Más allá de la burbuja de libertad negativa.

“Ningún otro proyecto individual será tan impresionante para la humanidad ni más importante que los viajes de largo alcance al espacio; y ninguno será tan difícil y costoso de conseguir.”

John F. Kennedy.

José Gabriel Barrenechea.

Mientras más reducido es el espacio en que se vive, mientras mayor es el amontonamiento humano, más inevitable resulta el establecer un cada vez mayor número de regulaciones que ayuden a mantener la convivencia y a su vez a preservar vivible el medio compartido. El hombre que habita junto a otras diez personas en un apartamento de cincuenta metros cuadrados no disfruta de la misma libertad que aquel que vive solo, en un château en medio de la campiña. En el primer caso la promiscuidad obliga a establecer un enorme número de reglas de convivencia; en el segundo esas reglas son mínimas, si acaso las que debe mantener en su trato ocasional con el repartidor del periódico, con la señora que limpia una vez a la semana, o con los vecinos de las distantes propiedades que circundan la suya.

La Humanidad vive amontonada en un espacio cada vez más limitado: La Tierra. Un espacio, o más bien una superficie, en la cual los recursos son cada vez más escasos, y en que incluso pequeñas acciones pueden alterar el precario equilibrio entre los humanos, la biosfera, la atmósfera, el suelo y los océanos. Es por ello que las regulaciones se multiplican, sobre todo aquellas dirigidas a limitar lo que puede hacer el propietario con lo poseído. Lo cual es completamente paradójico, porque resulta que nuestro sistema económico mercantil no puede vivir sin crecer, y en nuestro actual encierro planetario no hemos encontrado otro remedio a esa necesidad de crecimiento, que al promover el consumo compulsivo por el individuo desde pequeñas burbujas de libertad negativa.

O sea, por un lado estamos obligados a limitar esos espacios de libertad negativa, sobre todo para establecer un control de los recursos cada vez más escasos, y por el otro a estimularlos, sobre todo para que desde ellos los individuos impulsen el crecimiento económico.

No obstante, la solución no es tan obvia como los enemigos acérrimos del Mercado suponen. Es cierto que el sistema económico mercantil no puede vivir sin crecer, más no nos apuremos en indignarnos contra el crecimiento y clamar por un bucólico desarrollo sostenible. En primer lugar el Segundo Principio de la Termodinámica impide de manera enfática ese imposible tan imposible como el perpetuum mobile: ningún desarrollo será jamás sostenible, “amigable” con el medio en que se produce; en segundo, la necesidad de crecimiento del sistema mercantil responde en última instancia a una necesidad humana más profunda: La Humanidad no puede vivir sin crecer constantemente en todos los sentidos. Intensiva y extensivamente.

Es indiscutible que en la Tierra se requiere ya, de manera urgente, abandonar al sistema mercantil como el dominante en nuestra economía, y a la vez establecer un gobierno mundial único. Pero se requiere para suplir dos necesidades del momento, circunstanciales: Para controlar de manera estricta nuestra interacción con un medio cada vez más frágil; y para privilegiar el destino de nuestros recursos hacia la preparación del gran salto fuera de los límites de este planeta.

Lo segundo es incomparablemente más importante que lo primero, y esa prioridad explica, en un final, la circunstancialidad del abandono, o del establecimiento, mencionados en la primera oración del párrafo de arriba.

Incluso si alcanzáramos a establecer a tiempo un gobierno mundial fuerte, y aun si este fuera realmente democrático, inclusivo de todos los humanos, con condiciones de acceso al poder de decisión lo más igualitarias posibles lo mismo para un indio, un camerunés, que para un americano, la sociedad humana encerrada por límites, sobre todo los que le marca la planificación económica, no puede más que languidecer, rápido o poco a poco, hasta regresar a estadios sociales que por  sí mismos se ocuparán de rebajar la población mundial, o su capacidad de consumo, hasta números que volverán a estar muy lejos de los límites terráqueos.

Ya ha ocurrido con las primeras sociedades del neolítico, asentadas en los márgenes de los grandes ríos. Contrario al criterio general del público, dichas sociedades al permanecer aisladas por una u otra razón caían tarde o temprano en una decadencia de las que solo las salvaba la llegada de algún pueblo nómada. Constreñidas a sus pequeños espacios dichas sociedades se cargaban de regulaciones y estratificaciones que las debilitaban al punto que cualquier pequeña catástrofe, o minúscula banda de extranjeros libres, las hacían caer rendidas.

Otro buen ejemplo es el caso soviético. La URSS creció, es cierto, pero por el estímulo externo que representaba la necesidad de competir y defenderse del Mundo Libre. De haber el Ejército Rojo conseguido seguir más allá de Varsovia en 1920, hasta dejar a todo el mundo convertido al “socialismo” soviético antes de 1925, no caben dudas: el Sputnik nunca se hubiera elevado más allá de la atmosfera terrestre.

Un cúmulo de razones conducen a esa Humanidad, encerrada de manera definitiva en el planeta Tierra, a esa inevitable involución. Solo señalaré aquí dos:

1-La propia naturaleza creciente de los controles necesarios para mantener la convivencia amontonada. Existe un momento crítico en que tanto control necesariamente se comienza a retroalimentar a sí mismo, incluso más allá de las verdaderas necesidades de control del momento, para degenerar en el inevitable estado totalitario. El equilibrio de orden y libertad es muy precario en las sociedades humanas, y solo se evita la recaída en la estructura totalitaria y estratificada con la existencia de zonas que escapan a cualquier control, donde el individuo puede ser libre, y darle el ejemplo de esa libertad incluso a aquellos que al hallarse en el centro mismo de la sociedad no pueden vivir más que de manera muy limitada la libertad. Sin esas áreas de libertad periféricas, como ocurrirá necesariamente en una Humanidad encerrada en la Tierra, la abundancia de normas terminará por empoderar hasta al infinito al gobierno mundial único en detrimento de los individuos; y esta involución es inevitable por más democrático que haya sido ese gobierno en sus inicios.

