Naturaleza de la Revolución Cubana.

José Gabriel Barrenechea.

Para quien conozca el negativo desempeño económico de Cuba durante el último medio siglo, la sobrevivencia hasta hoy de la clase política en el poder desde el 2 de enero de 1959 resulta una paradoja. ¿Cómo es que ha logrado permanecer allí, a pesar de la difícil coyuntura que le sobrevendría a raíz de la desaparición de la “comunidad socialista mundial”, la que, según el artículo 11 de la Constitución de 1976, era una de las premisas fundamentales de la independencia y desarrollo en todos los órdenes de la República de Cuba?

Tal paradoja debe de ser explicada si es que queremos pensar nuestro futuro; y para lograrlo, para comprender en esencia en qué ha consistido, cuáles son en un final sus claves profundas, nada mejor que ubicar al proceso revolucionario cubano en su correcto lugar dentro de otros procesos semejantes ocurridos durante el siglo XX.

Durante el mismo, lo fundamental político a escala global ha sido la contraofensiva del mundo periférico ante el avance globalizador que, bajo la égida del núcleo de occidente (Inglaterra, Francia, los EE.UU.), se había venido dando desde fines del siglo XVIII. En este sentido, los procesos soviético, chino o iraquí comparten la misma esencia última: La resistencia de lo que va quedando de las antiguas sociedades ancestrales y extraoccidentales, revitalizada por la que ahora ofrecen sus nuevas elites intelectuales, a medias occidentalizadas, ante el perfilamiento de un Estado o al menos un Mercado Mundial con su centro en las grandes capitales del mundo occidental.

El caso particular ruso, por ejemplo, es un ejemplo paradigmático de lo dicho arriba. Allí, en la coyuntura de una terrible crisis provocada por la evidente inferioridad rusa, cultural, económica y social, para enfrentar en una guerra a una nación occidental moderna, una minúscula minoría se ha hecho con el poder. Más que por cualquier otra consideración, lo ha logrado por una muy simple razón: Es la única facción política que ha admitido sacar al país de inmediato de la 1ª Guerra Mundial, sin cuidarse de la opinión de sus aliados franceses, británicos y norteamericanos. Actitud que le ganará el incondicional apoyo del gigantesco ejército no profesional, conformado en lo fundamental por reclutas campesinos, que en ese conflicto ha puesto la mitad de las bajas (de 8 millones de muertos, casi 4 corresponden al ejército ruso; aun cuando solo habrá peleado durante tres de los cuatro años que dura el conflicto). Apoyo que a partir del 7 de noviembre, al hacerse los bolcheviques con el poder en Petrogrado, se manifiesta de un modo harto suigeneris: los soldados demostrarán su apoyo a los bolcheviques nada menos que con los pies, ya que de inmediato los ejércitos comenzarán a ser desertados en masa.

El nuevo poder que se formará en Rusia a continuación no será uno de obreros y campesinos, aunque individualmente una parte de sus miembros provengan de dichas clases, sino el de una minoría consciente de la necesidad de modernizar al país, al menos en unos pocos aspectos claves para mantener viva una pretendida “rusidad” frente a los embates de la “occidentalidad”. Una nueva elite que justificará su existencia y poder ante la historia al mostrarse mucho más eficiente que la que le precedió en aprovechar, de lo creado por Occidente en la Modernidad, aquello que le es útil para mantener a la sociedad rusa atada a sus maneras ancestrales profundamente despóticas y antidemocráticas (industrialismo relacionado de modo directo con el abastecimiento del ejército y con su organización, técnicas policiales… pero también, y por sobre todo, una ideología tan ambigua como el marxismo, que a pesar de presentarse como la quintaesencia del progresismo, se demostrará en las realidades del siglo XX más útil para armar sociedades a la usanza faraónica que a la post-capitalista). Una elite que en definitiva cumple ese cometido casi tan eficientemente como la que encabezó Pedro el Grande, dos siglos antes.

Ahora, ¿preguntémonos si, contra la opinión general, cabe ubicar al proceso revolucionario cubano aquí, junto al ruso-soviético, y entre los procesos chino e iraquí?

Lo primero que nos saltará a la vista al compararlo con aquellos y en específico con el someramente analizado más arriba, es el hecho de la mucha mayor participación política en el nuestro. Si en el ruso-soviético son unas minorías que ganan el poder mediante promesas sencillas, prosaicas si se quiere (pan, paz y tierra), en medio de una situación de crisis profunda y lo fundamental, palpable, para ejercerlo casi en seguida en solitario, y por medio del terror indiscriminado, en Cuba no ocurre de igual modo: el poder se ha establecido no mediante una hábil componenda política armada sobre el hambre o las vicisitudes de una guerra atroz, sino gracias a la anuencia consciente de una mayoría de la población (quien lo dude puede consultar los surveys de la revista Bohemia, a inicios y mediados de 1959).

La diferencia esencial, la que sitúa al proceso cubano en otro grupo muy distinto, es que al contrario de la a medias asiática Rusia, por no decir China o Iraq, Cuba es una nación occidental, con un maduro proceso de individuación. Solo que una nación occidental secundaria, pequeña, de escasa población, incapacitada para la autarquía económica y a la vista casi de las costas de la que, a posteriori de la 1ª Guerra Mundial, se haya llamada a convertirse en la nación central del proceso globalizador: Los EE.UU. Y esta diferencia en cuanto a niveles de individuación se nos transparenta en que si, como entrevimos, en Rusia la conciencia de la desventaja y relegación nacional por el avance de un proceso homogeneizador no concebido desde la “rusidad”, sino desde la “occidentalidad”, solo se dan en una minoría, muchos de los miembros de la cual, por otra parte, solo llegan a esa conciencia en medio y a consecuencia de su ejercicio del poder, en Cuba la conciencia de la inferioridad de facto del cubano ante una de las facetas de lo occidental, lo americano, es más bien un (re)sentimiento nacional a partir de 1901.

