Para no escapar de las fauces del Tiranosaurio e ir a caer en las del Tiburón Blanco.

por José Gabriel Barrenechea.

En internet se encuentran toneladas de información sobre cualquiera de las muchas persecuciones o masacres llevadas adelante por comunistas. En contraste, lo que puede encontrarse de la masacre anticomunista en Indonesia, entre 1965 y 1966, no llega ni al peso de lo que de café-chícharo-desechos radiactivos entrega el gobierno raulista a su población como parte de la cuota normada de ese “producto”: menos de una libra mal despachada. Por ejemplo, Wikipedia le dedica casi 5000 palabras a la Masacre de Batavia, que en un mes y medio cumplirá 277 años, y en contraste solo cuatro líneas, dentro de un artículo genérico: Matanzas Anticomunistas, a la que no tiene medio siglo y que dejó 100 veces más víctimas.

¿Cómo explicar tan desproporcionada diferencia de dimensiones entre los artículos que la más frecuentada enciclopedia colaborativa en línea le dedica al exterminio de 10 000 chinos, ordenado por un olvidado Adriaan Valckenier, allá por 1740, y al holocausto de un millón de comunistas indonesios, bajo inspiración norteamericana y ejecutoria de su lacayo Suharto, hace tan solo 51 años?

No creo que debamos asombrarnos de que para algunos el que nuestra civilización esté fundada en la hipocresía y el doble discurso sea una certeza. No creo que debamos asombrarnos, en consecuencia, de que personajes como Fidel Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro o el loco ese de Nicaragua, consigan que sus discursos políticos resulten creíbles para una considerable parte del público.

En realidad si usted o yo fuésemos descendientes de alguno de aquellos masacrados, ante tan evidente ejercicio de invisibilización de una de las masacres más grandes del Siglo XX, no creo que dejaríamos de creer a pies juntillas en esos discursos, y hasta a morir y matar por ellos. La constatación de que, para un sector nada despreciable de la opinión pública, por el simple hecho de ser comunistas se justificaba el exterminio de nuestros ancestros, no creo que tendría otro resultado posible en nuestras afiliaciones y actitudes políticas.

Pero no debemos asombrarnos porque en definitiva es verdad: Nuestra civilización está fundada en la hipocresía y el doble discurso. Adolfo Hitler no decía más que una verdad del tamaño de un templo cuando afirmaba que lo que ellos, los nazis, hacían en los territorios del Este Europeo era ni más ni menos que lo mismo que los anglosajones habían venido haciendo en todo el mundo desde 1600. Solo que con un poco de más de racionalidad, alemana, y hasta de humanidad. Afirmación mía a la que creo que nadie se podrá oponer, porque no es lo mismo que te aten a la boca de un cañón para matarte al dispararlo, como solían hacer los civilizados ingleses en la India todavía en 1857, a que te encierren en un baño y te gaseen sin que te des clara cuenta de que estás muriendo. Yo, por lo menos, prefiero lo segundo. No solo como espectador, sino hasta como víctima.

En todo caso el tipo de sociedad mundial al que aspiraba ese admirador de Albión que era Adolfo Hitler, en que los alemanes y los pueblos de sangre germánica ocuparan la cúspide de la escala social mundial, no era más que una copia del instaurado por la administración colonial inglesa en la India.

Ahora, el descubrimiento de ese doble discurso hipócrita no debe conducirnos a semejantes refugios. No es siguiendo a personajes como Fidel Castro o Adolf Hitler que solucionaremos el problema. Tal solución solo lo continúa. Escapar de la Alemania Nazi para irse a refugiar en la Rusia de Stalin no hubiera sido más que como saltar de entre las mandíbulas de un Tiranosaurio Rex para esconderse entre las de un tiburón blanco. Mucho menos aconsejable hubiera sido eludir los procesos de McCarthy al buscar refugio entre los faldones de Mao (a ningún intelectual norteamericano, ni aun los más radicales, se le ocurrió semejante disparate).

La credibilidad de los demócratas queda seriamente afectada por actitudes como la reflejada por el diferente tratamiento mediático de las dos masacres indonesias mencionadas. Y en las revueltas aguas que fluyen cuando los tales diques de credibilidad se rompen prosperan toda clase de alimañas.