2-En un mundo humano que se asemeja más a una prisión panóptica que a ese hogar desde cuya ventana observamos de niños el anchuroso e ilimitado mundo que se abre ante nuestras ilusiones, la ausencia de horizontes a los que dirigir la imaginación terminará por anquilosarla. De hecho es lo que ya ocurre hoy, en este mundo en que la falta de reales expectativas para los individuos imaginativos han ido creando este establo actual, en que consumimos desde cubículos cada vez más y más pequeños, y en que el crecimiento y el desarrollo no son el resultado de la ocupación de nuevos espacios extensivos, sino por el intensivismo de economías minuciosas, más preocupadas de detalles superfluos que de verdaderas cuestiones humanas. Un mundo en que la fantasía, moribunda, no hace más que reciclar una y otra vez los productos de generaciones muy anteriores. Aquellas últimas en que ese epítome del hombre individual, el explorador, pudo enfrentarse solo valido de sus habilidades a las maravillas que siempre habitan más allá del horizonte opresivo que encierra al hombre social, ese demasiado amontonado en el centro de su sociedad.

Hoy la imaginación ha llegado a ser ese estado mecánico en que los niños repiten una y otra vez las mismas operaciones en sus juegos virtuales, a salvo en sus burbujas de seguridad; no el recurso supremo que es en verdad para enfrentar lo inesperado, para no aterrarse ante lo maravilloso.

El desarrollo solo sirve para permitirnos suplir nuestra principal necesidad: hacernos más libres, más libres no en cuanto al número de caminos abiertos ante nuestros pies, sino en cuanto a los recursos para saltar sobre lo que hoy nos constriñe, y dejar así a quienes nos siguen en la próxima generación sus propias constricciones. Es una perversión creer que consiste en hacernos cada vez más y más confortable este limitado corral de libertad negativa, que por demás cada día se nos hace más y más pequeño, en un piso en que miles de millones compartimos hacinados unos pocos metros cuadrados de superficie.

La sociedad humana siempre debe tener una última frontera. Entre límites externos estrictos, que a su vez multiplican hasta el infinito las regulaciones inter-humanas, los humanos nos ahogaremos de claustrofobia; pero sobre todo por la limitación de nuestra naturaleza creadora y nuestra insaciable ansia de libertad. Por no decir que es iluso esperar que una autoridad como la que estamos obligados a establecer no se convierta con el tiempo en la peor y más totalitaria dictadura que alguna vez haya vivido la Humanidad. No en balde a un tan conspicuo amante de los totalitarismos como Fidel Castro le parecía tan imposible que alguna vez consiguiéramos dejar la Tierra: En realidad no es que no lo creyera, sino que la alternativa le resultaba tan apetecible que rechazaba con repugnancia la posibilidad de abandonar una caldera a presión en que se podría moldear la Humanidad tan al gusto de individuos como él.

Sobre la imposibilidad de los viajes a larga distancia en el espacio extraterrestre es bueno traer a colación una conocida anécdota: En sus últimos años una de las mentes más brillantes del diecinueve, William Thomson, Lord Kelvin, afirmaba que era imposible que el hombre volara algún día en una máquina de mayor densidad que la del aire. Solo un par de años, por cierto, antes de que los hermanos Wright demostraran plenamente lo contrario.

La solución a nuestras necesidades del momento es el gobierno mundial establecido con un fin prioritario, y circunstancial: Concentrar nuestros recursos para comenzar la conquista de los vastos espacios fuera de la superficie de la Tierra.

Ya establecidas las primeras colonias, estas, al interactuar con la superpoblada Tierra, evitarán el totalitarismo que se cierne sobre una sociedad demasiado regulada ya no solo por el estatismo sino hasta por los consumismos de corral de oro. Lo conseguirán con su reflujo constante de “exteriores”, de colonos, que por vivir en la periferia menos regulada traerán constantemente nuevos valores que eviten los procesos de descomposición terráquea en el totalitarismo (tal vez tendrán en un principio más constricciones naturales, dadas por la necesidad de llevar la atmósfera con ellos, por ejemplo, pero sin dudas estarán miles de veces más por su cuenta de lo que cualquier contemporáneo terrícola podría a su vez).

Pero aún más importantes en esta tarea serán los exploradores. Como los occidentales que recorrieron el mundo en la Modernidad, los Stanley, Magallanes, o Cook, cuyo papel en la evolución europea no ha sido todavía suficientemente reconocido, los primeros exploradores serán vitales para que el mundo que quede atrás no termine convertido en eso que Marx llamaba formación despótica asiática. Serán ellos quienes hagan renacer la fantasía, no ese sucedáneo sintético, electrónico, que por tal tenemos hoy; serán ellos quienes hagan que en nuestros niños se encienda esa ansia de amplias praderas reales, más allá de todos los horizontes, que es la única verdadera escuela del amor a la libertad: la máxima aspiración humana, la que nos hace tales.

Es un simple cálculo de invertir hoy para recoger mañana: Limitaremos primero libertades al presente, libertades como la de posesión, sustituiremos el modelo económico actual, basado en el crecimiento a través de la promoción del consumo por los individuos desde confortables burbujas de libertad negativa, por una economía planificada, centralizada de guerra, en el eficiente modelo anglo-americano de la última Guerra Mundial, con el fin de poder volver a lanzar un programa semejante al Apolo de los sesentas del pasado siglo, solo que cien, mil veces más dotado de recursos. Un programa, o un conjunto de ellos, que nos lleven a colonizar Marte, a experimentar ingeniería planetaria en Venus, a establecer grandes colonias minero-industriales más allá de la órbita de Marte… incluso a probar con nuestros medios actuales enviar misiones centenarias a las más próximas estrellas.

Todo ello nos permitirá vivir más humanamente aquí en La Tierra, entre las estrecheces y controles que ya posiblemente nunca abandonaran a los terrícolas, pero con esa libertad que siempre se obtiene de tener un área a dónde largarnos, a dónde el hombre pueda volver a desempeñar su función de explorador, de colonizador, si es que ya el confortable corral lo ahoga.

Para ello se requiere que al menos en las tres grandes potencias globales: EE.UU., Rusia y China, abandonen definitivamente el poder esas clases políticas del otro siglo, de los tiempos de la Guerra Fría. Es por sobre todo necesario que la futura clase política americana comprenda que los tiempos en que su país generaba la mitad del PIB mundial ya han pasado definitivamente, y que ya ellos solos no se bastan para los ingentes desafíos del futuro.

En cuanto a la clase empresarial, y a esa Internacional de las Transnacionales que forman muchos intelectuales relacionadas a ella desde sus “tanques pensantes”, es imprescindible que acaben de entender que si se quiere volver en algún momento futuro a disfrutar de la plena libertad de posesión, y a un libre mercado que suelen elevar a la ridícula categoría de verdad ontológica, se hace necesario abandonar por el momento ciertos derechos humanos, y volver a los crecimientos que reclaman los tiempos: los extensivos.

