de que una nación minúscula desafíe a un superpoder global, lo cual no solo ocurrirá en 1959, sino también algo antes, en 1933.

Un hecho así solo puede explicarse en la existencia anterior al modelo americano de modernidad de una o varias poderosas tradiciones nacionales, sobre todo de alguna tradición modernizadora, que siempre haya ejercido una eficiente resistencia a la influencia americana. O sea, que contrario a lo que suele afirmarse por la historiografía oficial interesada en ningunear a las élites habaneras de fines del siglo XVIII y principios del diecinueve, discurso sobre el que se monta tan alegremente el de LAPJ, lo esencial cubano no se forma en el periodo que Martí llama de Tregua Fecunda, cuando aprendimos a jugar pelota. El impulso de la cubanidad nace muchísimo antes, por el mismo tiempo en que un grupo de abogados de los intereses inmobiliarios americanos se encuentran reunidos en Filadelfia para imponer una Constitución que garantice el cobro de lo que el pueblo le debe a esos intereses.

Es cierto que en la segunda mitad del diecinueve en Cuba, en un proceso auto impuesto que nos llevó a preferir los frijoles negros a los garbanzos, determinados estratos de la sociedad cubana adoptaron los valores americanos de trabajo duro, del mercado y el consumismo, como los valores imprescindibles que le faltaban a nuestra nacionalidad para distinguirse de la española. Pero de ahí a plantear como LAPJ que esos valores fueron adoptados por lo más significativo de la sociedad, existe un gran trecho, que repetimos, el autor no logra superar con sus abundantes pero sospechosas citas.

Dejémoslo muy claro: La idea de la modernidad cubana ante la medievalidad de España no nace, sin embargo, de nuestros contactos con los EE.UU. Esta idea, sino de ella misma, es en todo caso el resultado de la actividad y relaciones de la élite habanera en las postrimerías del siglo XVIII e inicios del diecinueve. En primer lugar, y por lo tanto paradójicamente, de las relaciones de esa élite con lo más avanzado de la monarquía de Carlos III, a la que tanto debería. Fue a través de esas relaciones que en La Habana se introdujo el pensamiento ilustrado de origen francés, recalentado antes entre los allegados afrancesados de Carlos III. De hecho es de las experiencias que ven sufrir a esos afrancesados, en parte, y de la experiencia de la propia élite habanera en las relaciones que mantiene con el resto de España, la de sotana y pandereta, que procede la idea distinta de nuestros tatarabuelos sobre la Medievalidad incorregible de la Metrópoli.

La preservación posterior de este foco habanero de ilustración dentro del Imperio Español tuvo que ver con el pragmatismo que aquí se originó antes de tener contactos significativos con los EE.UU. en los noventa del dieciocho. Un pragmatismo que procedía de la muy práctica vida anterior en la Factoría, y con el que se embebió desde un principio nuestro sentido de lo moderno. Y fue ese pragmatismo el que le permitió a la élite habanera la suficiente flexibilidad mental para pactar con Carlos IV y Fernando VII, y así convertirse con sus capitales obtenidos del azúcar, el café, y de la quema de bosques y el tráfico humano, porque no decirlo, en el verdadero poder tras el trono absolutista imperial español.

Es incuestionable que la idea de la modernidad liberal y pragmática nació en Cuba algo antes de que la influencia americana resultara todo lo significativa que después llegó a ser. No es por lo tanto una imposición ni un préstamo americano, sino un producto autóctono. Puede decirse más bien que el surgimiento de esa idea en ambos países sigue procesos paralelos, parecidos, en que el pragmatismo que luego coloreara al pensamiento ilustrado que llega de Europa se origina en las condiciones de vida de los años en que las colonias son solo sitios para la extracción de recursos. Condiciones de vida en que el europeo (no solo el africano) se descubre aculturado en las nuevas tierras, y en que al faltar el sustento de las tradiciones milenarias que lo amparaban en el Viejo Mundo debe necesariamente echar mano de su razón práctica para organizar su interacción con el nuevo medio natural, y sobre todo su convivencia con los demás aculturados.