No debemos, ni podemos, callar los crímenes, mucho menos cuando supuestamente se cometen en nombre de la Libertad. Esa es la única actitud posible.

La Historia podrá ser por siempre el conjunto de mentiras consensuadas al que se refería Napoleón. Esto, gracias a Dios o vaya a saberse a qué, nos crea el escenario ideal para ese martirio que es siempre ejercer nuestro deber de ser Libres.

Por lo pronto, amigo lector, tú que a diferencia de mí tienes acceso pleno a internet, ¿no podrías ejercer ese deber y subir a la Wikipedia algún buen artículo sobre las infames matanzas indonesias de 1965 a 1966?

Advertisements

¿Disidente sexual?

por José Gabriel Barrenechea.

Mariela Castro en la marcha anual contra la homofobia y la transfobia de La Habana.

Mariela Castro en la marcha anual contra la homofobia y la transfobia de La Habana.

Los medios de cierta izquierda (Telesur) usan ahora del término “disidente sexual”.

Señalaré solo una diferencia entre el disidente a secas y ese supuesto disidente sexual: El primero lo es tal en virtud de haber sido marginado, en alguna medida o de alguna forma, de participar en la toma de las decisiones que importan a la sociedad en conjunto. El segundo, al restringirse colocándole un adjetivo a su disidencia, solo puede reclamar el haber sido marginado al no permitírsele vivir según una de sus tendencias propias.

O sea, el primero reclama participar en la vida social como un igual, el segundo tener un espacio de derechos en que pueda vivir su vida sin ser molestado. Usando de la conocida distinción que hace Benjamín Constant en su ensayo Acerca de la libertad de los antiguos comparada a la de los modernos, podemos afirmar que mientras al disidente protesta porque se le ha coartado la primera forma de libertad, la de participar activamente en la toma de decisiones en su sociedad, al “disidente sexual” se le coarta la segunda, la de tener un espacio de derechos que le permitan vivir su vida sin interferencias sociales. Lo que implica que el tal disidente sexual de Telesur, y de cierta izquierda no muy consecuente, lo es por reclamar una libertad burguesa…

Para que se entienda: El disidente sexual, a menos que su objetivo no sea otro que imponernos su elección sexual como la única válida, no es tal; y aun en ese caso y con semejante aspiración impositiva resulta evidente que él tal individuo podrá ser llamado profeta, dogmático, autoritario… pero nunca disidente.

Solo existen disidentes, sin calificativos. Individuos que desean participar en la toma de decisiones en su sociedad, principalmente para lograr que esas, sus sociedades, terminen por aceptar y adoptar la segunda forma de libertad. Sobre todo porque advierten que ese deseo de participar les ha nacido de un espacio de libertad que ellos han sabido mantener abierto en medio de una sociedad negada a permitirlos, y entienden en consecuencia que solo desde esos espacios puede hablarse de una real participación en la sociedad. Lo que los lleva a promover por sobre todo el que los derechos humanos, o los espacios humanos de derechos, sean adoptados en el núcleo cultural de la sociedad en cuestión.

De la imposibilidad de ser homosexual.

por José Gabriel Barrenechea.

subversivas_08Definirnos en la soledad de nuestro ensimismamiento como homosexuales es en sí imposible.

No es solo que nuestra vida se desarrolle siempre, aun en el caso de la del más obseso, en una innumerable multitud de planos, lo que equivale a que al priorizar uno de ellos nos unidimensionalizamos irremediablemente, nos angostamos hasta la sequedad. Si no que en esencia nuestra vida real y última es aquella que encontramos en la más completa soledad, en el total ensimismamiento. Y al habitar en el plano sexual no es allí adonde llegamos. En este plano los demás no pueden faltar, de uno u otro modo (nadie se satisface sexualmente en soledad a menos que tenga en su mente la representación idealizada de un Otro o de una Otra). Solo cuando abandonamos el plano sexual por uno más esencial, en que nos descubrimos como lo único realmente existente, y en que todo lo demás encuentra su ubicación, somos nosotros mismos.