En cuanto al público, que es un disparate esperar la absoluta seguridad. No existe algo así como un derecho a la vida, tal derecho es un constructo humano, resultado de nuestra capacidad de transformar el medio en que vivimos y depende de la disposición de ciertas mujeres y hombres de poner en riesgo su vida por el bien general. Poner mujeres y hombres en el espacio siempre será un riesgo considerable, y no una, sino muchas misiones terminarán en el fracaso y la muerte de sus integrantes. Pero ello no debe llevar a suspender proyectos, a detener pruebas. Lo que debe ser hecho costará vidas, porque así es el vivir, y esas pérdidas no deben de impactarnos tan profundamente porque en última instancia para quienes se enrolen en tales misiones la vida no es algo que se debe guardar en la seguridad de alguna burbuja, sino un bien para gastarse en lo que debe de ser hecho.

Recordemos siempre que las últimas palabras del pionero de la aviación, Otto Lilienthal, poco antes de morir producto de un accidente aéreo, fueron:

“Es necesario que haya sacrificios”.

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La irreductible inmediatez del Mercado, y su inutilidad para salir del encierro terrícola.

El Mercado no nos permite ver más allá de nuestros más próximos intereses. Si bien es cierto que en base a él puede organizarse un más eficiente control sobre los recursos naturales que el que puede lograrse con el planeamiento económico, esto realmente solo ocurre a nivel inmediato, pero no al mediato.

Los mercados funcionan en base al principio del “Carpe Diem”, y en consecuencia sobre el aquello de que “después de mí, el diluvio”. La aparente eficiencia que en lo inmediato dejan los mercados se afinca a la larga sobre la ineficiencia absoluta en lo mediato. Es esta la explicación de porqué nuestras eficientes economías mercantilizadas están dejándole en herencia a las futuras generaciones un planeta cada vez más irrespirable.

Esto no ocurre por los fines últimos que guían al Mercado: la satisfacción de las necesidades de los individuos. Semejante juicio equivaldría a afirmar que toda institución humana incurre necesariamente en esa actitud discriminatoria, porque en verdad esos fines son precisamente los de todas ellas, en una u otra medida, en una u otra forma. Es el carácter restringido a que reduce la negociación el Mercado, como cosa de dos, en medio de un masivo resto de la sociedad a la que solo le deja el papel de amenaza competitiva, la causa más importante de su incapacidad para priorizar lo inmediato sobre lo mediato.

En el Mercado quienes negocian directamente son en esencia solo dos, el que tiene algo que le sobra y el que necesita ese algo. Por lo tanto da la impresión de que en el resultado final de la decisión común solo incide el interés de dos individuos, mientras el masivo resto de la sociedad queda al margen.

Nada en esta primera aproximación, por tanto, parece provocar ese ya visto predominio de los intereses más inmediatos, porque es evidente que en un intercambio incondicionado entre dos personas humanas nada obliga a anteponer la satisfacción de lo inmediato por sobre la de lo mediato; siempre que haya razones que aconsejen esa jerarquización contraria a la naturaleza humana. Por el contrario, sin presiones externas a las dos personas mencionadas, este puede llevarse a cabo incluso sin dejar de lado la satisfacción propia y la de quienes vendrán después.

Pero el hecho es que en el Mercado no son realmente solo dos quienes negocian. Junto a quien le sobra algo, y a quien algo le falta, está a la vez el resto de la sociedad con su infinita cantidad de necesidades, que es en definitiva quien influye de manera indirecta en que las decisiones sean tomadas solo en base al interés inmediato de los dos primeros. Porque es ese resto de la sociedad, con su sola presencia y potencial participación en la negociación, el que obliga con su competencia a que al que crea un sobrante de algo se vea obligado a solo preocuparse por sus intereses más inmediatos.

O sea, a quien le falta algo, y por lo tanto produce mediante su trabajo alguna cosa que él no necesita para con su intercambio acceder a eso que le falta, no podrá poner en ese objeto (mercancía) lo necesario para complacer tanto el interés inmediato como mediato del potencial intercambiador. Y muchísimo menos su propio interés mediato por el cuidado del medio ambiente. De hacerlo debería dedicar más trabajo a ese objeto (mercancía), y en consecuencia a la vez situarlo en una posición desfavorable en términos de intercambio.

Con lo que se arriesgaría a perder la oportunidad de obtener lo que finalmente necesita, en la competencia por la oportunidad de intercambiar con aquel otro individuo probable que mediante su respectivo trabajo elaboró un objeto (mercancía) semejante al que él llevará al Mercado, pero que en su confección solo tuvo en cuenta cuidarse de satisfacer el interés inmediato.

Es evidente, no obstante, que tal lógica podría romperse si de parte de la Demanda, o lo que es lo mismo, de esa masa inmensa que desde esa periferia del Mercado, la sociedad, baja a él a buscar lo que les falta, se priorizaran sus necesidades mediatas sobre las inmediatas. Mas algo así encuentra una barrera semejante a la ya descrita. En primer lugar quien va a buscar algo al Mercado antes debe llevar algo para intercambiarlo por lo que necesita, por lo que ya de hecho el más arriba descrito mecanismo condiciona su actitud hacia lo mediato.

Pero además, debido a su naturaleza creadora los individuos siempre tendrán necesidades crecientes. O sea, el individuo irá al Mercado a buscar no lo que le falta, en singular, sino lo mucho que le falta. Y en caso de ir a buscar condicionado además por unas necesidades mediatas suyas de carácter social deberá necesariamente restringir su capacidad de adquisición: Reducir cada vez más sus necesidades concretas.

Priorizar, o aun tener en cuenta lo mediato social sobre lo inmediato individual es antinatural, independientemente de si la sociedad conduce sus asuntos económicos mediante el Planeamiento Económico o el Mercado. En cualquier sociedad al restringir sus necesidades inmediatas (por ejemplo, transportarse rápidamente de un lugar a otro) con tal de satisfacer una futura que todavía no existe (ejemplo, la de aire puro), al tener en cuenta en sus adquisiciones no solo sus necesidades presentes sino esas todavía inexistentes futuras, el hombre va contra su naturaleza (a fin de cuentas nunca podemos estar seguros de que en el próximo segundo nuestra vida no termine súbitamente).

Debemos entender que las necesidades reales son inmediatas, mientras que las mediatas tienden a funcionar más bien como limitaciones a la satisfacción de esas necesidades reales.