A diferencia del ruso, cuyo completo mundo coincide con la docena de verstas cuadradas de tierra en que se desenvuelve su vida, el cubano, cuyos ascendientes en algún momento han cruzado al menos un océano, lo fue desde un inicio por su ansia consciente de abrirse al mundo, por su clara aspiración a desembarazarse de los rígidos corsés que le imponía la mentalidad española. Y en la concreta satisfacción de tal ansia, no es extraño que comenzáramos a crearnos a conciencia una idiosincrasia propia que completara la que ya de hecho iba distinguiéndonos de matritenses, sevillanos, leoneses o aun canarios. Lo que conllevó a su vez buscar modelos más allá de nuestras costas en aspectos no tan prosaicos y automáticos como el comer, el andar o el decir. Así, por ejemplo, los proyectos políticos y económicos cubanos de mediados del siglo XIX, que mantendrán de alguna manera su vigencia hasta los primeros años del XX (con exactitud hasta la crisis financiera de 1920, que dio fin a las “vacas gordas” y comienzo a las “flacas”), imitarán abiertamente primero, y hallarán luego su inspiración en las formas que la política y la economía han adoptado en la única nación americana independiente que no ha terminado en un estado fallido para esa fecha, y en que sus habitantes viven constatablemente mucho mejor que sus ancestros de antes de la independencia: los Estados Unidos de América.

Y es en la búsqueda de realizar dichos proyectos políticos y económicos que nos habremos de lanzar a nuestra Guerra de los Treinta Años (1868-1898) por la independencia. Guerra sin comparación posible en las guerras humanas, por sus marcadas desproporciones en contra nuestra, y que en justicia nos hará creer merecedores de situarnos entre las naciones líderes a nivel mundial.Guerra, sin embargo, de la que saldremos con el monumental fiasco en que terminará convirtiéndose la Intervención de 1898 para 1901: Nuestro paradigma político y económico, en el cual habíamos buscado los modelos de civilización y modernidad que contraponer a la medievalidad española, nos decepcionara muy a lo profundo al demostrar con la Enmienda Platt que no nos creen capaces de seguir su misma senda por nosotros mismos.

Desilusión que es incluso perceptible en la obra de un confeso anexionista como José Ignacio Rodríguez, quien en Estudio Histórico sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la idea de la Anexión de la Isla de Cuba a los Estados Unidos de América no se ha propuesto en sí propagandizar dicha idea, sino más bien poner frente a frente los modelos de unión americano-cubana prevalecientes antes de 1860, y de los cuales los Informes presentados respectivamente a la Cámara y el Senado el 24 de enero de 1859 constituyen su expresión más acabada, con los que propugnaban para la fecha de composición de la obra (1899) “McKinley y sus amigos”. Modelos aquellos primeros en los que los “partidarios (cubanos) de la anexión creyeron siempre, y continúan creyendo, a pesar de todo”, ya “que por medio de aquella (la anexión de aquellos modos) podría alcanzarse para su patria amada la mayor suma posible de dignidad, de libertad, y de grandeza material y moral”, muy al contrario de lo que ocurría con los últimos, encaminados más bien hacia la consecución de una Isla “gobernada militarmente, como colonia, o (considerada como) posesión habitada por gente de raza y civilización inferior, a la que hay que enseñar el arte de gobernarse, e indigna de ser dejada a sus propios destinos”, y que por tanto resultaban inaceptables a los anexionistas que mantenían dicha posición por patriotismo.

Es por ello que a partir de 1901 y actuando como si en verdad la telaraña de los poderes mundiales estuviese organizada a modo de un justo mecanismo de premio y castigo, premiando primero que nada las virtudes guerreras y los méritos bélicos de cada pueblo, y no como casi siempre en la realidad, lo abrumador de los números geográficos o censuales, o las bondades del subsuelo, los cubanos, creyéndose víctimas de un malintencionado despojo, serán cubanos por esa sorda aspiración que alienta en lo profundo de todos sus corazones a reponerse al lugar que creen merecer en la mentada telaraña. Lugar que como condición sine qua non deberá ponerlos a un mismo nivel con los americanos. Aspiración o más bien sentimiento, no obstante, que aunque corroe el alma, todos lo tienen por irrealizable… al menos hasta la llegada al poder de un individuo, gústenos o no, excepcional: Fidel Castro Ruz.

Desechado por tanto el intento de clasificar al proceso revolucionario cubano dentro del grupo de aquellos procesos en que ciertas elites semi-occidentalizadas tratan de aprovechar algo de la occidentalización para evitar que sus culturas no occidentales sean relegadas en las escalas del poder mundial, o incluso absorbidas, se impone continuar buscándole una mejor ubicación. En este sentido, si logramos desprendernos de ciertos prejuicios, veremos que solo otro proceso en el siglo XX ha generado una semejante disposición colectiva e individual a la inmolación, a semejanza de la vivida en esta Isla durante 1961 y 1962: el proceso nacionalsocialista alemán.

Y es que en ambos procesos, sobre algunas diferencias significativas, como la de que en el cubano lo racional, al menos al nivel de discurso, predomina sobre lo irracional, se advierten a primera vista innumerables semejanzas:

Ambos ocurren en naciones occidentales, aunque no del núcleo, que por su pasado y por su espíritu se creen merecedoras de una mejor posición en las telarañas de ese poder mundial que se globaliza. En el caso alemán solo recordaremos la larguísima tradición del Sacro Imperio Romano-Germánico, al cual durante siglos, al menos en teoría, se subordinaba hasta el poderoso Reino de Francia.

En el nuestro, además de lo más arriba referido, es bueno entender que Cuba, y por sobre todo La Habana, ha sido durante casi doscientos años el único pedazo de lo que fuera el imperio español que ha continuado viviendo como tal. Su único centro expansivo no anquilosado. Desde el cual se ha asestado la única gran derrota que España le infrigiera a los nuevos imperios europeos, que en los siglos XVII y XVIII pujan por despojarla de sus dominios: La que terminó por propinarle el corso cubano a las piraterías y el corso de ingleses, franceses y proto-americanos. O que la única clase “tercermundista” que ha levantado una economía de plantación con recursos propios ha sido la de nuestros denostados “sacarócratas” de fines del Siglo de las Luces y principios del XIX: La sin comparación hemisférica Generación de 1792.

