#XelNO: El ridículo intento de deslegitimar la Constitución de 1940.

En los medios oficialistas se ha destacado en los últimos días el hecho de que, a diferencia de la Constitución de 1940, la actual sí será sometida a Referendo Popular.

Dejan así de lado el que en la elaboración de la misma participaron todas las fuerzas políticas de la época, sin exclusiones de ningún tipo, y ahora solo lo hace una: el partido castrista, o PCC.

Comunistas, conservadores, los liberales de Machado no hacía siete años bajados del poder dictatorial, nacionalistas y ojalateros, autoritarios y demócratas, civilistas y militaristas, agraristas y representantes de los hacendados, o grandes azucareros, sindicalistas y empresarios… nombres como Blas Roca o Juan Marinello, pero también Jorge Mañach o Carlos Prío, todos sin excepción formaron parte de aquella histórica Asamblea Constituyente.

Dejan también de lado que la Constitución del 40, a diferencia de esta del 18, no se elaboró en las sombras, si no que fue consensuada en sesiones públicas que transmitía la radio y reproducía la prensa escrita. Radio y prensa escrita que no estaban controladas por un partido, y en que gracias a la amplia gama de dichos medios, y a su carácter plural, podía siempre el ciudadano simple encontrar el medio dónde verter sus opiniones, y hacer su propuesta en plena libertad, con la certeza de que sería escuchado o leído.

Que los constituyentes, entre quienes estaban las más altas mentes político-sociales de la Nación, no los más flexibles espinazos, fueron elegidos directamente por el pueblo, y que constantemente recibían propuestas de las bases de las más variadas y legales organizaciones políticas, sociales, civiles y culturales. Propuestas que dichos constituyentes se ocupaban de presentar diariamente a la Asamblea, para que fueran valoradas y discutidas.

Estas, en fin, son las razones de por qué no hubo necesidad de presentar la Constitución del 40 a Referendo: La Constituyente no excluyó a ninguna fuerza política o social; fue electa directamente por el pueblo; y sus sesiones más que públicas estuvieron bajo el más estricto control popular.

No era necesario someter a Referendo, a diferencia de ahora, en que se ha excluido a todos menos los castristas más genuflexos, en que el pueblo no eligió a los constituyentes, sino que estos fueron cooptados por la cúpula del Consejo de Estado, y en que las sesiones se han llevado adelante en el más absoluto secreto.

Por cierto, el que a partir de agosto se discuta públicamente la propuesta de nueva Constitución no cambia nada: Serán esas discusiones cuidadosamente vigiladas. Para eso, compañeros, tenemos a nuestra eficiente y bien pagada Seguridad del Estado; que de seguro no dejará de mandar a algunos de sus agentes, o de sus informantes, para que estén muy visibles en los “debates”.

Lo único que cabe hacerse ante la ilegítima Constitución de 2018 es manifestarlo en las urnas el día del referendo: Votando NO.

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Los americanos contra la Anexión.

“(Los EE.UU.) ayudarán a Cuba cuando Cuba se haya ayudado a sí misma. Esperar más que eso es una vaga ilusión.”

Francisco Vicente Aguilera.

A ciento veinte años de la Primera Intervención americana en la Isla es necesario volver al tema de la anexión, y del anexionismo.

El válido deseo de conservar la riqueza creada, y la forma de vida relacionada a ella, llevaron a la sacaro-cafetalocracia cubana, y al amasijo de clases y estamentos relacionados con la misma, a buscar la anexión de Cuba a los EE.UU.

Era impensable arriesgar la riqueza, que consistía en fundamental medida en dotaciones de esclavos, en una guerra independentista. Un conflicto bélico en que todo el que tuviera dos ápices de sustancia gris sabía que España si se emplearía a fondo, muy a diferencia de lo ocurrido en las tres primeras décadas del diecinueve en Sur, Centro América y Méjico. Por ello se prefirió buscar la anexión: irse a las armas solo como un gesto para atraer la inmediata ayuda americana[i]; coaccionarla incluso, cabría decir.

Porque como demostró la historia misma, la guerra contra España llevada adelante solo con nuestros únicos esfuerzos y recursos significaba el fin de la riqueza de la Isla.

Y había que separarse de la Madre Patria porque sin dudas, dígase lo que se diga, la Metrópoli no aseguraba esa riqueza ya no a largo, aun ni a mediano plazo.

