#XelNO: El ridículo intento de deslegitimar la Constitución de 1940.

En los medios oficialistas se ha destacado en los últimos días el hecho de que, a diferencia de la Constitución de 1940, la actual sí será sometida a Referendo Popular.

Dejan así de lado el que en la elaboración de la misma participaron todas las fuerzas políticas de la época, sin exclusiones de ningún tipo, y ahora solo lo hace una: el partido castrista, o PCC.

Comunistas, conservadores, los liberales de Machado no hacía siete años bajados del poder dictatorial, nacionalistas y ojalateros, autoritarios y demócratas, civilistas y militaristas, agraristas y representantes de los hacendados, o grandes azucareros, sindicalistas y empresarios… nombres como Blas Roca o Juan Marinello, pero también Jorge Mañach o Carlos Prío, todos sin excepción formaron parte de aquella histórica Asamblea Constituyente.

Dejan también de lado que la Constitución del 40, a diferencia de esta del 18, no se elaboró en las sombras, si no que fue consensuada en sesiones públicas que transmitía la radio y reproducía la prensa escrita. Radio y prensa escrita que no estaban controladas por un partido, y en que gracias a la amplia gama de dichos medios, y a su carácter plural, podía siempre el ciudadano simple encontrar el medio dónde verter sus opiniones, y hacer su propuesta en plena libertad, con la certeza de que sería escuchado o leído.

Que los constituyentes, entre quienes estaban las más altas mentes político-sociales de la Nación, no los más flexibles espinazos, fueron elegidos directamente por el pueblo, y que constantemente recibían propuestas de las bases de las más variadas y legales organizaciones políticas, sociales, civiles y culturales. Propuestas que dichos constituyentes se ocupaban de presentar diariamente a la Asamblea, para que fueran valoradas y discutidas.

Estas, en fin, son las razones de por qué no hubo necesidad de presentar la Constitución del 40 a Referendo: La Constituyente no excluyó a ninguna fuerza política o social; fue electa directamente por el pueblo; y sus sesiones más que públicas estuvieron bajo el más estricto control popular.

No era necesario someter a Referendo, a diferencia de ahora, en que se ha excluido a todos menos los castristas más genuflexos, en que el pueblo no eligió a los constituyentes, sino que estos fueron cooptados por la cúpula del Consejo de Estado, y en que las sesiones se han llevado adelante en el más absoluto secreto.

Por cierto, el que a partir de agosto se discuta públicamente la propuesta de nueva Constitución no cambia nada: Serán esas discusiones cuidadosamente vigiladas. Para eso, compañeros, tenemos a nuestra eficiente y bien pagada Seguridad del Estado; que de seguro no dejará de mandar a algunos de sus agentes, o de sus informantes, para que estén muy visibles en los “debates”.

Lo único que cabe hacerse ante la ilegítima Constitución de 2018 es manifestarlo en las urnas el día del referendo: Votando NO.

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Los americanos contra la Anexión.

“(Los EE.UU.) ayudarán a Cuba cuando Cuba se haya ayudado a sí misma. Esperar más que eso es una vaga ilusión.”

Francisco Vicente Aguilera.

A ciento veinte años de la Primera Intervención americana en la Isla es necesario volver al tema de la anexión, y del anexionismo.

El válido deseo de conservar la riqueza creada, y la forma de vida relacionada a ella, llevaron a la sacaro-cafetalocracia cubana, y al amasijo de clases y estamentos relacionados con la misma, a buscar la anexión de Cuba a los EE.UU.

Era impensable arriesgar la riqueza, que consistía en fundamental medida en dotaciones de esclavos, en una guerra independentista. Un conflicto bélico en que todo el que tuviera dos ápices de sustancia gris sabía que España si se emplearía a fondo, muy a diferencia de lo ocurrido en las tres primeras décadas del diecinueve en Sur, Centro América y Méjico. Por ello se prefirió buscar la anexión: irse a las armas solo como un gesto para atraer la inmediata ayuda americana[i]; coaccionarla incluso, cabría decir.

Porque como demostró la historia misma, la guerra contra España llevada adelante solo con nuestros únicos esfuerzos y recursos significaba el fin de la riqueza de la Isla.

Y había que separarse de la Madre Patria porque sin dudas, dígase lo que se diga, la Metrópoli no aseguraba esa riqueza ya no a largo, aun ni a mediano plazo.

En primer lugar España no era un mercado de peso para el azúcar cubano, e incluso su consumo principal era de la versión más artesanal, el mascabado; en segundo, como potencia de muy segundo orden era incapaz de defender los intereses de nuestro azúcar de caña frente a los de la de remolacha, por entonces apoyada y subsidiada por toda Europa, o en un momento anterior de enfrentar con determinación a las presiones anti abolicionistas de la superpotencia global, Inglaterra; en tercero, por su propia estructura, mentalidad y prácticas económicas, se demostró incapaz de aportar los bancos y todos los mecanismos necesarios para la actividad financiera de una industria como la azucarera, por necesidad industrial (de aquí el origen de la refacción, un mecanismo primitivo mediante el cual se financiaba nuestro azúcar desde la bodega del catalán); y en último lugar por su práctica de usar a las colonias como fuentes de recursos, más que como reales provincias del territorio nacional; y sobre todo, como medio para mantener contentos a los capitales de la periferia ibérica, que en el mantenimiento de la unión encontraban así la posibilidad de explotar los territorios de allende el océano (o sea, como medio para redirigir hacia las colonias el ancestral anti-castellanismo de la periferia ibérica).

En cuanto a esto último es conveniente señalar el hecho histórico constatable de que el nacionalismo catalán radical no resurgiría hasta después del 98. Muy en contraste con las muestras de unionismo acérrimo que había dado Barcelona ante el alzamiento cubano de 1868. Recordemos que con Prim, y aun después, Catalunya llegó a enviar fuertes contingentes de soldados voluntarios, que en la Isla lucharían con férrea determinación por la Unidad Nacional; o más bien por mantener sujeta a la Cuba de dónde habían surgido y todavía surgirían, muchos de los capitales que impulsaron el desarrollo capitalista de esa región española.

Había, en fin, que separarse de España, pero sin que el viento se llevara la riqueza y la forma de vida que había nacido con ella, y a resultas ambas del experimento liberal habanero. ¿Y qué mejor solución para ello que anexarse a la Unión, como un estado más, igual en derechos a todos ellos? Esto aseguraba, al menos hasta 1860, conservar la riqueza (esclavos en lo fundamental) y una forma de vida con ciertas similitudes a la del Sur esclavista; a posteriori de esa fecha, el único mercado que le iba quedando al azúcar cubano en un mundo dominado cada vez más por la remolacha subsidiada europea, a la vez que se conseguía acceder, directamente y sin traumas, a las libertades e infraestructura financiera que prometían los EE.UU. en contraposición a España, que sin dudas en ambos aspectos estaba mucho más atrasada.

En esencia es esta la razón que explica ese poderoso movimiento anexionista, que se explicita en la 5ª y 6ª décadas del diecinueve, pero que sordamente se mantiene vivo después, hasta el mismo 1898, en el corazón del movimiento separatista.

