Lo realmente significativo de este 19 de abril: la promesa de Referendo Popular.

José Gabriel Barrenechea.

Este 19 de abril, el hasta pocos minutos antes presidente del Consejo de Estado, Raúl Castro, prometió en su discurso de despedida ante la nueva Asamblea Nacional que la venidera reforma constitucional será sometida a referendo popular.

Es esta una promesa de difícil retractación, y con mucho lo más importante ocurrido en el día.

Señalemos que aunque Raúl Castro no es ya el jefe de estado y gobierno, continuará al frente del partido hasta el 2021… o hasta que Dios o las sacrosantas Leyes de la Dialéctica así lo quieran. O sea, la promesa referida ha sido hecha por quien encabeza la organización que según el artículo quinto de la Constitución es la “vanguardia organizada de la nación cubana”, “la fuerza dirigente superior de la sociedad y el Estado”, la “que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”.

Porque no exageremos lo ocurrido este 19 de abril: Raúl Castro, desde su puesto de primer secretario del PCC, continúa al presente como el poder último del estado castrista, y es por otra parte precisamente ese poder último quien nos ha prometido un referendo.

En esta situación muy difícil le sería al régimen retractarse. Tal acción erosionaría irremediablemente el prestigio y poder de Raúl, quien al parecer planea adoptar, durante el tiempo de vida que le quede, algo así como la posición del policía bueno, del defensor del pueblo ante los tecnócratas (ya lo ha ensayado con Marino Murillo, precisamente frente a la anterior Asamblea Nacional).

Actitud contraproducente para la estabilidad del régimen, pero que en su cortedad de miras el general ex presidente cree servirá por el contrario para defenderlo de los posibles errores de quienes ha dejado a su cargo.

En todo caso el negarse ahora a realizar el referendo dejaría demasiado en evidencia el profundo miedo que al mismo le tiene el régimen. Sobre todo si se realiza según lo establecido por la actual Ley Electoral 72.

Creemos más bien que el referendo tendrá lugar, y más que dilatarlo hasta la próxima venida de Nuestro Señor, en la socorrida táctica raulista, lo que se hará por el contrario será acelerarlo. Posiblemente para que la nueva Constitución reformada sea adoptada este 10 de octubre, cuando se cumplen 150 años del alzamiento de La Demajagua.

Con esto el régimen trataría de aprovechar las esperanzas que todo cambio de gobierno trae consigo en los primeros meses, y por otra parte evitar que la tendencia a la pérdida de apoyo, manifestada en las elecciones de los últimos seis años, tenga tiempo de ahondarse lo suficiente como para provocar un posible triunfo del “no” en las urnas.

Téngase en cuenta que la nueva reforma seguramente seguirá la misma tónica de la de 1992. Una reforma en que si en apariencias el régimen se democratizó, en la realidad para lo que sirvió fue para invalidar de manera sutil todos los posibles canales todavía abiertos a la participación de la ciudadanía.

Lo que si debe de temerse en cuanto a este futuro y cercano referendo es el método por el que se lo realizará: Cabe temer que se vuelva a echar mano del recurso usado en el 2002, en que más que permitirle a los ciudadanos la posibilidad de seleccionar de modo secreto entre el “sí”, o el “no”, lo que se haga sea convocar a la ciudadanía a expresar mediante su firma, de manera pública, su apoyo a la reforma propuesta.

Además de que en el plebiscito se excluya a la ciudadanía residente en el exterior de participar. Porque al menos en el caso de lo legislado para el plebiscito los ciudadanos cubanos residentes en el exterior cuentan con el derecho a participar reconocido por la Ley 72:

El artículo 164 establece así que se “se dispone lo necesario para garantizar el ejercicio del voto por los electores que se encuentran fuera del territorio nacional el día que se celebre el referendo”; o sea, que se dispone lo necesario para que los ciudadanos que en el momento del referendo no llevan dos años de residencia permanente en Cuba, y no están inscriptos en el Registro de Electores del Municipio, puedan ejercer su derecho al voto en Colegios Electorales creados fuera del territorio nacional (artículo 170, tercer párrafo, primera línea).

Es por ello, para activar a la opinión pública en la defensa de sus intereses, a los cubanos de adentro para que no se nos quite nuestro derecho a decir “sí” o “no” de manera secreta, y a los de afuera, para que no se os excluya, que a continuación anexamos a este trabajo lo establecido por la Ley Electoral vigente sobre el legal desarrollo del referendo:

 

TITULO IX

DEL REFERENDO

Capítulo I

De la Constitución de las Comisiones y Colegios Electorales

 

ARTICULO 162. Por medio del referendo que convoca la Asamblea Nacional del Poder Popular, los ciudadanos con derecho electoral, expresan si ratifican o no los proyectos de leyes de Reforma Constitucional que según la Constitución requieren ser sometidos a ese proceso y otros proyectos de disposiciones jurídicas que acuerde la propia Asamblea.

ARTICULO 163. El Consejo de Estado, de conformidad con lo acordado por la Asamblea Nacional del Poder Popular, ordena la publicación de la convocatoria a referendo en la Gaceta Oficial de la República y designa a la Comisión Electoral Nacional.

ARTICULO 164. De acuerdo con lo dispuesto en el Titulo II de esta Ley, se designan la Comisión Electoral Nacional, las Comisiones Electorales Provinciales, Municipales, de Circunscripción y las Especiales.

La Comisión Electoral Nacional, en coordinación con el Ministerio de Relaciones Exteriores, dispone lo necesario para garantizar el ejercicio del voto por los electores que se encuentran fuera del territorio nacional el día que se celebre el referendo.

ARTICULO 165. Las Comisiones Electorales de Circunscripción designan a los miembros de cada una de las Mesas Electorales.

El Ministerio de Relaciones Exteriores, determina quién designa los miembros de cada una de las Mesas Electorales en el exterior.

Los locales en que funcionen los Colegios Electorales fuera del territorio nacional, los designan los jefes de las respectivas misiones.

 

Capítulo II

De la Votación y el Escrutinio en el Referendo

 

ARTICULO 166. Para llevar a efecto el referendo se emplean boletas en las que se expresa clara y concretamente, la cuestión que se consulta al cuerpo electoral. Si se le somete más de una se numeran consecutivamente, separándose unas de las otras por medio de líneas horizontales que se extienden de un extremo a otro de la boleta.

Las boletas impresas contienen lo siguiente:

(Escudo de la República)

República de Cuba

REFERENDO

(Fecha del Referendo)

(Cuestión que se somete a consulta)

Sí ______

No ______

La impresión de estas boletas corresponde a la Comisión Electoral Nacional.

ARTICULO 167. La votación se efectúa en la forma prevista para las elecciones de Delegados y Diputados a las Asambleas del Poder Popular.

ARTICULO 168. Si el elector desea votar afirmativamente sobre la cuestión que se somete a referendo, hace una (X) en el cuadrado en blanco al lado de la palabra SI. Si desea votar negativamente, hace igual señal en el cuadrado en blanco al lado de la palabra NO.

Se declara nula la boleta en que no pueda determinarse la voluntad del elector.

ARTICULO 169. Terminada la votación, la Comisión Electoral de Circunscripción procede a realizar el escrutinio, concluido éste, se empaquetan las boletas votadas válidas, en blanco, las anuladas, así como las devueltas por el elector y las no utilizadas, se sella cada paquete, se firma el acta y se envía toda la documentación a la Comisión Electoral Municipal.

ARTICULO 170. La Comisión Electoral Municipal computa los votos emitidos en el Municipio y remite el resultado a la Comisión Electoral Provincial.

La Comisión Electoral Provincial computa los votos emitidos en todos los municipios de la provincia y envía el resultado a la Comisión Electoral Nacional, la que realiza el cómputo nacional.

Los Colegios Electorales que se encuentren fuera del territorio nacional, una vez realizado el escrutinio, comunican el resultado de referendo a sus respectivas Embajadas, las que lo remiten al Ministerio de Relaciones Exteriores a los fines de que sea comunicado a la Comisión Electoral Nacional.

La Comisión Electoral Nacional, una vez realizado el cómputo total del referendo, lo informa al Consejo de Estado para que publique sus resultados y dé cuenta a la Asamblea Nacional del Poder Popular a los efectos pertinentes.

 

 

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La Derecha en Cuba.

El Cowboy Verraco.

No hay peor defensa que el repliegue a las posiciones a las que el enemigo desea llevarnos. La mejor defensa será siempre el ataque, desplazar al contrario de sus fortalezas y dejarlo inerme, expuesto en medio de la llanura al ataque de nuestra caballería.

En los últimos cuatro años, entre cubanos, se ha debatido mucho sobre la existencia de un centrismo político, desde el cual algunos pretenden evitar ciertos sambenitos que el castrismo ha conseguido colgarle a todo aquel que no se declare seguidor disciplinado suyo. Pero, ¿y no será más productivo y más acorde con la verdad debatir sobre el derechismo? O sea, ¿no será más realista que intentar colocarse en una posición defensiva aparte, “éticamente” limpia de las acusaciones con que el castrismo fulmina a quienes “no están con él”, el tratar de sacarlo de la colina en que se ha encastillado?

Para ello debemos comenzar por un claro deslinde.

Forma parte de la izquierda política todo aquel individuo, movimiento o partido, que defiende en primer término el que se amplíe la soberanía a toda la sociedad en cuestión; o sea, el que está porque el mayor número posible de individuos tengan el derecho y la capacidad real de decidir sobre los asuntos comunes. En segundo término, aquel que está porque todos los individuos disfruten de la más completa igualdad de oportunidades, de modo que solo las diferencias naturales influyan en el lugar del que cada uno logre hacerse en su sociedad.

La derecha, por contraposición, se caracteriza en primer lugar por su idea de que lo aconsejable es dejar la capacidad de decisión sobre los asuntos comunes en manos de una élite; en definitiva por limitar lo más posible la soberanía. Un principio suyo que, por cierto, rara vez expresa de manera explícita en la contemporaneidad. Y dado que la derecha defiende los privilegios en el momento actual, y es de humanos desear traspasar a los descendientes todo lo que al presente se disfruta, sobre todo los privilegios, es claro que tampoco está por la igualdad de oportunidades.

Es evidente que en Latinoamérica hay hoy fuerzas políticas que caen dentro de la definición de derecha arriba detallada. Las cuales mediante trucos legales, la manipulación mediática, y en última instancia la fuerza bruta, pretende conservar el histórico privilegio de las oligarquías en la toma de las decisiones. La brasileña quizás sea la más estereotípica derecha del subcontinente, lo que queda demostrado en los más recientes golpes de estado que ha protagonizado: parlamentario contra Dilma Rousseff, y legal contra Lula da Silva; o en sus devaneos descarados con los milicos y los fundamentalistas cristianos.

Pero al interior de Cuba también hay al menos una fuerza que puede ser identificada como de derecha: la castrista.

No obstante, por un fenómeno muy corriente en las relaciones entre corrientes políticas de países diferentes, esa derecha cubana ha tendido siempre a aliarse no con los sectores derechistas latinoamericanos, sino con los de la izquierda occidental.

No son algo nuevo estas extrañas alianzas transfronterizas. Recordemos que los mejores aliados de los rebeldes americanos en 1783 fueron nada menos que las retrógradas monarquías francesa y española, retrógradas si se las compara con la monarquía parlamentaria inglesa contra la que luchaban Washington y el Congreso Continental; que no pocos progresistas del Tercer Mundo prefirieron no pronunciarse contra la Alemania Hitleriana (Gandhi), que otros llegaron hasta expresar su pésame por la muerte de Hitler (Éamon de Valera), o que el movimiento bolchevique no encontraría en 1917 un mejor aliado que el Káiser Guillermo.

Tiene esto que ver con dos razones diferentes, que convergen en definitiva: En el caso de las derechas, las ideologías asumidas, exclusivistas por esencia propia, no tienen un carácter universalista, sino que representan los más bastos intereses de una élite, las cuales por lo tanto se aliarán a quién sea para protegerlos. En el de las izquierdas, aunque sus objetivos si son universalistas, sin embargo el hecho de que proponen algo nuevo, desacostumbrado, y por lo tanto bajo ataque del mayoritario pensamiento tradicionalista que predomina en toda sociedad, se verán obligadas a asumir sin muchos remilgos los aliados que puedan surgirle de más allá de sus fronteras.

En el caso de la derecha el que en lugar de principios haya intereses dota a esta de una gran flexibilidad en la conformación de sus alianzas; en el de la izquierda es la necesidad de quien es acosado desde todas partes quien obliga a no andarse con miramientos.

No se puede, por lo tanto, definir para qué mano tira en Cuba un individuo, un movimiento, o un partido, solo al tener en cuenta sus aliados más allá de las fronteras cubanas. No tiene ningún fundamento histórico pensar desde la Argentina, México o Chile, que en Cuba gobierna una izquierda solo porque esta se mantiene más próxima a la izquierda nacional que a la derecha. Solo se puede llegar a tal definición mediante el análisis de la actitud que ante la soberanía y la igualdad mantiene el individuo, movimiento o partido en cuestión.

En este sentido un análisis somero muestra lo correcto de clasificar al castrismo como una derecha: Los integrantes del gobierno actual, el cuadro administrativo y quienes proveen de justificaciones ideológicas al régimen castrista, periodistas e intelectuales “orgánicos”, forman una apretada élite política, social y hasta económica, que defiende con uñas y dientes sus privilegios. El principal el monopolio absoluto sobre la soberanía, el cual se mantiene gracias a un sistema político-electoral que reduce a cero la capacidad real de las grandes mayorías para decidir sobre los asuntos comunes.