En primer lugar España no era un mercado de peso para el azúcar cubano, e incluso su consumo principal era de la versión más artesanal, el mascabado; en segundo, como potencia de muy segundo orden era incapaz de defender los intereses de nuestro azúcar de caña frente a los de la de remolacha, por entonces apoyada y subsidiada por toda Europa, o en un momento anterior de enfrentar con determinación a las presiones anti abolicionistas de la superpotencia global, Inglaterra; en tercero, por su propia estructura, mentalidad y prácticas económicas, se demostró incapaz de aportar los bancos y todos los mecanismos necesarios para la actividad financiera de una industria como la azucarera, por necesidad industrial (de aquí el origen de la refacción, un mecanismo primitivo mediante el cual se financiaba nuestro azúcar desde la bodega del catalán); y en último lugar por su práctica de usar a las colonias como fuentes de recursos, más que como reales provincias del territorio nacional; y sobre todo, como medio para mantener contentos a los capitales de la periferia ibérica, que en el mantenimiento de la unión encontraban así la posibilidad de explotar los territorios de allende el océano (o sea, como medio para redirigir hacia las colonias el ancestral anti-castellanismo de la periferia ibérica).

En cuanto a esto último es conveniente señalar el hecho histórico constatable de que el nacionalismo catalán radical no resurgiría hasta después del 98. Muy en contraste con las muestras de unionismo acérrimo que había dado Barcelona ante el alzamiento cubano de 1868. Recordemos que con Prim, y aun después, Catalunya llegó a enviar fuertes contingentes de soldados voluntarios, que en la Isla lucharían con férrea determinación por la Unidad Nacional; o más bien por mantener sujeta a la Cuba de dónde habían surgido y todavía surgirían, muchos de los capitales que impulsaron el desarrollo capitalista de esa región española.

Había, en fin, que separarse de España, pero sin que el viento se llevara la riqueza y la forma de vida que había nacido con ella, y a resultas ambas del experimento liberal habanero. ¿Y qué mejor solución para ello que anexarse a la Unión, como un estado más, igual en derechos a todos ellos? Esto aseguraba, al menos hasta 1860, conservar la riqueza (esclavos en lo fundamental) y una forma de vida con ciertas similitudes a la del Sur esclavista; a posteriori de esa fecha, el único mercado que le iba quedando al azúcar cubano en un mundo dominado cada vez más por la remolacha subsidiada europea, a la vez que se conseguía acceder, directamente y sin traumas, a las libertades e infraestructura financiera que prometían los EE.UU. en contraposición a España, que sin dudas en ambos aspectos estaba mucho más atrasada.

En esencia es esta la razón que explica ese poderoso movimiento anexionista, que se explicita en la 5ª y 6ª décadas del diecinueve, pero que sordamente se mantiene vivo después, hasta el mismo 1898, en el corazón del movimiento separatista.

Porque no sigamos mintiéndonos a nosotros mismos a estas alturas, en que ya tenemos suficientes años de vida independiente como para permitirnos mirar fríamente a nuestro pasado: Aunque no cabe llamar en sentido estricto militantes del anexionismo a la gran mayoría de los separatistas, lo cierto es que su demasiada, constante y principalísima preocupación por lo que en Washington pensaran o hicieran con respecto al conflicto entre Cuba y España, los convertía en tales. Pero es más, el que ya en la 1ª República, o mejor, durante el Protectorado, los mismos que habían tomado las armas contra España en nombre de la Independencia se dieran con tal facilidad y sin muchos escrúpulos a las “protestas armadas”, mediante las que buscaban no derrotar al contrario, sino irse al campo, “alzarse”, para coaccionar así a los americanos a intervenir a su favor en el conflicto interno, nos deja muy claro que esta era una práctica a la que se habían habituado ya desde las mismas Guerras de Independencia.

“Ojalateros”, practicantes del “Ojalaterismo”, esa forma atenuada de anexionismo que luego se convertiría durante el Protectorado en Plattismo (el buscar aprovecharse de la subordinación externa para imponer al interior de la política nacional los intereses propios), eran en su gran mayoría los que pelearon en nuestras Guerras de Independencia. Ojalateros, como llamaba Máximo Gómez a los muchos que en los campamentos mambises se mantenían repitiendo día y noche: “…ojalá que vengan los americanos, ojalá que acaben de intervenir…”

Gómez, alguien que, por cierto, no tardó en demostrar con su comportamiento durante ese año de 1898 que él no era en el fondo otra cosa que un ojalatero más; y así se negó a aceptar la invitación de Ramón Blanco y Erenas a enfrentar en conjunto al invasor, algo que seguramente sí habría aceptado un Antonio Maceo[ii]; o luego le sirvió en bandeja de barro, y mal cocido, el Ejército Libertador al gobierno interventor americano.