Porque no sigamos mintiéndonos a nosotros mismos a estas alturas, en que ya tenemos suficientes años de vida independiente como para permitirnos mirar fríamente a nuestro pasado: Aunque no cabe llamar en sentido estricto militantes del anexionismo a la gran mayoría de los separatistas, lo cierto es que su demasiada, constante y principalísima preocupación por lo que en Washington pensaran o hicieran con respecto al conflicto entre Cuba y España, los convertía en tales. Pero es más, el que ya en la 1ª República, o mejor, durante el Protectorado, los mismos que habían tomado las armas contra España en nombre de la Independencia se dieran con tal facilidad y sin muchos escrúpulos a las “protestas armadas”, mediante las que buscaban no derrotar al contrario, sino irse al campo, “alzarse”, para coaccionar así a los americanos a intervenir a su favor en el conflicto interno, nos deja muy claro que esta era una práctica a la que se habían habituado ya desde las mismas Guerras de Independencia.

“Ojalateros”, practicantes del “Ojalaterismo”, esa forma atenuada de anexionismo que luego se convertiría durante el Protectorado en Plattismo (el buscar aprovecharse de la subordinación externa para imponer al interior de la política nacional los intereses propios), eran en su gran mayoría los que pelearon en nuestras Guerras de Independencia. Ojalateros, como llamaba Máximo Gómez a los muchos que en los campamentos mambises se mantenían repitiendo día y noche: “…ojalá que vengan los americanos, ojalá que acaben de intervenir…”

Gómez, alguien que, por cierto, no tardó en demostrar con su comportamiento durante ese año de 1898 que él no era en el fondo otra cosa que un ojalatero más; y así se negó a aceptar la invitación de Ramón Blanco y Erenas a enfrentar en conjunto al invasor, algo que seguramente sí habría aceptado un Antonio Maceo[ii]; o luego le sirvió en bandeja de barro, y mal cocido, el Ejército Libertador al gobierno interventor americano.

Pasar por alto el que uno de los primeros actos del recién constituido Gobierno de Cuba en Armas fuera pedirle al presidente de los EE.UU. la anexión, y que dicho acto viniera respaldado por la firma de la gran mayoría de los alzados, con la honrosa excepción, de entre las conocidas, de Eduardo Machado, es una muestra de ese insistente intento de nuestra historiografía por ocultar hechos, y desaparecer documentos, para así reescribir nuestra Historia en clave mítica.

Lo malo de este intento es que como a fin de cuentas esos discursos historiográficos no han afectado en mucho, o casi en nada, las reales y subterráneas corrientes de desenvolvimiento histórico de la psicología, de la idiosincrasia nacional, pues no sirven, ni han servido para trazar políticas en base a las cuales sacar al país de sus atolladeros históricos.

En Cuba existe aun hoy una profunda corriente de ojalaterismo. Hay incluso uno inverso, pero que en definitiva funciona con las mismas desgraciadas consecuencias que el positivo, y que se puede descubrir sin mucho trabajo en la prensa o en general en los medios controlados por el régimen dizque nacionalista: Cualquiera que abra a menudo la prensa en Cuba, o siga los noticieros o espacios televisados de… “debate” (incluso entrecomillada nos resulta demasiado surrealista usar esta palabra aquí), se dará cuenta que ellos tienen su mirada fijamente enfocada en los EE.UU., y solo en ellos. Y no es solo que todos los problemas internos sean referidos a ese país, sino que en última instancia se parte de la idea de que mientras aquel no cambie, mientras no se lo lleve el Diablo, o cinco terroristas suicidas islámicos o norcoreanos, u ocurra una Revolución idéntica a la cubana (o sea, esto significa para cualquier ojalatero cubano de signo negativo el que se subordine por completo a su Revolución), los problemas de Cuba nunca se resolverán.

Así, el castrismo, al remachar en la cabeza de los ciudadanos la errónea idea de que no podemos vivir de espaldas a los americanos, que la vida no es más que una cruzada por derrotarlos, o un eterno combate para esquivar sus golpes mientras por fin llega el fin del Capitalismo, no hace más que, a la larga o a la corta, hacer nacer en todas las cabezas la conclusión lógica de para qué enfrentarse a lo inevitable: A la muerte, como a la anexión, uno tiene que aceptarla…

Resulta indiscutible a estas alturas que nuestros ancestros del diecinueve querían que los americanos les sacaran las castañas del fuego. Pero esto, por cierto, no justifica la bribona actitud americana ante ese válido deseo cubano. Es necesario entender que a cambio de impedir que la riqueza de la Isla fuera consumida en una devastadora guerra, más allá de nuestras posibilidades reales, los cubanos se disponían a poner en manos de la República del Destino Manifiesto la isla más rica del mundo. Aquella que algunos visitantes del medio siglo, entendidos en relaciones coloniales, se atrevían a señalar que por su riqueza parecía más la Metrópoli de España que viceversa; dónde más millonarios había en el mundo de la época con relación al número total de habitantes, y donde incluso los obreros negros de La Habana disfrutaban de un nivel de vida muy superior al de sus contemporáneos parisinos (lea, por favor, Cecilia Valdés y Los Miserables, luego compare)… No pasemos tampoco por alto el que todavía en 1850, antes de la Revolución del acero barato, el azúcar era el principal producto de intercambio, que además contaba entre todos los demás con el mayor valor agregado de las tecnologías estrellas de la época: la mecánica y la química.

Una Isla que ya desde la época de los profetas de la expansión y el futuro poder americano, allá por las postrimerías de Siglo de las Luces, cuando no era todavía más que un poco desarrollado presidio español dedicado por sobre todo a la ganadería extensiva y el cultivo del tabaco, se vaticinaba terminaría por orbitar de una u otra manera alrededor de la naciente Nación. Una isla sobre la que Thomas Jefferson escribiera ya desde junio de 1823:

La verdad es que la agregación de Cuba a nuestra Unión es exactamente lo que se necesita para hacer que nuestro poder, como nación, alcance el mayor grado de interés.

En esencia los americanos, en respuesta al interés cubano por la anexión, tuvieron dos periodos muy bien definidos.

En el primero el principal obstáculo para aceptar esa propuesta está en los problemas de equilibrio interno de la Unión; ya que los estados del Norte no deseaban la anexión de un nuevo estado esclavista, que desbalancearía los equilibrios de poder a favor del Sur. Sin tampoco dejar de tener en cuenta la relativa debilidad de la Unión antes de 1860, que la hacía pensárselo muy bien antes de desafiar los poderes europeos que probablemente apoyarían a España en el caso cubano.

En el segundo periodo, entre 1865 y 1898, subsiste este último motivo, aunque con una importancia en declive inversamente proporcional al aumento de la población y el poderío económico de unos Estados Unidos en que se ha vivido la experiencia de la guerra más importante al interior de Occidente entre 1815 y 1914.

Lo verdaderamente significativo en este periodo es la suspicacia yanqui hacia las élites cubanas, a las que identifican todavía con sus pares sureños. Estos últimos estarán ahora derrotados y pobres, pero en lo profundo de los secreteos políticos yanquis se teme si los cubanos no podrían venir a reforzarlos, tanto económica como espiritualmente.

Una élite, la cubana, que por otra parte es muy semejante a aquella de los “caballeros”, que ya les américaines habían encontrado en su avance hacia el oeste a través de Texas y otros territorios arrebatados a Méjico, y ante la cual el americano medio siempre tuvo (y aún tiene) sus complejos de inferioridad; entendibles por demás en una Nación constituida enteramente por plebeyos que habían escapado de la aristocrática Europa. Una clase de caballeros latinos, pero cien veces más estructurada que sus semejantes tejanas o californianas, con una mentalidad liberal comparable a las de las élites neoyorkinas o bostonianas, y con una cultura y amplitud de miras muy superior al promedio de todas las élites americanas[iii].