Tampoco debe de exagerarse la influencia inglesa en la tendencia cubana al liberalismo, que ni sesenta años de estatismo castrista han logrado hacer desaparecer: Desde mucho antes que los ingleses ocuparan La Habana, en Cuba se comerciaba más que con la Metrópoli con cualquiera que pasara en su barco por nuestras costas: inglés, hugonote, calvinista, y hasta con el mismo Lutero si hubiera tenido a bien armar un barco y dedicarse al comercio de rescate con los muy prácticos hijos de esta Isla (aquí hasta los curas comerciaban con los herejes). La aspiración a comerciar libremente no nos la inocularon los Hijos de Albión, en todo caso lo que sucedió fue que esa ocupación provocó un cambio radical en la actitud que los borbones españoles habían asumido hacia el comercio isleño, y con ello habría de desatarse el proceso que nos llevaría a definirnos por sobre todo como modernos; décadas antes que nuestra interacción con los EE.UU. se hiciera todo lo profunda que luego fue.

Es bueno entender que la élite habanera ascenderá a la gloria dentro del moribundo Imperio Español gracias a su localización geográfica: En aquellos tiempos de navegación a vela su puerto, y la Isla toda, eran la cabeza de playa ideal de este lado del Atlántico. No solo se podía controlar desde aquí el acceso desde Europa a Las Españas americanas, sino incluso al interior de la masa continental norteamericana, a través del Mississippi. A la comprensión de esto por un monarca borbón, y su círculo, Carlos III y sus Floridablanca, Aranda…, decididos a reinstaurar la gloria del Imperio, cabe achacarse el impulso que luego se encargaría de acelerar la Revolución Francesa, primero al aislar a la Isla de España ya en los 1790, y sobre todo al provocar la revuelta de Haití, que habría de dejar en cenizas a la gran productora de azúcar y café de la época.

Sin lugar a dudas la élite habanera es nuestro primer estamento moderno, y el que originará ese principio y tradición centralísima de la cubanidad: el deseo de ser modernos, de estar en la última. Y la influencia para ese principio no viene de Norteamérica, sino sobre todo de Francia a través de Carlos III. Alguien a quien los cubanos deberíamos volver a levantarle, con todo y lo feo que era, un monumento en lugar central de la ciudad de La Habana, bien de cara a la mar.

No obstante debe de señalarse que frente a gobiernos empeñados en reescribir nuestra historia nuestro pueblo, con su raro olfato, ha sabido adoptar una postura digna de encomio: La avenida Salvador Allende (digno de respetuosa memoria él también, aunque en otra parte) es aún Calzada de Carlos III para unos habaneros que presienten lo que le deben al Rey Narizón.

 

A posteriori de la muerte de Don Carlos, la élite habanera, que en muchos sentidos actúa como un grupo plenamente consciente de sus intereses, pronto supera al estatismo ilustrado matritense y llega hasta a obtener dos importantes victorias: El libre comercio en la práctica, desde los 1790, y el derecho a quemar en los fogones de sus ingenios los valiosísimos bosques de la Isla (todo un disparate a la luz de hoy, no a la de entonces). Esto último a través de una serie de victorias parciales sobre nada menos que la poderosísima Real Armada, en los tiempos en que ella era todavía el principal cuidado de la dirección del decadente Imperio.

Libre comercio y derecho a hacer desaparecer ese baluarte de lo oscuro, lo mágico, lo atrasado: El bosque, donde los niños y hasta los hombres solían desaparecer de manera misteriosa. Dos signos de la Modernidad ilustrada, muy anteriores a los tiempos en que a los cubanitos les diera por irse a estudiar a los EE.UU.

He aquí, en esa clase que pronto lucha por ilustrarse, que no tarda en viajar, a EE.UU., es cierto, pero más que nada a España, a Francia, a Inglaterra, a Italia (la Italia de las luchas románticas por la Libertad y la Unidad nacional)… la primera clase cubana que conscientemente se ve distinta de lo español.