Pasar por alto el que uno de los primeros actos del recién constituido Gobierno de Cuba en Armas fuera pedirle al presidente de los EE.UU. la anexión, y que dicho acto viniera respaldado por la firma de la gran mayoría de los alzados, con la honrosa excepción, de entre las conocidas, de Eduardo Machado, es una muestra de ese insistente intento de nuestra historiografía por ocultar hechos, y desaparecer documentos, para así reescribir nuestra Historia en clave mítica.

Lo malo de este intento es que como a fin de cuentas esos discursos historiográficos no han afectado en mucho, o casi en nada, las reales y subterráneas corrientes de desenvolvimiento histórico de la psicología, de la idiosincrasia nacional, pues no sirven, ni han servido para trazar políticas en base a las cuales sacar al país de sus atolladeros históricos.

En Cuba existe aun hoy una profunda corriente de ojalaterismo. Hay incluso uno inverso, pero que en definitiva funciona con las mismas desgraciadas consecuencias que el positivo, y que se puede descubrir sin mucho trabajo en la prensa o en general en los medios controlados por el régimen dizque nacionalista: Cualquiera que abra a menudo la prensa en Cuba, o siga los noticieros o espacios televisados de… “debate” (incluso entrecomillada nos resulta demasiado surrealista usar esta palabra aquí), se dará cuenta que ellos tienen su mirada fijamente enfocada en los EE.UU., y solo en ellos. Y no es solo que todos los problemas internos sean referidos a ese país, sino que en última instancia se parte de la idea de que mientras aquel no cambie, mientras no se lo lleve el Diablo, o cinco terroristas suicidas islámicos o norcoreanos, u ocurra una Revolución idéntica a la cubana (o sea, esto significa para cualquier ojalatero cubano de signo negativo el que se subordine por completo a su Revolución), los problemas de Cuba nunca se resolverán.

Así, el castrismo, al remachar en la cabeza de los ciudadanos la errónea idea de que no podemos vivir de espaldas a los americanos, que la vida no es más que una cruzada por derrotarlos, o un eterno combate para esquivar sus golpes mientras por fin llega el fin del Capitalismo, no hace más que, a la larga o a la corta, hacer nacer en todas las cabezas la conclusión lógica de para qué enfrentarse a lo inevitable: A la muerte, como a la anexión, uno tiene que aceptarla…

Resulta indiscutible a estas alturas que nuestros ancestros del diecinueve querían que los americanos les sacaran las castañas del fuego. Pero esto, por cierto, no justifica la bribona actitud americana ante ese válido deseo cubano. Es necesario entender que a cambio de impedir que la riqueza de la Isla fuera consumida en una devastadora guerra, más allá de nuestras posibilidades reales, los cubanos se disponían a poner en manos de la República del Destino Manifiesto la isla más rica del mundo. Aquella que algunos visitantes del medio siglo, entendidos en relaciones coloniales, se atrevían a señalar que por su riqueza parecía más la Metrópoli de España que viceversa; dónde más millonarios había en el mundo de la época con relación al número total de habitantes, y donde incluso los obreros negros de La Habana disfrutaban de un nivel de vida muy superior al de sus contemporáneos parisinos (lea, por favor, Cecilia Valdés y Los Miserables, luego compare)… No pasemos tampoco por alto el que todavía en 1850, antes de la Revolución del acero barato, el azúcar era el principal producto de intercambio, que además contaba entre todos los demás con el mayor valor agregado de las tecnologías estrellas de la época: la mecánica y la química.

Una Isla que ya desde la época de los profetas de la expansión y el futuro poder americano, allá por las postrimerías de Siglo de las Luces, cuando no era todavía más que un poco desarrollado presidio español dedicado por sobre todo a la ganadería extensiva y el cultivo del tabaco, se vaticinaba terminaría por orbitar de una u otra manera alrededor de la naciente Nación. Una isla sobre la que Thomas Jefferson escribiera ya desde junio de 1823:

La verdad es que la agregación de Cuba a nuestra Unión es exactamente lo que se necesita para hacer que nuestro poder, como nación, alcance el mayor grado de interés.