Era por tanto natural su actitud en esta segunda etapa ante una sociedad con una élite que nunca creyeron poder digerir en su sistema político-cultural.

Esta es la explicación principal de porqué los americanos prefirieron dejar que España desangrara a esa élite cubana, hasta hacerla desaparecer casi como poder económico, e incluso hasta en sentido demográfico; aunque nunca lograrían el objetivo de hacerla desvanecer como tradición cultural y de pensamiento. El resentimiento de esa tradición ante esa actitud dolosa de los yanquis conduciría medio siglo después a la explosión de nacionalismo de finales de los cincuenta, y al castrismo, que supo aprovecharse de la misma para imponer su Autoritarismo Paternalista.

Señalemos rápidamente y de pasada que la explicación en base al temor ante la posible actitud de Inglaterra, garante de España, resulta poco creíble ya a partir de 1866, o 1871, cuando el nacimiento del coloso Alemán desarticula toda Europa, y anuncia que a la hasta entonces única Superpotencia Global le ha surgido un desafío de respeto en su mismo vecindario (una medida de las aprensiones inglesas está en que allí haya florecido, a partir de la derrota de Francia en el 71, todo un género literario: la Novela de la Invasión, en que las islas británicas se convertían en la próxima víctima del Imperio Alemán). En general en el último cuarto de diecinueve el reino Unido enfrenta desafíos demasiado vastos como para dedicar tiempo a una islita que con solo mirar en un mapamundi es evidente que resultaba una posesión natural americana.

Es esa misma actitud marrullera americana de esperar a que se desangrara y descapitalizara la élite cubana la que explican porque en 1898, cuando intervienen en una guerra que ya España no podía sostener, la anexión ha dejado de ser la solución de algo para los cubanos: La forma de vida, la riqueza y hasta la clase misma que intentaba conservarlas se habían desvanecido entre el humo de los incendios de treinta años de guerras. Y dado ese caso, ¿para qué carajos se necesitaba entonces a los americanos?

Cabe agregar por último que los americanos no solo impidieron la anexión con su actitud dolosa, de esperar el momento oportuno para deshacerse de los dos contrincantes al mismo tiempo, y con el menor esfuerzo.

Porque independientemente de que ya no hubiese razones para buscarla (se había alcanzado la independencia, por propio esfuerzo, con las consecuencias naturales predichas y que ello solo podía tener), subsistía un movimiento anexionista que al menos por inercia hubiera mantenido esa bandera. Un partido anexionista que en medio de las divisiones del movimiento separatista-independentista habría podido imponer esa solución con relativa facilidad; si hubiese contado con el apoyo de los mismos interventores.

El problema estuvo sin embargo en la manera en que los EE.UU. intervinieron, y sobre todo en la clara intención que demostraron desde un inicio de no aceptar a Cuba más que como una dependencia; tipo de lo que poco después fue y aún es Puerto Rico. Esto fue el tiro de gracia al movimiento anexionista: Si hubo a partir de entonces tantos o más intereses que antes en pro del mantenimiento a toda costa de nuestras relaciones con el único mercado que, para nuestra azúcar, nos quedaba abierto en el Mundo, por otra parte el “embullo”, el espíritu necesarios a todo movimiento político que aspire a realizarse desaparecieron del anexionismo.

Esto es evidente en la obra del patriota cubano José Ignacio Rodríguez. Su monumental Estudio histórico sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la idea de la Anexión de la isla de Cuba a los Estados Unidos de América, publicado en plena Primera Intervención, no es en sí un panfleto para llamar a los cubanos hacia esa opción, a la manera que piensan quienes han impedido su posterior reedición, sino más bien una denuncia de la traición que a esa idea llevan adelante por entonces los hombres del partido republicano capitaneados por el presidente McKinley. Dice así en el prólogo de esta obra el discípulo de Luz:

Por lo que hace a la isla de Cuba, preciso es reconocer que el movimiento anexionista, se encontró siempre ligado con las aspiraciones levantadas de patriotismo cubano. Nadie entre los hijos de Cuba quiso nunca, que su patria se agregase a los Estados Unidos de América, por solo el gusto de cambiar de amo, para que fuese gobernada militarmente, como colonia, o posesión habitada por gente de raza y civilización inferior, a la que hay que enseñar el arte de gobernarse, e indigna de ser dejada a sus propios destinos hasta que no llegue a lo que el Presidente McKinley ha llamado, y apenas puede traducirse al castellano, “el nivel de bien conocido respeto propio, y de unidad confiante en sí misma”, que según él ponen a una comunidad ilustrada en aptitud para gobernarse sin tutores. Nadie creyó nunca, tampoco que la anexión de Cuba a los Estados Unidos de América podría jamás resultar, lo que le está resultando a Puerto Rico, a cuyos naturales se ha negado el carácter de ciudadanos de los Estados Unidos de América, sin más derechos que los que el Congreso federal, ha tenido o tenga a bien concederles. Los partidarios de la anexión creyeron siempre, y continúan creyendo, a pesar de todo, que por medio de aquella podría alcanzarse para su patria amada la mayor suma posible de dignidad, de libertad, y de grandeza material y moral…

Estudio histórico es en realidad un documento invaluable: Marca el instante en que el anexionismo cubano comprende de a lleno lo inviable de su propuesta, nada menos que por la reticencia de la otra parte, los EE.UU., a permitirla, o más bien por su incapacidad para llevarla adelante (la ya referida, en las notas, incapacidad americana de absorber naciones).

Porque en resumen: fueron los EE.UU. los que impidieron la anexión cubana.

[i] Desengañémonos, las “protestas armadas” no principiaron en Cuba en agosto de 1906.

[ii] No decimos aquí que Maceo fuese un santo: si a alguien se puede acusar en el 95 de tener aspiraciones dictatoriales es precisamente a él. Pero lo real es que él hubiera comprendido, por la razones que fueran, que era preferible la Autonomía que concedió España a fines de 1897, que el Protectorado que sufrimos hasta septiembre de 1933.

[iii] Si se observa aun hoy los EE.UU. carecen de la capacidad de absorber sociedades enteras con un cierto nivel de estructuración y de cultura propia. Su actual enésimo repliegue interno, esta vez ante la Gran Reconquista Mejicana de lo perdido por esa nación a mediados del diecinueve, así lo demuestra. Los EE.UU. tienen una gran capacidad de absorber individuos o familias, pero no nuevas naciones. Era por lo tanto sencillo anexarse la despoblada Texas con sus “caballeros” trogloditas, o la casi deshabitada California, territorios que no tardaron en inundarse de individuos europeos aculturados, pero el desafío de hacer lo mismo con La Habana, y en general con toda Cuba, excedía las capacidades de la civilización americana. Aun hoy, repetimos.

Tras las apariencias en la Asamblea Nacional todo sigue igualito.

José Gabriel Barrenechea.

Se observa desde la anterior Legislatura que la Asamblea Nacional tiende a mostrarse más activa, a sesionar durante algunos días más de lo corriente.