Naciones que, por otra parte, han tenido como modelo intelectual a otra más hacia el centro de occidente, pero las cuales, con sus actos hacia ellas, han terminado desilusionándolas de muerte en algún momento. En el caso alemán, la Francia revolucionaria, que con su maniquea identificación de lo germano con lo aristocrático y lo feudal, en contraposición a lo celta como lo popular y moderno, pero por sobre todo con el concreto expansionismo napoleónico del otro lado del Rin, terminará inspirando Los Discursos a la Nación Alemana, de Fichte, y luego la jerigonza oracular de Hegel; primer fundamento histórico del futuro nazismo. En el cubano, ya nos hemos referido más arriba a nuestra singular relación espiritual con losamericanos.

Ambos ocurren como resultado del desgaste de avanzados intentos democrático-constitucionales. Desgaste achacable más que a las propias falencias de dichos intentos (que en ambos casos las hay, sin dudas), a las expectativas nada realistas que en ellos ha puesto la mayoría nacional. Expectativas que se encuentran fuertemente predeterminadas por la exagerada idea que dichas mayorías tienen de la posición que debe merecer su nación en el contexto internacional, e incluso, para ciertos sectores intelectuales, por la creencia consciente en un destino que su nación debe cumplir en dicho contexto.

Por tanto, conceptualizando podemos decir que el proceso cubano pertenece más bien al de aquellas naciones occidentales relegadas a un papel secundario en la globalización occidentalizante, y que poseedoras a su vez de un pasado imperial, han intentado revertir esa situación.

Hay una semejanza más entre los procesos alemán y cubano, que de ningún modo puede pasarse por alto:

Por lo general los políticos en naciones con gran influencia de las masas en el poder, como lo es Cuba aun bajo la dictadura de Fulgencio Batista, por no hablar en el periodo auténtico-repúblicano, o Alemania bajo la República de Weimar, tienden a contrapesar, poner diques a las ansias reivindicativas nacionalistas de dichas masas, que ellos perciben atinadamente como potenciales desbordamientos sumamente peligrosos para el futuro de la Nación. Suelen, por lo tanto, cortar las alas de los sueños nacionales para que no terminen convirtiéndose en delirios colectivos. Y es ello algo que se cumple en la aplastante mayoría de los políticos, y de sus decisiones particulares.

En la minúscula fracción restante, nos encontramos con individuos como Adolfo Hitler y Fidel Castro.

Ambos, a su asunción del poder, darán curso abierto a las aspiraciones nacionales constreñidas (pero por sobre todo Fidel, por su negativa casi total a pactar con nadie que las pueda mediar: él nunca pactará con los grandes capitanes de la industria o las finanzas, como si lo hará el Führer, y cuando lo haga con la URSS, lo hará no obstante con los dedos cruzados a la espalda). Serán de hecho los arietes que, con la pasión de sus nada ortodoxas oratorias que enredan y elevan a planos extracotidianos a sus oyentes-seguidores, derribarán todas las posibles reservas, racionales o irracionales, de la gran masa nacional, e incluso las de muchos individuos que poco antes se enorgullecían de su escepticismo metódico.

El proceso revolucionario cubano puede así reducirse a que las mayorías nacionales, asqueadas de la política democrático-social de los cuarentas, que no acierta a ponerlas a vivir, de golpe, porrazo y sin esfuerzo, en un paraíso por demás completamente aislado de cualquier influencia exterior, cual si estuviera ubicada en la cara contraria de la Luna, optan por deshacerse de dicha política. Pero como sin política ninguna sociedad puede vivir, lo que en verdad hacen es dejarla por completo en manos de un ser percibido como sobrehumano; todo pureza y desinterés. El mismo que a su vez resulta ser el primer gobernante en cincuenta años de República que se muestra dispuesto a llevar adelante las desmedidas aspiraciones de las mayorías nacionales.

O sea a la auto-identificación de una nación occidental secundaria, pero con una visión de sí misma particularmente desmesurada, con un individuo extraordinario: Fidel Castro Ruz.

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A propósito del cumpleaños de Rolando Rodríguez.

José Gabriel Barrenechea.

Mal recuerdo, porque la policía del pensamiento se encargó derobarme la libreta de trabajo a donde lo había transcrito, que en uno de los ensayos que Herminio Portell Vilá publicó en la revista Bohemia en septiembre de 1933, llegó a reconocer de manera abierta la potencia intelectual, y el nacionalismoesencial de Ramiro Guerra. No olvidemos que este había sido secretario de la presidencia del gobierno de Gerardo Machado, que ese gobierno se había caído hacía poco más de un mes, y que por afirmar menos se podía ser linchado con total impunidad por las chusmas habaneras que, por seguir con su salvaje pachanga, hacían con total impunidad del menos pinto un machadista.

¿Que a santo de qué sacó a colación a don Ramiro, y a don Herminio? Pues a que yo voy a hacer algo parecido a continuación: Voy a quitarme el sombrero ante Rolando Rodríguez.

Rolando es un historiador, y quien no lo crea lo reto a que busque su ensayo: “Un documento apócrifo: El memorándum Breackreason, titulado también de Breckinridge”. En el demuestra nada menos que la no veracidad del que quizás haya sido, por más de cien años, uno de los puntales documentales de la ambigua relación de amor-odio hacia los EE.UU del partido nacionalista-radical cubano. Un documento por el quehan comenzado siempre su argumentación quienes han llegado a pensar que los americanos no tienen otro interés en sus vidas que el de jeringarnos las nuestras.

Pero Rolando, un castrista acérrimo, no solo ha socavado una de las bases más estimadas del discurso histórico sobre el que se asienta el pensamiento político de Fidel Castro, y su dictadura de medio siglo. También se ha atrevido a publicar la carta de Carmen Miyares a José Martí, carta que le fuera ocupada a su cadáver por el ejército español, y donde se acaba de destruir cualquier visión pacato-hagiográfica de nuestro Héroe Nacional.