Si LAPJ hubiese leído lo escrito por los principales intelectuales y líderes de opinión de la élite habanera habría comprobado que aunque no tienen el mismo criterio deplorable de Norteamérica que de Suramérica, su visión de ella es la de una nación de zafios. No olvidemos que hablamos de unos EE.UU. en que los participantes a la fiesta de ascensión presidencial de Andrew Jackson se comportaron de una manera que avergonzaría a muchos negros nuestros en un día de fiesta (“¡Jesús, que gente más chusma su mercé!”, le habría comentado a Don Arango y Parreño la negrita encargada de la limpieza de la casa, al ver por RT en el televisor de su amo las “hazañas” de los blanquísimos y rubios ancestros de Donald Trump; a lo que habría respondido Don Arango: “Un país de mierda, mi hijita”).

Porque para estos primeros modernos cubanos no es la nación del norte un modelo de modernidad, sino en todo caso Inglaterra (como para casi todo español inteligente).

Es en nuestra relación con el despotismo ilustrado de Carlos III, y la tendencia pragmática que nos dejó la Factoría,  donde deben de buscarse los inicios y primeros pasos de la tendencia a la Modernidad en Cuba. Tendencia que coloreará ese modernismo cubano, hasta el punto de situar a una tradición modernista plenamente cubana, de orígenes y esencias no americanas, en constante contraste con los EE.UU., y con aquella otra tradición que admitimos sí nace del proceso descrito por LAPJ (en la cual Martí es figura clave, por cierto, aunque LAPJ no se atreve a admitirlo).

En fin, la Revolución de 1959 (pero no la del 33) se explica en cierta medida en las incongruencias que arrastraba a la larga la adopción de lo americano como el paradigma de modernidad, pero también en que esa adopción nunca fue más que parcial y en gran medida superficial, debido a que esa idea de modernidad venía a superponerse a una más antigua, y de más arraigo en consecuencia. Pero sobre todo a que la nueva idea de modernidad estaba irreductiblemente ligada a una poderosísima nación vecina con la que la primera tradición modernista cubana nunca ha logrado estar a bien: Cuestión de sobrevivencia, se entiende, y todos sabemos lo aficionadas a la perennidad que suelen resultar las tradiciones.

Beyond the bubble of negative freedom.

José Gabriel Barrenechea.

Translated by Ariadna Barrenechea.

The more reduced the space one lives and the greater the human accumulation, the more inevitable it is to establish an increasing number of regulations that help to maintain coexistence and at the same time to preserve the shared environment as habitable. The man who lives next to ten other people in an apartment of fifty square meters does not enjoy the same freedom as the one who lives alone, in a château in the middle of the countryside. In the first case, promiscuity forces us to establish an enormous number of coexistence rules; in the second case, these rules are minimal, in any case that leaves us with the ones he must follow in his occasional encounter with the newspaper delivery man, with the woman who cleans once a week, or with the neighbors of the distant properties that surround his own.

Humanity lives piled up in an increasingly limited space: The Earth. A space, or rather a surface, in which resources are increasingly scarce, and in which even small actions can alter the precarious balance between humans, the biosphere, the atmosphere, the soil and the oceans. That is why the regulations increase, especially those aimed at limiting what the owner can do with his or her property. Which is completely paradoxical, since it turns out that our mercantile economic system cannot live without growing, and in our current planetary confinement we have not found another solution than promoting the individual compulsive consumerism from small bubbles of negative freedom.

In other words, on one hand we are obliged to limit these spaces of negative freedom, above all to establish control of increasingly scarce resources, and on the other, we are obliged to encourage them, so that individuals can promote economic growth from those spaces.

However, the solution is not as obvious as supposed by the bitter enemies of the market. It is true that the mercantile economic system cannot live without growing, but do not hurry in charging against growth and claiming for a bucolic sustainable development. In the first place, the Second Principle of Thermodynamics emphatically prevents this impossible as impossible as the perpetuum mobile: no development will ever be sustainable, “friendly” with the environment in which it occurs; in second place, the mercantile system´s need for growth ultimately responds to a deeper human need: Humanity cannot live without constantly growing in all senses. Intensively and extensively.

