Los socialismos del no crecimiento.

José Gabriel Barrenechea.

Desgraciadamente las alternativas al actual Orden Mundial con que los anticapitalistas pretenden ganar nuestra adhesión, en este ya no tan nuevo siglo XXI, parten de la satanización de cualquier crecimiento.

Debemos reconocer, sin embargo, que al actuar de este modo los neocomunistas del nuevo milenio parecen en cierta medida ser más consecuentes que sus antecesores del XX, o del XIX. Si en el modelo original se combinaba contradictoriamente la aspiración al crecimiento constante de las fuerzas productivas, con la creencia de que vivimos en un Universo paradisíaco, del que solo no podemos disfrutar por la manera injusta en que organizamos nuestras sociedades, los teóricos del socialismo sostenible finalmente han comprendido que crecer resulta innecesario en un Universo semejante. ¿Para qué esa compulsión de crecer en definitiva, si en el mismo nada nos amenaza? ¿No será mejor volver a las mentalidades anteriores a la modernidad, a lo tradicional, a “vivir el(al) día”, y al cuidado del alma… pero colectiva?

Una buena muestra de los sofísticos caminos que suele tomar el pensamiento “neo (anti)progresista”, lo hallamos en el artículo “Un siglo de pereza y comunismo. En defensa de Cuba y en memoria de Paul Lafargue”de Carlos Fernández de Liria. Allí el autor comienza por analizar los problemas de los que una gráfica, la de MatheusWackernagel, dan buena cuenta. Esta representa en el eje vertical el conocido Índice de Desarrollo Humano (IDH), y en el horizontal, la cantidad de planetas Tierra que harían falta para generalizar a toda la población mundial actual el nivel de consumo material del país en cuestión. El profesor Liria concluye muy acertadamente que si los sistemas políticos del Primer Mundo fueran lo que dicen ser, democracias maduras, en todos sus parlamentos se debería de estar discutiendo la constatación, que se obtiene del superficial ojeo de la mencionada gráfica, de que de aumentar los niveles de utilización de los recursos terrestres a los ritmos actuales, la Tierra no será suficiente para sostenernos en un futuro no muy lejano.

Sin embargo, nuestro hombre comete el tan frecuente error de todo radical: De que no las poseamos al presente, no se concluye obligatoriamente que las democracias no puedan madurar. Es por esa desconfianza en la democracia, tantasveces exhibida porcierta izquierda, que hacia la mitad del artículo nuestro autor da un paso en falso que desacredita cualquier socialismo del siglo XXI que pueda surgir de su razonamiento:

Del hecho de que en la gráfica de Wackernagel Cuba sea el único país con IDH mayor de 0,8, cuyo consumo de universalizarse le permitiría a la humanidad vivir con mucho menos de un planeta, el catedrático español concluye que la Cuba de hoy debería ser el modelo de sociedad a imitar por el resto del mundo en este nuevo milenio.

Independientemente de algunos contrasentidos que a continuación analizaremos, lo cierto es que la gráfica elaborada por Wackernagel resulta en extremo inexacta, al menos en el caso cubano. ¿Habrá tenido en cuenta, por ejemplo, los inmoderados niveles de consumo de agua per cápita en Cuba, comparables a los del máximo consumidor mundial, los EE.UU.?

El español reconoce, al referirse a nuestro ingente flujo migratorio: “… huyeron y huyen del país buscando ese otro nivel de consumo que no puede ser generalizado sin destruir el planeta, es decir, reivindicando su derecho a ser tan globalmente irresponsables como lo somos los consumidores estadounidenses y europeos”, pero al parecer no logra ver por completo la falla de su discurso en el hecho de que la altamente educada juventud cubana tenga tan poca conciencia de los problemas del planeta, o en todo caso sea capaz de anteponerle sin muchos remilgos sus más pedestres intereses individuales. ¿No comprende que de nada vale un modelo sustentable que no logra convencer por sí mismo, y sin necesidad de aislamientos profilácticos, de la necesidad del mismo a un número significativo de sus jóvenes? ¿No comprende que no debe de ser tan espiritualmente superior el modelo cubano, cuándo no consigue concienciar a la juventud…?