Un sistema político-electoral ambiguo, en que por un lado se establece la soberanía popular en los artículos 3 y 131 de la Constitución, y por otro, como en el 5, que existe una vanguardia, una élite, que es la fuerza dirigente superior de la sociedad. En que el artículo 69 reconoce que la Asamblea Nacional es el órgano supremo del poder del estado, y a su vez el 93 le cede al Presidente del Consejo de Estado poderes de Monarca. En el que la Ley Electoral establece una de las formas más democráticas para nominar y elegir a unos concejales de barrio dotados de escaso poder real al interior del centralizado y piramidal estado cubano, al tiempo que a los diputados de la Asamblea Nacional se los nomina y elige mediante una mascarada.

En el que en fin, hay libertad de queja ante las autoridades, al menos según el artículo 63 de la Ley de Leyes, pero también una hipertrofiada policía política que analiza los motivos ocultos tras cada queja, y que al haber establecido relaciones demasiado próximas, de intercambio de favores, con las autoridades cuestionadas, tiende a protegerlas de las demandas con celo digno de mejor causa, hasta convertir cualquier inocente reclamo en un delito de “colaboración con el enemigo”.

Es de agregar que el núcleo duro del castrismo, llevado contra las cuerdas, y sobre todo en esos discursos más persuasivos que solo se dirigen al interior del país, no tiene escrúpulos en reconocer que en la realidad política limita la soberanía del pueblo cubano. En el discurso habitual de los más sinceros derechistas, que conformarían el bloque de extrema derecha, y el verdadero poder, se reconoce que se controla por quienes saben qué es lo mejor para todos (ellos), porque las mayorías no lo saben, ni nunca lo sabrán. Porque dejado Liborio a su libre albedrío lo primero que haría será el desembarazarse de ellos, los que saben (una pérdida concreta, una contrariedad real a sus intereses, que no puede más que molestar y preocupar), para entregar, atada de pies y manos, la Nación al Imperio (la racionalización, la justificación intelectual de por qué molesta y preocupa ese intento de limitar el privilegio del que se disfruta).

Por otra parte el castrismo, heredero de Rousseau más que de Marx, nunca ha estado por la verdadera igualdad. El castrismo presupone la necesidad de la existencia de una autoridad supra-social, cuya función sea la de recortar las anormalidades-fluctuaciones naturales que constantemente surgen en el cuerpo de todo sistema igualitario, y así ponen en peligro la igualdad impuesta desde arriba.

Es por lo tanto uno de los sistemas sociales más inequitativos, aquel que divide a la sociedad de manera radical entre igualadores e igualados, entre vanguardia y seguidores, entre dominantes y dominados. Un sistema que al no establecer saludables normas como las dictadas por la Iglesia Católica, en 1059 y por inspiración del futuro Gregorio VII, para impedir la reproducción sexual del clero “conductor del rebaño”, rápidamente evoluciona hacia un sistema estamentario en que los derechos de igualador se heredan de padres a hijos (el castrismo quizás habría estado bien, pero solo si los castristas antes hubiesen admitido castrarse).

La consecuencia es clara hoy: Para casi cada destino clave, o de estatus social elevado, como los relacionados con la oficialidad del ejército, la membresía oficial en la todopoderosa Seguridad del Estado (chivato con carnet, sin embargo, es todavía accesible a cualquiera), el cuerpo diplomático, o para conseguir trabajar en un sinfín de empresas e instituciones estratégicas, es un requisito cada vez más decisivo tener antecedentes familiares de incondicionalidad revolucionaria.

El problema no es si en Cuba hay o no, al presente, un centro político, el cual supuestamente cuenta con absoluta independencia del afuera. Algo por demás imposible, aun en los EE.UU., donde los intereses extranjeros manipulan mediante muchísimo dinero la política de la potencia mundial hegemónica, a través de cabilderos y hasta de tanques pensantes –muchos de ellos comprados por dinero saudí. Una independencia con cuya demostración los supuestos centristas pretenden librarse de los sambenitos que el castrismo ha conseguido lanzar sobre todos los que lo enfrentamos de manera abierta. El problema de raíz, el que debe ser atacado, es que en Cuba tenemos una derecha camaleónica, que suele dárselas de izquierda.

Una derecha incapaz de ceder, que se opone y se opondrá siempre, no importa las carantoñas que le hagamos, a lo que todos los demás queremos para Cuba.

Una derecha que histórica e histriónicamente ha sabido enlazar sus intereses a los de las izquierdas occidentales, y que ahora intenta hacer una jugada maestra: Pretende, sin romper esos lazos, acercarse también a las derechas.

Se impone cerrar filas ante esa derecha, no desgastarnos en discusiones bizantinas que lo que hacen es llevarnos al terreno teórico preparado de antemano por ella, admitiendo falsos, equívocos supuestos, que ella misma ha sabido imponernos.

Porque el asunto no es jugar según sus términos y categorías, sino según los nuestros.

A propósito de Cataluña.

 Miles de catalanes se manifiestan para reclamar independencia y pacto fiscal

Decía Fernando Pessoa, en un artículo homónimo, que su patria era la lengua portuguesa. Para mí igualmente, solo que en mi caso es esa lengua que usaban todos los ibéricos al pasar a Las Españas americanas, desde el portugués hasta el catalán o el vasco: la de Cervantes.

Según Jorge Mañach las letras nacen de un sentido de pasado al servicio de una imagen de futuro. Son por lo tanto una interpretación del pasado y una idea del futuro, expresadas ambas en una lengua determinada. Lo cual implica en primer término que no poco de lo que contiene esa interpretación sea intraducible, incomunicable a otras lenguas. En segundo, el que la idea de futuro del hombre de letras incluya necesariamente la aspiración a que, en ese futuro imaginado, el idioma en que ahora lo imagina, su idioma, exista aún.

No es esto más que un reflejo de la humana voluntad de trascender a la personal circunstancia, más aguda que nadie en el literato. Porque si en ese futuro la lengua con que ahora se lo piensa se conservase viva, el pasado, que es ahora el presente del que sueña, será pensado en una interpretación traducible y directamente derivada de la del soñador. Quien por lo tanto contará con una posibilidad más cierta de dejar alguna influencia sobre los que vengan después, de no “haber vivido en vano”.

A  esto se reduce mi patriotismo de hombre de letras, y de soñador incorregible.

Tengo así por los grandes héroes de este, mi tiempo, a aquellos que en un futuro tendrán un papel muchísimo más importante en el relato histórico de este presente de lo que en él tienen en los espacios de los medios contemporáneos, grandes o chicos, o en la cultura de masas y hasta en la de élite: a los humildes mejicanos y centroamericanos que sin clara conciencia de ello han emprendido una Guerra de Reconquista semejante a la ibérica, y que terminará por reconvertir a buena parte de los EE.UU. de angloparlantes en cervantinos.

No es por tanto ese patriotismo mío como otros patriotismos ibéricos: bélico, guapetón, demasiado apegado a la honra, al no ceder. En la esencia de mi cervantismo, y no podía ser de otra manera en una línea de pensamiento que procede de Erasmo, no está el querer imponerse a los demás a la brava.

Estoy por infiltrar desde la humildad, desde el sembrado de tomates o la cocina, por ir desde allí renombrando las cosas, armando historias de la cotidianeidad que reemplacen poco a poco a Santa Claus con la Llorona. Por la afinación cada día mayor de una lengua ya de por sí mucho más apta que el inglés para convertirse en la lingua franca de un futuro mundo que no viva con la obsesión de los angloparlantes por el profit y el comfort.

Mi patriotismo por lo tanto no está por obligar a seguirme a la fuerza, a bastonazos de la policía, o mediante la amenaza del presidio político, como ocurre hoy en Cataluña de la mano de una clase política matritense que no es otra cosa que la heredera de una transición inconclusa a la verdadera democracia, la republicana.

Ninguna Constitución puede obligar a un conjunto humano, bien definido nacionalmente, con lengua y cultura propias que se hunden en la noche de los siglos, con un idioma que es el único en el reino que no ha cedido un kilómetro cuadrado al castellano desde 1300, a mantenerse ligado al estado definido por esa Constitución, cuando la mayoría de los miembros de dicho conjunto ya no quieren mantener esos lazos.

Ello no es más que un disparate, el mismo que ya se cometió con respecto a Cuba, que no solo le costó la vida a varias decenas de miles de jóvenes españoles a fines del siglo XIX, sino que agudizó todas las crisis que arrastraba España desde el siglo XVI, hasta llevarla a la cruel Guerra Civil de entre 1936-39. Porque todo lo sucedido en España en el siglo pasado, y no hablemos de en Cuba, tiene su origen en el trauma común de 1898, que no es sino el resultado del empecinamiento español en no conceder reformas primero, y de no entender después que era tiempo ya de marcharse como un padre. Uno que ha terminado por comprender que ya es tiempo de que su hijo ponga tienda aparte.

No quiero la disgregación de España, me duele que tal ocurra. Como mismo a los más preclaros cubanos del diecinueve, Martí entre ellos, les dolía separarse de la Patria donde todos tenemos nuestras raíces comunes (aquí hasta el más prieto tiene de isleño, de curro o hasta de catalán), a la vez que advertían de paso lo solos que quedábamos frente al gigante americano. Pero no se puede imponer al otro lo que ese otro no desea.

En España la clase política debe de acabar de entender que el empecinamiento, el no dar el brazo a torcer, no son virtudes políticas, sino el peor defecto que compartimos en todas Las Españas, legado de la Madre Patria.

Pero no es solo un problema de idiosincrasia española. Detrás del asunto catalán se descubren otras constantes de nuestro tiempo.

Debe ponerse término a esa política de élites que algunos, precisamente los miembros más conspicuos de las mismas, pretenden hacer pasar por democrática. Porque algunos, los más educados y con mayor acceso a los medios (sino sus dueños), al poder político y al capital económico (sino sus poseedores), lo que llamamos la Internacional de las Transnacionales, se dedican hoy día a hacer la verdadera política tras bambalinas, en el supuesto de que ellos si saben lo mejor para todos (que casualidad: lo mismo que pensaban de sí Fidel Castro o Francisco Franco).

Lo cual no discuto, y va y es cierto. Por lo menos lo es en cuanto a la urgente necesidad de una unificación global. Mas los recursos de que se valen: la manipulación de las masas, en el mejor de los casos, y la aplicación de la fuerza monda y lironda, en el peor, solo le abren la puerta a esta ola de antiglobalismo que hoy recorre el mundo de un polo al otro, a este regreso a la tribu y los fundamentalismos religiosos musulmanes, hindúes, cristianos… a un mundo en definitiva tan dividido como no se veía a posteriori de 1945.

Que en 1787 se elaborara y aprobara una Constitución por los miembros de la proto Internacional referida, de espaldas al pueblo, y con el evidente apoyo de aquellos que necesitaban de un marco legal uniforme para poder cobrar lo que se les adeudaba, pase. Hablamos de fines del siglo XVIII, cuando en Inglaterra, la nación más participativa de ese entonces, la cantidad de personas con derecho al voto activo estaba por debajo del 20% de la población masculina adulta. Mas no que tal ocurra hoy, cuando se supone que hemos avanzado un largo trecho en el camino de la democratización, de la difusión de la soberanía popular y de la afirmación de los derechos civiles y políticos.

Es desalentador, pero hasta en la región más avanzada del mundo, la Europa Comunitaria, se han aplicado mecanismos anti-democráticos como el del libretazo de la Constitución Europea de 2004: Recordemos que ante la negativa de los referendos francés y holandés casi todos los demás estados se apresuraron a sustituir la consulta popular por la vía parlamentaria. O lo que es lo mismo, “los que saben” se apresuraron a sacar de las manos de “los que no” una decisión tan trascendental.

¿Qué el ciudadano de hoy está muy encerrado en su burbuja de libertad moderna (aproximadamente eso que Isaiah Berlin, en su simplificación del pensamiento de Benjamín Constant, llamaba libertad negativa), como para dejar en tan limitadas manos el gobierno de los asuntos de un mundo humano enfrentado a la peor de sus crisis, por lo menos desde el final de la última Era Glacial?

Pero no debe de olvidarse que a esa burbuja lo empujó precisamente la Internacional referida, con el fin de reconvertirlo de un individuo que no hacía crecer la economía de manera continua, en el consumidor insaciable que se ocuparía de hacerlo, a partir de ese momento a principios del siglo pasado en que la Humanidad comenzó a alcanzar los límites que le impone el planeta.

Los ciudadanos de Catalunya son entes soberanos, y no se los puede obligar, ni mediante la presión económica, que vulnera sus derechos económicos y sociales, ni mediante la fuerza militar y policial, que pisotea sus derechos civiles y políticos. Admítase de una buena vez esta verdad, y no queramos seguir jugando a gobernar al mundo tras bambalinas.

Somos muchos los que compartimos sus objetivos generales, pero no sus métodos antidemocráticos. No sigan apartándonos con sus trampas, sus manipulaciones, o hasta con la fuerza, que no todos tenemos la suficiente claridad para no caer en las manos non sanctas que hoy proliferan en este mundo amenazado por los tribalismos y los fundamentalistas.

En cuanto a Cataluña, lo que cabe es que el estado español organice allí un referendo, al tiempo que los defensores de la unidad española presentan un nuevo modelo de estado, quizás una República Confederal… Pero más que nada que se respete lo que el pueblo catalán decida en las urnas.

Si después no les va bien con su independencia, pues es su asunto.

La libertad verdadera es aquella que nos da el derecho a equivocarnos una y mil veces. E incluso a rectificar, que va y si por allá por España lo morado se une a lo confederal, quizás hasta le pidamos membresía en su organización a Ferrán Núñez. Pero quede claro: En la nueva España nada de coronas, de títulos, o del ABC ese al que tanto le gusta a Mariela Castro darle entrevistas; y muchísimo menos de Madrid como el ombligo del Mundo, que a mí en primer lugar me duerme el balompié, y el mucho color blanco me emperra la migraña.