Solo Rolando, por otra parte, le salió al paso en su momento a ese racismo negro que intentaba elevar a sus altares, como nuevos símbolos de patriotismo, a los hombres que dirigieron la sublevación racista de 1912. Solo por “La Conspiración de los Iguales”, a pesar de que es un libro que se reciente por el apuro con que fue escrito, ya Rolando Rodríguez merece un lugar destacado en nuestra historiografía, y en la futura política democrática cubana.

Discrepo en mucho con Rolando. Para él la Revolución todavía vive, para mí murió en 1968; ambos nos sentimos orgullosos de las quijotadas de los sesentas, solo que para él no fueron en general quijotadas, sino actos razonables; su nacionalismo es del de a cojones, el mío es sin embargo el de las sutilezas y la diplomacia. Pero si bien nuestras valoraciones de muchos hombres del 33 nos separan: ¡No puedo dejar de reconocer que solo él, en nuestro ámbito oficial, se ha atrevido a afirmar que la Revolución del 30 no se fue a bolina!

Sigo disintiendo de su valoración del golpe del 4 de septiembre; sigo creyendo que su objetivo es completamente contrario al mío: él pretende socavar la legitimidad del periodo democrático de los cuarentas, yo rehabilitarlo, para que sirva de base a una Cuba futura en mi caso, en el suyo para justificar el castrismo. Mas a pesar de ello no puedo negar en él a un historiador de ley, y a un intelectual; o lo que es lo mismo, a un ser humano cuyo principal compromiso es con la verdad. ¿Cuántos cubanos son, o han sido capaces de aceptar la realidad de hechos que no encajan en el marco de sus creencias, de sus intereses, o aun en el de sus mecenas o caudillos? Créanme, muy pocos; y si algo pido yo, además de morirme antes de que me ataque la demencia senil, es esa valentía.

¡Saluddon Rolando! Para que pueda atreverse con ese periodo tabú para la historiografía castrista: El que coincide con el gobierno del coronel Laredo Bru, y termina con el que para mí es el mayor logro político de los cubanos: La Constitución de 1940.

¡Salud, cubano de Las Villas!

Carácter Monárquico de la Constitución de 1976.

José Gabriel Barrenechea.

¿Por qué afirmo que, a pesar de la superficial y aparente semejanza entre ambas, la Constitución Cubana de 1976 es otra cosa bien distinta que la Soviética de 1977?

Si la segunda define en teoría un régimen parlamentario, y en la realidad el gobierno consensuado de una elite de funcionarios, la nuestra, por su parte, más que uno presidencialista, prefigura uno monárquico. Si en la soviética en su artículo 121 se definen las atribuciones del Presídium del Soviet Supremo de la URSS, y en el 131 los límites de las atribuciones del Consejo de Ministros, en cambio falta ese larguísimo, semejante al 91 de la nuestra del 76, o el aun un tanto más largo 93 de la de 1992, en que se establecen con claridad los muchos poderes del equivalente cubano del Presidente del Presídium del Soviet Supremo de la URSS, el Presidente del Consejo de Estado de la República de Cuba.

Es así que uno no se explica (bueno, en verdad uno si se lo explica…) que alguien tan agudo como el relevante jurista cubano, Julio Fernández Bulté, escriba en su ensayo “El proceso de institucionalización en Cuba” que, “la Constitución de 1976 nos aproximó, funcional y estructuralmente, a los países socialistas de Europa del Este y nos separó en cierta medida de nuestras tradiciones presidencialistas”. Porque en la realidad, más que en la teoría, y no “en cierta medida”, sino en una inusitada, la Constitución de marras fue más que presidencialista, monárquica, y ni tan siquiera a la manera de la Inglaterra del siglo XVIII, sino a la de la Francia de 1700, bajo el Rey Sol.

En este sentido resulta sumamente locuaz el siguiente fragmento tomado del libro “Comentarios a la Constitución Socialista”,del “miembro clave de la comisión encargada de redactar el Anteproyecto de la Constitución Socialista”, profesor y diplomático Fernando Álvarez Tabío:

“La función múltiple atribuida al Presidente del Consejo de Estado, en lo político, en lo económico, en lo legislativo, en lo gubernamental, en lo administrativo, en lo militar, la cual ostenta como máximo depositario de la soberanía nacional y defensor más representativo de la causa de la democracia y del socialismo, solo podemos concebirla en quien, desde las epopeyas del Moncada y la Sierra Maestra, guiado por el pensamiento de José Martí, condujo la Revolución a la victoria. En la historia de todos los pueblos hay grandes hombres cuya vida y obra están estrechamente ligadas a las más gloriosas etapas históricas de la nación. Estos hombres simbolizan las más altas cualidades de su pueblo; dedican toda su vida a la lucha por su independencia y su felicidad; sus palabras y sus acciones reflejan las aspiraciones más acariciadas y la voluntad más firme de la Nación.”

“El presidente del Consejo de Estado de nuestra República, compañero Fidel Castro Ruz, es uno de ellos. Consideramos, pues, que el artículo 91 de la Constitución es un justo homenaje a su persona.”

Solo la aceptación desprejuiciada de este carácter monárquico de nuestra Ley de Leyes, nos ayudará a comprender por qué, según lo expresa el catedrático Walter Mondelo en “Constitución, regla de reconocimiento y valores jurídicos en el derecho cubano”, nuestra Carta Magna no ha podido consolidarse como el patrón de la constitucionalidad y la legalidad. En definitiva por qué la misma no es “usada regularmente como criterio para identificar el derecho válido y para fundamentar el deber de obediencia a sus normas”.

Apartándonos de divagaciones kelsenianas o hartianas, concebidas para no tener que ver lo evidente, sin perder prestigio académico de paso, el hecho de que aún se debata “si los decretos-leyes (del Consejo de Estado) tienen igual jerarquía que la ley, cuando la Constitución faculta únicamente a la Asamblea Nacional a promulgar leyes y, además, a revocar los decretos-leyes del Consejo de Estado si se oponen a la ley o a la Constitución”, el que por otra parte en casi 38 años la Asamblea Nacional no haya nunca ejercido su derecho a “decidir acerca de la constitucionalidad de (los) decretos-leyes”, o “revocar en todo o en parte los decretos-leyes que haya dictado el Consejo de Estado”, solo se comprende a cabalidad si aceptamos que dicha constitución se ha hecho a la medida del imperante carismático, Fidel Castro.