Lo cierto es que como él mismo reconoce, causas externasa los pretendidos objetivos perseguidos por el Modelo han recortado drásticamente el consumo de, y en la Isla. Liberado del Embargo, con la ayuda libérrima de algún nuevo mecenas económico, a la manera de Moscú hasta 1990, o en todo caso con una más acertada organización político-económica-social que fuera capaz de aprovechar aun a un pequeño porciento sus enormes posibilidades, el país cuando menos iría a situarse al mismo nivel de los países del Centro y Este de Europa, de IDH semejante. O sea, que se necesitarían poco más de dos planetas para generalizar el modelo cubano, de vuelta en sus condiciones ordinarias, a la humanidad completa.

Pero independientemente de todo lo dicho, lo que no podrán negar los teóricos del “no crecimiento”, es que aun el modelo del “único país sostenible del mundo” del mundo actual lo será solo mientras la población no exceda los 8 500 millones de habitantes a que sería capaz de dar cabida. ¡Cuando se espera que para el 2050 llegue a por lo menos 9 500 millones!

Encerrarnos en este planeta y detener el crecimiento, además de disminuir de modo drástico nuestras posibilidades de sobrevivencia, implicaría una vuelta a la Premodernidad, con todos sus atributos de hambre, violencia, insalubridad, intolerancia… o en el mejor de los casos, llevaría la planificación hasta los nacimientos, lo que nos conducirá irremisiblemente a modelos como el descrito por Aldous Huxley en su “A Brave New World”. Lo que no deja de ser una posibilidad en verdad espeluznante.

 

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Para acabar un Embargo.

José Gabriel Barrenechea.

La Nación Cubana no nace de una supuesta voluntad de segregarnos del mundo occidental en expansión. Cuba adviene, más bien, por la voluntad de los cubanos de conectarse a ese mundo del que los intenta aislar la mentalidad conventual de la Corona Española. Desde esa perenne revuelta criolla contra aquella, que es en definitiva el comercio de rescate, hasta el pase al mercado negro de los actuales importadores de ropa a quienes el monopolio estatal pretendió hacer desaparecer, pasando por la revuelta de los vegueros o la misma Guerra de los Treinta Años por nuestra independencia, lo cubano se ha manifestado por sobre todo en un ansía de conectarse con el naciente mundo de la modernidad, y en consecuencia, en el enfrentamiento al espíritu galalaico-castellano de encierro.

Esa actitud que, desde los inicios mismos de la colonización asumen los habitantes de la Isla, de no dejarse encerrar en el entramado monopolista comercial de las Leyes de Indias, su irreverente imposición de las propias reglas, que incluyen el intercambio abierto con todos los que por esos siglos navegan por el Mar Caribe y por la cara americana del Atlántico, se transforma, con la ocupación de La Habana por los británicos, y más tarde con la Revolución Francesa que saca del juego a Haití, en la aspiración clara y distinta al Libre Comercio.

Cuba es la primera nación occidental que nace con y por esta aspiración. Es precisamente ella la que une por primera vez en un interés común a todos los cubanos de las clases libres, o lo que es lo mismo, de las que por entonces cuentan.

La culminación de esa aspiración fundacional nuestra es, a no dudarlo, la Doctrina Grau. No hay mejor enunciación suya que las siguientes palabras que Guillermo Belt Ramírez, Presidente de la Delegación Cubana a la Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz de Río de Janeiro, en 1947, pronunciara ante ella:

“La Delegación de Cuba considera que el capítulo que se refiere a las amenazas y los actos de agresión será incompleto y carecerá de valor si en el mismo no se incluyen las amenazas y agresiones de carácter económico. La simple notificación que un Estado haga a otro de que aplicarán sanciones o medidas coercitivas de carácter económico, financiero o comercial, si no accede a sus demandas, deberá ser considerada una amenaza. La aplicación unilateral de estas medidas deberá ser considerada como un acto de agresión”.