Más allá de la burbuja de libertad negativa.

“Ningún otro proyecto individual será tan impresionante para la humanidad ni más importante que los viajes de largo alcance al espacio; y ninguno será tan difícil y costoso de conseguir.”

John F. Kennedy.

José Gabriel Barrenechea.

Mientras más reducido es el espacio en que se vive, mientras mayor es el amontonamiento humano, más inevitable resulta el establecer un cada vez mayor número de regulaciones que ayuden a mantener la convivencia y a su vez a preservar vivible el medio compartido. El hombre que habita junto a otras diez personas en un apartamento de cincuenta metros cuadrados no disfruta de la misma libertad que aquel que vive solo, en un château en medio de la campiña. En el primer caso la promiscuidad obliga a establecer un enorme número de reglas de convivencia; en el segundo esas reglas son mínimas, si acaso las que debe mantener en su trato ocasional con el repartidor del periódico, con la señora que limpia una vez a la semana, o con los vecinos de las distantes propiedades que circundan la suya.

La Humanidad vive amontonada en un espacio cada vez más limitado: La Tierra. Un espacio, o más bien una superficie, en la cual los recursos son cada vez más escasos, y en que incluso pequeñas acciones pueden alterar el precario equilibrio entre los humanos, la biosfera, la atmósfera, el suelo y los océanos. Es por ello que las regulaciones se multiplican, sobre todo aquellas dirigidas a limitar lo que puede hacer el propietario con lo poseído. Lo cual es completamente paradójico, porque resulta que nuestro sistema económico mercantil no puede vivir sin crecer, y en nuestro actual encierro planetario no hemos encontrado otro remedio a esa necesidad de crecimiento, que al promover el consumo compulsivo por el individuo desde pequeñas burbujas de libertad negativa.

O sea, por un lado estamos obligados a limitar esos espacios de libertad negativa, sobre todo para establecer un control de los recursos cada vez más escasos, y por el otro a estimularlos, sobre todo para que desde ellos los individuos impulsen el crecimiento económico.

No obstante, la solución no es tan obvia como los enemigos acérrimos del Mercado suponen. Es cierto que el sistema económico mercantil no puede vivir sin crecer, más no nos apuremos en indignarnos contra el crecimiento y clamar por un bucólico desarrollo sostenible. En primer lugar el Segundo Principio de la Termodinámica impide de manera enfática ese imposible tan imposible como el perpetuum mobile: ningún desarrollo será jamás sostenible, “amigable” con el medio en que se produce; en segundo, la necesidad de crecimiento del sistema mercantil responde en última instancia a una necesidad humana más profunda: La Humanidad no puede vivir sin crecer constantemente en todos los sentidos. Intensiva y extensivamente.

Es indiscutible que en la Tierra se requiere ya, de manera urgente, abandonar al sistema mercantil como el dominante en nuestra economía, y a la vez establecer un gobierno mundial único. Pero se requiere para suplir dos necesidades del momento, circunstanciales: Para controlar de manera estricta nuestra interacción con un medio cada vez más frágil; y para privilegiar el destino de nuestros recursos hacia la preparación del gran salto fuera de los límites de este planeta.

Lo segundo es incomparablemente más importante que lo primero, y esa prioridad explica, en un final, la circunstancialidad del abandono, o del establecimiento, mencionados en la primera oración del párrafo de arriba.

Incluso si alcanzáramos a establecer a tiempo un gobierno mundial fuerte, y aun si este fuera realmente democrático, inclusivo de todos los humanos, con condiciones de acceso al poder de decisión lo más igualitarias posibles lo mismo para un indio, un camerunés, que para un americano, la sociedad humana encerrada por límites, sobre todo los que le marca la planificación económica, no puede más que languidecer, rápido o poco a poco, hasta regresar a estadios sociales que por  sí mismos se ocuparán de rebajar la población mundial, o su capacidad de consumo, hasta números que volverán a estar muy lejos de los límites terráqueos.

Ya ha ocurrido con las primeras sociedades del neolítico, asentadas en los márgenes de los grandes ríos. Contrario al criterio general del público, dichas sociedades al permanecer aisladas por una u otra razón caían tarde o temprano en una decadencia de las que solo las salvaba la llegada de algún pueblo nómada. Constreñidas a sus pequeños espacios dichas sociedades se cargaban de regulaciones y estratificaciones que las debilitaban al punto que cualquier pequeña catástrofe, o minúscula banda de extranjeros libres, las hacían caer rendidas.

Otro buen ejemplo es el caso soviético. La URSS creció, es cierto, pero por el estímulo externo que representaba la necesidad de competir y defenderse del Mundo Libre. De haber el Ejército Rojo conseguido seguir más allá de Varsovia en 1920, hasta dejar a todo el mundo convertido al “socialismo” soviético antes de 1925, no caben dudas: el Sputnik nunca se hubiera elevado más allá de la atmosfera terrestre.

Un cúmulo de razones conducen a esa Humanidad, encerrada de manera definitiva en el planeta Tierra, a esa inevitable involución. Solo señalaré aquí dos:

1-La propia naturaleza creciente de los controles necesarios para mantener la convivencia amontonada. Existe un momento crítico en que tanto control necesariamente se comienza a retroalimentar a sí mismo, incluso más allá de las verdaderas necesidades de control del momento, para degenerar en el inevitable estado totalitario. El equilibrio de orden y libertad es muy precario en las sociedades humanas, y solo se evita la recaída en la estructura totalitaria y estratificada con la existencia de zonas que escapan a cualquier control, donde el individuo puede ser libre, y darle el ejemplo de esa libertad incluso a aquellos que al hallarse en el centro mismo de la sociedad no pueden vivir más que de manera muy limitada la libertad. Sin esas áreas de libertad periféricas, como ocurrirá necesariamente en una Humanidad encerrada en la Tierra, la abundancia de normas terminará por empoderar hasta al infinito al gobierno mundial único en detrimento de los individuos; y esta involución es inevitable por más democrático que haya sido ese gobierno en sus inicios.

2-En un mundo humano que se asemeja más a una prisión panóptica que a ese hogar desde cuya ventana observamos de niños el anchuroso e ilimitado mundo que se abre ante nuestras ilusiones, la ausencia de horizontes a los que dirigir la imaginación terminará por anquilosarla. De hecho es lo que ya ocurre hoy, en este mundo en que la falta de reales expectativas para los individuos imaginativos han ido creando este establo actual, en que consumimos desde cubículos cada vez más y más pequeños, y en que el crecimiento y el desarrollo no son el resultado de la ocupación de nuevos espacios extensivos, sino por el intensivismo de economías minuciosas, más preocupadas de detalles superfluos que de verdaderas cuestiones humanas. Un mundo en que la fantasía, moribunda, no hace más que reciclar una y otra vez los productos de generaciones muy anteriores. Aquellas últimas en que ese epítome del hombre individual, el explorador, pudo enfrentarse solo valido de sus habilidades a las maravillas que siempre habitan más allá del horizonte opresivo que encierra al hombre social, ese demasiado amontonado en el centro de su sociedad.

Hoy la imaginación ha llegado a ser ese estado mecánico en que los niños repiten una y otra vez las mismas operaciones en sus juegos virtuales, a salvo en sus burbujas de seguridad; no el recurso supremo que es en verdad para enfrentar lo inesperado, para no aterrarse ante lo maravilloso.

El desarrollo solo sirve para permitirnos suplir nuestra principal necesidad: hacernos más libres, más libres no en cuanto al número de caminos abiertos ante nuestros pies, sino en cuanto a los recursos para saltar sobre lo que hoy nos constriñe, y dejar así a quienes nos siguen en la próxima generación sus propias constricciones. Es una perversión creer que consiste en hacernos cada vez más y más confortable este limitado corral de libertad negativa, que por demás cada día se nos hace más y más pequeño, en un piso en que miles de millones compartimos hacinados unos pocos metros cuadrados de superficie.

La sociedad humana siempre debe tener una última frontera. Entre límites externos estrictos, que a su vez multiplican hasta el infinito las regulaciones inter-humanas, los humanos nos ahogaremos de claustrofobia; pero sobre todo por la limitación de nuestra naturaleza creadora y nuestra insaciable ansia de libertad. Por no decir que es iluso esperar que una autoridad como la que estamos obligados a establecer no se convierta con el tiempo en la peor y más totalitaria dictadura que alguna vez haya vivido la Humanidad. No en balde a un tan conspicuo amante de los totalitarismos como Fidel Castro le parecía tan imposible que alguna vez consiguiéramos dejar la Tierra: En realidad no es que no lo creyera, sino que la alternativa le resultaba tan apetecible que rechazaba con repugnancia la posibilidad de abandonar una caldera a presión en que se podría moldear la Humanidad tan al gusto de individuos como él.

Sobre la imposibilidad de los viajes a larga distancia en el espacio extraterrestre es bueno traer a colación una conocida anécdota: En sus últimos años una de las mentes más brillantes del diecinueve, William Thomson, Lord Kelvin, afirmaba que era imposible que el hombre volara algún día en una máquina de mayor densidad que la del aire. Solo un par de años, por cierto, antes de que los hermanos Wright demostraran plenamente lo contrario.

La solución a nuestras necesidades del momento es el gobierno mundial establecido con un fin prioritario, y circunstancial: Concentrar nuestros recursos para comenzar la conquista de los vastos espacios fuera de la superficie de la Tierra.

Ya establecidas las primeras colonias, estas, al interactuar con la superpoblada Tierra, evitarán el totalitarismo que se cierne sobre una sociedad demasiado regulada ya no solo por el estatismo sino hasta por los consumismos de corral de oro. Lo conseguirán con su reflujo constante de “exteriores”, de colonos, que por vivir en la periferia menos regulada traerán constantemente nuevos valores que eviten los procesos de descomposición terráquea en el totalitarismo (tal vez tendrán en un principio más constricciones naturales, dadas por la necesidad de llevar la atmósfera con ellos, por ejemplo, pero sin dudas estarán miles de veces más por su cuenta de lo que cualquier contemporáneo terrícola podría a su vez).

Pero aún más importantes en esta tarea serán los exploradores. Como los occidentales que recorrieron el mundo en la Modernidad, los Stanley, Magallanes, o Cook, cuyo papel en la evolución europea no ha sido todavía suficientemente reconocido, los primeros exploradores serán vitales para que el mundo que quede atrás no termine convertido en eso que Marx llamaba formación despótica asiática. Serán ellos quienes hagan renacer la fantasía, no ese sucedáneo sintético, electrónico, que por tal tenemos hoy; serán ellos quienes hagan que en nuestros niños se encienda esa ansia de amplias praderas reales, más allá de todos los horizontes, que es la única verdadera escuela del amor a la libertad: la máxima aspiración humana, la que nos hace tales.

Es un simple cálculo de invertir hoy para recoger mañana: Limitaremos primero libertades al presente, libertades como la de posesión, sustituiremos el modelo económico actual, basado en el crecimiento a través de la promoción del consumo por los individuos desde confortables burbujas de libertad negativa, por una economía planificada, centralizada de guerra, en el eficiente modelo anglo-americano de la última Guerra Mundial, con el fin de poder volver a lanzar un programa semejante al Apolo de los sesentas del pasado siglo, solo que cien, mil veces más dotado de recursos. Un programa, o un conjunto de ellos, que nos lleven a colonizar Marte, a experimentar ingeniería planetaria en Venus, a establecer grandes colonias minero-industriales más allá de la órbita de Marte… incluso a probar con nuestros medios actuales enviar misiones centenarias a las más próximas estrellas.

Todo ello nos permitirá vivir más humanamente aquí en La Tierra, entre las estrecheces y controles que ya posiblemente nunca abandonaran a los terrícolas, pero con esa libertad que siempre se obtiene de tener un área a dónde largarnos, a dónde el hombre pueda volver a desempeñar su función de explorador, de colonizador, si es que ya el confortable corral lo ahoga.

Para ello se requiere que al menos en las tres grandes potencias globales: EE.UU., Rusia y China, abandonen definitivamente el poder esas clases políticas del otro siglo, de los tiempos de la Guerra Fría. Es por sobre todo necesario que la futura clase política americana comprenda que los tiempos en que su país generaba la mitad del PIB mundial ya han pasado definitivamente, y que ya ellos solos no se bastan para los ingentes desafíos del futuro.

En cuanto a la clase empresarial, y a esa Internacional de las Transnacionales que forman muchos intelectuales relacionadas a ella desde sus “tanques pensantes”, es imprescindible que acaben de entender que si se quiere volver en algún momento futuro a disfrutar de la plena libertad de posesión, y a un libre mercado que suelen elevar a la ridícula categoría de verdad ontológica, se hace necesario abandonar por el momento ciertos derechos humanos, y volver a los crecimientos que reclaman los tiempos: los extensivos.

En cuanto al público, que es un disparate esperar la absoluta seguridad. No existe algo así como un derecho a la vida, tal derecho es un constructo humano, resultado de nuestra capacidad de transformar el medio en que vivimos y depende de la disposición de ciertas mujeres y hombres de poner en riesgo su vida por el bien general. Poner mujeres y hombres en el espacio siempre será un riesgo considerable, y no una, sino muchas misiones terminarán en el fracaso y la muerte de sus integrantes. Pero ello no debe llevar a suspender proyectos, a detener pruebas. Lo que debe ser hecho costará vidas, porque así es el vivir, y esas pérdidas no deben de impactarnos tan profundamente porque en última instancia para quienes se enrolen en tales misiones la vida no es algo que se debe guardar en la seguridad de alguna burbuja, sino un bien para gastarse en lo que debe de ser hecho.

Recordemos siempre que las últimas palabras del pionero de la aviación, Otto Lilienthal, poco antes de morir producto de un accidente aéreo, fueron:

“Es necesario que haya sacrificios”.