De hecho resulta evidente que todo hombre que se identifica obsesivamente en base a su sexualidad demuestra que es incapaz de llegar muy lejos en su ensimismamiento. Por lo tanto que es incapaz de llegar a lo más profundo de sí mismo, a ese estado en que todo se puede poner en duda, primer paso en la búsqueda individual de la verdad.

La única forma real de buscarla, por demás sea dicho.

¿Se es, homosexual?

por José Gabriel Barrenechea.

El segundo sexo - portadaResulta contraproducente que en una sociedad como la occidental en que la mujer ha luchado y aún lucha por ser algo más que un ser sexuado, en que se ha escrito con ese loable fin un ensayo tan trascendente, El segundo sexo de Simone de Beauvoir, ahora algunos elementos de esa misma sociedad pretendan identificarse precisamente en función de algo tan secundario como su orientación sexual.

Partamos de que no es lo mismo ser cocinero que ser homosexual. Ser cocinero es ser definido y a la vez definirme en base a mi servicio a la sociedad. Yo soy alguien que prepara comida para los demás, y en base a ello soy identificado por ellos. Lo mismo cuando se es enfermero, soldado, maestro… Son los demás, en definitiva, quienes me identifican tomando en cuenta mi actividad que más importa para ellos.

Sin dudas los hombres somos un montón infinito de cosas, en base a nuestra actividad que se desarrolla en infinidad de planos simultáneos, pero al menos cuando salimos de nuestro ensimismamiento hacia la alteración de la vida social, somos más que nada esa actividad mediante la cual servimos a la colectividad. Esa es nuestra esencia social, la que no deja de ir acompañada de multitud de accidentes, pero que en esencia son sobre todo asunto nuestro, en nuestra soledad esencial.

Ser homosexual, por lo tanto, es algo personal, y a nivel social ser identificado por lo demás como tal implica por sobre todo una forma de discriminación: Los demás no nos identifican en base a la importancia de lo que hacemos por el colectivo. Lo que equivale a decir que no somos importantes en el único sentido que en realidad importa, nuestra contribución al prójimo. Lo somos solo en base a escandalizar al Otro, o a provocar en él cualquier actitud que en esencia nada tenga que ver con las actitudes que provocan en los hombres las relaciones de cooperación.

La cosa se retuerce cuando somos precisamente nosotros los que deseamos ser identificados de ese modo. Al hacerlo demostramos para los demás un peligroso síntoma que no puede más que ponerlos en guardia contra nosotros. Porque en este caso no es que no queramos ser importantes, sino que pretendemos serlo, pero imponiéndoles a los demás en qué queremos nos encuentren importantes. Mas querer que yo te identifique… que la sociedad te identifique en base a tus antojos, a lo que crees tú que debe ser más importante de ti para los demás, no puede más que ponernos en guardia contra alguien que ya muestra los primeros síntomas de pretender imponernos su particular visión del mundo.

En este sentido no están tan errados los que de manera nebulosa perciben que esos individuos que se identifican como homosexuales muestran una clara tendencia a querer imponerle, como la única válida, su orientación sexual al resto del mundo. Un temor que a qué negarlo con teatrales actitudes, se ve reforzado por la comprensión que todos tenemos, en el fondo, de que los impulsos homosexuales no le son tan extraños a ningún ser humano.

Acerca del Día de la Virilidad.

21por José Gabriel Barrenechea.

Aclaro que no pertenezco a ese sector de acomplejados crónicos a quienes ahora les ha dado por reclamar un Día de la Virilidad, como compensación por el haberse aceptado a su vez, en el mundo occidental, un Día del Orgullo Gay. En realidad al imaginarme tal celebración, y representarme la reunión de quienes la festejarían, solo consigo que me venga a la cabeza la imagen de una horda de simios disfrazados de reguetoneros, que se dan golpes de pecho y amenazan con gritos ininteligibles a todos a su alrededor. Es más, la específica imagen que no puedo apartar de la noción de un Día de la Virilidad, es aquella en que una horda de chimpancés machos se dedican, por algún exceso hormonal súbito, a perseguir y asesinar a otro miembro de la especie.