Y es que en esencia dicha Constitución no consiste más que en una reescritura de las constituciones socialistas de corte soviético, redactada por los seguidores más próximos del líder carismático y bajo su directa supervisión, con el fin de obtener los beneficios de la pertenencia al CAME sin a la vez verse obligados a desprenderse de las particulares formas que ha terminado asumiendo el poder en la Cuba revolucionaria. De este modo todo lo que no este escrito allí para legitimar dicho poder carismático, o que pueda entrar en contradicción con el mismo, ha sido expurgado cuidadosamente de todo valor real.Como por ejemplo la grandilocuente declaración que es en sí el artículo 69 de la versión de 1992, que establece que “La Asamblea Nacional del Poder Popular es el órgano supremo del poder del Estado. Representa y expresa la voluntad soberana de todo el pueblo”.

Tal declaración carece de la más absoluta realidad, si comprendemos no solo que reuniéndose a lo sumo una semana al año es imposible ejercer semejante poder, sino también que por el actual sistema electoral, que impide el surgimiento de otras figuras políticas de alcance nacional independientes de las previamente existentes, la Asamblea se encontrará siempre, y por completo, en manos de poderes anteriores a su elección: el imperante carismático, y a quienes este tenga a bien designar para sucederle.

Los socialismos del no crecimiento.

José Gabriel Barrenechea.

Desgraciadamente las alternativas al actual Orden Mundial con que los anticapitalistas pretenden ganar nuestra adhesión, en este ya no tan nuevo siglo XXI, parten de la satanización de cualquier crecimiento.

Debemos reconocer, sin embargo, que al actuar de este modo los neocomunistas del nuevo milenio parecen en cierta medida ser más consecuentes que sus antecesores del XX, o del XIX. Si en el modelo original se combinaba contradictoriamente la aspiración al crecimiento constante de las fuerzas productivas, con la creencia de que vivimos en un Universo paradisíaco, del que solo no podemos disfrutar por la manera injusta en que organizamos nuestras sociedades, los teóricos del socialismo sostenible finalmente han comprendido que crecer resulta innecesario en un Universo semejante. ¿Para qué esa compulsión de crecer en definitiva, si en el mismo nada nos amenaza? ¿No será mejor volver a las mentalidades anteriores a la modernidad, a lo tradicional, a “vivir el(al) día”, y al cuidado del alma… pero colectiva?

Una buena muestra de los sofísticos caminos que suele tomar el pensamiento “neo (anti)progresista”, lo hallamos en el artículo “Un siglo de pereza y comunismo. En defensa de Cuba y en memoria de Paul Lafargue”de Carlos Fernández de Liria. Allí el autor comienza por analizar los problemas de los que una gráfica, la de MatheusWackernagel, dan buena cuenta. Esta representa en el eje vertical el conocido Índice de Desarrollo Humano (IDH), y en el horizontal, la cantidad de planetas Tierra que harían falta para generalizar a toda la población mundial actual el nivel de consumo material del país en cuestión. El profesor Liria concluye muy acertadamente que si los sistemas políticos del Primer Mundo fueran lo que dicen ser, democracias maduras, en todos sus parlamentos se debería de estar discutiendo la constatación, que se obtiene del superficial ojeo de la mencionada gráfica, de que de aumentar los niveles de utilización de los recursos terrestres a los ritmos actuales, la Tierra no será suficiente para sostenernos en un futuro no muy lejano.

Sin embargo, nuestro hombre comete el tan frecuente error de todo radical: De que no las poseamos al presente, no se concluye obligatoriamente que las democracias no puedan madurar. Es por esa desconfianza en la democracia, tantasveces exhibida porcierta izquierda, que hacia la mitad del artículo nuestro autor da un paso en falso que desacredita cualquier socialismo del siglo XXI que pueda surgir de su razonamiento:

Del hecho de que en la gráfica de Wackernagel Cuba sea el único país con IDH mayor de 0,8, cuyo consumo de universalizarse le permitiría a la humanidad vivir con mucho menos de un planeta, el catedrático español concluye que la Cuba de hoy debería ser el modelo de sociedad a imitar por el resto del mundo en este nuevo milenio.

Independientemente de algunos contrasentidos que a continuación analizaremos, lo cierto es que la gráfica elaborada por Wackernagel resulta en extremo inexacta, al menos en el caso cubano. ¿Habrá tenido en cuenta, por ejemplo, los inmoderados niveles de consumo de agua per cápita en Cuba, comparables a los del máximo consumidor mundial, los EE.UU.?

El español reconoce, al referirse a nuestro ingente flujo migratorio: “… huyeron y huyen del país buscando ese otro nivel de consumo que no puede ser generalizado sin destruir el planeta, es decir, reivindicando su derecho a ser tan globalmente irresponsables como lo somos los consumidores estadounidenses y europeos”, pero al parecer no logra ver por completo la falla de su discurso en el hecho de que la altamente educada juventud cubana tenga tan poca conciencia de los problemas del planeta, o en todo caso sea capaz de anteponerle sin muchos remilgos sus más pedestres intereses individuales. ¿No comprende que de nada vale un modelo sustentable que no logra convencer por sí mismo, y sin necesidad de aislamientos profilácticos, de la necesidad del mismo a un número significativo de sus jóvenes? ¿No comprende que no debe de ser tan espiritualmente superior el modelo cubano, cuándo no consigue concienciar a la juventud…?

Lo cierto es que como él mismo reconoce, causas externasa los pretendidos objetivos perseguidos por el Modelo han recortado drásticamente el consumo de, y en la Isla. Liberado del Embargo, con la ayuda libérrima de algún nuevo mecenas económico, a la manera de Moscú hasta 1990, o en todo caso con una más acertada organización político-económica-social que fuera capaz de aprovechar aun a un pequeño porciento sus enormes posibilidades, el país cuando menos iría a situarse al mismo nivel de los países del Centro y Este de Europa, de IDH semejante. O sea, que se necesitarían poco más de dos planetas para generalizar el modelo cubano, de vuelta en sus condiciones ordinarias, a la humanidad completa.