El Plebiscito: Nuestra más convincente Arma tras el 19 de abril

No hace mucho cierto catedrático, de eso que llaman filosofía en la Universidad Central de Las Villas, concedió una entrevista al semanario villaclareño Retaguardia. En ella el individuo sostuvo, nada menos, que si algún sistema electoral se parecía al cubano era el suizo.

El creo recordar que doctor, mas no en qué, al parecer se atrevía a afirmar tal al tomar en cuenta una institución que se aplica a medias en una etapa de nuestro proceso electoral, y que ya casi ha desaparecido en Suiza: la nominación en asambleas públicas, a mano alzada, de los candidatos a los ayuntamientos de la comunidad, y de los representantes de esta en la Federación. Lo cierto es, sin embargo, que la Landsgemeinde solo permanece en dos pequeños cantones que no reúnen ni el 1% de la población helvética; mientras en Cuba es de aplicación nacional. Aunque aclaramos que solo para la elección de unos concejales de barrio, los delegados a las Asambleas Municipales del Poder Popular, dotados de muy poco poder dentro del híper-centralizado y vertical estado cubano.

La otra institución que también parece haber llevado al mencionado doctor a tan aventurado, e inexacto juicio, es una que si se aplica en Suiza con regularidad, pero que en Cuba no pasa más allá de estar en las buenas intenciones de la Ley, en la teoría: el plebiscito. En el país europeo se los realiza varias veces en el año; en Cuba, donde está definido como parte importante del sistema político en vigor desde 1976, no obstante nunca se los ha convocado en los 42 años de vigencia de la Constitución en que se sostiene ese orden.

La verdad es que en Cuba los que en realidad mandan, que hasta se las ingenian para pasar por mandatarios ante los ingenuos, demuestran un temor pánico al plebiscito. Al cual, no obstante, mantienen en la letra como parte central del sistema político cubano. En buena medida con el objetivo de permitir que inescrupulosos propagandistas del régimen cubano, como el Doctor Mirabilis de marras, hagan creer a públicos escasamente informados de la realidad cubana que aquí vivimos en una democracia directa.

Es tal el miedo de quienes mandan al plebiscito, que cuando en 1992 ingeniaron plebiscitarle a la ciudadanía, en sus municipios, una lista de delegados provinciales y otra de diputados, se tomaron el cuidado de organizar esos plebiscitos de modo que el electorado no tuviera la opción real de rechazar dichas listas. Lo cual se logra con el muy simple artificio legal de considerar voto válido solo aquel en que se vote afirmativamente por uno, por varios, o por todos los integrantes de la lista, mientras a su vez el voto contrario a la propuesta completa, o voto en blanco, pasa a considerarse no válido.

Aclaro que si en 1992 se echó mano del plebiscito, no fue porque quienes mandaban demostraran alguna preferencia por él, sino porque los legisladores designados para ello no consiguieron ingeniar un mejor mecanismo, capaz de permitir hacer, de manera creíble, lo que se pretendía: En apariencias llevar a “elecciones” populares los asientos en las asambleas provinciales, y en la Asamblea Nacional, los cuales hasta entonces se elegían por las asambleas municipales, sin participación del electorado; pero llevarlos a “elecciones” sin realmente dejar en el voto de los electores la posibilidad de decidir, y sobre todo sin verse obligados a dejar en manos de los ciudadanos el proceso de nominación de los candidatos que aparecerían en las listas. Proceso de nominación que, por otra parte, debido a los enormes números de electores ahora involucrados, no podrían realizarse por el mecanismo en que se nominaba a los candidatos a delegados a las asambleas municipales: en asambleas públicas y a mano alzada.

El miedo del régimen castrista a dejar en manos de los ciudadanos la posibilidad de decidir sobre cualquier cuestión de peso, afirmativa o negativamente, se transparenta en el hecho de que la única vez en que se “consultó” al supuesto soberano, el pueblo, sobre un asunto clave: la reforma constitucional de junio de 2002 que haría irreformable la Constitución, se prefirió hacerlo mediante el uso de un subterfugio legal, y no a través de lo legislado en el Título IX de la Ley Electoral. Un recurso mediante el cual no se pediría decidir de manera secreta, al marcar sí, o no, sino apoyar públicamente, con la firma.

El subterfugio seguido fue este: Como la iniciativa de las leyes, según el artículo 88 de la Constitución, compete entre otros “al Comité Nacional de la Central de Trabajadores de Cuba y a las Direcciones Nacionales de las demás organizaciones de masas y sociales”, se optó por montar un proceso de recogida de firmas por estas organizaciones. Un proceso que aunque evidentemente partió de Fidel Castro en persona, y se realizó con el apoyo logístico total de las infraestructuras del estado, se presentó cual si procediese de una propuesta de las direcciones nacionales mencionadas: de la CTC, los CDR, la ANAP, la FMC, la FEU, la FEEM, y como asunto que corría por entero a su cargo. Organizaciones las cuales, no debe de pasarse por alto, al menos a excepción de la CTC y la FEU, no cuentan con mecanismos democráticos, creíbles, de elección de esas dirigencias nacionales.

Una vez conseguido entre los días 15, 16 y 17 de junio el masivo apoyo en firmas para la propuesta, la misma fue presentada a la Asamblea Nacional, que sumarísimamente y por unanimidad la aprobó el 26 de junio de 2002. Con lo que se dio así por concluido el proceso de reforma constitucional.

Mediante este subterfugio se evitaron los riesgos del tan temido plebiscito. El ciudadano no tuvo la posibilidad de elegir de manera secreta entre dar su apoyo, o negárselo, a la propuesta de reforma constitucional. Por el contrario, se lo convocó como a un acto patriótico, que ningún buen cubano que mereciera vivir en Cuba dejaría de realizar. Se lo convocó a irse hasta uno de aquellos libros que amanecieron el día 15 en cada esquina del país, entre banderas e himnos patrióticos, a estampar en él y de manera pública su firma de apoyo. A aprobar con su firma, frente a sus vecinos o compañeros de trabajo, una reforma que la omnipresente propaganda oficial sostenía que, de alguna manera esotérica, iba a evitar el ya inminente ataque a nuestro país por George W Bush. Todo ello, por lo tanto, en medio de una desenfrenada atmósfera histérica, en que se presentaba a dicha reforma de manera semejante a como en los EE.UU. de entonces a la Ley Patriótica del 26 de octubre de 2001.

De manera pública, no secreta, lo que lógicamente implicaba que el negarse a hacerlo también sería un acto público. Aun cuando usted fuera plenamente consciente de que la reforma no iba dirigida contra las travesuras de George W. Bush, que por entonces amenazaba a cuanto rincón oscuro fuera de Texas y los turbios negocios de su familia hubiera en este mundo, sino contra el presidente Carter, a quien por esos días se le permitió acceder a los medios oficiales cubanos, y que desde allí se había atrevido a hacer una defensa de la necesidad para la sociedad cubana de considerar propuestas como el Proyecto Varela.

Un subterfugio no legal, en definitiva. Y es que la reforma propuesta giraba alrededor de la adopción de un número de cláusulas irreformables, lo cual implicaba limitación de las facultades de la Asamblea Nacional, ya que de adoptarse dichas cláusulas perdería ella su  anterior facultad de reformar de manera total la Constitución. Para cuyo caso, el de adquisición o pérdida de facultades de la Asamblea a resultas de una reforma, el artículo 137 resultaba claro: “Si la reforma es total o se refiere a la integración y facultades de la Asamblea Nacional del Poder Popular… requiere, además, la ratificación por el voto favorable de la mayoría de los ciudadanos con derecho electoral, en referendo convocado por la propia Asamblea.”

O sea, que como con la reforma la Asamblea Nacional perdía facultades, no bastaba con el proceso de recogida de firmas y su posterior aprobación por la Asamblea misma. La propuesta para llegar a convertirse en reforma constitucional, legalmente adoptada, debía llevarse finalmente a referendo[i].

Ilegalidad ante la cual no cabe argüir, como en su momento Fidel Castro mismo, la falta de necesidad de convocar a ese plebiscito, en vistas del número aplastante de firmas recogidas en apoyo a la propuesta. En primer lugar porque tal excepción de que un número suficiente de firmas anulara la necesidad de convocar a un plebiscito no estaba, ni está aun hoy en la Constitución, y porque no es el mismo proceso aquel por el cual se reunió ese asentimiento escrito, que el que en su Título IX, artículos de 162 a 170, estatuye la Ley Electoral para el mecanismo de consulta popular por el cual es legal recoger un asentimiento, o disentimiento, popular: el referendo.

Lo cierto es que el plebiscito solo forma parte sistema político cubano, en la letra, en teoría, como un hábil recurso para confundir y manipular a aquellos que no conocen la realidad de Cuba. El híper-centralizado y vertical estado cubano no consulta a la ciudadanía, al menos no de manera en que esta tenga la verdadera oportunidad de oponerse a lo que los que mandan creen debe de hacerse: Si al compañero Raúl Castro, tras uno de sus frecuente viajes en la madrugada al baño, le da por pensar que la panacea cubana es aumentar la edad de retiro, “será así y san se acabó”. Independientemente de que para mantener las formas se organice un programa de asambleas para “consultar” a los trabajadores, y de lo que estos opinen en dichas asambleas.

No obstante, el referendo está ahí, en la Constitución, en la Ley Electoral, y en las expectativas que a los “amigos de afuera” les han creado propagandistas como el catedrático de marras. El referendo está ahí, y es hoy por hoy el más importante recurso legal con que contamos los que buscamos democratizar a Cuba; sobre todo tras el incuestionable éxito de las pasadas elecciones del 11 de marzo, en que poco más de un 17% del electorado se negó a salir a votar, y en que en La Habana el voto selectivo alcanzó a ser la cuarta parte del voto válido[ii].

Preguntémonos: ¿Si uno de cada seis cubanos con derecho al sufragio activo se atrevió a expresar públicamente su disconformidad con un sistema político en que constantemente se llama a la unidad monolítica, a la incondicionalidad al régimen, sus dirigentes y sus instituciones, qué ocurrirá cuando todos los ciudadanos tengan la ocasión de expresarse positiva, o negativamente, acerca de un asusto cualquiera?; por ejemplo, acerca de las tan anunciadas y dilatadas próximas reformas a la Constitución.

Pidamos que se sometan a referendo, como corresponde legalmente, las próximas reformas constitucionales, pero no nos quedemos ahí: Pidamos que se active el referendo como parte fundamental de esa supuesta democracia directa que los jerarcas del régimen y sus propagandistas sostienen es el sistema político cubano. Pidamos que se establezca como costumbre, o como ley escrita, que por lo menos dos veces al año la Asamblea Nacional deba llamar a referendo popular.

Este es un mecanismo de promoción cívica, de socialización y hasta de fiesta popular, y en todo caso no cabe que se arguya por jerarcas y propagandistas que sería demasiado molestar a la ciudadanía al ocuparle varios domingos del año. Al menos no cabe en un país en que esos mismos jerarcas y propagandistas se han dedicado, por décadas, a promover la utilización del domingo no para descansar, o hacer lo que se le venga en ganas a las familias, sino para hacer trabajo voluntario. Por demás nadie puede negar a estas alturas de nuestra experiencia colectiva que par de domingos del año, utilizados para consultar a la ciudadanía, tendrían mayor utilidad social que doce dedicados a hacer trabajo voluntario.

Nada puede juntar más voluntades alrededor de la democratización que el pedido de hacer efectivo el mecanismo plebiscitario dentro del sistema político cubano: Une en un objetivo a quienes disentimos abiertamente; a quienes no se atreven a romper de manera abierta, precisamente por sostener que dentro del sistema político actual hay recursos, como el referendo, que sirven para reformarlo desde dentro; a los propios jerarcas y propagandistas del régimen, que no pueden desdecirse tan descaradamente, mucho más a posteriori del 19 de abril… Incluso pone de nuestro lado a quienes en el exterior aún se tragan discursos como los de Ricardo Alarcón de Quesada, Iroel “Risitas” Sánchez, Rosa Miriam Elizalde, Cristina Escobar, Sergio Alejandro Gómez… sobre la democracia más plena que haya visto jamás el mundo.

Obligar al régimen a someter a referendo el que la ciudadanía tenga o no el derecho a volver a ser consultada, eso al menos, es ya un paso gigantesco, sin vuelta atrás. Con ello pondríamos en manos de los cubanos de hoy la posibilidad de responder sí, o no, a una cuestión presentada por ese estado que se ha abrogado todas las atribuciones y derechos en detrimento nuestro. Algo que por última vez tuvieron la oportunidad de hacer nuestros abuelos, aquel ya remotísimo 24 de febrero de 1976. Cuando atrapados en la ola de expectativas que levantó la Institucionalización, sobre todo ilusionados con la promesa, repetida muchas veces por aquellos días, de que a partir de ese referendo ya nunca se dejaría de consultárselos sobre las cuestiones vitales del país, nuestros abuelos dieron su asentimiento a la actual Constitución de la República.

[i] Contrario a lo que muchos ahora pretenden, Fidel Castro y los legisladores que prepararon con él la reforma no tenían un pelo de bobos: Sabían que no bastaba legalmente con el proceso de recogida de firmas, y que al no permitir que se convocara el plebiscito dejaban su reforma en la ilegalidad. Es por ello que en el nuevo artículo 137 de la Constitución, tras la reforma de 2002, eliminaron la referencia del primer párrafo a la facultad de la Asamblea para reformar totalmente la Constitución, pero la mantuvieron en el segundo. De este modo se admite en el primer párrafo que la Asamblea ya no tiene esa facultad que ahora le limitan las clausulas irreformables, mientras al mantener la redacción del segundo párrafo intacta se consigue tener un recurso para redirigir, y hacer caer al lector desatento en la impresión de que nada se ha cambiado en las facultades de la Asamblea.