No obstante, estos cambios son solo cuantitativos, ya que la Asamblea Nacional no ha pasado a ser todavía ni de lejos el “órgano supremo del poder del Estado”, aquel que “representa y expresa la voluntad soberana de todo el pueblo”, el único “con potestad constituyente y legislativa en la República”, como se establece en el papel de la Constitución vigente; “de dientes pa’ afuera”, a la manera que solemos decir en Cuba.

Por el contrario, la Asamblea Nacional es todavía un órgano diseñado para aprobar por unanimidad las decisiones, y la santa voluntad, de los miembros clave del Consejo de Estado; para así darles a aquellas (sus decisiones) y a esta (su voluntad) un barniz de legitimidad democrática.

Solo que como ahora, en el post-castrismo, es más necesario que nunca dar esa apariencia de amplia participación ciudadana, de que Cuba es un estado socialista en que manda el pueblo, no los mandamases, se requiere extremar un poco más la mano en el barnizado. De ahí que quepa vaticinar que de ahora en lo adelante la Asamblea seguramente se reunirá más de una vez en el año, y por mucho más tiempo, cada vez, que el fin de semana hasta ahora habitual.

De que todo sigue igual en el cuartico post-castrista da buena cuenta lo sucedido en estos días en el Palacio de Convenciones: Significativamente la Asamblea Nacional no discutió en su seno hasta consensuar las propuestas de quienes integrarían las comisiones en que se divide. Esas propuestas vinieron, impresas con suficiente anticipación, del Consejo de Estado, y nuestros “autónomos” diputados se limitaron a aprobarlas… por unanimidad, por supuesto.

Es de señalar que resulta por completo increíble que ni uno solo de los 600 diputados haya expresado al menos sus dudas sobre la selección de otro legislador para alguna de esas comisiones. Sobre todo si tenemos en cuenta que se habla de varios centenares de comisionados.

En cuanto a las intervenciones de los diputados no puede más que decirse que, salvo excepciones, no parecen haber tenido otro interés que demostrar, por parte del interviniente, su absoluta sintonía con lo definido previamente en el Consejo de Estado, o con lo que les informan unos ministros que van a hacer como si rindieran cuentas frente a las comisiones. De hecho nos atrevemos a afirmar que al menos el 50% de esas intervenciones no han tenido otro objetivo que el del diputado en cuestión, logrero manifiesto, de señalarse ante los que más mandan, los mandamases. Quienes pueden mantenerlo por siempre en su asiento “aprobativo” (no puede llamarse a nuestros diputados ni tan siquiera “consultores”, porque como ya hemos señalado más arriba ellos solo están allí para aprobar), o incluso buscarle algún acomodo de más provecho, más y más adentro del restringido círculo en que se toman las decisiones.

Un último punto a señalar es esa insistencia de nuestros medios, a indicación de los mandamases, en que la Comisión creada para elaborar el Anteproyecto de Reforma Constitucional nos representa a todos los cubanos.

Al menos en mi caso particular no es así. En ese símil demográfico, en ese modelo en pequeño de la Nación Cubana que dicen haber armado con esa selección los que más mandan, no se ha escogido a nadie como yo; y conste que no habló desde un supuesto excepcionalismo mío.

Y es que resulta imposible armar comisiones de modo que representen a la infinita variedad y riqueza de detalles del ser humano: Somos irrepetibles, no lo olvidemos nunca, sobre todo ante los que desean estandarizarnos y ponernos a pastar, como los carneros, en algún campo de su propiedad.

No nos embelequemos a nosotros mismos, si el objetivo es tomar decisiones lo más ajustadas posible a nuestra realidad, lo más práctico que para hacerlo hasta ahora hemos descubierto (por tanto, no lo que sirve para alcanzar de manera infalible la mejor decisión) es dejar que el soberano, el conjunto de la ciudadanía,  elija de dentro de sí a su poder legislante, por medio de las complejas formas en que se ha venido haciendo en las democracias occidentales desde mediados del siglo XIX[i].

Este recurso de crear comisiones que busquen representar demográficamente una copia en pequeño de la sociedad en cuestión pertenece a lo que ahora suele llamarse democracia deliberativa. Un recurso de gran utilidad, siempre que esas comisiones no sean las que decidan sobre el asunto a solucionar, sino que los acuerdos alcanzados por ella solo sirvan a los miembros del órgano legislativo en cuestión (poder legislante) para hacerse una idea aproximada de la opinión de la sociedad en un momento determinado, y en base a ello, y a sus propias opiniones, compromisos, impulsos irracionales… enfrentarse al proceso de consensuación subsiguiente al interior de dicho órgano.

En todo caso la real similitud, la semejanza de esas comisiones escogidas con la sociedad de la que en teoría son una muestra reducida resulta harto discutible. Las mismas han sido siempre escogidas por alguien, en consideración a criterios e intereses que son solo suyos.

En cuanto a intentar validar esas muestras en base a haber sido escogidas al seguir de manera escrupulosa criterios científicos, no cambia nada. La Ciencia, bien lo sabemos al presente tras los trabajos de Popper, Kuhn, Lakatos, Feyerabend… nunca nos dará un conocimiento acabado y exacto, solo aproximaciones que aceptamos en no poca medida gracias al consenso de la comunidad científica, y de la extra-científica que la rodea.

O sea, al nuestro saber científico mismo ser doxa, no la episteme que el mismo creador del término, Platón, situaba en un plano inalcanzable para el ser humano, no cabe utilizar a la Ciencia, como a veces se ha utilizado en la Modernidad, para justificar el imperio de ciertas formas políticas sobre la vida del supremo opinante: el hombre.

Es en el Diálogo sin otras cortapisas que las del respeto al espacio en que se realiza, que no puede ser cerrado para nadie, donde encontramos nuestras respuestas, siempre contingentes.

[i] la Partidocracia está llena de defectos, pero antes de simplemente echarla a la basura debemos preguntarnos: ¿Hemos encontrado algo mejor para sustituirla, algo que no sea regresar a las formas anteriores a las que vino a sustituir, demostradamente peores? Porque por desgracia ese ha sido el resultado del Leninismo, que con el supuesto objetivo de superar a la Modernidad Capitalista no ha hecho más que hacernos retroceder a la Pre-modernidad autoritaria.

Para una defensa de la actualidad de la concepción de tiempo y espacio kantiana en la física de Einstein.

José Gabriel Barrenechea.

En su Nueva Refutación del Tiempo Jorge Luís Borges lleva a su conclusión natural todo el impulso destructor del pensamiento inglés contemporáneo de Newton. Berkeley ha negado el mundo de afuera, y Hume va incluso más lejos al negar la de nosotros mismos, más allá de la serie de sensaciones que se suceden sobre ese escenario que en un último golpe de cola ni tan siquiera admite somos: ¿Ante tanta fragmentación y nihilismo, por qué no negar también el tiempo, se pregunta Borges?

Quien habría de poner un término a ese ánimo nihilista inglés fue un prusiano residente en los confines de Europa: Emmanuel Kant. Un señor que conocía perfectamente la geografía del río Támesis sin haber puesto nunca un pie en Inglaterra, o en general a más de un centenar de kilómetros de su Königsberg natal. Es él quien establece la unión inseparable entre sujeto y objeto, entre quien piensa y el imprescindible algo que es pensado. Es él quien también nos aclara que espacio y tiempo no son formas de la realidad, del noumeno, sino herramientas de nuestro pensamiento.