Pero independientemente de todo lo dicho, lo que no podrán negar los teóricos del “no crecimiento”, es que aun el modelo del “único país sostenible del mundo” del mundo actual lo será solo mientras la población no exceda los 8 500 millones de habitantes a que sería capaz de dar cabida. ¡Cuando se espera que para el 2050 llegue a por lo menos 9 500 millones!

Encerrarnos en este planeta y detener el crecimiento, además de disminuir de modo drástico nuestras posibilidades de sobrevivencia, implicaría una vuelta a la Premodernidad, con todos sus atributos de hambre, violencia, insalubridad, intolerancia… o en el mejor de los casos, llevaría la planificación hasta los nacimientos, lo que nos conducirá irremisiblemente a modelos como el descrito por Aldous Huxley en su “A Brave New World”. Lo que no deja de ser una posibilidad en verdad espeluznante.

 

La Isla

José Gabriel Barrenechea

Cuentan que hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, los habitantes de cierta isla se entusiasmaron con los discursos de cierto compatriota y, sin pensárselo no ya dos, sino ni tan siquiera una vez, la desprendieron del lecho marino al que había estado anclada por varios millones de años.

Y en verdad que el tal compatriota resultaba convincente, con su oratoria no muy correcta, pero sí llena de promesas y exaltaciones al ego de los isleños.

-…Más allá de los siete mares se encuentra la Nueva Atlántida, en donde todo es más luminoso. Una isla alcanzable para un pueblo heroico, como el nuestro.

Lo de la Nueva Atlántida lo había leído en un manuscrito perdido, y lo más importante, él sabía cómo llegar hasta allí.

Luego de lanzar a los escépticos y a los melancólicos por las costas, convertidas ahora en bordas, los habitantes de la isla se dieron a remar bajo su voz de mando. Como remos utilizaron a sus erguidas palmas reales, que derribaron en un par de jornadas voluntarias. El esfuerzo y el sacrificio lo valían. Al final, cuando emparejaran una isla con la otra, todo sería abundante y luminoso.

Por años los marinos reportaron en sus bitácoras sus encuentros con la isla viajera. Podía encontrársela en cualquiera de los siete mares, siempre con su capitán enfrascado en alguno de sus interminables discursos. Después, a partir de cierta fecha no muy clara, desaparece de los registros. Se siguieron avistando barcos fantasmas, sirenas y serpientes marinas, pero a ella, nunca más se le volvió a ver.

Sobre su destino final circulan múltiples versiones. Según algunos sus habitantes encontraron a la Nueva Atlántida, y desde entonces viven en un eterno y luminoso porvenir. Otros, sin embargo, sostienen que simplemente se fue a pique. Llegan incluso a señalar el lugar del hundimiento, aunque ni en esto hay consenso. Solo en el artículo que le dedica la última edición de la enciclopedia galáctica, se refieren docena y media de posibles lugares del desastre.

Una carta olvidada.

Enrique José Varona.

Sr. General M. Ramos, Presidente del Partido Republicano

Puerto Príncipe

Señor y compatriota:

Muchas muestras de cariño y confianza he debido a nuestro Camagüey; ninguna que me haya con­movido tanto como ésta que me trae su telegrama de Ud. Largas horas de ansiosa meditación he pasado antes de contestarle, pidiéndole un aplaza­miento. A medida que transcurrían, he sentido pesar más y más sobre mi espíritu la gravedad de esta situación, oscura de suyo, hecha más incierta y riesgosa por casi dos años de olvido obcecado de la realidad.

Desean ustedes que represente a nuestro pueblo en la Convención Nacional. Más de un mes ha que me escribieron proponiéndomelo muchos respetables compatriotas, entre los que también estaba Ud. Les contesté excusándome, y ofrecién­doles escribirles más por extenso. Insisten ustedes ahora, y ha llegado la ocasión de exponerles mis puntos de vista, parte principal para no sentirme con fuerzas ante la enorme tarea.

Lejos de creer yo, como muchos hombres promi­nentes de la Revolución, que la intervención americana ha sido una sorpresa, la he considerado siempre como resultado inevitable de to­dos los antecedentes de la situación en que nos encontrábamos en la primavera del año 98. Los Estados Unidos desde que llegaron a la boca del Mississippi, han considerado la cuestión cubana casi como asunto doméstico y su diplomacia ha procedido en consecuencia con alguna oposición a veces, las más con el asentimiento de las poten­cias europeas; y sin que España pudiera, aunque bien hubiera querido, resistir a esa presión per­manente. ¿En virtud de qué derecho? En el de su enorme fuerza social y política. En virtud del derecho que ha neutralizado a Bélgica y Suiza, es decir, que ha puesto límites a la independencia de esos dos Estados; de ese mismo derecho que de­tuvo a Turquía victoriosa, para que no aplastara a Grecia, y que ha obligado a los candiotas a no anexarse al reino helénico y contentarse con un gobierno autónomo bajo la suzeranía de la Puerta; de ese mismo que mantiene a Bosnia y Herzegovina, con su millón y medio de habitan­tes, bajo la administración de Austria-Hungría. Un derecho que nace de la solidaridad de las naciones modernas, cuyos intereses, materiales y morales, están hoy tan mezclados, que ninguna puede constituirse en un mundo aparte, y todas tienenque sufrir algún menoscabo de su independencia teórica, porque todas son interdependientes.