La realidad es que como definen las clausulas adicionadas por sí mismas, ya la Asamblea no puede reformar de manera total la Constitución, y que esa palabra total que aparece en el segundo párrafo del artículo 137 solo está allí para confundir. Así, si lo que se pretende es señalar el carácter irreformable de la Constitución, los exégetas del régimen podrán referirse al primer párrafo, pero si lo que quieran es salirle al paso a aquellos que ponen en cuestión el procedimiento para la reforma constitucional del 2002, tratarán de enfocar nuestra atención en el intacto párrafo segundo.

Recordemos que Fidel Castro puede que no asistiera mucho a clases en su facultad de derecho, pero sin dudas ha sido uno de los cubanos más inteligentes de todos los tiempos.

[ii] El voto selectivo pasó de 18,70% del voto válido en 2013, a 19,56% ahora. Un crecimiento considerable si consideramos que en el 2013 participó el 90,88% de los electores, y ahora poco menos del 83%: sin lugar a dudas muchos de los que se sumaron a las filas de los que se abstienen de votar procedían precisamente de las filas del voto selectivo.

Las formas de la Idea de Cuba y su desenvolvimiento histórico: De Varela a Martí.

¨José Martí¨, pintura de José Mederos

1.

Partamos de afirmar que, desde el punto de vista de quienes hemos soñado siempre con obtener colectivamente la mayor ventaja de la Isla en que nos tocó nacer, las ideas de Cuba adoptan a lo largo de su historia tres formas básicas: Como Ideíta, como Idea propiamente dicha, y finalmente como Ideota.

Como todo suele ir de lo mínimo a lo desmesurado, la primera que surge, claro está, es la Ideíta. Es ella producto de algunos prohombres de la Generación de 1793, por sobre todo de uno de los más grandes estadistas que las Américas hayan dado a lo largo de su historia: Don Francisco de Arango y Parreño. Le sigue la Idea, y tiene un muy bien determinado lugar de nacimiento, el Seminario San Carlos y San Ambrosio, y un partero ilustrísimo, el Padre Varela. Finalmente aparece la Ideota, y es nada menos que obra de un individuo injustamente relegado en nuestra historia, el santaclareño Eduardo Machado. ¿Cuándo…? Pues cuando este pilongo, uno de los cubanos más inteligentes y cultos de todos los tiempos, se convierta en el único representante del Gobierno en Armas en oponerse de plano al pedido de anexión que firmaran Céspedes, Agramonte, Cisneros Betancourt… y si los hubiesen dejado y hubieran sabido hacerlo hasta los negros que servían de ayudantes a cualquiera de estos personajes.

Aclaro aquí que me refiero a las ideas de Cuba, no a esa absoluta falta de ellas que puede apreciarse en alzamientos de vegueros isleños o los más frecuentes de negros esclavos; en general en toda respuesta instintiva de los de abajo ante imposiciones desacostumbradas o injustas por los de arriba. Tener una idea de Cuba implica superar el limitado ámbito del individuo particular cuyos intereses no se mueven más allá del portón del Ingenio, de las últimas casas del pueblo, o de los límites estrechos del barrio habanero, de sus intereses personales y familiares más primarios e inmediatos; tener en fin un plan concreto de cómo solucionar de manera permanente las causas de la injusticia que se ha sufrido, o del problema que se enfrenta. En este sentido el haber concienciado, al menos de la manera más elemental, el intrincado contexto internacional en que siempre ha vivido la Isla, es condición indispensable para que el producto final del pensador en cuestión pueda considerarse una idea de Cuba.

Las tres ideas de Cuba no siguen trayectorias separadas, en que cada uno de quienes le dan vida en un instante determinado pueda afirmar a la suya libre y pura de la influencia de las ajenas. Tampoco hay una continuidad histórica estricta de las mismas. No es infrecuente en nuestra historia que la Ideíta se transforme en Idea, o ésta en Ideota, pero tampoco es raro que entre Ideíta e Ideota, o a la inversa, haya continuidad inmediata.

La realidad es que no solo no habría podido surgir la Idea sin la existencia previa de la ideíta, sino que para mantenerse ella misma necesita constantemente contrastarse con esta y con la ideota. Sin las cortedades de la ideíta, y las desmesuras de la ideota, muy difícilmente seríamos capaces de encontrar ese más realista punto medio, ese nacionalismo racionalista y cosmopolita, que es en esencia la Idea.

En consecuencia las tres estarán siempre presentes en los imaginarios de la Nación Cubana, como mismo siempre habrá en su cuerpo social individuos con toda su atención volcada a los asuntos económicos más prosaicos, a un tiempo que visionarios, iluminados, charlatanes, pícaros y toda esa ralea de “anormales” que le dan color a cualquier nación de fuste.

Y es que puede afirmarse que el día que no los haya ya no hablaremos de nación, sino de rebaño.

Dos son los puntos que nos permiten clasificar en alguna de las tres categorías antedichas a cualquier representación de lo cubano: La percepción que de la situación internacional de la Isla tiene cada uno de los que le dan vida, previa concienciación de la misma; y el punto de vista que sobre la participación de los cubanos en el gobierno de la sociedad isleña (y más allá) se tiene en cada una de ellas.

La ideíta, aunque ha comprendido lo privilegiado de la posición de la Isla, sobre todo desde el punto de vista económico, siempre ha supuesto que lo mejor es mantenerla enlazada a alguno de los centros de poder mundial que la apetecen. Ante los riesgos que traería la independencia política, al convertir a la Isla en el campo de batalla literal, ya no diplomático o comercial, de los Imperios Mundiales, los ideitosos han preferido siempre arrimarse, subordinarse a uno de ellos. Con lo que, sin embargo, terminan por limitar y hasta hacer desaparecer sus posibilidades, al convertirla de encrucijada de los caminos mundiales en área subordinada del Imperio Mundial escogido (bastante lo demuestran el desenvolvimiento histórico de nuestras dependencias políticas y económicas unilaterales a España y los EE.UU.).

En cuanto a la posición de la ciudadanía, en el modelo de convivencia por ella preferido, la ideíta siempre ha sostenido un punto de vista elitista: Para los ideitosos el pueblo cubano o no importa, al promover un modelo de sociedad estratificado semejante a la inglesa de la primera mitad del siglo XIX, o en todo, si demócratas, han supuesto que es endémicamente incapaz de gobernarse a sí mismo, y que por tanto o necesita de un poder fuerte extraterritorial que lo gobierne por los siglos de los siglos, o al menos que lo eduque poco a poco en el mejor gobierno democrático, para que solo así se justifique algún día una posible independencia política (allá por las calendas griegas, y en el caso específico de los autonomistas, para el más lejano día en que la política española consiga abandonar sus innumerables vicios de fondo).

Es de destacar que la ideíta siempre está asociada a una magnificación de lo económico, y por tanto en su ideación está muy asociada a los intereses más prosaicos de sus promotores. En este sentido es bueno aclarar que a semejanza del hombre común antes mencionado, el ecónomo no suele tampoco necesitar vitalmente de las ideas. Pero lo que lo diferencia radicalmente del hombre común, que en su lugar tiene tradiciones y costumbres, es que en su caso además suele tener ambiciones e intereses, y ya se sabe que los tales suelen hacer que el mundo de quien los posee no se restrinja al limitado espacio de vida del hombre común de la época respectiva. Y en ese vasto espacio que está más allá de lo tangible el ecónomo necesariamente tiene que echar mano de ideas que lo ayuden a conducirse en él. La ideíta, en el caso cubano, sea como autonomismo, reformismo, anexionismo, plattismo… por lo general es la llamada a cumplir esa función; aunque aclaramos que no siempre, que no todos los ecónomos son recortados de algún molde platónico.

El sostenedor de la Ideota, por el contrario, es un individuo que no logra nunca percibir con claridad la situación de la Isla en el contexto internacional, con su atención demasiado volcada a lo que considera es más que nada un proceso interno, autárquico, de evolución insular. De hecho para el ideotoso el contexto internacional se convierte en algo abstruso, en el gran peligro y el obstáculo a esa evolución insular que debería de seguir la Isla en el mejor de los mundos posibles: Aquel en que Cuba reposará en la cara oculta de la Luna, bien resguardada de cualquier influencia foránea, aun alienígena. En un final la concepción del ideotoso es más o menos la de su batey, su pueblo, o su barrio habanero, pero ahora mal estirada a trompicones hasta cubrir a toda la Isla, e incluso, en su forma más extrema, el régimen revolucionario en sus inicios heroicos, a toda Latinoamérica o incluso el Tercer Mundo en pleno.

En cuanto a la posición que le asigna a la ciudadanía, la Ideota no puede ser más contradictoria: Por un lado pretende ser la idea propia de las grandes mayorías, de los hombres comunes de la época en cuestión, a quienes ellos mediante un proceso uniformizador reúnen idealmente en una entelequia, el pueblo. Por otro, debido a que el tal agrupamiento no tiene bases reales, al menos mientras los sostenedores de la Ideota no se hacen con el poder y comienzan a practicar la uniformización popularizadora a la fuerza, no tarda en presuponer que esas mayorías tienen que ser conducidas y enseñadas a descubrir en sí mismas esa supuesta idea propia de ellas. Por un lado pretende ser la idea del hombre limitado, pero a la vez comprende que semejante pretensión solo funciona si se le conserva a tal hombre sus limitaciones: Por ejemplo, sus sostenedores dicen no pedirle al pueblo que crea en ellos, sino que lea, pero a su vez implantan una rígida censura, o una descarada manipulación, sobre lo que el pueblo lee.

De lo anterior se desprende que la Ideota no promueve formas políticas participativas, sino autoritarias, en que una élite asume el gobierno en nombre del pueblo, de cuyas aspiraciones es mucho más consciente que él mismo. Una élite que en el caso extremo llega a pretender comunicarse místicamente con el pueblo.

El ideotoso sincero es un visionario, un profeta, que como se cree portador iluminado de la revelación de la grandeza del Pueblo Cubano, suele poseer una visión de sí mismo algo desmesurada y por lo tanto unas muy acusadas tendencias autoritarias. Pero no solo hay ideotosos sinceros: A la vera de la Ideota se arriman muchos charlatanes u oportunistas, tanto aquellos que solo buscan pasar bien, medrar a costa de la idea que tiene el sartén de lo cubano cogida por el mango, como esos otros miles de veces más peligrosos, aquellos que están siempre a la caza de un medio para dar rienda suelta a sus ambiciones autoritarias, y que son capaces de adoptar la Ideota solo con ese interés.

La Idea, que como hemos dicho más arriba nunca podría existir sin sus hermanas la ideíta y la ideota, en eterno contraste con ellas, parte de la certeza de que la colectividad que reside en esta Isla nunca sacará más provecho de la misma que bajo un régimen de independencia política, en que no obstante se aprovechen las enormes posibilidades que le da a Cuba su situación privilegiada en la encrucijada de los caminos mundiales. Sostiene además de la independencia política la plena soberanía nacional, o sea, no la soberanía de alguna élite cubana residente en el país, en base a su superioridad económica o patriótica, sino de toda la Nación Cubana, de todos los cubanos.

3.

La Ideíta surge como resultado de la lucha por acceder al libre comercio y a la libre explotación de los recursos de la Isla por la clase sacarócrata habanera. Esta clase ha surgido, en definitiva, bajo el impulso de un factor externo: Carlos III y su comprensión en 1763 de la necesidad de fortalecer el punto neurálgico de su Imperio, La Habana, para lo cual promoverá y empoderará a las élites de esa ciudad. Su evolución es sin embargo espectacular: Solo 30 años después ya es una clase consciente de sí misma y de sus necesidades, pero además, con un espíritu emprendedor comparable al de las élites de ciertos estados del vecino norteño, e incluso con una visión del mundo en muchos aspectos mucho más amplia que la de aquellas.

Como buena clase económica y comercial no aspira a más que a la libertad económica, y por lo mismo nunca se plantea la posibilidad de alcanzar la libertad política. En buena medida, es necesario señalarlo aquí, también porque de facto es ella el poder económico detrás del trono absolutista español. Al menos hasta la muerte de Fernando VII y el consiguiente ascenso de los liberales moderados en España, que muy bien habrían de demostrar entonces el haberle guardado las cuentas a sus homólogos habaneros, por los años en que con su dinero sostuvieran al Rey Felón.

La Idea, por su parte, nace unos cuantos años antes de la llegada de Miguel Tacón a La Habana. Cuando todavía los sacarócratas de esa ciudad detentan el poder imperial (más exactamente cuando están dejando de detentarlo), a la manera en que lo habían ejercido los banqueros genoveses y alemanes de inicios del siglo XVI, tras el trono de Carlos I de España, y V de Alemania. Surge por lo tanto en una Isla, la de entre 1815 y 1820, en que sus más preclaros intelectuales caen en la cuenta de la privilegiada situación que la clase directora isleña tiene en los tejidos de poder de mundial. Una clase a la que de una u otra manera están ellos muy ligados.

Un mundo muy singular este de entre 1815 y 1820, en que tras el desastre de Trafalgar ni España ni Francia cuentan como poderes navales, en que todavía los EE.UU. no han terminado de recuperarse de la desastrosa Guerra de 1812, ni mucho menos lanzado su Doctrina Monroe en claro desafío al poder inglés, y en que este último prefiere a una Iberoamérica independiente, ya que de esta manera, al no tener por entonces competidores posibles ni en lo naval, ni en lo económico, puede simplemente aprovechar las inmensas posibilidades de todo un continente sin necesidad de verse obligado a echar mano de una siempre costosa ocupación militar, de resultados por otra parte nunca previsibles (las experiencias en el Mar del Plata de 1806 y 1807 habrían de resultar determinantes en la adopción de esta línea de política exterior británica).