Pensar, incluso a los niveles más primitivos, inconscientes, es ordenar. Según Kant ordenamos ese enorme mundo de sensaciones, de estímulos atrayentes o por el contrario desagradables, a que estamos sometidos, y para ello necesitamos una especie de regleta: el espacio, y una especie de diario: el tiempo.

Todo ese caótico y amorfo “afuera”, ese más allá de nosotros mismos (aunque tampoco aquí los límites fronterizos nunca lleguen a sernos muy nítidos), es ordenado por nuestro pensamiento, y para ello entre otras herramientas se requiere de una noción de espacio. En él los estímulos que más difíciles nos resulta alcanzar, que mayor esfuerzo debemos emplear para experimentar, son colocados “más lejos”, y los más accesibles, “más cerca”. Idénticamente mediante el tiempo podemos intentar ordenar nuestros pensamientos, en una continuidad que garantiza la unidad de nuestro ser, esa sustancia pensante, al decir de Descartes.

No obstante, la concepción kantiana de espacio y tiempo es supuestamente puesta en duda por la Teoría Especial de la Relatividad: Tiempo y espacio no son absolutos, tal como estableció Newton, y Kant habría aceptado para su concepción de los mismos, sino relativos al movimiento del observador.

La realidad es que para cada “ordenador” específico tiempo y espacio propio no cambian en ninguna circunstancia. La dificultad solo aparece cuando el que piensa debe comunicarse intersubjetivamente con otro ordenador.

En el caso de la Teoría Especial de la Relatividad, si A percibe a B moviéndose a una velocidad próxima a la de la luz, dirá que lo ve acortarse en la dirección de su movimiento, y que en el los procesos naturales transcurren más lentamente (envejece a menor ritmo). No obstante, lo mismo es evidente que dirá B con respecto a A, ya que para él quien se mueve es aquel. Lo que constituye la paradoja de los gemelos, planteada por Paul Langevin, y que Einstein solo pudo resolver en un marco teórico más amplio: La Teoría General de la Relatividad.

Esta última aclara que el problema está en cuál de los dos está teniendo, o ha tenido que acelerar para alcanzar su estado presente de movimiento, y por tanto se ve o se ha visto afectado por fuerzas inerciales: Si es A quien acelera, observara que en B, librado de las fuerzas inerciales, los procesos naturales ocurren de manera más rápida que en su caso, y a su vez, correspondientemente, B verá que en A dichos procesos son más lentos, con lo que se elimina la contradicción que la Teoría de la Relatividad en su versión restringida no puede resolver.

De esto parecería colegirse que el fluir del tiempo, y las dimensiones o la estructura del espacio dependen de la existencia de fuerzas inerciales actuando sobre el ordenador.

No obstante, esto no es así: El tiempo y el espacio solo dependen de las fuerzas inerciales en la comunicación intersubjetiva. Para cada uno de nosotros, ordenador-pensante, encerrado en sí mismo, el tiempo y el espacio siguen inalterables, independientemente de si sobre nosotros sentimos la acción de fuerzas inerciales o no. Espacio y tiempo solo se curvan cuando intentamos encontrar un lenguaje común a dos ordenadores, uno de los cuales se encuentra sometido a las mencionadas fuerzas, y no en el caso particular de cada uno de ellos, en que la rejilla sigue recta y las anotaciones en el diario siguen estando exactamente a la misma distancia una de la otra.

¿Y no ocurre algo semejante en cualquier comunicación intersubjetiva?

Es decir, si hemos definido que el espacio no es más que una regleta donde ubicamos estímulos, y sus pretendidos causantes, en dependencia del esfuerzo que debemos hacer para llegar a ellos, o del que potencialmente deberíamos hacer: ¿No es evidente que hay radicales diferencias en esos espacios entre un ordenador y otro, incluso en el sector del afuera en que normalmente vivimos; y que si allí no llegamos a notar la magnitud de las diferencias y las adecuaciones consiguientes al traducir de uno a otro, se debe a que ya en ese sector del afuera ha sido establecido por la costumbre un idioma de traducción automático; y que solo comenzamos a notar las diferencias cuando entramos en ambientes novedosos, como los de las velocidades excesivamente altas, las aceleraciones en extremo elevadas, o en escalas de los constituyentes ya muy alejadas de la nuestra, como en el caso de la Mecánica Cuántica?

En todo caso no creo que nadie piense en realidad que el espacio del que echa mano un señor que se pasea por un prado danés, en un fresco día de junio, se corresponda con el que utilizaría ese mismo señor puesto a caminar en el medio del Sahara, a mediodía, y por esas mismos fechas. O que el tiempo corra de igual manera para Edmundo Dantés en su celda de la fortaleza de If, que para quien por primera vez ve Intriga Internacional de Hitchcock (North by northwest).

Aun cuando al paseante del primer ejemplo alguien le demuestre con una lienza que la vaca danesa que ve a la distancia se encuentra al mismo kilometro que el pozo de agua sahariano, a él, aun con todo el bagaje de milenios en los cuales hemos llegado a esa convención intersubjetiva que es el sistema métrico, le costara un gran esfuerzo convencerse de que realmente esos dos estímulos, la mugiente y cálida mancha blanca y negro, y el medio de calmar su sed, se encuentran a la misma distancia.

Debemos tener absoluta claridad, como alguna vez señaló el propio Einstein, que una cosa son el espacio y el tiempo subjetivos, de la filosofía, y otra el espacio y el tiempo de la física (ese del que solo podemos decir que medimos con nuestros relojes). En este segundo caso es entre otras cosas un recurso “idiomático” en la comunicación intersubjetiva, en la primera una vivencia del en sí mismado.

Tiempo y espacio filosóficos son concepciones a priori, recursos sin los cuales no podríamos pensar en el aislamiento ensimismado de nosotros mismos, conceptos que indiscutiblemente nos son alterados por el cúmulo de estímulos que intentamos colocar en ellos. No son ciertamente absolutos, en el sentido de unos y los mismos para todo aquel que piensa. Están claramente determinados por el propio pensante, y por el particular cúmulo de estímulos a que está sometido. Pero de ello no se desprende que el espacio y el tiempo estén en el amorfo e infinito afuera, solo que quizás algunas características de este sean parecidas, paralelas, a las de ellos.

En este sentido quizás seamos el único animal que ha alcanzado a pensar racionalmente, “ordenadamente”, por la favorable casualidad de que ciertas estructuras mentales en potencia que poseían nuestros ancestros, hace millones de años, coincidieran en una medida bastante adecuada con algunas del amorfo e infinito afuera en que por entonces vivíamos.

Ocurre aquí como en el caso del cerebro, en que la verdad es que nada nuevo que se investigue sobre él cambiará nuestra real percepción de nosotros mismos, y principalmente de lo que somos en definitiva, ya que el cerebro no es lo que somos, sino solo una idea con que intentamos ordenar determinadas sensaciones y estímulos relacionados directamente a nosotros mismos

Y es que hace falta mucho más que la Teoría Espacial de la Relatividad para negar que el espacio y el tiempo sean formas de nuestra sensibilidad: El milagro de alguna vez conseguir trascender nuestra propia condición en sí mismada.

En campaña por el NO: Sobre la excesiva concentración del poder.

José Gabriel Barrenechea.