Por lo tanto ya no el interés mediato de toda la sociedad que rodea a los dos individuos que intercambian en el Mercado es dejado de lado en este por “antinatural”, sino aun el de cualquiera de esos dos individuos.

Tal siempre ocurre en una sociedad en que los intercambios se realicen de manera preferente mediante el mercado, ya que obliga al vendedor a cuidarse de los otros vendedores, y al comprador de sus intereses. Y es la causa profunda de que las economías mercantiles solo sean recomendables mientras el medio en que se desenvuelven tenga dimensiones y capacidad de auto regenerarse que superen con mucho la cantidad de entropía que las mismas crean.

En todo caso semejante puesta de acuerdo en priorizar lo mediato sobre lo inmediato no se puede establecer mediante los mecanismos del Mercado, sino mediante la consensuación consciente en el Ágora. Y ello no más que circunstancialmente, para extender los límites de la economía en cuestión hasta las dimensiones en que puede olvidarse por un tiempo la necesidad de anteponer lo mediato a lo inmediato.

En nuestro caso presente: Estamos obligados a centralizar y planificar nuestra economía, a nivel planetario, para conseguir abandonar el encierro terrícola, en un planeta que ya nos queda tan pequeño como una habitación irrespirable por el número excesivo de sus ocupantes. Con más anchos horizontes, podremos solo entonces volver a los mecanismos mercantiles.

Los socialismos del no crecimiento.

José Gabriel Barrenechea.

Desgraciadamente las alternativas al actual Orden Mundial con que los anticapitalistas pretenden ganar nuestra adhesión, en este ya no tan nuevo siglo XXI, parten de la satanización de cualquier crecimiento.

Debemos reconocer, sin embargo, que al actuar de este modo los neocomunistas del nuevo milenio parecen en cierta medida ser más consecuentes que sus antecesores del XX, o del XIX. Si en el modelo original se combinaba contradictoriamente la aspiración al crecimiento constante de las fuerzas productivas, con la creencia de que vivimos en un Universo paradisíaco, del que solo no podemos disfrutar por la manera injusta en que organizamos nuestras sociedades, los teóricos del socialismo sostenible finalmente han comprendido que crecer resulta innecesario en un Universo semejante. ¿Para qué esa compulsión de crecer en definitiva, si en el mismo nada nos amenaza? ¿No será mejor volver a las mentalidades anteriores a la modernidad, a lo tradicional, a “vivir el(al) día”, y al cuidado del alma… pero colectiva?

Una buena muestra de los sofísticos caminos que suele tomar el pensamiento “neo (anti)progresista”, lo hallamos en el artículo “Un siglo de pereza y comunismo. En defensa de Cuba y en memoria de Paul Lafargue”de Carlos Fernández de Liria. Allí el autor comienza por analizar los problemas de los que una gráfica, la de MatheusWackernagel, dan buena cuenta. Esta representa en el eje vertical el conocido Índice de Desarrollo Humano (IDH), y en el horizontal, la cantidad de planetas Tierra que harían falta para generalizar a toda la población mundial actual el nivel de consumo material del país en cuestión. El profesor Liria concluye muy acertadamente que si los sistemas políticos del Primer Mundo fueran lo que dicen ser, democracias maduras, en todos sus parlamentos se debería de estar discutiendo la constatación, que se obtiene del superficial ojeo de la mencionada gráfica, de que de aumentar los niveles de utilización de los recursos terrestres a los ritmos actuales, la Tierra no será suficiente para sostenernos en un futuro no muy lejano.

Sin embargo, nuestro hombre comete el tan frecuente error de todo radical: De que no las poseamos al presente, no se concluye obligatoriamente que las democracias no puedan madurar. Es por esa desconfianza en la democracia, tantasveces exhibida porcierta izquierda, que hacia la mitad del artículo nuestro autor da un paso en falso que desacredita cualquier socialismo del siglo XXI que pueda surgir de su razonamiento:

Del hecho de que en la gráfica de Wackernagel Cuba sea el único país con IDH mayor de 0,8, cuyo consumo de universalizarse le permitiría a la humanidad vivir con mucho menos de un planeta, el catedrático español concluye que la Cuba de hoy debería ser el modelo de sociedad a imitar por el resto del mundo en este nuevo milenio.

Independientemente de algunos contrasentidos que a continuación analizaremos, lo cierto es que la gráfica elaborada por Wackernagel resulta en extremo inexacta, al menos en el caso cubano. ¿Habrá tenido en cuenta, por ejemplo, los inmoderados niveles de consumo de agua per cápita en Cuba, comparables a los del máximo consumidor mundial, los EE.UU.?

El español reconoce, al referirse a nuestro ingente flujo migratorio: “… huyeron y huyen del país buscando ese otro nivel de consumo que no puede ser generalizado sin destruir el planeta, es decir, reivindicando su derecho a ser tan globalmente irresponsables como lo somos los consumidores estadounidenses y europeos”, pero al parecer no logra ver por completo la falla de su discurso en el hecho de que la altamente educada juventud cubana tenga tan poca conciencia de los problemas del planeta, o en todo caso sea capaz de anteponerle sin muchos remilgos sus más pedestres intereses individuales. ¿No comprende que de nada vale un modelo sustentable que no logra convencer por sí mismo, y sin necesidad de aislamientos profilácticos, de la necesidad del mismo a un número significativo de sus jóvenes? ¿No comprende que no debe de ser tan espiritualmente superior el modelo cubano, cuándo no consigue concienciar a la juventud…?

Lo cierto es que como él mismo reconoce, causas externasa los pretendidos objetivos perseguidos por el Modelo han recortado drásticamente el consumo de, y en la Isla. Liberado del Embargo, con la ayuda libérrima de algún nuevo mecenas económico, a la manera de Moscú hasta 1990, o en todo caso con una más acertada organización político-económica-social que fuera capaz de aprovechar aun a un pequeño porciento sus enormes posibilidades, el país cuando menos iría a situarse al mismo nivel de los países del Centro y Este de Europa, de IDH semejante. O sea, que se necesitarían poco más de dos planetas para generalizar el modelo cubano, de vuelta en sus condiciones ordinarias, a la humanidad completa.

Pero independientemente de todo lo dicho, lo que no podrán negar los teóricos del “no crecimiento”, es que aun el modelo del “único país sostenible del mundo” del mundo actual lo será solo mientras la población no exceda los 8 500 millones de habitantes a que sería capaz de dar cabida. ¡Cuando se espera que para el 2050 llegue a por lo menos 9 500 millones!