La intervención vino porque tenía que venir; porque estaba anunciada desde la época de Grant, cuando el gabinete de Washington declaró que no podía consentir a sus puertas un país en insurrección permanente. Y sólo hubiera dejado de ve­nir en la forma material de la ocupación militar, si los cubanos hubiéramos tenido fuerza bastante para vencer a España y expulsarla de nuestro territorio, o España previsión bastante para pactar con los cubanos. No ocurrió ni lo uno ni lo otro; y los Estados Unidos intervinieron con sus fuerzas de mar y tierra; y a su intervención se debe que la furia española y la desesperación cubana no hayan convertido a Cuba en un yermo sembrado de escombros y cadáveres. Los Estados Unidos han salvado a Cuba para la civilización y la humani­dad; y éste que es un título eterno a nuestra grati­tud, les da, a los ojos del mundo y en el estado actual de esas relaciones que se amparan del nom­bre de Derecho Internacional, un título, que nin­guna potencia les disputará, a considerarse parte en la constitución de nuestro gobierno definitivo. Todo lo que no sea tener esa realidad delante de los ojos es ir a sabiendas contra el propio interés de nuestro pueblo; porque es entregarse a las más peligrosas ilusiones, cuando serán pocos todo el seso, toda la prudencia, toda la entereza y toda la doctrina de que podemos disponer. Y yo con­sidero emponzoñadores de la conciencia pública a los que hagan creer a los cubanos que podrán reunirse, como en una isla desierta y desconocida del mar Antártico, a disponer por sí solos de sus destinos.

Podemos aspirar a mucho, porque está en la conveniencia del pueblo americano, y dentro de sus prácticas y principios, no ponernos indebidos obstáculos en nuestra constitución interna; pero en lo que pudiera llamarse nuestro “status” in­ternacional, lo más a que podemos llegar es una situación parecida a la de Bélgica. Parecida, no igual, porque la neutralidad de Bélgica está ga­rantizada por la ponderación de fuerzas entre las potencias signatarias del tratado de Londres de 19 de abril de 1839; mientras que la nuestra sólo es­taría respaldada por la única potencia americana que cuenta en el mundo; y sería por tanto resul­tado, no de un equilibrio, que hace desaparecer la subordinación, sino de una enorme fuerza pre­ponderante.

Ignoro cómo llegarán nuestros legisladores a dar forma legal y plena a ese estado de derecho; pero sólo sé que si no encuentran la fórmula y se obsti­nan en pretender que en las relaciones internacio­nales de Cuba, cualquiera que sea su índole, nada tenga que decir el gobierno de Washington, ire­mos a dar contra un muro infranqueable, y podre­mos encontrarnos por muchos años en la posición de las provincias otomanas que Austría-Hungría administra y ocupa militarmente.

Así veo yo nuestra situación; y así la ven otros muchos cubanos; pero son contados los que se atreven a decirlo; mientras que son innumerables los empeñados en engañarse y en engañar a los demás, diciéndoles que hemos conquistado la in­dependencia y que toda limitación por pequeña que fuere, que ellos fantasean como si viviésemos en la Luna, sería usurpación manifiesta, que jus­tificaría el delirio de una resistencia que nos lle­varía al suicidio. Los pueblos sin embargo no es­tán destinados a suicidarse, sino a tratar de vivir progresando en bienestar, en cultura, en humani­dad. ¿Lo conseguiremos con tanta ilusión, tanta palabra hueca y tanto volver los ojos hacia atrás?

De todos modos, ello es lo cierto que el clamor general pide lo que a mí me parece inasequible. ¿Puedo en estas condiciones ir a representar a quienes quizás no piensan como yo? Y aunque así no fuese y ustedes aprobaren mis puntos de vista ¿qué podría yo en una asamblea compuesta de hombres empeñados en ver las cosas por el prisma de sus deseos y en impulsarlas por la línea de sus pasiones, que ellos sienten heroicas y sublimes? ¿No ven ustedes que me condenarán a una lucha desigual en que estoy destinado a hun­dirme, reprobado y conspuido? Mi posición oficial ¿no es un arma forjada como a deseo para herirme y desacreditarme? No sería yo el cubano que busca el bien de los suyos, el bien positivo de la paz, el orden y el progreso, sino el servidor del gobierno extranjero, que se aviene a las miras del usurpador. No, la patria no tiene derecho de exigir sacrificios estériles. La hora no es para los que creen el primero de los deberes cívicos decir la verdad por mucho que amargue, sino para los poseídos del espíritu de vértigo, que quieren ex­cluir a cuantos no piensan, no sueñan y no deliran como ellos. ¿No lo hemos oído? La primera voz que resuena es para trazar con la espada del án­gel guardián del Paraíso, un círculo de fuego en torno de la Convención. Allí no entrarán sino los que han pasado el Jordán revolucionario. Como si la Revolución hubiera tenido como fin conquistar a Cuba para un puñado de sus hijos, y no colo­car a los cubanos, a todos los cubanos, en aptitud de servir dignamente, en la medida de lo posibley de sus fuerzas, a la grande obra de hacer que Cuba recupere el tiempo perdido, y sea social y económica y políticamente un factor de progreso, y no un foco de perturbación y discordia, en el mundo.

En mucho tengo el honor que ustedes han queri­do hacerme, que me han hecho ya; pero tan grande como mi gratitud es mi convicción de que debo a ustedes y a Cuba mi pensamiento en toda su inte­gridad. Creo que pensando como pienso, me toca estarme donde estoy, servir mientras pueda en la esfera administrativa, y servir después, como lo he hecho siempre, en mi esfera de simple ciu­dadano a la causa de la cultura de Cuba, que es como podré ayudar a que nuestra patria viva en paz y sosiego y levante de día en día su nivel social.

De Ud. con cariño y respeto.

La Habana, 21 de agosto de 1900.

Una pelea cubana contra la Calumnia.

José Gabriel Barrenechea.

Cierta tarde, ya muy difuminada en mi memoria, Hilda Ravilero, aquella dama de cuyos gestos y palabras no podía desprender mi atención cuando me sentaba, aun adolescente, a ver su programa en mi viejo televisor ruso, invitó a conversar creo recordar que a Raulito Roa. Todo es brumas en aquel programa, excepto un pequeño tramo, que ha quedado remachado en mi alma de cubano viejo. No recuerdo la pregunta que respondía, solo a, ¿Raúl Roa, el joven?, indicando para un rincóndel estudio:

-¿Ve esa maceta? Pues en ella hay más tierra que toda la que tenía Aureliano en Guatemala, o en cualquier parte.