Doctrina que si bien los cubanos no logramos hacer adoptar como principio de las relaciones internacionales en 1947, si lo conseguimos en 1948 (al menos en el papel), en Bogotá, cuando en la Carta de la Organización de Estados Americanos, en su artículo 16, quedó establecido:

“Ningún Estado podrá aplicar o estimular medidas coercitivas de carácter económico y político para forzar la voluntad soberana de otro Estado y obtener ventajas de cualquier naturaleza”.

¿Cómo entender entonces que algunos cubanos apoyen al presente el Embargo de los EE.UU. a nuestro pueblo, o lo que es lo mismo, una nueva forma de encierro, una violación de nuestra aspiración constituyente?

En un anterior trabajo me referí a las semejanzas entre dos de nuestros extremismos, Anexionismo y Nacionalismo Radical (castrismo); a la sospechosa manera en que uno y otro justifican su existencia en la del otro. Pues bien, algo parecido se percibe entre quienes apoyan el Embargo, y los partidarios de la ortodoxia castrista. Por lo menos unos y otros afirmanimprescindibles sus radicales posturas y actitudes debido a las mantenidas por el otro.

Para cualquiera que entienda la particular y excepcional naturaleza del régimen cubano, resulta evidente que la desaparición del Embargo significará para él una herida de muerte. Mucho más ahora, cuando se acerca de manera irremediable al momento en que la “generación histórica” saldrá del juego, y en que necesariamente habrá un vacío de poder hasta que los nuevos dirigentes cooptados por dicha generación logren adquirir la suficiente legitimidad, más que nada ante el resto de la nomenclatura, y sobre todo ante las instituciones armadas.

El régimen cubano pertenece al grupode los que en su momento intentó imponer una versión diferente de convivencia humana a la del mainstream mundial. Fracasado ese intento, solo le quedaba un camino para seguir existiendo sin grandes variaciones de principios: aislarse sanitariamente del mundo que lo rodeaba. Norcorea, por ejemplo, fue efectiva en ese reto: La estabilidad de la dinastía de los “chinitos siniestros” se explica en buena medida por suprobada capacidad para poner a vivir a sus súbditos en la cara oculta de la Luna.

En el caso de Cuba ese aislamiento hubiera resultado mucho más difícil de imponer desde dentro, por la misma naturaleza de nuestra Nación. Pueblo atlántico más que latinoamericano, el régimen no logro desconectarnos por completo de Occidente ni aun en los tiempos en que el CAME aseguraba cierta prosperidad relativa, así que resultaba poco previsibleque lo consiguiera tras la desaparición del campo socialista. Mas no hubo necesidad: el aislamiento se lo regalaron, y en bandeja de plata, desde el exterior; desde los EE.UU. nada menos, o sea, desde la nación que por fuerza es el principal complemento de una economía como la nuestra, incapaz de la autárquia económica.

Si el régimen cubano ha sobrevivido 25 años a 1989, solo se explica en un final por el mantenimiento y hasta endurecimiento del Embargo de los EE.UU.

Es innegable que ante el levantamiento del mismo el régimen no habría respondido sino con más desplantes, y para nada con una política respetuosa de los derechos políticos y civiles. Sin embargo, le habría resultado muy peligroso responder auto-bloqueándose, por lo que habría tenido que a la larga adaptarse a las nuevas condiciones y situaciones consecuentesa la desaparición del Embargo.