Encerrarnos en este planeta y detener el crecimiento, además de disminuir de modo drástico nuestras posibilidades de sobrevivencia, implicaría una vuelta a la Premodernidad, con todos sus atributos de hambre, violencia, insalubridad, intolerancia… o en el mejor de los casos, llevaría la planificación hasta los nacimientos, lo que nos conducirá irremisiblemente a modelos como el descrito por Aldous Huxley en su “A Brave New World”. Lo que no deja de ser una posibilidad en verdad espeluznante.

 

Para acabar un Embargo.

José Gabriel Barrenechea.

La Nación Cubana no nace de una supuesta voluntad de segregarnos del mundo occidental en expansión. Cuba adviene, más bien, por la voluntad de los cubanos de conectarse a ese mundo del que los intenta aislar la mentalidad conventual de la Corona Española. Desde esa perenne revuelta criolla contra aquella, que es en definitiva el comercio de rescate, hasta el pase al mercado negro de los actuales importadores de ropa a quienes el monopolio estatal pretendió hacer desaparecer, pasando por la revuelta de los vegueros o la misma Guerra de los Treinta Años por nuestra independencia, lo cubano se ha manifestado por sobre todo en un ansía de conectarse con el naciente mundo de la modernidad, y en consecuencia, en el enfrentamiento al espíritu galalaico-castellano de encierro.

Esa actitud que, desde los inicios mismos de la colonización asumen los habitantes de la Isla, de no dejarse encerrar en el entramado monopolista comercial de las Leyes de Indias, su irreverente imposición de las propias reglas, que incluyen el intercambio abierto con todos los que por esos siglos navegan por el Mar Caribe y por la cara americana del Atlántico, se transforma, con la ocupación de La Habana por los británicos, y más tarde con la Revolución Francesa que saca del juego a Haití, en la aspiración clara y distinta al Libre Comercio.

Cuba es la primera nación occidental que nace con y por esta aspiración. Es precisamente ella la que une por primera vez en un interés común a todos los cubanos de las clases libres, o lo que es lo mismo, de las que por entonces cuentan.

La culminación de esa aspiración fundacional nuestra es, a no dudarlo, la Doctrina Grau. No hay mejor enunciación suya que las siguientes palabras que Guillermo Belt Ramírez, Presidente de la Delegación Cubana a la Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz de Río de Janeiro, en 1947, pronunciara ante ella:

“La Delegación de Cuba considera que el capítulo que se refiere a las amenazas y los actos de agresión será incompleto y carecerá de valor si en el mismo no se incluyen las amenazas y agresiones de carácter económico. La simple notificación que un Estado haga a otro de que aplicarán sanciones o medidas coercitivas de carácter económico, financiero o comercial, si no accede a sus demandas, deberá ser considerada una amenaza. La aplicación unilateral de estas medidas deberá ser considerada como un acto de agresión”.

Doctrina que si bien los cubanos no logramos hacer adoptar como principio de las relaciones internacionales en 1947, si lo conseguimos en 1948 (al menos en el papel), en Bogotá, cuando en la Carta de la Organización de Estados Americanos, en su artículo 16, quedó establecido:

“Ningún Estado podrá aplicar o estimular medidas coercitivas de carácter económico y político para forzar la voluntad soberana de otro Estado y obtener ventajas de cualquier naturaleza”.

¿Cómo entender entonces que algunos cubanos apoyen al presente el Embargo de los EE.UU. a nuestro pueblo, o lo que es lo mismo, una nueva forma de encierro, una violación de nuestra aspiración constituyente?

En un anterior trabajo me referí a las semejanzas entre dos de nuestros extremismos, Anexionismo y Nacionalismo Radical (castrismo); a la sospechosa manera en que uno y otro justifican su existencia en la del otro. Pues bien, algo parecido se percibe entre quienes apoyan el Embargo, y los partidarios de la ortodoxia castrista. Por lo menos unos y otros afirmanimprescindibles sus radicales posturas y actitudes debido a las mantenidas por el otro.

Para cualquiera que entienda la particular y excepcional naturaleza del régimen cubano, resulta evidente que la desaparición del Embargo significará para él una herida de muerte. Mucho más ahora, cuando se acerca de manera irremediable al momento en que la “generación histórica” saldrá del juego, y en que necesariamente habrá un vacío de poder hasta que los nuevos dirigentes cooptados por dicha generación logren adquirir la suficiente legitimidad, más que nada ante el resto de la nomenclatura, y sobre todo ante las instituciones armadas.

El régimen cubano pertenece al grupode los que en su momento intentó imponer una versión diferente de convivencia humana a la del mainstream mundial. Fracasado ese intento, solo le quedaba un camino para seguir existiendo sin grandes variaciones de principios: aislarse sanitariamente del mundo que lo rodeaba. Norcorea, por ejemplo, fue efectiva en ese reto: La estabilidad de la dinastía de los “chinitos siniestros” se explica en buena medida por suprobada capacidad para poner a vivir a sus súbditos en la cara oculta de la Luna.

En el caso de Cuba ese aislamiento hubiera resultado mucho más difícil de imponer desde dentro, por la misma naturaleza de nuestra Nación. Pueblo atlántico más que latinoamericano, el régimen no logro desconectarnos por completo de Occidente ni aun en los tiempos en que el CAME aseguraba cierta prosperidad relativa, así que resultaba poco previsibleque lo consiguiera tras la desaparición del campo socialista. Mas no hubo necesidad: el aislamiento se lo regalaron, y en bandeja de plata, desde el exterior; desde los EE.UU. nada menos, o sea, desde la nación que por fuerza es el principal complemento de una economía como la nuestra, incapaz de la autárquia económica.

Si el régimen cubano ha sobrevivido 25 años a 1989, solo se explica en un final por el mantenimiento y hasta endurecimiento del Embargo de los EE.UU.

Es innegable que ante el levantamiento del mismo el régimen no habría respondido sino con más desplantes, y para nada con una política respetuosa de los derechos políticos y civiles. Sin embargo, le habría resultado muy peligroso responder auto-bloqueándose, por lo que habría tenido que a la larga adaptarse a las nuevas condiciones y situaciones consecuentesa la desaparición del Embargo.