Un mundo por completo excepcional en el período que media entre 1689 y 1918, en que durante una pequeña ventana temporal se hace factible obtener la independencia política en las Américas Hispanas. En fin, un mundo que le garantiza una realista posibilidad de realización a la idea de independizar a la Isla de Cuba.

El experimento “democrático” de entre 1820 y 1823 en La Habana marcará, por su parte, la primera gran crisis de la Idea. Lo primero que descubren los seguidores de Varela, tras este partir a las Cortes el 28 de abril de 1821, es que la sociedad cubana no está preparada para la independencia tanto por la escasa cultura política de sus habitantes como por lo heterogéneo de los elementos que la componen: El que la sociedad cubana no está solo constituida por blancos, sino también por negros, el que la proporción de ellos aumenta y el que en definitiva algo habrá que hacer con ellos, sorprende a unos varelianos que hasta caer en cuenta de ello parecen haber habitado en el reino de las abstracciones librescas más que en el de la realidad política. En cuanto a la otra gran desigualdad social cubana, la existente entre el campo y la ciudad, habrá que esperar hasta los tiempos de Anselmo Suárez Romero para que los herederos de Varela comiencen a comprender la distancia abismal que media entre el “señorito” ilustrado de ciudad y el campesino, el “guajiro”.

Lo segundo que descubren los varelianos, incluso antes que el mismo Varela, es que el mundo a partir de la tercera década del siglo XIX ya no se presta para esa independencia que vimos factible de soñar solo un lustro antes:

Con su Doctrina Monroe unos norteamericanos plenamente recuperados y en ascenso se atreven a desafiar al poder inglés. Es cierto que este último todavía se empeña en amparar independencias americanas en regiones alejadas de su ex colonia, y por lo mismo inalcanzables para ella en lo inmediato, pero con la definitiva anexión a esta de la Florida Oriental, en 1821, no es este ya el caso de Cuba, que ha quedado así casi a la vista de las costas de los EE.UU. Sobre Cuba, por tanto, se ha situado a partir de la tercera década del siglo XIX uno de los frentes de conflicto entre Gran Bretaña y los EE.UU. (no el principal, sin embargo, que continúa sobre la frontera sur del Canadá), lo que le acarreará trascendentales consecuencias para su futuro.

La Santa Alianza, por su parte, mediante los 100 Mil Hijos de San Luís, pero sobre todo por el rápido resurgimiento del poderío naval francés, da muestras de no ser solo una entelequia y sí un peligro real para las Américas. Se hace factible ahora enviar grandes contingentes militares desde Europa, a la reconquista de los territorios ex coloniales españoles, no las minúsculas expediciones que alcanzó a enviar Fernando VII durante las Guerras de Independencia de América del Sur y Central. Solo lo impiden en realidad los cañones de la Royal Navy, no las declaraciones de un presidente norteamericano que para cumplir en lo inmediato con lo de “América para los americanos” no cuenta con ninguna fuerza real más allá de sus propias fronteras y costas. Pero como ya hemos visto en el párrafo de arriba se da el caso, por su peligrosa cercanía a los EE.UU., de que los británicos prefieren en lo futuro que la Isla de Cuba permanezca en manos españolas, capaces de enfrentar todavía a los norteamericanos, y no en las de las escasas fuerzas de sus habitantes, que no bastarían para ello. Por tanto si gracias al poderío naval británico la amenaza de la Santa Alianza de ayudar a España a recuperar sus ex colonias poco significa en otras regiones de Iberoamérica, no es ese el caso de Cuba.

En consecuencia, a la amenaza de la Santa Alianza en apoyo de España deberían enfrentarse sin lugar a dudas quienes consiguieran proclamar a Cuba independiente, aun quienes intentaran conseguirlo. Un desafío que la poco poblada Isla no podría enfrentar.

Por último, el problemático resultado de las independencias latinoamericanas, toda una advertencia de los desafíos internos a que habrá de enfrentarse un país de herencia española que intente independizarse, termina por enfriar las aspiraciones de los varelianos, y a su vez detiene las gestiones de quienes, ante las dificultades del contexto internacional arriba descritas, han pensado que la solución se encuentra en buscar el apoyo de los ejércitos de La Gran Colombia al sur, o de Méjico, al oeste. Las amargas experiencias que a los varelianos en general les deja la constatación de lo que ocurre en Méjico, Centro y Sur América, y en especial a los que en sus gestiones en busca de apoyos para expulsar a España de la Isla han marchado a Ciudad Méjico, Bogotá, Caracas… resumen los inconvenientes, los enredados nudos en que ha terminado atascada la Idea independentista para 1824; fecha en que Varela comienza a publicar El Habanero en Nueva York:

Por un lado la ingente tarea que significa crearse una Patria de unos elementos tan heterogéneos y abismalmente desiguales como los que deja atrás la dominación española; por el otro los peligros que para los habitantes de la Isla y su prosperidad futura implica el irse a buscar apoyos externos, incluso en las recién independizadas repúblicas  “hermanas”, que a pesar de la consanguineidad o no dudan en usar a la Cuba como moneda de cambio en sus relaciones con España, o en todo caso aspiran en secreto a incluirla como un área subordinada más en sus territorios.

4.

Ante tal conjunto de negativas constataciones la Idea no podrá más que quedar en suspenso por una buena parte del resto del siglo XIX. La Idea, para salir de su crisis, deberá antes encontrar soluciones realistas a estos dos problemas: Cómo mantener a la Isla Independiente en ese mundo noratlántico del diecinueve en el que tan insertada está, y cómo conseguir la sociedad nacional, integrada y viable políticamente: La Nación Cubana en propiedad. Ante estas preguntas solo José Martí presentará un proyecto viable, es necesario reconocer que inspirado en gran medida en la Ideota que nace en la Guerra Grande. Un proyecto que al final se realizará solo en parte, y que mal que bien nos conducirá al final de la soberanía española y al posterior Protectorado Norteamericano (o República Mediatizada).

En cuanto a la Ideíta, evoluciona en consecuencia con los tiempos para convertirse en una nueva variante de sí misma. La habíamos dejado en su encrucijada del Taconazo, en que el naciente estado liberal español llegó hasta a privarnos de la representación parlamentaria en 1837, y a imponer en Cuba el régimen muy liberal de las libertades omnímodas… pero por desgracia solo de su Excelencia, el Capitán General.

Así, al quedar en una situación bastante avasallada dentro del estado español, y a su vez resultar imposible en 1840 que la Isla de Cuba viva como una entidad independiente, tanto por su consabida situación central en el tablero mundial; por las ideas imperantes en la política internacional de la época (por ese entonces a ningún estadista o político en su sano juicio le pasaba por la cabeza reclamar el derecho a la autodeterminación de su pueblo: la fuerza, o la capacidad de resistir a ella eran los únicos criterios válidos para la independencia política); al tiempo que por el enorme número de esclavos, y en general negros segregados de la sociedad blanca a quienes amenazantes ven habitar en sus márgenes, los sacarócratas y los intereses implicados en la Trata consiguen imponer su Ideíta: La de la anexión a los EE.UU.

No tanto en su versión yanqui como en la Dixie, ya que la principal inquietud de esta ala anexionista es la de conseguir conservar el negocio esclavista, que bajo la soberanía española parecía peligrar, en vistas del manifiesto interés que Madrid mostraba en congraciarse con Londres y su política de persecución internacional al negocio negrero.

La Ideíta anexionista será, sin lugar a dudas, la solución “nacional” más socorrida por largos años, sobre todo en regiones como La Habana y Camagüey. Por lo mismo no será solo la solución de los sacarócratas, ni estará solo inspirada por los espurios intereses del tráfico humano. Muchos sinceros demócratas, que quizás en otro momento histórico más favorable y también con un poco menos de prejuicios racistas a cuestas habrían terminado representantes de la Idea, se unen a la Ideíta anexionista por ver aquí la solución a los problemas sociales de la Isla, sobre todo al de la integración entre blancos y negros (que presumen desaparecerá con la inundación de blancos americanos); y el de la manifiesta incapacidad de casi todas las clases y grupos cubanos para la vida democrática (que en este caso solucionará la inundación de los valores americanos).

Es en propiedad la otra cara del anexionismo cubano a los EE.UU., su versión Yankee. La más justificable, por cierto.

A esta ideíta, en sus dos vertientes, le saldrá al paso un formidable campeón, sin lugar a dudas nuestro mejor polemista de todos los tiempos: José Antonio Saco. Un representante de la Idea de 1815-1820, que aunque incapaz de resolver los problemas que se le presentan a aquella por la circunstancia en que le tocó vivir (Saco nace en 1797 y muere en 1879), se niega a aceptar los valores culturales de una civilización que sabe no es la suya, y a la cual él y Varela han llegado a conocer lo suficientemente bien como para descubrir muchos de los deslucidos en su proceso democrático. En este sentido cabe aclarar aquí que las Cartas a Elpidio, más que un texto de inspiración devota es una arma en la política de distanciamiento cultural que estos dos titanes nuestros siguen a partir de 1830 más o menos (ya en 1828 Saco había publicado interesantes crónicas de la sociedad americana, en las que marca distancia con ella, al sacar a colación desde los prejuicios anti-judíos, hasta lo insulso y pedestre de las costumbres).

La Ideíta, luego de los contundentes sacazos y del fracaso definitivo de los intentos anexionistas de enero de 1859, cuando fallan las sendas votaciones en el Senado y la Cámara norteamericanos que constituyen el intento más justificable de anexarnos a los EE.UU., vuelve a regañadientes al redil español. Aunque a través del rabillo del ojo se mantiene a la expectativa de todo lo que acontece en el vecino norteño. Sin embargo esta Ideíta reformista, que vuelve a confiar los destinos de la Isla a España, es ya muy distinta de la de los tiempos de Fernando VII y Arango y Parreño. Si en 1815, tras derrotar los sacarócratas a la todopoderosa Real Armada en la puja por los bosques cubanos, era constatación del poderío de la élite habanera dentro del Imperio, ahora, en 1860, es todo lo contrario. Entonces era conciencia de que no se podía estar mejor, ahora es conformidad por tal de no estar aun peor (las ideítas siempre son en el fondo una forma de conformismo en el presente, sin esa grandeza que es la que en definitiva arma el futuro de las naciones).

Pero la Ideíta todavía puede sorprender, no obstante, sobre todo si es de la mano de esos para nada sensatos habitantes de la que Juan Pérez de la Riva llama la Cuba B, en contraposición a la Cuba del hinterland habanero: En 1868 la Ideíta pega un brinco, gesticula, mete el pie y se las da de Ideota. Mas no nos engañemos, es más de lo mismo que en esta Isla se venía viviendo desde el ya referido 1859.

Nunca se ha alcanzado a definir el grado de conocimiento que los conspiradores cubanos tenían de los ajetreos de sus primos españoles anti-isabelinos. Pero de que lo había, lo había, y esto resulta evidente a pesar de que casi las únicas fuentes documentales con que contamos al presente son las declaraciones posteriores de los alzados de octubre-noviembre de 1868. Quienes sin lugar a dudas cambiaron ante la posteridad el carácter de las motivaciones que los movieron en aquellos días, ante los inesperados caminos que la historia había terminado por tomar a partir de aquel memorable 10 de octubre.

Por ejemplo, ese significativo auto-nombramiento de Céspedes como Capitán General, que siempre lo hemos achacado en última instancia a la visión y los intereses autoritarios del Padre de una Patria que, por cierto, ya tenía uno en Varela, ¿no habrá tenido otra motivación más política?, ¿la de acaso presentarse como una alternativa, la verdadera anti-isabelina, a Francisco Lersundi, un manifiesto incondicional de la reina recién destronada que por entonces se desempeñaba cual Capitán General de la Isla de Cuba?

En todo caso la atención fija en Washington de esos Padres de la Patria de la segunda hornada no deja lugar a dudas: En el 68 la Ideíta enclenque e irresoluta de entonces, un tercio reformista, un tercio anexionista y otro tercio perpleja, es la que se va a la manigua. Aquellos hombres, incluso los que tenían conciencia de la realidad nacional e internacional de la Isla, lo que buscaban oscuramente con aquel alzamiento era o una mejor situación dentro del Imperio Español (quizás hasta soñaban con la central de sus abuelos), o la anexión a los EE.UU. Lo primero con más fuerza en Oriente; lo segundo en el Camagüey.

Lo que termina por ocurrir, sin embargo, es que esa irrealidad que siempre es la guerra pronto supera a la demasiado racionalista Ideíta. Es así que en medio de ella la Ideota, que entonces hace su primera aparición, toma la antorcha, la convierte en tea incendiaria y la emprende con los cañaverales, potreros y cafetales del este de la Isla. Es en propiedad Eduardo Machado su comadrón, no Céspedes, con un gesto que visto desde el presente nos puede parecer todo lo digno de encomio que queramos, pero que en su momento no pasaba de un disparate mayúsculo.

Se da de esta manera el caso de que uno de los cubanos más inteligentes, cultos y mejor informados es quien de repente se opone a aceptar las vías de escape de una Revolución acosada por la respuesta española. Una respuesta que, por cierto, de manera evidente nunca fue la esperada, al menos por el bando oriental. Eduardo Machado se niega a apoyar al bando camagüeyano en su salida anexionista, que ha involucrado consigo al desesperado oriental, y este acto, junto a la indiferente respuesta del recién electo Ulysses Grant, dejará la puerta abierta para que la Ideota de sus primeros pasos, comience a gatear y hasta le salgan unos muy filosos primeros dientecitos. Cualidad dentaria que entre 1871 y 1879 no tardará en comprobar el ejército colonial español en la Isla de Cuba.