Cada medida en la dirección de un auto-bloqueo como respuesta, solo habría aumentado el descontento, al que en la nueva situación ya no habría manera de contener con argumentos de ciudad sitiada; porque sin sitio concreto ya no podría haberlos. Si estos argumentos, debido a su carácter tangible logran por lo general llegar a la embotada sensibilidad de las masas, y en consecuencia consiguen su apoyo para quienes los invocan, no ocurre lo mismo con los etéreos del tipo de los del “Carril Dos”. Las masas suelen estar predispuestas al tipo de enemigos que implica la ciudad sitiada, pero no a los de la “sutil penetración ideológica”, y sobre todo cuando esta última iría necesariamente acompañada de un considerable mejoramiento de sus condiciones de vida, ya que téngase presente que la eliminación del Embargo habría ocurrido en años en que solo se podía ya ir hacia arriba, como 1993.

Al régimen, por lo tanto le habría resultado imposible ponerle barreras al enorme flujo de personas, de información, de dinero y oportunidades, con los consiguientes intereses en su continuo engrosamiento que aquí surgirían, hasta en la misma nomenclatura. Como hemos visto de ninguna manera podía responderal levantamiento del Embargo con un auto-bloqueo, y debido a ello habría tenido necesariamente que cambiar. El totalitarismo habría sido lo primero arrasado por el torrente de la apertura, y su lugar lo habría ocupado un autoritarismo de partido único que muy poco habría tenidopara intentar permanecer, salvo el carisma de Fidel. Mas el carisma de Fidel mismo no habría conseguido sobrevivir a la larga con las fronteras abiertas de par en par y en una circunstancia en que lo cotidiano fuera lo habitual.Hombre de lo aislado y lo trascendental, también él pronto habría sido superado.

De hecho, si el Embargo se hubiera levantado en 1992, es muy poco probable que el régimen hubiese podido aguantar hasta que sus órganos de inteligencia consiguieran afirmar el régimen chavista en Venezuela. Es así casi seguro que Cuba hubiesecomenzado a transitar hacia la democracia antes del arribo del nuevo milenio.

Mas no sucedió de esa maneraademás de porque en general ni el público ni los políticos suelen aceptar nunca como eficaz o moral el uso de la paciencia,del más que empujar abrir cauces a las tendencias a colapsar inmanentes a ciertos regímenes, por la particularidad de tres posturas, que aun sin quererlo (o al menos eso pretenden sus sostenedores), contribuyeron a la ilógica persistencia de un régimen como el cubano: La de cierto sector de la política norteamericana que vivesu relación con Cuba de la misma forma guapetonil que los castristas viven la suya con ellos, o sea, que ceder, transar, no es una opción; lade unapoderosa porción de nuestros emigrados,quienes prefirieron pensar en términos de reclamación de bienes nacionalizados,y noen los de una democratización de la que no era seguro obtener todo lo que se esperaba si por el contrario se lograba arrodillar al país (más que a los Castros, no nos engañemos); y porque otro grupo considerable, por sobre todo entre la gran mayoría de los disidentes (con honorabilísimas excepciones: Payá, por ejemplo, aunque no el único), no se atrevían de ninguna manera a imaginar una política que los separara de ese sector anterior.

Esperar que con presiones exteriores sobre el régimen se logrealgo es contraproducente, no encaja con las mismas razones que se dan para no cambiar de las presiones a la paciente apertura de cauces a la inmanente tendencia del régimen a decaer: Hasta a un escolar le es evidente que a este no le gusta ser presionado, que en esa situación actúano de otra forma que enquistándose más y más. Pero es que además, actuando de esa manera se consigue a su vez solidarizar aún más a las masas con el régimen, ya no solo por su discurso de ciudad sitiada en el que se las presenta como las principales perjudicadas (en lo que, como vimos, hay al menos una pizca de razón), sino también porque los cubanos tendemos a ponernos siempre del lado del que es presionado.

Solo dándole sin precondiciones lo que no puede rechazar sin perder credibilidad, solo cediéndole lo que a la larga él no puede asimilar, se logrará democratizar a Cuba (aunque por desgracia, para mí también, por cierto, no es nada seguro que se obtengan restituciones de bienes nacionalizados). A no ser, claro, que como ya advirtió Yoani lo que se pretende no sea otra cosa que meterle presión a la caldera hasta que explote… Lo cual créanme, no le conviene a nadie, excepto a los elementos caóticos de nuestra sociedad (que no son pocos), o de las colindantes.