Allá por los primeros meses del ya muy remoto 2008, poco después de prometernos aquel famoso vasito de leche en Camagüey, un Raúl Castro que recién asumía la presidencia del Consejo de Estado se declaró favorable a que en Cuba solo alguien como Fidel Castro detentara la cantidad de poderes que reunió aquel en sus manos hasta el 31 de julio de 2006.

Al respecto de la magnitud de esos poderes, y de la interpretación que a los mismos le daba el régimen, resulta oportuno recordar lo escrito en Comentarios a la Constitución Socialista, por el “miembro clave de la comisión encargada de redactar el Anteproyecto de la Constitución Socialista” (según lo define la nota del editor en la contraportada de ese libro), profesor y diplomático Fernando Álvarez Tabío:

“La función múltiple atribuida al Presidente del Consejo de Estado, en lo político, en lo económico, en lo legislativo, en lo gubernamental, en lo administrativo, en lo militar, la cual ostenta como máximo depositario de la soberanía nacional y defensor más representativo de la causa de la democracia y del socialismo, solo podemos concebirla en quien, desde las epopeyas del Moncada y la Sierra Maestra, guiado por el pensamiento de José Martí, condujo la Revolución a la victoria. En la historia de todos los pueblos hay grandes hombres cuya vida y obra están estrechamente ligadas a las más gloriosas etapas históricas de la nación. Estos hombres simbolizan las más altas cualidades de su pueblo; dedican toda su vida a la lucha por su independencia y su felicidad; sus palabras y sus acciones reflejan las aspiraciones más acariciadas y la voluntad más firme de la Nación.”

“El presidente del Consejo de Estado de nuestra República, compañero Fidel Castro Ruz, es uno de ellos. Consideramos, pues, que el artículo 91 de la Constitución (93 de la actual) es un justo homenaje a su persona.”

En resumen: Fidel Castro reunía en sus manos poderes omnímodos, y esto se explicaba en que era él para los cubanos algo así como Napoleón para los franceses.

Parecía, por tanto, augurarse de aquella declaración del por entonces flamante General Presidente, alguien que ni en broma cabía comparar con Bonaparte, que Raúl Castro estaba por disminuir los muchos poderes del cargo gubernamental y estatal que acababa de asumir; definidos por la Constitución en su extenso artículo 93, y que lo convertían en algo así como en un monarca asiático. Y que muy probablemente lo haría, especularon algunos, mediante la separación en cargos diferentes de las atribuciones del Presidente del Consejo de Estado, exactamente entre él (presidente) y un hipotético futuro Presidente del Consejo de Ministros (primer ministro).

Sin embargo,  más allá de aquella ostentosa declaración de que Fidel era Fidel (obvio) y nadie más llegaría nunca a su altura, Raúl Castro no hizo nada al respecto, y así, durante los diez años en que detentó el poder se cuidó de retener en sus manos la misma suma de poderes que habían estado en las de su hermano.

Cabe preguntarse a estas alturas, cuando ya ha dejado el cargo y desde su aún no abandonado trono partidista promueve un proceso de Reforma Constitucional, si ahora sí estará por tomar las medidas necesarias para que en Cuba de ahora en adelante nadie disfrute de los poderes omnímodos de Fidel… y de él.

En este sentido:

¿Se le disminuirán los poderes al Presidente del Consejo de Estado en el anteproyecto de Reforma Constitucional que se cocina, ahora que al que detenta el poder (Díaz-Canel) no cabe igualarlo en “méritos” a un Fidel Castro (¡Herejía!), méritos que en alguna medida y con mucha imaginación podrían reconocerle a un Raúl Castro (por herencia del carisma a través de la sangre)? ¿Se le disminuirán a ese cargo las excesivas atribuciones,  ahora que el artículo 93 no puede ser considerado “un justo homenaje  a su persona”, o sea, a la persona de Díaz-Canel, ya que ello equivaldría a renunciar al principio central e indiscutible del régimen de considerar a Fidel Castro como un caso excepcional? ¿Se creará el cargo de primer ministro? ¿O se renunciará a los poderes del presidente que generan interferencias con los, en teoría, superiores de la Asamblea Nacional?

Personalmente, creo que no; sobre todo tras ver en mi televisor las sesiones de la Asamblea Nacional del pasado sábado, en que más que consensuar entre los diputados los miembros de las comisiones en que se divide la misma, bochornosamente lo que hicieron fue aprobar por unanimidad unas listas evidentemente preparadas de antemano por el Consejo de Estado.

Si dudas en el próximo texto de la Constitución de la República el Presidente del Consejo de Estado seguirá tan poderoso como hasta ahora. A pesar de que a partir de este 19 de abril quien lo ocupe no tiene, ni tendrá, el carisma que justificaba, al menos desde la visión carismática que de sí mismo tiene el régimen, tal acumulación de poder en las manos del fundador del estado castrista.

Por lo tanto, solo en la hueca palabrería del discurso político post-castrista, Fidel, el fundador del régimen, se mantendrá como un caso excepcional. Y por lo mismo, aunque tal vez sin hacer exhibición pública y explícita del título de Comandante en Jefe, todos los que vengan de ahora en adelante seguirán desempeñando “la Jefatura Suprema de todas las instituciones armadas”, determinando “su organización general”, y presidiendo “el Consejo de Defensa Nacional” (artículo 93, incisos g y h). O lo que es lo mismo, serán indiscutiblemente los Comandantes en Jefe de las instituciones armadas cubanas.

Este punto, como el de la presencia o no de una definición explícita de qué se entiende por socialismo, es vital para cualquier ciudadano que pretenda decidir racional, y libremente, cómo votará en el Referendo. En definitiva para decidir en base a un estudio profundo del texto del anteproyecto de Constitución: Si es él de los que está por mantener concentrado el poder político, votará afirmativamente, sí en cambio está por aumentar la participación ciudadana en la vida política del país, votará NO.

Y es que resulta claro que muy poco de empoderamiento real de la ciudadanía podrá haber allí donde el poder político sigue monopolizado, como hasta ahora, en las manos de un individuo: el Presidente del Consejo de Estado. Un individuo que, presumiblemente cuando Raúl Castro se retire de la vida política, acaparará de nuevo en sus manos el cargo de Primer Secretario del PCC (por cierto, legislar sobre una posible separación de esas funciones, sí corresponde a la forma de ver el derecho constitucional por los castristas).

Solo una separación de poderes, entre un presidente y un primer ministro, además de la renuncia por ambos de aquellas atribuciones que crean interferencias con las del órgano supremo del poder del estado, la Asamblea Nacional, traerá algún avance democratizador por esta dirección. Lo demás no pasará de más de lo mismo.

Por tanto, ciudadano, en ese caso de que todo siga igualito en el cuartico: Di que NO, que NO, el día del Referendo.

Discurso del Método para distinguir de entrada si lo de la Reforma Constitucional no pasa de otra maraña castrista más.

José Gabriel Barrenechea.

miguel-diaz-canelEn Los Principios de la Filosofía Descartes nos dice que ha advertido que los filósofos, al tratar de explicar cosas que son en sí manifiestas, no han hecho más que oscurecerlas. Se refiere, claro, a aquellos filósofos escolásticos que antes de sumergirse en el estudio de la realidad, al intentar definir cosas tan inasibles y por tanto inefables como la vida, o actos como el sentir o el pensar, se enredan de manera inevitable en tal maraña de razones y devaneos lógicos que no los conducen a nada práctico.