It is indisputable that Earth urgently requires to abandon the dominant mercantile system, and at the same time to establish a single world government. To meet two circumstantial needs we require: To strictly control our interaction with an increasingly fragile environment; and to secure the destiny of our resources towards the great jump outside the limits of this planet.

The latter is incomparably more important than the first, and that priority explains, in the end, the circumstantiality of the abandonment, or the establishment, mentioned in the first sentence of the paragraph above.

Even if we were able to establish a strong world government in time, and even if it were really democratic and inclusive for all humans beings, with access to decision making power as equal as possible –equal for an Indian, a Cameroonian, same as for an American- the human society enclosed by limits, especially those marked by economic planning, can only languish, quickly or little by little, to return to social conditions that  will reduce world population, or its capacity of consumption, until they reach numbers that will be very far from the terrestrial limits.

It has already happened with the first societies of the Neolithic, settled on the margins of the great rivers. Contrary to the general public criterion, the fact that these societies for one reason or another remained isolated resulted sooner or later in a decline, saved only by the arrival of some nomadic people. Constrained to their small spaces, these societies were loaded with regulations and stratifications that weakened them to the point that any small catastrophe, or tiny band of free foreigners, made them fall.

Another good example is the Soviet case. The USSR grew, it is true, but only because of the external stimulus that represented the need to compete and defend the Free World. If  the Red Army had succeeded in moving beyond Warsaw in 1920, until the entire world was converted to Soviet “socialism” before 1925, there is no doubt: Sputnik would never have risen beyond the earth’s atmosphere.

Many reasons lead to that Humanity, locked permanently on the planet Earth, moving towards this inevitable involution. We will only point two facts here:

1-The very increasing nature of the necessary control to maintain coexistence. There is a critical moment in which so much control necessarily begins to feed itself, even beyond the real needs of control of the moment, to degenerate into the inevitable totalitarian state. The balance of order and freedom is very precarious in human societies, and only the relapse into the totalitarian and stratified structure is avoided with the existence of areas that escape from any control, where the individual can be free, and give the example of that freedom even to those who, being at the very center of society, can only experience freedom in a very limited way. Without these peripheral areas of freedom, as it will necessarily occur in a Humanity locked in the Earth, the abundance of norms will end up empowering the unique world government to the detriment of individuals until infinity; and this involution is inevitable, no matter how democratic that government was at the beginning.

2-In a human world that resembles more a panoptical prison than the home from which window we observe as children the wide and unlimited world that opens before our illusions, the absence of horizons to focus the imagination will end up stagnating it. In fact, that is what is already happening today, in this world in which the lack of real expectations for imaginative individuals has been creating this current state, in which we consume from cubicles than get smaller and smaller, and in which growth and development are not the result of the occupation of new extensive spaces, but by the meticulous and intensive economies, more concerned with superfluous details than with real human issues. A world in which fantasy, dying gradually, does nothing but recycle again and again the products of much earlier generations. Those last fantasies in which that epitome of the individual man – the explorer- could use his abilities and face by himself the wonders that always inhabit beyond the oppressive horizon that keeps the social man locked, crowded in the center of his society. Today the imagination has become that mechanical state in which children repeat the same operations again and again in their virtual games, safe in their security bubbles; different from the supreme resource that it really is to face the unexpected, and not be terrified by the marvelous.

The development only serves to allow us to supply our main need: to become freer, freer not in terms of the number of roads open before our feet, but in terms of the resources to jump over what constrains us today, and leave  the next generation with their own constrictions . It is a perversion to believe that development serves to make us more and more comfortable in our limited corral of negative freedom, when this limited corral really gets smaller and smaller every day, in a surface where billions of people share a few square meters of space.