En esencia los americanos, en respuesta al interés cubano por la anexión, tuvieron dos periodos muy bien definidos.

En el primero el principal obstáculo para aceptar esa propuesta está en los problemas de equilibrio interno de la Unión; ya que los estados del Norte no deseaban la anexión de un nuevo estado esclavista, que desbalancearía los equilibrios de poder a favor del Sur. Sin tampoco dejar de tener en cuenta la relativa debilidad de la Unión antes de 1860, que la hacía pensárselo muy bien antes de desafiar los poderes europeos que probablemente apoyarían a España en el caso cubano.

En el segundo periodo, entre 1865 y 1898, subsiste este último motivo, aunque con una importancia en declive inversamente proporcional al aumento de la población y el poderío económico de unos Estados Unidos en que se ha vivido la experiencia de la guerra más importante al interior de Occidente entre 1815 y 1914.

Lo verdaderamente significativo en este periodo es la suspicacia yanqui hacia las élites cubanas, a las que identifican todavía con sus pares sureños. Estos últimos estarán ahora derrotados y pobres, pero en lo profundo de los secreteos políticos yanquis se teme si los cubanos no podrían venir a reforzarlos, tanto económica como espiritualmente.

Una élite, la cubana, que por otra parte es muy semejante a aquella de los “caballeros”, que ya les américaines habían encontrado en su avance hacia el oeste a través de Texas y otros territorios arrebatados a Méjico, y ante la cual el americano medio siempre tuvo (y aún tiene) sus complejos de inferioridad; entendibles por demás en una Nación constituida enteramente por plebeyos que habían escapado de la aristocrática Europa. Una clase de caballeros latinos, pero cien veces más estructurada que sus semejantes tejanas o californianas, con una mentalidad liberal comparable a las de las élites neoyorkinas o bostonianas, y con una cultura y amplitud de miras muy superior al promedio de todas las élites americanas[iii].

Era por tanto natural su actitud en esta segunda etapa ante una sociedad con una élite que nunca creyeron poder digerir en su sistema político-cultural.

Esta es la explicación principal de porqué los americanos prefirieron dejar que España desangrara a esa élite cubana, hasta hacerla desaparecer casi como poder económico, e incluso hasta en sentido demográfico; aunque nunca lograrían el objetivo de hacerla desvanecer como tradición cultural y de pensamiento. El resentimiento de esa tradición ante esa actitud dolosa de los yanquis conduciría medio siglo después a la explosión de nacionalismo de finales de los cincuenta, y al castrismo, que supo aprovecharse de la misma para imponer su Autoritarismo Paternalista.

Señalemos rápidamente y de pasada que la explicación en base al temor ante la posible actitud de Inglaterra, garante de España, resulta poco creíble ya a partir de 1866, o 1871, cuando el nacimiento del coloso Alemán desarticula toda Europa, y anuncia que a la hasta entonces única Superpotencia Global le ha surgido un desafío de respeto en su mismo vecindario (una medida de las aprensiones inglesas está en que allí haya florecido, a partir de la derrota de Francia en el 71, todo un género literario: la Novela de la Invasión, en que las islas británicas se convertían en la próxima víctima del Imperio Alemán). En general en el último cuarto de diecinueve el reino Unido enfrenta desafíos demasiado vastos como para dedicar tiempo a una islita que con solo mirar en un mapamundi es evidente que resultaba una posesión natural americana.

Es esa misma actitud marrullera americana de esperar a que se desangrara y descapitalizara la élite cubana la que explican porque en 1898, cuando intervienen en una guerra que ya España no podía sostener, la anexión ha dejado de ser la solución de algo para los cubanos: La forma de vida, la riqueza y hasta la clase misma que intentaba conservarlas se habían desvanecido entre el humo de los incendios de treinta años de guerras. Y dado ese caso, ¿para qué carajos se necesitaba entonces a los americanos?

Cabe agregar por último que los americanos no solo impidieron la anexión con su actitud dolosa, de esperar el momento oportuno para deshacerse de los dos contrincantes al mismo tiempo, y con el menor esfuerzo.