La tea encendida de Eduardo Machado pronto pasa a las manos de los caudillos regionales, y sobre todo a los caudillos regionales negros, mulatos y guajiros, que desde sus reducidos espacios vitales dan entonces en el sueño de una independencia que no es más que inconsecuencia con la realidad de la Isla. Son los caudillos regionales, haciendo la única guerra que podía hacerse en Cuba, dada la enorme desproporción entre los combatientes, quienes primero viven independientes en la Isla, y de la experiencia de esa guerra de desgaste eterna se arma el ideal de Patria de la Ideota: Una Nación Cruzada en guerra interminable desde lo profundo de la manigua, contra España primero, pero pronto contra todo ese mundo exterior que no permite que la Isla viva solo en base a sus tendencias internas. Una Nación de Cruzada concebida en lo social como un cuartel, como un campamento, en que los caudillos ordenan y los ciudadanos ocupan disciplinadamente su puesto y cumplen con lo mandado.

(La Ideota hereda de la dominación española la idea del Presidio, de la Fortaleza Sitiada, a través de aquellos elementos nacionales con un ámbito existencial limitado a su región, y que por los azares de la Guerra entran en la política. Ese campo más allá de lo vivenciable de manera tangible en que resultan imprescindibles a la larga o a la corta las ideas. Las más probadas de las cuales, sobre todo para el hombre común de la época respectiva, parecen siempre encontrarse en el pasado).

No obstante esa guerra que comienza la Ideíta y termina a regañadientes la Ideota dejará una serie de saldos positivos para la Idea:

Primero: Se sientan las bases para la integración de blancos y negros en una sola nación (ya después de la Guerra Grande las propuestas blanqueadoras pierden credibilidad pública), y en la convivencia de los campamentos mambises, en ese mayoritario y más productivo espacio de tiempo en que no se combate, pero en que se desgastaba inexorablemente a España, se comienzan a crear los imaginarios participativos e igualitarios que muy pronto, en el periodo de entreguerras, se habrían de propagar entre la mayoría de la población que no había tomado las armas en aquella primera guerra.

Segundo: A nivel popular la idea de la independencia, hasta entonces sueño de ilusos, gana el corazón de los cubanos de todas las clases y razas. Solo falta por ganar su razón. Lo cual realizará José Martí, en el periodo que él mismo llama de Tregua Fecunda. Ante todo entre el muy importante sector emigrado, tan necesario para el sostenimiento del tipo de guerra que cabe hacerse en Cuba, y para la inyección en el cuerpo nacional de los hábitos, costumbres y conocimientos de los pueblos industriales, cultos y modernos.

5.

Para un observador poco sutil la propuesta independentista martiana parece consistir en vencer a España en una guerra relámpago.

Martí ciertamente cuenta con que Madrid demorará en movilizar a sus fuerzas, que cuando lo haga estas no llegarían en todo caso a la desmesurada magnitud de lo enviado a la Isla durante la Guerra Grande, y además, que esa misma rapidez cubana también impedirá que lo que él llama el “elemento tempestuoso y rampante” de la política americana, “de que hay que temerlo todo, y por el Norte y por el Sur quiere extender el ala del águila”, tenga tiempo de movilizarse antes del logro de la independencia. Debemos agregar aquí que bajo la segunda presidencia de un Grover Cleveland (1893-1897) negado de plano a meter sus narices en lo que considera el berenjenal cubano, quedaba claro que los tiempos de reacción de los adversarios de la independencia cubana en el vecino del norte se alargarían considerablemente, quizás hasta la siguiente asunción presidencial (como de hecho ocurrió). El detalle estaba en que para el vigésimo cuarto Presidente de la Unión, hombre por demás de mentalidad aislacionista, Cuba caminaba ineluctablemente hacia una devastadora guerra de razas, de la que lo mejor era que se ocupara España misma.

Pero aunque un aspecto principal de ella, no es el blietzrieg el núcleo de la propuesta martiana. Martí sobre todo cuenta con la reacción de la opinión pública americana y europea en apoyo a la independencia de Cuba, y también con el apoyo de ciertos gobiernos, sobre todo latinoamericanos, a los que él confía en hacer entender la conveniencia de la misma para sus propios asuntos.

Buena parte de la actividad política de Martí desde más o menos 1880, con su apogeo entre 1889-1891, ha ido precisamente en la dirección de asegurar para Cuba la más conveniente reacción de la opinión pública de Las Américas. De hecho puede afirmarse que su prolífica actividad periodística de la década de los 1880 ha estado encaminada a ganarse, con ese fin, a las audiencias cultas Iberoamericanas y a sus clases políticas dirigentes. En ese sentido su Nuestroamericanismo, enunciado en el ensayo del mismo nombre de 1891, debe de ser entendido como una reacción a la actitud de muchos gobiernos latinoamericanos en la Conferencia Panamericana de Nueva York de 1889. En la cual no pocos de dichos gobiernos habían dado de una u otra forma su apoyo al intento que, tras bambalinas, Washington hiciera por entonces de comprarle la Isla de Cuba a España.

Con el discurso Nuestroamericanista Martí quiere hacer comprender a los gobiernos y a la opinión pública de Latinoamérica que en ese mundo en que les ha tocado vivir, en que como en 1884-1885, en Berlín, las grandes y medianas potencias noratlánticas se reúnen para repartirse un continente como si de una torta de cumpleaños se tratara, solo un sistema de seguridad colectiva, una unidad de propósito en enfrentar al “tigre de afuera”, puede permitir que las naciones al sur del Río Grande mantengan su independencia. Es necesario aclarar que aunque individualizado para un mejor contraste con el “tigre de adentro”, con “tigre de afuera” Martí no se refiere solo a los EE.UU., y quizás ni en primer lugar a estos. Tengamos en cuenta que todavía en 1894 las costas de esa nación se encuentran por completo a merced de las marinas inglesa, alemana y francesa, y en el caso de la pacífica y en 1890, hasta de la chilena. No son los EE.UU. contemporáneos de la publicación de Nuestra América otra cosa que un gato bien alimentado, pero uno que vive en la vecindad inmediata y que es fácil adivinar terminará por convertirse en un tigre dientes de sable; mas solo con el avance del nuevo siglo.

De manera significativa Martí pretende convencer a los gobiernos y a la opinión pública de Latinoamérica de que pongan a prueba esa tesis martiana, y su fuerza propia, al reunirse en el apoyo a la independencia de Cuba: Un frente único latinoamericano en defensa de la independencia de Cuba sería el comienzo ideal de ese sistema de seguridad colectiva, a la vez que una ayuda determinante a la causa independentista.

En cuanto a la política seguida por él en procura del apoyo gubernamental específico tenemos el caso paradigmático de Méjico. Martí pretende hacer entender a Porfirio Díaz lo conveniente que le resultaría a su país que Cuba, la Llave del Golfo por el que se comunica con el mundo de la época, dejara de estar en las cada vez más débiles manos españolas, incapaces de enfrentar de modo efectivo en lo material o lo ideológico a unos EE.UU. en expansión acelerada, y que en su lugar se convirtiera en un estado independiente y democrático. Su última carta conocida, la destinada a Manuel Mercado, un antiguo amigo, pero de una generación anterior (más que un amigo un protector), que ahora se desempeña como Viceministro del Interior en la sangrienta dictadura porfirista, tiene precisamente este propósito: Convencer a Porfirio Díaz de que la única manera sensata de no tener un enemigo instalado en la Isla consiste en ayudar a sus hijos a establecer una democracia independiente en ella.

No perdamos de vista que para Martí una Cuba independiente que adoptara formas democráticas de gobierno de hecho se blindaba ante cualquier apetencia que pudiera nacer en el vecino norteño; a la vez que lo obligaba a empeñarse en su defensa en caso de una agresión recolonizadora europea. Lo cierto es que los EE.UU., todavía una potencia marítima de segunda línea a nivel global, basaban su pretensión al liderazgo hemisférico al presentarse como los supremos campeones defensores de la democracia y la libertad americanas, en contraposición a las formas monárquicas europeas y las apetencias re-colonizadoras del autocrático “Viejo Mundo” sobre el “Nuevo”. Es por ello que en la referida carta Martí escribe que por su naturaleza de nación democrática, fundada sobre las principales libertades humanas, los EE.UU. “no pueden contraer… el compromiso odioso y absurdo de abatir por su cuenta y con sus armas una guerra de independencia americana”.

Para Martí la única forma efectiva de enfrentar a un vecino tan poderoso como los EE.UU., a la vista casi de nuestras costas, pasaba por la demostración de los cubanos de su capacidad para vivir según las formas políticas republicano-democráticas, además de por el ejercicio de una hábil diplomacia que fuera capaz de hacer conocer esa capacidad nuestra al “elemento de humanidad y justicia, que necesariamente viene del ejercicio de la razón, y sujeta…” al “elemento tempestuoso y rampante…” “…en sus apetitos y demasías”. Porque como muy bien entiende Martí, al menos para la conservación de nuestra independencia de poco valía vivir según aquellas formas si no éramos capaces de convencer a la opinión pública norteamericana, nuestro mejor aliado, o nuestro peor enemigo, en dependencia de las circunstancias, de que lo hacíamos así.

En definitiva para Martí el único modo efectivo de contener a los EE.UU. pasaba por ganarse al  “elemento de humanidad y justicia”, mediante “la demostración continua por los cubanos de su capacidad de crear, de organizar, de combinarse, de entender la libertad y defenderla, de entrar en la lengua y hábitos del Norte con más facilidad y rapidez que los del Norte en las civilizaciones ajenas”, como dejara escrito en la carta-instrucciones que le hiciera llegar a Gerardo Castellanos, el 9 de agosto de 1892. Un documento del que curiosamente han desaparecido los fragmentos más problemáticos para cierta tradición interpretativa de Martí, ligada a la Ideota caudillista, y a la cual podríamos identificar como aquella tradición que está detrás también de la desaparición de las páginas correspondientes al 6 de mayo de 1895 de su Diario de Campaña (el fragmento aquí citado lo hemos tomado del ensayo Ideario de la Revolución (de 1895), de don Emilio Roig de Leuchsenring, alguien fuera de toda duda en cuanto a su posición anti-anexionista o anti-plattista).

Por su parte, en El Manifiesto de Montecristi, Martí ensaya cual deberá ser la política a seguir por la Revolución, y la futura República, hacia las superpotencias europeas. Exactamente en aquella oración que parece ser la única que han leído los representantes de la tradición mencionada en el párrafo de arriba (aunque sin entenderla ni a derechas, ni a izquierdas), nos dice: “La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo.” Y es que con el aquello de restablecer los equilibrios en un mundo que está por abrir un canal interoceánico a través de lo que después sería Panamá, cuya posesión por los EE.UU. desequilibraría a su favor los balances de poder estratégico mundial, es evidente que además de dirigirse a las naciones latinoamericanas, Martí parece más que nada querer convencer a ciertas superpotencias europeas, Gran Bretaña y Alemania en especial, de la conveniencia de una “Antillas Fuertes” e independientes a las puertas del canal transoceánico que entonces estaba por abrirse, y a medio camino entre este y los EE.UU.

Martí, consciente de que a esas alturas Gran Bretaña o Alemania no se iban a arriesgar a provocar un conflicto con los EE.UU., al intentar hacerse con la soberanía de una Isla situada muy adentro del área de influencia norteamericana, les propone una solución salomónica: Que en lugar de pretender instalar en Cuba una siempre problemática fortaleza propia, amparen en ella el surgimiento de un estado independiente, no sometido a los dictados de Washington. Un aliado seguro, dotado de fantásticos puertos y con una reconocida capacidad de tragarse a ejércitos enteros de ocupación, a quién por sus propias necesidades de supervivencia le interesaría tanto o más que a ellos mantener contenidos a los EE.UU.

Martí es en definitiva consciente de lo intrincado de las conexiones de la Isla dentro de las redes de la economía y de las jerarquías del poder político global; de su lugar en la encrucijada de los intereses de los grandes imperios y de una Latinoamérica que a su vez necesita contener a dichos intereses, al menos en lo tocante a los suyos propios. Pero a él este hecho no lo hace desalentarse y renunciar a la Idea para adscribirse a alguna forma de la Ideíta (digamos, la autonomista), o en todo caso a la estulta Ideota. Por el contrario, para Martí tan compleja circunstancia facilita el logro de la independencia, y su conservación posterior, si se comprende que para alcanzarla no basta con irse a la manigua y asumir una actitud intransigente hacia el afuera: la eterna guerra caudillista de desgaste contra él.

Martí sabe muy bien que la independencia de Cuba no se gana tanto en los campos de batalla si no en los lances diplomáticos, o en las batallas mediáticas por ganarse el favor de la opinión pública. Entiende que se puede muy bien explotar a favor de Cuba los intereses enfrentados, de potencias, regiones y pueblos, que chocan sobre el territorio de la Isla. Solo basta saber equilibrarlos unos con otros, e ingeniárselas luego para mantener en el tiempo ese equilibrio, para que las innúmeras fuerzas de atracción, o de repulsión, que gravitan sobre la Isla, se compensen sobre ella unas a las otras, de modo que sobre su espacio físico los isleños alcancemos el más alto grado de independencia política real.

Además, comprende que al interior de la Revolución está actividad diplomática, imprescindible para evitar que la guerra recaiga en la eterna de desgaste, sirve a su vez para equilibrar el poder de los militares; de aquellos a quienes nosotros hemos llamado aquí caudillos regionalistas. En su propuesta los hombres del gobierno civil, los diplomáticos, los hombres de letras, en definitiva los “hijos cultos” del país, de “inteligencia madura y suspicaz”, encuentran un campo de acción, una responsabilidad que los iguala, y hasta los hace más necesarios que los “hombres viriles” de la guerra.

Lo legalista por lo tanto deja de ser traba, para convertirse en arma comparable al machete.