El régimen cubano ha organizado a la sociedad cubana de manera tal que cualquier apertura profunda hacia un mundo que en su momento pretendió superar, y del cual tanto se diferenció, implicará cambios en dicha sociedad que tarde o temprano la obliguen a desembarazarse del régimen, o a este a acomodarse a los mismos, en una medida que lo conducirían a una gradual ampliación de la soberanía, y por tanto a su desaparición. Cuba no es China, un estado de 1400 millones de habitantes que es capaz de dictarle sus condiciones al mundo, no es tampoco una nación no occidental como Vietnam, o un régimen autoritario con economía capitalista que sería capaz de asimilar, con total facilidad, aun los relativamente escasos flujos de capital que correrán hacia acá, o las consiguientes presiones que estos ejercerán para el establecimiento de legislaciones claras en lo económico, lo financiero, lo impositivo, pero también en lo civil, lo penal…

El régimen cubano no vive en la realidad del presente, y por tanto ha debido rodear a sus súbditos en un capullo de símbolos, en un país de fantasías de mal cartón que la primera brisa se llevará, si abrimos de par en par puertas y ventanas.

Hay algo más, y no lo menor: Pretender alcanzar la libertad mediante las presiones económicas de externos, además de no caber en nuestra naturaleza, es asumir, en el caso poco probable de que sirviera para algo, deudas de gratitud demasiado gravosas. No solo debemos pensar en comenzar la democratización, en buena medida porque su éxito dependerá de que tras el minuto cero logremos un país apto para aprovechar todas sus posibilidades de desarrollo, que no son pocas, por cierto, pero que dependen de nuestra independencia política.

Es además inmoral, porque supone utilizar la miseria de nuestra misma gente para conseguir lo que en todo caso nosotros, los que nos pretendemos líderes suyos, no hemos podido. Un político no está para obligar mediante coacciones a que las masas hagan lo que ellos consideren, a no ser que las coacciones empleadas sean de tipo moral, en que mediante el ejemplo personal se provoca la acción gracias a la vergüenza.

Alcanzar la democracia por nosotros mismos es posible, y al hablar de nosotros incluyo a todos los cubanos, vivan donde vivan. Es cierto que los de adentro no podemos prescindir de la solidaridad de otros países (si el régimen no nos ha fusilado a todos de una buena vez, no nos engañemos, es no por otra razón que por el miedo al escándalo internacional), o que los de afuera no pueden dejar de utilizar sus redes de influencia, pero lo que si no podemos es pretender que otra Nación nos haga lo que a nosotros, y solo a nosotros nos toca (es bueno recordar aquí que no solo hay cubanos emigrados en los EE.UU.). Más cuando los mismos mecanismos que pretendemos utilizar van tan en contra de nuestra naturaleza de pueblo atlántico, fundado sobre y por la aspiración al más completo intercambio con el mundo, y específico con nuestra civilización: la occidental.

Algunos apuntes sobre el Bloqueo (Conclusiones).

José Gabriel Barrenechea.

En Cuba todos los nacidos en los setentas, y que por tanto cursamos estudios secundarios o preuniversitarios en la década siguiente, oímos y leímos, una y otra vez, de cómo se había hecho la Revolución, entre otras razones, para acabar con nuestra dependencia económica, comercial y financiera de los EE.UU. Se nos remachó en nuestros subconscientes hasta la saciedad, que importaciones y exportaciones desde y hacia aquel país rondando siempre un 70% u 80 % del total, o que inversiones en semejantes proporciones… coartaban la soberanía económica de nuestro país, y en consecuencia también la política. Visto lo cual, Fidel y sus adláteres decidieron que valía la pena sacrificar sus vidas si hubiera sido necesario, para en definitiva alcanzar la plena y absoluta independencia nacional.