Porque independientemente de que ya no hubiese razones para buscarla (se había alcanzado la independencia, por propio esfuerzo, con las consecuencias naturales predichas y que ello solo podía tener), subsistía un movimiento anexionista que al menos por inercia hubiera mantenido esa bandera. Un partido anexionista que en medio de las divisiones del movimiento separatista-independentista habría podido imponer esa solución con relativa facilidad; si hubiese contado con el apoyo de los mismos interventores.

El problema estuvo sin embargo en la manera en que los EE.UU. intervinieron, y sobre todo en la clara intención que demostraron desde un inicio de no aceptar a Cuba más que como una dependencia; tipo de lo que poco después fue y aún es Puerto Rico. Esto fue el tiro de gracia al movimiento anexionista: Si hubo a partir de entonces tantos o más intereses que antes en pro del mantenimiento a toda costa de nuestras relaciones con el único mercado que, para nuestra azúcar, nos quedaba abierto en el Mundo, por otra parte el “embullo”, el espíritu necesarios a todo movimiento político que aspire a realizarse desaparecieron del anexionismo.

Esto es evidente en la obra del patriota cubano José Ignacio Rodríguez. Su monumental Estudio histórico sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la idea de la Anexión de la isla de Cuba a los Estados Unidos de América, publicado en plena Primera Intervención, no es en sí un panfleto para llamar a los cubanos hacia esa opción, a la manera que piensan quienes han impedido su posterior reedición, sino más bien una denuncia de la traición que a esa idea llevan adelante por entonces los hombres del partido republicano capitaneados por el presidente McKinley. Dice así en el prólogo de esta obra el discípulo de Luz:

Por lo que hace a la isla de Cuba, preciso es reconocer que el movimiento anexionista, se encontró siempre ligado con las aspiraciones levantadas de patriotismo cubano. Nadie entre los hijos de Cuba quiso nunca, que su patria se agregase a los Estados Unidos de América, por solo el gusto de cambiar de amo, para que fuese gobernada militarmente, como colonia, o posesión habitada por gente de raza y civilización inferior, a la que hay que enseñar el arte de gobernarse, e indigna de ser dejada a sus propios destinos hasta que no llegue a lo que el Presidente McKinley ha llamado, y apenas puede traducirse al castellano, “el nivel de bien conocido respeto propio, y de unidad confiante en sí misma”, que según él ponen a una comunidad ilustrada en aptitud para gobernarse sin tutores. Nadie creyó nunca, tampoco que la anexión de Cuba a los Estados Unidos de América podría jamás resultar, lo que le está resultando a Puerto Rico, a cuyos naturales se ha negado el carácter de ciudadanos de los Estados Unidos de América, sin más derechos que los que el Congreso federal, ha tenido o tenga a bien concederles. Los partidarios de la anexión creyeron siempre, y continúan creyendo, a pesar de todo, que por medio de aquella podría alcanzarse para su patria amada la mayor suma posible de dignidad, de libertad, y de grandeza material y moral…

Estudio histórico es en realidad un documento invaluable: Marca el instante en que el anexionismo cubano comprende de a lleno lo inviable de su propuesta, nada menos que por la reticencia de la otra parte, los EE.UU., a permitirla, o más bien por su incapacidad para llevarla adelante (la ya referida, en las notas, incapacidad americana de absorber naciones).

Porque en resumen: fueron los EE.UU. los que impidieron la anexión cubana.

[i] Desengañémonos, las “protestas armadas” no principiaron en Cuba en agosto de 1906.

[ii] No decimos aquí que Maceo fuese un santo: si a alguien se puede acusar en el 95 de tener aspiraciones dictatoriales es precisamente a él. Pero lo real es que él hubiera comprendido, por la razones que fueran, que era preferible la Autonomía que concedió España a fines de 1897, que el Protectorado que sufrimos hasta septiembre de 1933.

[iii] Si se observa aun hoy los EE.UU. carecen de la capacidad de absorber sociedades enteras con un cierto nivel de estructuración y de cultura propia. Su actual enésimo repliegue interno, esta vez ante la Gran Reconquista Mejicana de lo perdido por esa nación a mediados del diecinueve, así lo demuestra. Los EE.UU. tienen una gran capacidad de absorber individuos o familias, pero no nuevas naciones. Era por lo tanto sencillo anexarse la despoblada Texas con sus “caballeros” trogloditas, o la casi deshabitada California, territorios que no tardaron en inundarse de individuos europeos aculturados, pero el desafío de hacer lo mismo con La Habana, y en general con toda Cuba, excedía las capacidades de la civilización americana. Aun hoy, repetimos.