Cada medida en la dirección de un auto-bloqueo como respuesta, solo habría aumentado el descontento, al que en la nueva situación ya no habría manera de contener con argumentos de ciudad sitiada; porque sin sitio concreto ya no podría haberlos. Si estos argumentos, debido a su carácter tangible logran por lo general llegar a la embotada sensibilidad de las masas, y en consecuencia consiguen su apoyo para quienes los invocan, no ocurre lo mismo con los etéreos del tipo de los del “Carril Dos”. Las masas suelen estar predispuestas al tipo de enemigos que implica la ciudad sitiada, pero no a los de la “sutil penetración ideológica”, y sobre todo cuando esta última iría necesariamente acompañada de un considerable mejoramiento de sus condiciones de vida, ya que téngase presente que la eliminación del Embargo habría ocurrido en años en que solo se podía ya ir hacia arriba, como 1993.

Al régimen, por lo tanto le habría resultado imposible ponerle barreras al enorme flujo de personas, de información, de dinero y oportunidades, con los consiguientes intereses en su continuo engrosamiento que aquí surgirían, hasta en la misma nomenclatura. Como hemos visto de ninguna manera podía responderal levantamiento del Embargo con un auto-bloqueo, y debido a ello habría tenido necesariamente que cambiar. El totalitarismo habría sido lo primero arrasado por el torrente de la apertura, y su lugar lo habría ocupado un autoritarismo de partido único que muy poco habría tenidopara intentar permanecer, salvo el carisma de Fidel. Mas el carisma de Fidel mismo no habría conseguido sobrevivir a la larga con las fronteras abiertas de par en par y en una circunstancia en que lo cotidiano fuera lo habitual.Hombre de lo aislado y lo trascendental, también él pronto habría sido superado.

De hecho, si el Embargo se hubiera levantado en 1992, es muy poco probable que el régimen hubiese podido aguantar hasta que sus órganos de inteligencia consiguieran afirmar el régimen chavista en Venezuela. Es así casi seguro que Cuba hubiesecomenzado a transitar hacia la democracia antes del arribo del nuevo milenio.

Mas no sucedió de esa maneraademás de porque en general ni el público ni los políticos suelen aceptar nunca como eficaz o moral el uso de la paciencia,del más que empujar abrir cauces a las tendencias a colapsar inmanentes a ciertos regímenes, por la particularidad de tres posturas, que aun sin quererlo (o al menos eso pretenden sus sostenedores), contribuyeron a la ilógica persistencia de un régimen como el cubano: La de cierto sector de la política norteamericana que vivesu relación con Cuba de la misma forma guapetonil que los castristas viven la suya con ellos, o sea, que ceder, transar, no es una opción; lade unapoderosa porción de nuestros emigrados,quienes prefirieron pensar en términos de reclamación de bienes nacionalizados,y noen los de una democratización de la que no era seguro obtener todo lo que se esperaba si por el contrario se lograba arrodillar al país (más que a los Castros, no nos engañemos); y porque otro grupo considerable, por sobre todo entre la gran mayoría de los disidentes (con honorabilísimas excepciones: Payá, por ejemplo, aunque no el único), no se atrevían de ninguna manera a imaginar una política que los separara de ese sector anterior.

Esperar que con presiones exteriores sobre el régimen se logrealgo es contraproducente, no encaja con las mismas razones que se dan para no cambiar de las presiones a la paciente apertura de cauces a la inmanente tendencia del régimen a decaer: Hasta a un escolar le es evidente que a este no le gusta ser presionado, que en esa situación actúano de otra forma que enquistándose más y más. Pero es que además, actuando de esa manera se consigue a su vez solidarizar aún más a las masas con el régimen, ya no solo por su discurso de ciudad sitiada en el que se las presenta como las principales perjudicadas (en lo que, como vimos, hay al menos una pizca de razón), sino también porque los cubanos tendemos a ponernos siempre del lado del que es presionado.

Solo dándole sin precondiciones lo que no puede rechazar sin perder credibilidad, solo cediéndole lo que a la larga él no puede asimilar, se logrará democratizar a Cuba (aunque por desgracia, para mí también, por cierto, no es nada seguro que se obtengan restituciones de bienes nacionalizados). A no ser, claro, que como ya advirtió Yoani lo que se pretende no sea otra cosa que meterle presión a la caldera hasta que explote… Lo cual créanme, no le conviene a nadie, excepto a los elementos caóticos de nuestra sociedad (que no son pocos), o de las colindantes.

El régimen cubano ha organizado a la sociedad cubana de manera tal que cualquier apertura profunda hacia un mundo que en su momento pretendió superar, y del cual tanto se diferenció, implicará cambios en dicha sociedad que tarde o temprano la obliguen a desembarazarse del régimen, o a este a acomodarse a los mismos, en una medida que lo conducirían a una gradual ampliación de la soberanía, y por tanto a su desaparición. Cuba no es China, un estado de 1400 millones de habitantes que es capaz de dictarle sus condiciones al mundo, no es tampoco una nación no occidental como Vietnam, o un régimen autoritario con economía capitalista que sería capaz de asimilar, con total facilidad, aun los relativamente escasos flujos de capital que correrán hacia acá, o las consiguientes presiones que estos ejercerán para el establecimiento de legislaciones claras en lo económico, lo financiero, lo impositivo, pero también en lo civil, lo penal…

El régimen cubano no vive en la realidad del presente, y por tanto ha debido rodear a sus súbditos en un capullo de símbolos, en un país de fantasías de mal cartón que la primera brisa se llevará, si abrimos de par en par puertas y ventanas.

Hay algo más, y no lo menor: Pretender alcanzar la libertad mediante las presiones económicas de externos, además de no caber en nuestra naturaleza, es asumir, en el caso poco probable de que sirviera para algo, deudas de gratitud demasiado gravosas. No solo debemos pensar en comenzar la democratización, en buena medida porque su éxito dependerá de que tras el minuto cero logremos un país apto para aprovechar todas sus posibilidades de desarrollo, que no son pocas, por cierto, pero que dependen de nuestra independencia política.

Es además inmoral, porque supone utilizar la miseria de nuestra misma gente para conseguir lo que en todo caso nosotros, los que nos pretendemos líderes suyos, no hemos podido. Un político no está para obligar mediante coacciones a que las masas hagan lo que ellos consideren, a no ser que las coacciones empleadas sean de tipo moral, en que mediante el ejemplo personal se provoca la acción gracias a la vergüenza.