Human society must always have a last frontier. Among strict external limits, which multiply the inter-human regulations to infinity, humans will suffocate from claustrophobia; and above all, because of the limitation of our creative nature and our insatiable desire for freedom. Not to say that it is illusory to expect that an authority such as the one we are obliged to establish will not eventually become the worst and most totalitarian dictatorship that Humanity has ever lived. No wonder such a conspicuous totalitarianism lover as Fidel Castro found it so impossible that we ever managed to leave the Earth: In reality it was not that he did not believe it, but that the alternative was so appealing to him that he repulsed with disgust the possibility of abandon a pressure boiler in which Humanity could be molded to the taste of individuals like him.

On the impossibility of long-distance travel in outer space it is good to bring up a familiar anecdote: In his last years one of the brightest minds of the nineteenth century, William Thomson -Lord Kelvin- claimed that it was impossible for man to fly some day in a machine with higher density than air. By the way, that happened only a couple of years before the Wright brothers fully demonstrated the opposite.

The solution to our needs at the moment is the world government established with a priority, and circumstantial purpose: to concentrate our resources to begin the conquest of the vast spaces outside the surface of the Earth.

Once established the first colonies, these will avoid the totalitarianism that looms over a society too regulated and not only by the cult to the state, but even by the gold corral consumerism. They will achieve this with their constant reflux of “outsiders”, of settlers, who, because they live in the less regulated periphery, will constantly introduce new values that avoid the processes of terrestrial decomposition in totalitarianism -perhaps they will have at first more natural constrictions, given by the need to take the atmosphere with them, for instance, but without any doubt they will be more on their own than what any contemporary Earthling could ever be-.

The most important ones in this task will be the explorers. Like the Westerners who traveled the world in Modernity- the Stanley, Magellan, or Cook- whose role in European evolution has not yet been sufficiently recognized, the first explorers will be vital for the world that remains behind does not end up becoming that which Marx called Asian Despotic States. They will be the ones who revive the fantasy, not that synthetic electronic substitute we have today; they will come true our children’s desire for ample real grasslands, beyond all horizons, which is the only true school of freedom love: the highest human aspiration, the one that makes us what we are.

It is a simple calculation of investing today to collect tomorrow: First we will limit the liberties to the present, liberties such as possession. We will replace the current economic based on growth model through the promotion of consumerism by individuals from comfortable bubbles of negative freedom, for a planned centralized war economy, in the efficient Anglo-American model of the last World War, in order to be able to launch a similar program to the Apollo of the sixties of the last century, only with a thousand times more resources. A program- or a set of them- that lead us to colonize Mars, to experience planetary engineering on Venus, to establish large mining-industrial colonies beyond the orbit of Mars … even to try with our current means to send centennial missions to the closer stars.

All this will allow us to live more humanly here on Earth, between the constraints and controls that may never leave the earthlings, but with the freedom that is always obtained from having a place to go, where man can play again his function as an explorer, as colonizer, if the comfortable corral is already suffocating him.

For this it is required that political classes of the last century- from the times of the Cold War- abandon power definitively. It should take place at least in the three great global powers: USA, Russia and China. Above all, it is necessary that the future American political class understands that the times in which their country generated half of the world’s GDP have already passed definitely, and that they alone are not enough for the enormous challenges of the future.

As for the business class, and that “International” of the Transnationals that form many intellectuals related to it from their “thinking tanks”, it is imperative that they finally understand that if they want to return at some future time to enjoy full freedom of possession, and a have a free market that tend to elevate the ridiculous category of ontological truth, it is necessary to abandon certain human rights for the time being, and return to the growth demanded by the times: the extensive ones.

As for the public, it is nonsense to expect absolute security. There is no such thing as a right to life, such a right is a human construct, the result of our ability to transform the environment we live in and depends on the willingness of certain women and men to put their lives at risk for the general good. Putting women and men in space will always be a considerable risk, and not one, but many missions will end in the failure and death of its members. But this should not lead to suspending projects, stopping tests. What must be done will cost lives, because that is what living is like, and those losses should not impact us so deeply because ultimately for those who enlist in such missions life is not something that should be kept in the safety of any bubble, but a good to spend on what must be done.

Let us always remember that the last words of the pioneer of aviation, Otto Lilienthal, shortly before dying as a result of a plane crash, were: “Sacrifices must be made.”