Unfinished 1.

Notas para una Historia de las letras villaclareñas en tiempos de Revolución: Del Feijosato al “Control Obrero”.

José Gabriel Barrenechea.

Nadie es dueño absoluto de la verdad, esta se consensua en el diálogo. Para obtenerla a cada cual le corresponde presentar su versión, y continuar defendiéndola si lo consensuado no le satisface. Pero claro, dentro de los límites que el dialogo impone. Nunca mediante el secuestro de los espacios en que se dialoga, su sometimiento a argumentos capciosos, sensibleros, populistas, o a la fuerza monda y lironda.

Los puntos centrales de la visión histórica en que se sostiene un anterior trabajo mío, La Editorial Capiro y el “control obrero”, son en esencia los siguientes:

1-De 1959 para acá hubo un periodo de esplendor de nuestras letras, de carácter cosmopolita e influencia nacional, no solo limitado a la poesía, como se nos ha querido hacer creer interesadamente por quienes producen el discurso oficial, con la complaciente e interesada de ciertos “escritores”. El periodo cual coincide poco más o menos con la década de los ochentas del siglo pasado.

2-Dicho periodo fue el resultado de un movimiento espontáneo de creadores nacidos entre los finales de la década de los cuarentas y las postrimerías de la de los sesentas, y si en el más amplio panorama surgió como una respuesta generacional ante el panorama cultural de la nación en los setentas, en lo específico regional lo fue de su forma villaclareña: Del Feijosato.

3-El Feijosato fue la forma que en Villa Clara adoptó la cultura de masas castrista. Una cultura didáctica centrada en “elevar el nivel cultural de las masas” y en el conducirlas “por el camino correcto” que marcaba su Máximo Líder en la construcción del Comunismo, a la vez que pretendía extirpar la capacidad crítica de la intelectualidad, y retraer la actividad creativa al campo de la arqueología o recuperación de lo “popular”, y en todo caso de su recreación.

4-En el final de ese periodo de esplendor de nuestras letras Capiro jugó un importante papel. Porque no es que esa editorial llegara tarde para salvar a la literatura villaclareña, es que de hecho si no fue pensada con el objetivo de domesticarla, ese y no otro fue el resultado final.

5-El Riveronato o periodo de Control Obrero es en sí el resultado de esa domesticación, y por ello una vuelta, un rescate, eso sí, aguado, del Feijosato. Un periodo en el que de modo en apariencias paradójico existe una editorial, y unas facilidades para publicar impensables en los ochentas, pero en que la espontaneidad, la frescura, la vida de entonces, rara y pálidamente aparece en algunas de las muchas páginas ahora publicadas.

Algunas consideraciones a lo apuntado:

1 y 2- La Maravillosa Década de los Ochenta en Santa Clara fue en esencia un fenómeno espontáneo, vivo y natural, de ruptura no solo con las tradiciones literarias de una ciudad que Feijoo había encerrado en lo guajiro desde las páginas de su revista Signos. En los ochentas, al menos en las mentes de media docena de poetas y narradores, la ciudad tendió a horizontes que iban mucho más allá de los campos llenos de güijes, o de inveterados demonios remedianos historiados en su momento por Don Fernando Ortiz. A horizontes que estaban mucho más allá de la carretera circunvalante que por entonces se concluyó, o de las palmas o montañas que se alcanzaban a divisar en días muy claros desde lo alto de las principales edificaciones del centro: Por primera vez, quizás desde que la abandonara Eduardo Machado, los espíritus cosmopolitas volvían a morar en sus estrechas calles adoquinadas.

Cualquiera que haya leído El Año 200 sabe que hablamos de un claro documento en contra del ejercicio vitalicio del poder, escrito a fines de los ochentas y publicado en 1990, en una Cuba en que tal ejercicio era más que un dogma político, religioso. Mas no solo Agustín de Rojas se atrevía a tanto por aquellos años, y mucho menos los ánimos rupturistas se localizaban solo en el ámbito de la producción más política, sociológica y hasta filosófica de nuestra literatura. Además de un contundente Félix Luís Viera que, en los ámbitos de una narrativa más dada a lo fantasioso y también a lo mundano, también andaba por esos caminos de crítica profunda a su realidad, la ciudad desde más o menos 1984 comenzó a pulular de una nueva generación de poetas. El primero, sin dudas, Frank Abel Dopico, a quien en uno de aquellos mensuarios que publicaba por entonces la UNEAC, y en cuyo número si mal no recuerdo de agosto de 1987 en específico recogía la obra de toda una pléyade de jóvenes autores (nombres como José Antonio Ponte o Víctor Fowler, lamento no poder mencionar a otros pero no tengo el cuaderno en cuestión frente a mí) al enfant terrible pilongo se le dedicaba casi la séptima parte de las páginas de la publicación. Otros importantes exponentes de esta ola de poetas villaclareños lo son: Veleta, Sigfredo Ariel, Arístides Vega Chapú…

Sobre el control de armas.