La cacería ritual del diferente devenido en la víctima de ese viril acto colectivo de reafirmación masculina.

Y es que de hecho si con algo no comulgo es con esta civilización hormonalizada, o que al menos se pretende tal, en que nos hemos convertido. Esta civilización en exceso sexuada que no comprende que por ese camino más que en la dirección de una idílica convivencia, en que todos nos “demos” seráficamente los unos a los otros por cuanto hueco exhiba nuestra humanidad, solo se camina inexorablemente en la de revivir la fiera que aún habita en el interior de cualquiera de nosotros.

Sobredimensionar el sexo, unidimensionalizar al hombre en esa única dirección, pártase de dónde se parta, de manera incontrastable nos conduce a la transgresión de los aconsejables límites que marcan el fin de una saludable existencia. La búsqueda del placer sexual, como objetivo único y obsesivo por tanto, lleva a experimentos que amenazan nuestra propia vida. Pero sobre todo lleva, no nos engañemos, al dominio de las hormonas, y más que nada de la más violenta de ellas: la testosterona.

Sospecho así que si hemos dado en esta “cultura” presente de reguetoneros super-machos de gestualidad simiesca, que no obstante se rasuran hasta las nalgas y usan más afeites que una dama del rococó, se debe al necesario fracaso de las utopías hippies inspiradas en el pensamiento de personajes como el señor Marcuse.

El obseso.

Marx LGBTpor José Gabriel Barrenechea.

Hace algunos años compartí oficina en el Instituto Provincial del Libro de Villa Clara con un señor que estaba por publicar su primer cuaderno de poesía. Poeta mediocre, tenía la particularidad de poseer una visión de su circunstancia por completo sexualizada. Demasiado freudiana, en el sentido de aquella frase que no sé si era o no del psiquiatra vienés, pero que muy bien define la creencia central de un tipo muy particular de personaje; bastante abundante, por cierto: “El instinto sexual es la base del comportamiento humano”.

Acostumbraba este señor los lunes, a primera hora de la mañana, quisiera yo o no, que nunca me pidió autorización para ello, contarme las películas que había visto, o los libros que había terminado de leer ese fin de semana. Algo aburrido ante una de sus pésimas narraciones, a las que para alargarlas un poco más solo les faltaba el consabido “para no hacerte el cuento muy largo”, mi espíritu sarcástico no pudo continuar conteniéndose y cierto lunes le espeté:

-Mira MX, no me sigas contando que todas tus historias terminan siempre en lo mismo. Si tú vinieras mañana y me empezaras a contar el último dibujo animado que viste hoy en la tarde, uno sobre dos tiernos ositos pandas que eran amiguitos desde fiñes y jugaban entre los retoños de bambú, a mí no me cabrían dudas de que al hacerse viejos los dos oseznos iban a terminar en maricones…

Y es que mi compañero de oficina era así de obsesivo: Solo leía libros y veía películas en que el sexo fuera el Tema con mayúscula, y en este caso muchas veces llevado a esos límites más allá de lo aconsejable, en todos los sentidos, a que tienden a llegar los que se obseden con una sola de las infinitas dimensiones de lo humano. Así por ejemplo, con el Imperio de los sentidos, de Nagisa Oshima, creo recordar que tuvo para un mes de dale que dale, entre la nada breve sinopsis, que duro hasta el miércoles, y los detalles que de repente y en las más inadecuadas situaciones le daba por recordar.

A tan poco saludables niveles llegaba en su sexualización de la realidad que recuerdo que un día en que comentaba, en presencia del compañero seguroso destinado a “atendernos” en la Empresa del Libro, su muy libre lectura de La Sagrada Familia (más bien lo que él, MX, entendía deberían haber escrito allí Marx y Engels), no pude más que fingir un accidente y dejarle caer encima mi taza de café. Y es que en sus ojillos cada vez más encendidos y en aquel arrebato oratorio que yo le conocía tan bien adiviné que MX estaba a solo dos frases de soltarse a hablar de las “evidentes” tendencias homosexuales de Marx. Una afirmación por demás sin evidencias, como casi todas las de él en estos asuntos, y que muy seguramente el muy testosterónico seguroso no iba a digerir para nada bien.