Alcanzar la democracia por nosotros mismos es posible, y al hablar de nosotros incluyo a todos los cubanos, vivan donde vivan. Es cierto que los de adentro no podemos prescindir de la solidaridad de otros países (si el régimen no nos ha fusilado a todos de una buena vez, no nos engañemos, es no por otra razón que por el miedo al escándalo internacional), o que los de afuera no pueden dejar de utilizar sus redes de influencia, pero lo que si no podemos es pretender que otra Nación nos haga lo que a nosotros, y solo a nosotros nos toca (es bueno recordar aquí que no solo hay cubanos emigrados en los EE.UU.). Más cuando los mismos mecanismos que pretendemos utilizar van tan en contra de nuestra naturaleza de pueblo atlántico, fundado sobre y por la aspiración al más completo intercambio con el mundo, y específico con nuestra civilización: la occidental.

Algunos apuntes sobre el Bloqueo (Conclusiones).

José Gabriel Barrenechea.

En Cuba todos los nacidos en los setentas, y que por tanto cursamos estudios secundarios o preuniversitarios en la década siguiente, oímos y leímos, una y otra vez, de cómo se había hecho la Revolución, entre otras razones, para acabar con nuestra dependencia económica, comercial y financiera de los EE.UU. Se nos remachó en nuestros subconscientes hasta la saciedad, que importaciones y exportaciones desde y hacia aquel país rondando siempre un 70% u 80 % del total, o que inversiones en semejantes proporciones… coartaban la soberanía económica de nuestro país, y en consecuencia también la política. Visto lo cual, Fidel y sus adláteres decidieron que valía la pena sacrificar sus vidas si hubiera sido necesario, para en definitiva alcanzar la plena y absoluta independencia nacional.

Tales enseñanzas nos vienen inevitablemente ahora a la cabeza a quienes nos acercamos a los cuarentas o hemos doblado ya ese cabo, cuando escuchamos perorar en los medios oficiales acerca de cómo el Bloqueo ha encarecido subidamente nuestras importaciones; o de la crecida cantidad de dinero que el gobierno de los envejecidos adláteres calcula ha perdido el país a consecuencia de aquel: En el último conteo de 2011 nada menos que un millón de millones de dólares. Exactamente lo que hubiesen dejado todas las hipotéticas zafras de 5 millones de toneladas de azúcar desde 1511, año del comienzo de la Conquista, hasta el presente, quinientos años después.

Surge la pregunta: ¿No resulta en definitiva este reclamo de poner fin al Bloqueo, al menos por quienes pontificaban que era nuestra relación con los EE.UU el origen de todas nuestras desgracias, un reconocimiento tácito del fracaso de los caminos que desde el poder ellos terminaron imponiéndole a la Revolución?

Lo cierto es que en el periodo que transcurre entre 1959 y 1989 el estado cubano disfrutó por parte de su par soviético de facilidades de pago, de préstamos, y de una política de precios que difícilmente hubiéramos podido tener en el supuesto de que nuestras relaciones con EE.UU. no hubiesen llegado al rompimiento de 1962. Recuérdese tan solo que en dicho periodo los EE.UU. disminuyeron su consumo global de azúcar ante el avance de otros edulcorantes, con lo que de haberse mantenido el sistema de cuotas, necesariamente nuestra porción en él habría disminuido también inexorablemente.

Nadie explica mejor esta verdad que el propio Fidel, en una de sus respuestas a Jeffrey M. Elliot y Mervin M. Dimally, en marzo de 1985: “La supresión del Bloqueo solo a largo plazo implicaría alguna ventaja. No voy a decir, porque no sería cierto, que no se derivarían algunos beneficios. Quizás hubiera alguna ventajas prácticas, quizás algunas mercancías que hay que adquirir en terceros y distantes países las podamos comprar en EE.UU., con menos gastos de transportes y entrega más rápida; algunos equipos médicos que se fabrican en EE.UU., algunos productos farmacéuticos, y cosas por el estilo, de esta índole. Pero no es una cosa trascendental…”

Y refiriéndose un poco más adelante, a que para poder exportar hacia EE.UU. habría que necesariamente disminuir las exportaciones hacia el campo socialista afirmó entre risas: “Hay un dicho campesino que dice que no se puede cambiar la vaca por la chiva”

Sin embargo, y por desgracia, esa vaca, o lo que es lo mismo, la masiva ayuda soviética, que en general debió rondar los 200 000 millones de dólares a precios de 1980, sufrió el mismo triste destino que la enorme masa ganadera que la élite revolucionaria encontró a su ascensión al poder… fue dilapidada alegremente en “experimentos”, que nada tenían de ellos y sí mucho de juegos.

Oso Ruso

José Gabriel Barrenechea.

Comienzo por reconocer la enorme influencia rusa en mi formación. Aprendí a leer en libros rusos traducidos al español, poblados de abedules, lobos y ciervos; sus dibujos animados fueron quizás la más poderosa y sistemática influencia cultural en mis primeros 10 años. La URSS de mi infancia me parecía ser una cienciocracia: el mejor sistema de organizar a la manada humana, creía, y todavía en buena medida creo yo. Aún hoy para mí, y pienso que ya para siempre, se dice cosmonauta y no astronauta.

Como se verá no soy un opinante imparcial. Pero como creo que en un final nadie lo es, excepto esas nulidades que se hacen llamar con ridículo orgullo académicos, pues aquí va mi opinión.

Rusia no solo no es el Enemigocon mayúsculas de Occidente que algunos quieren ver, sino que tampoco podría ser considerada uno a tener muy en cuenta en caso de que realmente lo fuera. Rusia ya no es la superpotencia industrial de los setentas y ochentas del siglo XX, y mucho menos una potencia innovativa. Por otra parte su población disminuye catastróficamente y su proporción en el PIB mundial lo hace casi de manera similar. Es cierto que su ejército sigue siendo el único capaz de enfrentar al norteamericano en una guerra simétrica total, ¿pero por cuánto tiempo más?

Rusia no es el enemigo porque de hecho comparte con Occidente sus enemigos reales, los que de verdad debemos temer.Y es así en considerable medida porque Rusia es parte de Occidente. Esto no soy yo el primer cubano en decirlo. Semejante opinión puede leerse en cierta crónica de Carpentier para El Nacional de Caracas. Un intelectual de muchísimo más prestigio que el mío, pero igualmente parcial de la que era la patria de su madre.

De que Rusia es parte integrante de Occidente da buena cuenta no solo su cristianismo, sino por sobre todo el hecho de que este país ha sido de los que más han influido en su cultura. Hágase una lista que incluya a las 10 más importantes figuras en cualquier rama de las ciencias, la técnica, las artes, la música, el pensamiento o la literatura occidentales, de los que le han abierto nuevos e inesperados caminos,y no faltará nunca el nombre de al menos un ruso.