José Gabriel Barrenechea.

Lo preocupante no es que a los individuos se les niegue el derecho a portar armas, sino que el Estado acapare el monopolio de su uso.

Ahora, el problema está en que las armas que de verdad importan hoy, y ante las cuales unos cuantos ciudadanos armados con mosquetes no tienen ningún poder de respuesta real, no están al alcance de los individuos.

Es poco probable que los ciudadanos puedan tener un tanque guardado en su garaje, o mucho menos un arma nuclear, para volver a organizarse en milicias de minuteman en caso de que el gobierno representativo intente convertirse en alguna forma de despotismo.

Poco probable, y por otra parte poco igualitario, ya que los elementos medios de la sociedad en cuestión, los que más necesidad tendrán siempre de mantener bajo control al Estado, a diferencia de los ricos corporativos que pueden usar al Estado para sus intereses, o de los pobres a los que el Estado sabe poner de su parte mediante políticas clientelares o populistas, carecerán de los recursos necesarios para semejantes inversiones defensivas.

Esto sin contar con el hecho de que las armas modernas dependen para su uso de toda una vasta estructura logística que obliga necesariamente a socializar a los guerreros en estructuras jerárquicas, nada democráticas. Si el minuteman se bastaba a sí mismo para manejar su mosquete (lo cual no es totalmente cierto, ya que como se vio en el sitio de Boston, al principio mismo de la Guerra de Independencia, la gran deficiencia de las milicias era su carencia de estructuras que aseguraran la pólvora, o la comida), los tres o cuatro combatientes de un tanque moderno dependen de que tras las líneas se mantengan centenares de no combatientes a cargo de los la producción, los suministros, la protección de las vías de comunicación…

Las armas modernas, al igual que los costosos equipos de bronce usados en la Guerra de Troya, solo promueven formas profundamente anti-democráticas, aristocráticas, y en nuestro caso y quizás no por siempre, plutocráticas. Así, de los combatientes de nuestro tanque, los que de verdad se enfrentan en batalla, los que han terminado por conseguir las habilidades para ello, dependerían en su seguridad frente al enemigo toda una masa de auxiliares no combatientes. Y ya sabemos a dónde pueden conducir tales dependencias.

Por ahora conduce al actual orden mundial, que en realidad es dominado no por lo guerreros, al menos por el momento, sino por los ricos corporativos. Aquellos con los recursos para controlar al Estado y sus sofisticadas y muy costosas armas fuera del alcance de los individuos.

Debemos aclarar que las multinacionales no tienen realmente un interés primario en el armamentismo. A las multinacionales en realidad lo que les importa es que otros no tengan la suficiente fuerza armada como para evitar que el mundo esté al alcance de sus negocios.

El verdadero problema sería que el poder real saliera de las manos de las multinacionales para ir a dar en las de asociaciones privadas de guerreros, encargados de la defensa.

Algo que a ratos uno teme sea lo que ahora ocurre en los Estados Unidos Trumpeanos…

#XelNO: Razones para preferir el NO a la inasistencia.

José Gabriel Barrenechea.

Se puede llamar a la abstención en el próximo Referendo Constitucional. Ante un régimen que indudablemente solo pretende hacerse a sí mismo cambios cosméticos, o incluso sentar las bases legales para endurecer aún más su actitud hacia sus críticos, como lo demuestra el actual acoso a Fernando Ravsberg, es sin lugar a dudas una manera categórica de mostrar el cansancio que de él siente la sociedad cubana.

Sin embargo hay un grupo de razones que aconsejan preferir el NO a la inasistencia.