Y es que para Martí la guerra es, en todo caso, un recurso secundario. Incluso cabe decirse que una especie de protesta armada, en que es cierto, con la sorpresa inicial se desea obtener el mayor control posible sobre la Isla, pero más que nada para provocar de este modo el apoyo internacional a una causa tan eficaz. Sobre todo el apoyo de los gobiernos latinoamericanos y de la opinión pública norteamericana, de modo que a España le resulte muy costoso, más que nada en términos de imagen internacional, el movilizar por completo su maquinaria de guerra. Para así (y aquí solo cabe especular) crear las condiciones a la derrota de un ejército colonial nunca tan formidable como el enfrentado en la Guerra Grande, o provocar una revolución política en España que trajera un nuevo gobierno dispuesto a transar con Cuba su independencia. No debe dejarse de lado que Martí alberga esperanzas en la naturaleza anti-monárquica de las fuerzas terrestres españolas, las cuales explicita en esta idea del Manifiesto de Montecristi: “¿Qué enemigos españoles tendrá verdaderamente la revolución? ¿Será el ejército, republicano en mucha parte, que ha aprendido a respetar nuestro valor, como nosotros respetamos el suyo, y más sienten impulsos a veces de unírsenos que de combatirnos?”

No obstante, si para Martí la guerra no resulta lo determinante en sí para el logro de la independencia, si lo es para la definitiva conformación nacional cubana, y para el establecimiento en las masas del país de la cultura política que nos permita vivir bajo un régimen democrático. La Cuba “con todos y para el bien de todos” se crea ya en la Guerra, no después de alcanzar la independencia. En el sacrificio común y en la convivencia horizontal de los campamentos republicanos (no debe obviarse nunca el importantísimo papel, como trasvasadores de valores y conocimientos, que para Martí desempeñarían los emigrados en esa convivencia horizontal). Como escribe en el Manifiesto…: “en la conquista de la libertad se adquieren mejor que en el abyecto abatimiento las virtudes necesarias para mantenerla.”

A diferencia de los caudillos regionalistas, o de autonomistas, integristas y anexionistas, él no cree que la incultura política del cubano (y en general de cualquier pueblo) sea tan persistente, tan endémica, que en determinadas circunstancias no pueda superársela. Comprende, a contrapelo de los caudillos, que no han sido el encuadramiento militar, la disciplina y las jerarquías castrenses, o aun el predicamento mitológico-caudillista que entre las masas más desfavorecidas ha dejado esta, las causas últimas de la integración nacional que se nota de manera evidente tras la Guerra Grande, y cuyo espíritu ha inundado a todos los sectores no combatientes durante la Tregua, según él mismo, Fecunda. Para Martí ha sido la vida igualitaria, horizontal en los campamentos mambises, el detonante de este fenómeno que se ha extendido a la paz: Es en “…la guerra emancipadora y el trabajo donde unidos se gradúan” (Manifiesto…) los cubanos que han olvidado el odio en que pudo dividirlos la esclavitud.

Es en base a esta comprensión que Martí sostiene que la sociedad más eficaz en el camino de la integración es la más igualitaria y participativa, no la militaresca, de cruzada contra el afuera. Por ello, al valorar el resultado de la Guerra Grande, y los avances de la Tregua, comprende que no es tan utópico soñar con una República Cubana independiente, democrática y virtuosa. El Ideal al que todos sus trabajos, y todas sus reflexiones se dirigen.

Pero hay más: Para Martí la organización política horizontal de la guerra, republicano-democrática, es la justa, aquella en cuya procura solo se justifica el lanzar al pueblo cubano a los horrores de un conflicto bélico. Pero también, como hemos visto más arriba, la más conveniente para la conservación de la independencia de Cuba a las puertas de los EE.UU. Ya que es esa la única forma política que garantiza, mientras los EE.UU. mismos no la abandonen de manera manifiesta, la independencia de la Isla.

Esta es en sí la propuesta martiana. La que conducirá a la Nación Cubana a la Guerra de Independencia, pero que no conseguirá concretarse al término de esta…

Soberanía, Nación e Independencia.

  1. ¿Era la Nación francesa soberana antes de 1789?

Evidentemente, no.

Es muy probable que para la época las decisiones que se tomaban en la Francia de entonces fueran las más independientes, al menos en Europa, con respecto a otros centros de poder mundial situados más allá de sus fronteras. Sin embargo, la Nación Francesa no era para nada soberana.

Si como el abate Sieyès consideramos que la Nación en propiedad coincidía con el llamado Tercer Estado, o sea, lo que quedaba en Francia al obviar a aristócratas y clero católico, debemos admitir que simplemente no lo era. El poder de hacer las leyes, o de cambiarlas, el de incluso regir el país desde el más puro discrecionalismo, le pertenecía al Rey, al Soberano, y a nadie más en última instancia.

Puede aducirse que el Soberano, ese individuo llamado Luís, fuera XIV, XV, o XVI, no detentaba en la realidad un poder absoluto. Que dependía de ciertos acuerdos tácitos que le legaba el pasado, o que no podía exceder ciertos límites impuestos por la naturaleza humana. Por ejemplo, no podía llevar los impuestos más allá de cierto punto sin amenazar la estabilidad misma de toda la sociedad, y en consecuencia de su gobierno, y por otra parte se encontraba enredado en las innúmeras y constantes intrigas palaciegas mediante las cuales la nobleza influía, a veces de manera determinante, en sus decisiones… Mas lo esencial es que el único camino abierto a la Nación para intervenir en las decisiones del Soberano pasaba por la amenaza de la fuerza, del motín, nunca a través de la consensuación.

No obstante tampoco debe sobreestimarse este poder del Tercer Estado, la Nación, de imponer su voluntad al Soberano mediante la amenaza de la violencia. La muestra más evidente de que dicho poder no era en realidad muy grande se encuentra en la actuación de la Francia del Ancien Régime durante la Segunda Guerra de los Cien Años con Inglaterra (1689-1815). Mientras la política exterior inglesa se concentra en favorecer los intereses mercantiles de la City, y por eso su escenario bélico principal son la Colonias, la política exterior francesa sacrifica una y otra vez cualquier interés de las clases productivas a favor de los de la aristocracia guerrera.

Inglaterra guerrea por mercados, o por monopolizar fuentes de materias primas. Francia por la Gloria, y por ello el escenario bélico al que le dedicará casi toda su atención es el europeo, en donde el enemigo siempre es “digno”; o lo que es lo mismo, otra aristocracia guerrera.

O sea, que la muestra más clara de que la Nación francesa, El Tercer Estado, no es para nada el soberano, se encuentra en la derrota que en esa centenaria guerra sufre su país frente a Inglaterra. En la cual, como monarquía parlamentaria al fin y al cabo, su propio Tercer Estado comparte al menos algo de la soberanía, y por tanto puede hacer que sus intereses sean tenidos en cuenta.

Podemos generalizar y afirmar que de que en un país una persona determinada, o algún grupo exclusivo, tengan el monopolio en la toma de las decisiones que atañen al mismo, sin interferencias directas e intencionadas de algún otro poder externo a sus fronteras, no se sigue que la Nación que habita en dicho país sea soberana. Tampoco debe concluirse que la Nación necesariamente tenga ni la más mínima gota de soberanía del hecho de que los gobernantes respeten las infinitas restricciones que se dan por sentadas en cualquier sociedad, sin tan siquiera concientizarlas al llegarles como tradición, o que de cuando en cuando deban inclinarse ante la voluntad nacional por miedo al uso de la violencia en su contra.

La Nación solo es soberana cuando es capaz de participar de modo no violento en la consensuación de las decisiones que le atañen; gracias a ciertas instituciones (Constitución, Habeas Corpus, prensa independiente, derecho subjetivo…), y a una específica mentalidad (en la que lo esencial se encuentra en que los individuos sean capaces de aceptar su falibilidad constitutiva, y sacar provecho de ella, en la medida en que es esto posible).

  1. Nos ocuparemos a continuación de las justificaciones que, al día de hoy, suelen presentar quienes se apropian de la soberanía que le debería pertenecer a la Nación; y de si en verdad a través de esa usurpación se consigue remediar el problema que dicen querer enfrentar.

Al presente suele echarse mano del mismo argumento usado por tantos desde tiempos inmemoriales para justificar el gobierno de un Monarca o de una Oligarquía: Solo mediante esos regímenes puede asegurarse el mantenimiento del orden. Este argumento, sin embargo, era ya flojo hasta para los helenos conservadores del siglo V antes de Cristo, enfrentados a las democracias en ascenso en sus polis.

Cualquiera que haya leído el Anábasis de Jenofonte, o que conozca las razones reales de la superioridad de lo ejércitos revolucionarios y napoleónicos franceses sobre los prusianos de su época, no podrá más que negarle refugio a dicho argumento aun en el arte militar; convertido por no pocos en una especie de paraíso de las formas autoritarias y de los ordenamientos piramidales.

Un ejército es más eficiente en la medida en que aun dentro de la estructura jerárquica los mandos intermedios, bajos, y aun el mismo soldado, cuentan con un determinado poder de decisión. La campaña alemana de 1941 en la URSS así lo demuestra: Las unidades soviéticas, cuyos mandos no se atrevían a tomar ninguna decisión sin el visto bueno del Kremlin, por el miedo a ser declarados “enemigos del pueblo” y arrestados, torturados y asesinados por el NKVD, a pesar de su significativa superioridad numérica y técnica[i] fueron aplastados con relativa facilidad por la Wermacht. Solo se revirtió esa tendencia cuando por un lado los soviéticos entendieron que los nazis no eran precisamente unos liberadores, sino unas retorcidas bestias, y Stalin que de alguna manera tenía que confiar en sus súbditos, y amainar el terror, si no deseaba perder la cabeza y su enorme imperio.

El argumento que nos interesa diseccionar, no obstante, es aquel que plantea que para mantener la independencia de la Nación, en un mundo que se unifica a pasos acelerados bajo la égida de las naciones occidentales, es imprescindible que el poder se concentre en manos de los pocos individuos conscientes de dicha amenaza: Solo gracias al control absoluto de la soberanía por estos individuos “extraordinarios”, la Nación podrá superar el peligro de desaparecer y ser absorbida por los Imperialismos Culturales Hegemónicos.

Los sostenedores de esta última justificación, gentes como Iroel “Risitas” Sánchez o Rosa Miriam Elizalde, tienen algo de razón: En el mundo actual no existe igualdad entre las diferentes naciones. Sin duda, algunas tienen mucho más poder que otras. Mas al saltarse la explicación de dichas diferencias, o al querer hacerlas depender de explicaciones más propias de consejas de viejas que de marxistas consecuentes, solo consiguen ahondarlas aún más.

Aunque es un proceso cuyo inicio no nos atrevemos a ubicar cronológicamente en ningún instante específico, es claramente discernible que ya desde finales del siglo XVII las sociedades occidentales han comenzado a organizarse de modos cada vez más complejos. Complejidad estructurada sobre una mayor participación de los individuos que componen dichas sociedades, sea a través de mecanismos o instituciones conscientes: el ágora (el voto, la libre expresión del pensamiento), o inconscientes (el mercado).

Es gracias a ese proceso automantenido y creciente de organización que las sociedades occidentales han logrado, por primera vez en la ya larga historia humana, concretar una civilización global. Es ese proceso automantenido de crecimiento de la complejidad social, que incluye desde las conciencias, pasando por las tecnologías y utillajes hasta las instituciones políticas, el que en definitiva le ha dado a las sociedades occidentales la ventaja que desde mediados del siglo XIX disfrutan sobre todas las demás civilizaciones.

O sea, dichas sociedades han logrado imponerse a todas las demás no porque, como pretenden muchos, la ética haya sido devorada en ellas por el individualismo y el egoísmo, creando sociedades de piratas, si no por que se han logrado articular de modo que las infinitas relaciones a su interior ganen cada vez mayor complejidad. Lo que las ha dotado para tener una infinitamente mayor capacidad de respuesta frente a situaciones nuevas e inesperadas; en muchos casos gracias a una también mayor habilidad para adoptar, con nunca antes experimentada facilidad, prácticas, instituciones, palabras… de otras civilizaciones, e incluso para darles un mucho más completo y eficiente uso[ii].

Preguntémonos entonces: ¿No es una contradicción en sí querer enfrentar a sociedades que han logrado su ventaja actual gracias al aumento de la participación, y la consiguiente expansión de la soberanía, mediante nada menos que el establecimiento de formas de soberanía exclusivista?

Querámoslo o no, vaya en contra de nuestros principios o no, tras ese proceso llamado modernidad las sociedades occidentales crecen en complejidad de modo exponencial, lo que las dota de una superior ventaja en la globalización que ellas mismas le han impuesto al resto del planeta. Y lo único que cabe hacerse para evitar vernos relegados en esa ya inexorable globalización es complejizar a su vez nuestras sociedades, y por consiguiente, extender el ejercicio de la soberanía en ellas.

O, si se es consecuente, a semejanza de los fundamentalistas islámicos, atarse una bomba de hidrógeno bajo la camisa (o la blusa) y hacerla estallar en medio de ese mundo occidentalizado, para que todo quede igual que como estaba antes de aparecer esas satánicas formas de organización humana…

Algo que gentes tan amantes de los dulces placeres terrenales como Iroel o Rosa Miriam nunca intentarán.

[i] El 22 de junio de 1941 el rígido y ultra vigilado Ejército Rojo en la frontera occidental tenía 5 millones de soldados frente a los 3 millones de alemanes, italianos, rumanos… y más de más de 12 mil tanques para enfrentar a los escasos 3 mil panzers de la Gran Armée que Hitler reunió contra la URSS.

[ii] El caso del sistema Bessemer de fundición del acero, o de la imprenta, ilustran muy bien lo dicho más arriba: Se los inventó en la Milenaria China, pero solo en Occidente se les sacó todo lo que podían dar.