Sostiene Descartes que hay verdades tan evidentes para todos, como la de que si se piensa es porque se existe, que no se necesita para admitirlas de sentarse a reflexionar antes sobre qué es pensar o existir. Que basta el tener una mente despierta y que antes haya admitido ponerlo todo en duda para que puedan ser claramente comprendidas.

Pero si bien el iniciador de la filosofía moderna tiene aquí razón, debemos señalar, sobre todo al dirigirnos a una audiencia cubana, que esto es solo absolutamente verdadero en asuntos tan impenetrables como los metafísicos. Por el contrario, en el caso de los políticos, muy concretos y hasta prosaicos, es vital siempre partir de definir el tema de lo que se discute, y por sobre todo qué se entiende por los principales conceptos enredados en la discusión. Tengo la certeza de que si tal hiciéramos, los cubanos muy pronto terminaríamos por darnos cuenta de que lo que solemos hacer en nuestras discusiones de esquina no es más que gritarnos los unos a los otros… en la defensa de exactamente lo mismo que sostiene nuestro contrincante.

Lo de definir, imprescindible en nuestras habituales discusiones entre ecobios, aseres y moninas, lo es más en nuestra política. Sobre todo en la política que hagamos de ahora en adelante, y más que nada en la relacionada con la prometida próxima Reforma Constitucional.

Si recordamos en la actual Constitución, en su artículo 3, se establece que “El socialismo… es irrevocable…” Algo que puede ser plenamente aceptable para quien esto escribe, solo sí en la futura Reforma se deja muy claro qué es el tal socialismo ese que es irrevocable, y a él le conviene lo definido.

Parto de admitir, por cierto, que los proponentes de la Reforma no han hecho la interpretación literal de lo que señala el tercer párrafo de ese artículo 3, ya que de haber interpretado al pie de la letra lo que allí se dice les habría quedado claro que la Constitución en su conjunto es irreformable, o que los cambios que pueden hacérsele resultan tan insignificantes, que quizás solo quepan los de redacción. Cambios que en todo caso no alteren “…el sistema político y social revolucionario establecido en esta Constitución, probado por años de heroica resistencia frente a las agresiones de todo tipo y la guerra económica de los gobiernos de la potencia imperialista más poderosa que ha existido y habiendo demostrado su capacidad de transformar el país y crear una sociedad nueva y justa…”

O sea, que en la Constitución actual si existe ya una interpretación de qué es el socialismo, y es muy simple: Es lo que hay, que ha más que “probado” y “demostrado” “su capacidad de transformar al país y crear una sociedad justa y nueva”.

El socialismo cubano es lo que hay, y san se acabó.

Resulta evidente que de ser esa la interpretación que hacen quienes ahora nos proponen una Reforma Constitucional, ya de entrada nos descubren que lo que piensan proponernos en ella no pasa de meros acomodos sin trascendencia.

Por lo tanto un primer medidor claro de si con la Reforma no se nos está cogiendo pa’ sus cosas, como hasta ahora han solido hacer los castristas en estos temas electorales, es si en la propuesta de Reforma aparece o no una explícita definición de qué es ese socialismo que los cubanos aceptamos como irrevocable. Si no aparece es simple y llanamente que se admite la interpretación implícita que nos dejó la Reforma de Fidel, o sea, que socialismo es lo que hay, y por lo tanto ya sin necesidad de cansarse la vista en continuar en la lectura del texto de la propuesta de Reforma podremos afirmar, sin temor a equivocarnos, que no hay en ella cambios de alguna trascendencia. Solo palabrería vana y quizás hasta mucho enredo jurídico, como en la Reforma de 1992, en que en apariencias se democratizó un poquito el estado cubano, y en la realidad se concentró más el poder en las manos del Presidente del Consejo de Estado; ese Monarca nuestro.

Cambio fraudeLo primero, por tanto, cuando se publique el texto de la propuesta de Reforma es buscar la definición de Socialismo en ella, y si no aparece pues no hay porque seguir la lectura. Y a menos que usted sea de los que cree que lo que hay está muy bien, que Cuba es hoy por hoy una sociedad “tan nueva y justa” que no amerita mejoras, no le queda otra opción que votar NO en el Referendo en que se nos someterá la tal Reforma.

Por lo menos si es usted una persona, no un esclavo, que hace siempre lo que sus mercedes los Amitos buenos esperan haga.

José Martí y Fidel Castro, o la reversión temporal de Cuba.

A los participantes en el Seminario Nacional Martiano, reunidos en mi pueblito: Encrucijada

José Gabriel Barrenechea.

En 1959, ante la evidencia de que Cuba no tiene las fuerzas suficientes para convertirse en la nación central hemisférica que solo parece consentir mandar, Fidel Castro va a encontrar en un aspecto secundario del pensamiento martiano, su Nuestroamericanismo, la posibilidad de hacer factible su intento de desbancar a los EE.UU. como el hegemón americano. Este Nuestroamericanismo, ahora que ha caído en el olvido la frialdad y hasta hostilidad con que en casi todas las repúblicas latinoamericanas se recibió nuestro último intento de liberarnos de España, es reinterpretado por Fidel Castro y sus principales seguidores como la piedra de toque ideológica que le faltaba a los proyectos radicalistas de inicios de República: Ya que no cabe hacer derivar a la Isla hacia el Océano Antártico, tras separarla de su lecho marino para alejarla lo más posible de los EE.UU., a la manera en que según Enrique José Varona soñaban algunos en la Cuba de 1900, se deben buscar apoyos, o seguidores para enfrentarlos, ¿y dónde mejor que en las Américas Latinas, con sus más de doscientos millones de habitantes de por entonces?

Cabe cuestionarse, no obstante, el que la política latinoamericanista aplicada por Fidel Castro tenga en propiedad una verdadera raíz martiana. En primer lugar porque Martí nunca concibió al Nuestroamericanismo más que como una idea política instrumental, engarzada en una más general, la de los equilibrios vacilantes. En esencia el Nuestroamericanismo debía servirle únicamente para enfrentar las circunstancias de su tiempo, mediante la movilización de las Américas Latinas en interés del logro de su casi obsesiva meta vital: La independencia de Cuba.

José Martí, contrario a lo que pudiera parecernos tras una lectura suya muy superficial, desvinculada de su trayectoria vital y de su circunstancia mundial, es un político que no tiene la cabeza metida entre las nubes, sino uno que se haya muy centrado en la consecución de su meta-motivo. Sus reflexiones no son las divagaciones de uno de los tantos poetas-políticos o políticos-poetas que ha dado Iberoamérica, sino las de un hombre que tiene un objetivo muy claro, muy enraizado como para convertirse en sí mismo en parte inseparable y principal de su vida. Objetivo en cuyo alcance encuentra problemas que debe resolver, respuestas que debe dar, y antes las cuales no da nunca vuelta atrás.

Si entre 1889 y 1891 emprende una serie de trabajos periodísticos y ensayos que podrían hacernos pensar que, desengañado de sus afanes por Cuba ahora persigue la unidad de una patria más grande, la Latinoamericana al molde bolivariano, lo cierto es que como nunca antes ha estado enfrascado en la realización de su meta-motivo existencial. En ese periodo trascendental Martí no solo se ha dedicado a escribir, ha estado además haciendo altísima política con el fin de hacer fracasar ciertos planes de adquisición de la Isla de Cuba por el gobierno de Washington, mediante su compra a España. Desde su posición de representante consular de varias repúblicas sudamericanas en Nueva York ha maniobrado tras bambalinas junto al representante de la Argentina en la Conferencia Panamericana, Roque Sáenz Peña, para evitar la consumación de aquellos planes, a los que no son pocas las repúblicas latinoamericanas que le dan su consentimiento.