Se refería, claro, a las tierras que según Eduardo Chibás el Secretario de Educación del gobierno de Carlos Prío, Aureliano Sánchez Arango, había comprado para sí en Guatemala con dinero robado a de dicha secretaría. Calumnia no inocente del “Adalid de Cuba”, que bien sabía que el dinero que en realidad haya se enviaba tenía no otro objeto que apoyar a la Guatemala de Arévalo, tan mal vista por ciertos sectores de la política y las finanzas americanas.

Eduardo Chibás, alguien que se daba un tiro cada vez que se le “perdía” una maleta, o temía no resultar electo a una Constituyente[i], el único político cubano de relieve que en el periodo auténtico se opuso abiertamente a ayudar al gobierno progresista de Arévalo, o a pedirle explicaciones a los americanos por su actuación en Puerto Rico. Eduardo Chibás, el mismo que un régimen que se pretendió y se pretende antiimperialista elevó desde un inicio a lo más alto de su Panteón Revolucionario, mientras a Aureliano, que nunca hizo del peculado o de la histeria política, solo le reservó la execración.

Y es que larga data tiene la calumnia en Cuba como forma de medro. Carpentier, al leer la papelería cubana del siglo XVI, conservada en los Archivos de Indias, señaló en su momento ese espíritu de “denuncia”, por lo general anónimo, casi siempre calumniosa, que todos practican contra todos en los albores de la Isla. Observación que Carpentier hace, y no por pura casualidad, a fines de los sesentas, cuando en Cuba ya existía una institución para promover, recoger y canalizar todas esas “informaciones” hacia los órganos represivos del régimen: Los Comités de Defensa de la Revolución, los CDR.

La calumnia llegó a género literario durante nuestro siglo XIX. Sin embargo, aunque es en esencia de tema cubano, su autoría no procede casi nunca de la pluma de compatriotas nuestros, sino de españoles. Léase las Cartas Criollas para el Camagüey, o a autores como Vicente García Verdugo, Tesifonte Gallegos, Rafael Guerrero, F. Moreno con su Cuba y su Gente, a la que le respondiera don RaimundoCabrera en su sublime Cuba y sus jueces(alguien de quien se ha difamado mucho en la Cuba bajo ocupaciónde los mediocres, pero que padeció por su Patria lo que todos sus calumniadores juntos no han hecho nunca), por solo citar algunos de los que ahora tengo a mano.

Para el lector informado de hoy resulta inconcebible como se pudo entonces creer en tanta calumnia que publicó la prensa integrista. ¿Cómo se pudo dar crédito a que aquellos hombres, que antes de la guerra disfrutaban por lo general de una estándar de vida muchísimo más elevado y refinado que el de cualquier español contemporáneo, y que durante ella debieron sufrir la desnudez, el hambre, la intemperie, el exilio y la pobreza, que aquellos Aguileras, Eduardos Machados, Céspedes, Agramontes, Morales, Cisneros, lo sacrificaran todo solo por ser agentes fieles, valientes y decididos al servicio de Washington, del Presidente Ulises Grant y su secretario de estado MisterFish? Porque amigos míos, les informo que esa acusación no la inventó el actual régimen. Para comprobarlo les recomiendo que lean por ejemplo las memorias de Gerardo Machado, de la que podríamos extraer algunos fragmentos y publicarlos en Granma sin que para nada desentonaran(más adelante este blog publicará algunos).

Entre nosotros la calumnia no suele quitarle el sueño a sus autores. En Cuba todos estamos muy seguros de que la verdad, la razón y la justicia están de nuestro lado, y que si no le encontramos algún punto débil, vulnerable a nuestro contrario, se debe no a otra cosa que a su malévola capacidad para ocultarlo. Por ello, como no podemos permitir de ningún modo que este triunfe y consecuentemente el Mal se expanda, pues no hay que tener escrúpulos de ninguna especie ante cualquier recurso: Para algunos la calumnia es un deber, y por tanto el calumniador más que un inmoral es un héroe.

Pero también hay algo más. Los cubanos no parecemos conformarnos con las justas razones, al parecer necesitamos amontonarlas hasta ocultar lo combatido bajo una pila amorfa de ellas. Así, por ejemplo, para la generación que tumbó a Machado no bastaba con que este hubiera subvertido el orden constitucional, o el evidente desmande de sus órganos represivos. Del Machadato no podía quedar nada, y que mejor manera que enlodando hasta lo mejor de su periodo de gobierno (que como en todo hubo sus luces también), así surgió la leyenda negra de la carretera central: Está tuvo menos ancho que el proyectado porque lo que faltó fue al bolsillo de Machado y sus guatacas más próximos, Carlos Miguel de Céspedes, “Pepito” Izquierdo, Viriato…Leyenda que cualquiera puede comprobar falsa si dispone de tiempo para disfrutar de la lectura de Las Siete Maravillas de la Ingeniería Civil en Cuba, de don Juan de las Cuevas, y publicado por la Editorial Científico Técnica; en La Habana, no en Miami.

¿Qué hacer contra la calumnia? Pues un gran esfuerzo de atención por parte de cada uno de nosotros. De ese mal no nos defiende ninguna autoridad superior, o incluso suprahumana, porque de hecho semejantes “defensores” suelen establecerse o mantenerse gracias a ella. Somos los individuos, los ciudadanos, los que debemos defendernos individualmente de la calumnia y de quienes la utilizan para sus intereses. Somos nosotros los que debemos insistir en la presentación de los dichosos maletines con las pruebas dentro, o exigir qué como fuente válida no pueda citarse a un tío del señor que le vende el pan al primo de un emigrado que cierta vez nos salpicó con su carro al pasarnos por el lado en una tarde de lluvias.

 

 

[i]En su polémica con Aureliano,Chibás decía poseer en una maleta las pruebas de los robos de aquel. Presionado para presentarla, al no tener ninguna, por no haberlas, optó por una forma radical de calumnia: darse un tiro. Porque Chibás ya se había dado un tiro por el mismo lugar doce años antes, cuando temió no salir electo para la Constituyente del 40. Un segundo tiro en la ingle, con una trayectoria muy bien estudiada, que por desgracia se complicó a la semana.