Tales enseñanzas nos vienen inevitablemente ahora a la cabeza a quienes nos acercamos a los cuarentas o hemos doblado ya ese cabo, cuando escuchamos perorar en los medios oficiales acerca de cómo el Bloqueo ha encarecido subidamente nuestras importaciones; o de la crecida cantidad de dinero que el gobierno de los envejecidos adláteres calcula ha perdido el país a consecuencia de aquel: En el último conteo de 2011 nada menos que un millón de millones de dólares. Exactamente lo que hubiesen dejado todas las hipotéticas zafras de 5 millones de toneladas de azúcar desde 1511, año del comienzo de la Conquista, hasta el presente, quinientos años después.

Surge la pregunta: ¿No resulta en definitiva este reclamo de poner fin al Bloqueo, al menos por quienes pontificaban que era nuestra relación con los EE.UU el origen de todas nuestras desgracias, un reconocimiento tácito del fracaso de los caminos que desde el poder ellos terminaron imponiéndole a la Revolución?

Lo cierto es que en el periodo que transcurre entre 1959 y 1989 el estado cubano disfrutó por parte de su par soviético de facilidades de pago, de préstamos, y de una política de precios que difícilmente hubiéramos podido tener en el supuesto de que nuestras relaciones con EE.UU. no hubiesen llegado al rompimiento de 1962. Recuérdese tan solo que en dicho periodo los EE.UU. disminuyeron su consumo global de azúcar ante el avance de otros edulcorantes, con lo que de haberse mantenido el sistema de cuotas, necesariamente nuestra porción en él habría disminuido también inexorablemente.

Nadie explica mejor esta verdad que el propio Fidel, en una de sus respuestas a Jeffrey M. Elliot y Mervin M. Dimally, en marzo de 1985: “La supresión del Bloqueo solo a largo plazo implicaría alguna ventaja. No voy a decir, porque no sería cierto, que no se derivarían algunos beneficios. Quizás hubiera alguna ventajas prácticas, quizás algunas mercancías que hay que adquirir en terceros y distantes países las podamos comprar en EE.UU., con menos gastos de transportes y entrega más rápida; algunos equipos médicos que se fabrican en EE.UU., algunos productos farmacéuticos, y cosas por el estilo, de esta índole. Pero no es una cosa trascendental…”

Y refiriéndose un poco más adelante, a que para poder exportar hacia EE.UU. habría que necesariamente disminuir las exportaciones hacia el campo socialista afirmó entre risas: “Hay un dicho campesino que dice que no se puede cambiar la vaca por la chiva”

Sin embargo, y por desgracia, esa vaca, o lo que es lo mismo, la masiva ayuda soviética, que en general debió rondar los 200 000 millones de dólares a precios de 1980, sufrió el mismo triste destino que la enorme masa ganadera que la élite revolucionaria encontró a su ascensión al poder… fue dilapidada alegremente en “experimentos”, que nada tenían de ellos y sí mucho de juegos.

Oso Ruso

José Gabriel Barrenechea.

Comienzo por reconocer la enorme influencia rusa en mi formación. Aprendí a leer en libros rusos traducidos al español, poblados de abedules, lobos y ciervos; sus dibujos animados fueron quizás la más poderosa y sistemática influencia cultural en mis primeros 10 años. La URSS de mi infancia me parecía ser una cienciocracia: el mejor sistema de organizar a la manada humana, creía, y todavía en buena medida creo yo. Aún hoy para mí, y pienso que ya para siempre, se dice cosmonauta y no astronauta.

Como se verá no soy un opinante imparcial. Pero como creo que en un final nadie lo es, excepto esas nulidades que se hacen llamar con ridículo orgullo académicos, pues aquí va mi opinión.