Es entonces que con su genial olfato de estadista ha comenzado a aplicar su diplomacia de ensueño y realidad, la que a solo dos meses de su muerte sistematizará, o más bien comenzará a sistematizar en el Manifiesto de Montecristi, y que desgraciadamente deja trunca su inopinada muerte en Dos Ríos (por sobre todo porque es diplomacia concreta, y no puro pujo teorizante): “La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de la Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas y al equilibrio aún vacilante del mundo”. O sea, la diplomacia del equilibrio de contrarios, de la anulación en ciertos espacios intermedios, el nuestro, de intereses en apariencias antagónicos. Lográndose dicha anulación gracias precisa y paradójicamente a una exacerbación de esos mismos intereses.

Para José Martí, que conoce muy bien a la Latinoamérica de su tiempo para saber la infactibilidad real de una posible unión suya en el futuro, ya no ni tan siquiera mediato, esta concepción del equilibrio vacilante es vital para sus planes de constitución de una Cuba, y Puerto Rico, independientes: Como en Nueva York en 1889, durante el Congreso Internacional de Washington, sabe que tiene que buscar el modo de evitar que los EE.UU. se entrometan en Cuba antes de poder poner a punto su República modelo, blindada para aquellos por su misma virtud, a la vez que impedir que alguna superpotencia europea decida recolonizarnos, como de hecho por entonces hacen en todo el mundo, y cómo parece haber intentado Inglaterra en 1892. Intentona afortunadamente denunciada a tiempo por aquel otro titán decimonónico nuestro, Juan Gualberto Gómez.

En este sentido Martí intenta ganar los apoyos, para antes y después de la independencia,

(1) de México, con la idea de unas Antillas fuertes, que le garanticen su flanco derecho de los EE.UU. sin necesidad de acudir a ningún superpoder europeo, más peligrosos de por sí que los propios “gringos”, como les ha demostrado su historia reciente;

(2) de la por entonces pujante Argentina, con la idea de que esas mismas Antillas sean un bastión amigo a medio camino entre los EE.UU. y el aliado hemisférico de estos, Brasil, a su vez contrincante natural de Buenos Aires en la región sudamericana;

(3) de Inglaterra y de Alemania, con la idea de una nación abierta y no sometida a los dictados norteamericanos a las puertas mismas del canal transoceánico que aquellos están por abrir;

(4) y por último de los propios norteamericanos, con la promesa que le escribe al editor del New York Herald, el 2 de mayo de 1895, de que con “la conquista de la libertad” de Cuba se habrá “de abrir a los EE.UU la Isla que hoy le cierra el interés español”. Promesa que por lo floja nos puede hacer dudar de la capacidad diplomática de Martí, al menos si hemos olvidado cuales eran para él los en realidad eficaces modos de detener las ansias anexionistas que pudieran nacer en aquel país.

Recordemos que para Martí, “En los Estados Unidos se crean a la vez, combatiéndose y equilibrándose, un elemento tempestuoso y rampante, del que hay que temerlo todo, y por el Norte y por el Sur quiere extender el ala del águila, y un elemento de humanidad y justicia, que necesariamente viene del ejercicio de la razón, y sujeta a aquel en sus apetitos y demasías”, y dada la imposibilidad “de oponer fuerzas iguales en caso de conflicto a este país pujante y numeroso”, es imprescindible ganarse al segundo elemento, mediante “la demostración continua por los cubanos de su capacidad de crear, de organizar, de combinarse, de entender la libertad y defenderla, de entrar en la lengua y hábitos del Norte con más facilidad y rapidez que los del Norte en las civilizaciones ajenas”.

Martí, que aun para separarnos de España clamaba por una guerra “generosa y breve”, no pretendía por lo tanto convertir a su país en un campamento, ni en llevarlo a una guerra suicida contra los Estados Unidos, sino en irlos “enfrentando con sus propios elementos y procurar con el sutil ejercicio de una habilidad activa”, o sea, mediante la demostración constante de nuestra capacidad como pueblo para vivir en democracia, combinada con el sabio uso de todos los resortes diplomáticos, no solo los clásicos, para de ese modo conseguir “que aquella parte de justicia y virtud que se cría en el país (los EE.UU.) tenga tal conocimiento y concepto” del pueblo cubano “que con la autoridad y certidumbre de ellos contrasten los planes malignos de aquella otra parte brutal de la población…”

Martí, en fin, no encuentra ningún inconveniente en que su República “con todos y para el bien de todos” pueda ser independiente en medio de un mundo heterogéneo e inestable. Por el contrario, él solo lo cree posible precisamente gracias a un inteligente aprovechamiento de dicha heterogeneidad e inestabilidad.

Muy por el contrario Fidel Castro cree que nuestra independencia no puede lograrse sino a través de la imposición por los cubanos, o más bien de los cubanos bajo su “sabia dirección”, de una pretendida homogeneidad cubana a todo el hemisferio, e incluso a todo el planeta (Ernesto Guevara, mucho más autoconsciente que su compañero de luchas, tras su expedición al Congo belga reconoce que habían ido “a cubanizar a los congoleses”). Para él, o se es absolutamente independiente, o se es esclavo; o se es nación central o no se es nada más que una colonia. La visión de Fidel Castro, correlativa a su menor densidad intelectual y a los excesos de un temperamento volcánico, dado a imponer su voluntad a lo que dé lugar, se basa no en los estudiados equilibrios internacionales, practicados por una inteligente diplomacia, sino en la unilateralidad impuesta por la violencia “revolucionaria”.

Consecuentemente no debe de extrañarnos que para el Comandante solo pueda conservarse independiente a la Patria mediante la promoción de una cruzada que arrastre tras de sí a toda Latinoamérica. Bajo la guía de un estandarte que, con todo y el apresurado barniz de pensamiento de vanguardia con que siempre supo presentarlo, en su esencia última es el mismo que adoptó el mundo católico tras el Concilio de Trento, por sobre todo bajo inspiración de Ignacio de Loyola.

Y es que si Martí es algo así como el primer cubano pleno, un contemporáneo nuestro que ha podido mirar a su tradición racionalmente desde fuera, pero sin abandonarla en lo más profundo del sentimiento, Fidel Castro por su parte no es más que el último español desmesurado del tiempo mítico de la Conquista. Alguien a quien si quisiéramos encontrarle el más correcto acomodo solo podríamos colocarlo entre gentes como Pizarro o Hernán Cortés, y que es quizás la más convincente constatación de ese sentido imperial de cruzada que de Castilla solo heredó lo cubano entre todas Las Españas.

Cada uno por tanto representa un momento en lo que somos, o más bien en lo que somos y lo que deberíamos ser. Con el único inconveniente de que el orden temporal de la presencia física de ambos se encuentra claramente invertido en relación a los tiempos del resto del Mundo. Cual si durante medio siglo Cuba hubiera sido arrastrada hacia sus orígenes míticos por uno de los lugartenientes del Cid, más que avanzar hacia el complejo mundo de este tercer milenio que ya el más preclaro de sus hijos había entrevisto a fines del siglo XIX.