El problema de Rusia ha sido que a diferencia de, por ejemplo, Francia o España, el elemento racional de su sociedad (y hablo de racionalidad como la entendía Karl Popper), no ha conseguido imponerse al tradicional e instintivo. De hecho ese elemento racional, que a fines del siglo XIX y hasta aproximadamente 1925 tuvo su momento cumbre, en que se erigió en director de muchos de los futuros caminos de Occidente, ha sido reiteradamente purgado por una pseudo-racionalidad, excretada por lo tradicional e instintivo como forma de supervivencia. Pseudo-racionalidad, “asiatismo modernizado a medias”, que comenzó a ganar la partida desde que la contrarrevolución bolchevique disolviera la Asamblea Constituyente de 1917, y que terminó por imponerse con la subida al poder de Stalin.

De más está decir que en ese triunfo crónico de lo “asiático” ha tenido mucho que ver la actitud equívoca del resto de Occidente hacia Rusia. Actitud que a mi modo de ver era entendible cuando Occidente dominaba de manera indiscutida el mundo, y cada nación occidental luchaba por obtener su cuota en ese dominio.Pero no hoy. Porque resulta muy claro que al presente nuestra civilización, y sus valores, comienzan a perder su otrora hegemonía absoluta.

Creo que nuestra civilización occidental debe tratar de acabar con el último vestigio, el último anacronismo de la edad en que se desangraba en guerras civiles; guerras que denominamos mundiales solo por nuestro total dominio del globo de entonces. Occidente debe tratar de atraer a Rusia al sistema de seguridad y consenso civilizatorio que ha edificado poco a poco tras 1945. Pero para que este intento tenga éxito, Occidente debe tener muy presente que Rusia no es una nación de segundo o tercer orden, que Rusia posee una real tradición imperial. O sea, Rusia no es Polonia, Checoslovaquia, y ni tan siquiera Turquía. No puede ser invitada a ser comparsa. Debe dársele un puesto entre los grandes.

Si hoy necesita Crimea para sentirse segura, pues oblíguese a Ucrania a entregársela. Páguesele a ese país, que sí es de segunda, con un sustancioso crédito o con una agilización de su entrada en la UE. A fin de cuentas la península de Crimea siempre fue parte de Rusia. Al menos hasta que un ex primer secretario del partido de esa república,por entonces precario primer secretario del PCUS, decidiera entregárselas como una especie de compensación por los crímenes del estalinismo contra ese pueblo, y sobre todo, como una forma de ganarse el apoyo de sus burocracias en los difíciles reacomodos de poder soviético tras la muerte de Stalin.

¿Qué entonces las regiones autónomas de Georgia…? Entrégueselas también. Porque si de veras los rusos creen que estamos en tiempos en que con pequeñas o medianas reivindicaciones territoriales se logra algo, ¿seremos nosotros tan idiotas de sacarlos del error? Por el contrario, congraciémonos con ellos con tan ridículas concesiones. En su lugar estaremos ganando un poderoso aliado en la lucha contra los verdaderos peligros que afloran en nuestro horizonte común.

Decía Ortega y Gasset, allá por los 1920’s, que Europa solo se unirá cuando un gran peligro aparezca en su horizonte. Esos peligros ya existen hoy, y no solo para Europa sino para todo Occidente: Son la China autoritaria, y por sobre todo la civilización islámica. El primero un imperio tradicional con increíbles tasas de crecimiento económico, el segundo la única civilización con un pasado imperial, que experimenta por demás un continuo crecimiento demográfico (en occidente solo los EE.UU. crecen poblacionalmente), y que además posee un simple y atractiva ideología propia: el Islam.

Enemigos que de más está decirlo, son también los de Rusia. El islam amenaza todo el sur de este país, y tras la desastrosa invasión soviética de Afganistán en la década de los ochentas del pasado siglo, para muchos islamistas Moscú representa incluso más el enemigo que Washington; o por lo menos un enemigo al que se le puede causar daño con más facilidad. En cuanto a China, ya hoy no solo amenaza al Lejano Este Ruso, sino que ha comenzado a infiltrarlo. Téngase en cuenta que la densidad poblacional en la frontera entre ambos países es 62 veces mayor del lado chino que del ruso. El Lejano Este Ruso está en definitiva lleno de recursos que Rusia no puede explotar, frente por frente a una expansiva China que los necesita cada vez más.

Hay más incluso en lo que se refiere a China. Cuando el Ártico se abra a la navegación en los próximos años, de poco le valdrá a Moscú las ventajas que obtendrá de ello si no mantiene un control total de su Lejano Este, o por lo menos de su actual litoral al Pacífico. Rusia necesitará mantener en ese océano una fuerza naval que ya de por sí choca con los intereses estratégicos chinos de controlar todos sus mares adyacentes, hasta la que llaman “primera cadena de islas” que los rodean: Japón, Filipinas, Taiwán, Indonesia, Australia.

Ambas naciones, por tanto, chocan ya al presente sobre el continente y sobre el Océano; y lo harán con más fuerza en el futuro.

Contrario a lo que ciertos nuevos jingoes han hecho durante las últimas semanas, se debe comenzar por cambiar la visión que de Rusia tiene el occidental medio. Entre otras muchas acciones se debe, con urgencia, divulgar por todo Occidente los logros culturales de la parte racional rusa. Una recuperación de Dostoievski, Tolstoi, Tchaikovski, Mendeleiev, Lobachevski, Chejov, Eisenstein, Shostakovitch, Tarkovski… pero también de Masha y el Oso, puede cambiar la percepción que ese ciudadano medio tiene de Rusia, no ya como un peligroso más allá cultural, y a la vez provocar que los propios rusos, al sentirse admirados por su tradición racional, traten de recuperarla.

Es vital atraerse a Rusia. En primer lugar porque es parte de nuestra civilización. En segundo porque esa civilización se encuentra amenazada y quizás solo una unión del oso ruso con el águila marina americana logren evitar su subordinación a otras en ascenso.

La Cuba democrática que ya existe en muchos de nosotros, afuera y adentro de la Isla, puede jugar un papel significativo en el acercamiento de esos dos colosos que Carpentier describía situados a los extremos de Occidente. Ante nuestra civilización se alzan nuevas Termopilas, nuevos Lepantos, nuevas batallas de los héroes rusos ante las hordas tártaras…y en ellas los cubanos, gentes del Atlántico, necesariamente deberemos implicarnos. Una manera de hacerlo es esta.