Rusia no solo no es el Enemigocon mayúsculas de Occidente que algunos quieren ver, sino que tampoco podría ser considerada uno a tener muy en cuenta en caso de que realmente lo fuera. Rusia ya no es la superpotencia industrial de los setentas y ochentas del siglo XX, y mucho menos una potencia innovativa. Por otra parte su población disminuye catastróficamente y su proporción en el PIB mundial lo hace casi de manera similar. Es cierto que su ejército sigue siendo el único capaz de enfrentar al norteamericano en una guerra simétrica total, ¿pero por cuánto tiempo más?

Rusia no es el enemigo porque de hecho comparte con Occidente sus enemigos reales, los que de verdad debemos temer.Y es así en considerable medida porque Rusia es parte de Occidente. Esto no soy yo el primer cubano en decirlo. Semejante opinión puede leerse en cierta crónica de Carpentier para El Nacional de Caracas. Un intelectual de muchísimo más prestigio que el mío, pero igualmente parcial de la que era la patria de su madre.

De que Rusia es parte integrante de Occidente da buena cuenta no solo su cristianismo, sino por sobre todo el hecho de que este país ha sido de los que más han influido en su cultura. Hágase una lista que incluya a las 10 más importantes figuras en cualquier rama de las ciencias, la técnica, las artes, la música, el pensamiento o la literatura occidentales, de los que le han abierto nuevos e inesperados caminos,y no faltará nunca el nombre de al menos un ruso.

El problema de Rusia ha sido que a diferencia de, por ejemplo, Francia o España, el elemento racional de su sociedad (y hablo de racionalidad como la entendía Karl Popper), no ha conseguido imponerse al tradicional e instintivo. De hecho ese elemento racional, que a fines del siglo XIX y hasta aproximadamente 1925 tuvo su momento cumbre, en que se erigió en director de muchos de los futuros caminos de Occidente, ha sido reiteradamente purgado por una pseudo-racionalidad, excretada por lo tradicional e instintivo como forma de supervivencia. Pseudo-racionalidad, “asiatismo modernizado a medias”, que comenzó a ganar la partida desde que la contrarrevolución bolchevique disolviera la Asamblea Constituyente de 1917, y que terminó por imponerse con la subida al poder de Stalin.

De más está decir que en ese triunfo crónico de lo “asiático” ha tenido mucho que ver la actitud equívoca del resto de Occidente hacia Rusia. Actitud que a mi modo de ver era entendible cuando Occidente dominaba de manera indiscutida el mundo, y cada nación occidental luchaba por obtener su cuota en ese dominio.Pero no hoy. Porque resulta muy claro que al presente nuestra civilización, y sus valores, comienzan a perder su otrora hegemonía absoluta.

Creo que nuestra civilización occidental debe tratar de acabar con el último vestigio, el último anacronismo de la edad en que se desangraba en guerras civiles; guerras que denominamos mundiales solo por nuestro total dominio del globo de entonces. Occidente debe tratar de atraer a Rusia al sistema de seguridad y consenso civilizatorio que ha edificado poco a poco tras 1945. Pero para que este intento tenga éxito, Occidente debe tener muy presente que Rusia no es una nación de segundo o tercer orden, que Rusia posee una real tradición imperial. O sea, Rusia no es Polonia, Checoslovaquia, y ni tan siquiera Turquía. No puede ser invitada a ser comparsa. Debe dársele un puesto entre los grandes.

Si hoy necesita Crimea para sentirse segura, pues oblíguese a Ucrania a entregársela. Páguesele a ese país, que sí es de segunda, con un sustancioso crédito o con una agilización de su entrada en la UE. A fin de cuentas la península de Crimea siempre fue parte de Rusia. Al menos hasta que un ex primer secretario del partido de esa república,por entonces precario primer secretario del PCUS, decidiera entregárselas como una especie de compensación por los crímenes del estalinismo contra ese pueblo, y sobre todo, como una forma de ganarse el apoyo de sus burocracias en los difíciles reacomodos de poder soviético tras la muerte de Stalin.

¿Qué entonces las regiones autónomas de Georgia…? Entrégueselas también. Porque si de veras los rusos creen que estamos en tiempos en que con pequeñas o medianas reivindicaciones territoriales se logra algo, ¿seremos nosotros tan idiotas de sacarlos del error? Por el contrario, congraciémonos con ellos con tan ridículas concesiones. En su lugar estaremos ganando un poderoso aliado en la lucha contra los verdaderos peligros que afloran en nuestro horizonte común.

Decía Ortega y Gasset, allá por los 1920’s, que Europa solo se unirá cuando un gran peligro aparezca en su horizonte. Esos peligros ya existen hoy, y no solo para Europa sino para todo Occidente: Son la China autoritaria, y por sobre todo la civilización islámica. El primero un imperio tradicional con increíbles tasas de crecimiento económico, el segundo la única civilización con un pasado imperial, que experimenta por demás un continuo crecimiento demográfico (en occidente solo los EE.UU. crecen poblacionalmente), y que además posee un simple y atractiva ideología propia: el Islam.

Enemigos que de más está decirlo, son también los de Rusia. El islam amenaza todo el sur de este país, y tras la desastrosa invasión soviética de Afganistán en la década de los ochentas del pasado siglo, para muchos islamistas Moscú representa incluso más el enemigo que Washington; o por lo menos un enemigo al que se le puede causar daño con más facilidad. En cuanto a China, ya hoy no solo amenaza al Lejano Este Ruso, sino que ha comenzado a infiltrarlo. Téngase en cuenta que la densidad poblacional en la frontera entre ambos países es 62 veces mayor del lado chino que del ruso. El Lejano Este Ruso está en definitiva lleno de recursos que Rusia no puede explotar, frente por frente a una expansiva China que los necesita cada vez más.

Hay más incluso en lo que se refiere a China. Cuando el Ártico se abra a la navegación en los próximos años, de poco le valdrá a Moscú las ventajas que obtendrá de ello si no mantiene un control total de su Lejano Este, o por lo menos de su actual litoral al Pacífico. Rusia necesitará mantener en ese océano una fuerza naval que ya de por sí choca con los intereses estratégicos chinos de controlar todos sus mares adyacentes, hasta la que llaman “primera cadena de islas” que los rodean: Japón, Filipinas, Taiwán, Indonesia, Australia.

Ambas naciones, por tanto, chocan ya al presente sobre el continente y sobre el Océano; y lo harán con más fuerza en el futuro.

Contrario a lo que ciertos nuevos jingoes han hecho durante las últimas semanas, se debe comenzar por cambiar la visión que de Rusia tiene el occidental medio. Entre otras muchas acciones se debe, con urgencia, divulgar por todo Occidente los logros culturales de la parte racional rusa. Una recuperación de Dostoievski, Tolstoi, Tchaikovski, Mendeleiev, Lobachevski, Chejov, Eisenstein, Shostakovitch, Tarkovski… pero también de Masha y el Oso, puede cambiar la percepción que ese ciudadano medio tiene de Rusia, no ya como un peligroso más allá cultural, y a la vez provocar que los propios rusos, al sentirse admirados por su tradición racional, traten de recuperarla.

Es vital atraerse a Rusia. En primer lugar porque es parte de nuestra civilización. En segundo porque esa civilización se encuentra amenazada y quizás solo una unión del oso ruso con el águila marina americana logren evitar su subordinación a otras en ascenso.

La Cuba democrática que ya existe en muchos de nosotros, afuera y adentro de la Isla, puede jugar un papel significativo en el acercamiento de esos dos colosos que Carpentier describía situados a los extremos de Occidente. Ante nuestra civilización se alzan nuevas Termopilas, nuevos Lepantos, nuevas batallas de los héroes rusos ante las hordas tártaras…y en ellas los cubanos, gentes del Atlántico, necesariamente deberemos implicarnos. Una manera de hacerlo es esta.