La primera es que no votar es un acto público de desafío; mientras que votar NO queda en el anonimato. Y dado que hablamos de un posible endurecimiento gubernamental ante la actitud contestataria, y a la vez todos sabemos (o recordamos) las consecuencias que puede tener desafiar públicamente al régimen, resulta evidente que en esas condiciones es más probable obtener de los ciudadanos un mayor apoyo para una campaña en que se pida votar NO (acción anónima contra la cual no es posible tomar represalias), que para otra en que lo solicitado sea el abstenerse de ir a votar (acción pública contra la que sí se puede).

Calculemos: Si el 17% que se abstuvo de votar el pasado 11 de marzo fuera redirigido ahora por una acertada campaña a través de todos los medios posibles hacia el NO, ¿a qué por ciento podría llegar ese voto si tenemos en cuenta a los muchos que no se atreven a no votar, por miedo a las represalias? Solo tengamos en cuenta a aquel 19% de los que asistieron a urnas pero que prefirieron votar selectivamente al oficialista voto unido. Ellos representan aproximadamente otro 17% del padrón electoral. O sea, que si solo lográramos redirigir hacia el NO a los abstencionistas y votantes selectivos de este 11 de marzo alcanzaríamos para esa opción nada menos que un ¡34% de votos!

Pero si sumáramos también los votantes en blanco, o los que anularon la boleta, ese por ciento crece hasta el 38%.

¿Pero cuántos más podríamos sumar entre esos otros muchos que marcaron en la casilla del voto unido solo por salir lo más rápido de un trámite, votar en las elecciones para diputados, mediante el cual saben, presienten, o adivinan no tienen posibilidad real alguna de decir que no a la lista de candidatos que se les presenta en boleta? ¿Cuántos más, ahora que estaríamos haciendo una campaña en que se pide algo no tan riesgoso y muy concreto, votar NO; en un tiempo en que el control del régimen sobre la información que recibe el ciudadano ya no es ni mucho menos total, o aun de importancia en algunas regiones del país (en La Habana, por ejemplo)?

No nos ceguemos: Entre un 40 y 50% de voto NO en nada obligaría al régimen, es cierto, pero marcaría un antes y un después en la actitud de la ciudadanía, y en última instancia sería un medio propagandístico eficacísimo para demostrarle al mundo que el apoyo al régimen no es de la magnitud que este presume.  Que por el contrario, en Cuba, a pesar del control total del régimen sobre los medios impresos, televisivos y radiales, y su constante intento de interferir o bloquear los alternativos, un significativo por ciento de la ciudadanía ha apoyado una opción antigubernamental.

Porque aclaremos que no se puede identificar el NO con alguna propuesta gubernamental.

Las dos implicaciones posibles del NO son por entero antigubernamentales: O significa, NO, no nos conformamos con lo propuesto por la comisión presidida por el señor ese que todavía nos debe un vasito de leche, queremos más; o en el caso de los comecandela ultramontanos implica que no se quiere ningún cambio, que se ha votado por seguir igual que cuando Fidel, y que se ha hecho por lo tanto en contra de la propuesta gubernamental, en violación del principio central castrista de unidad en el apoyo a todo lo que se proponga desde arriba.

En todo caso esto último implica la espectacular noticia de que la base de apoyo de la clase dirigente se ha dividido. Y como se sabía desde Platón y fuera establecido explícitamente por Pareto y Lenin, esto es el signo más claro de que se dan las condiciones para la caída de un régimen. Recordemos: no es tanto que los de abajo no queramos seguir como hasta ahora, si no que los de arriba no puedan, y de ahí las divisiones en el consenso al interior de la élite, consenso que pudo mantenerse mientras no había graves problemas en conservar el status quo.

La segunda razón tiene que ver con la interpretación que podría darle el régimen a los resultados: Para este es relativamente más fácil presentar como sin importancia, o incluso obviar, un determinado por ciento de inasistencia, que hacer lo mismo con el siempre necesariamente mayor por ciento de voto negativo que se cosecharía si la campaña se dirigiera con toda su fuerza hacia ese fin.

Vivimos en un área geográfica en que la participación en procesos electorales no tiende a ser muy alta: En los EE.UU., o en Colombia, gira alrededor del 50% (en nuestro vecino del norte ronda el 40% en las legislativas de medio término), en México sobre un 60%. En estas condiciones no le resultaría difícil al post-castrismo, ante un abstencionismo que nunca excederá el 25%, echar mano del mismo recurso comparativo que el Madurismo  para justificar ese bajo nivel de inasistencia.

Pero aun, un post-castrismo un poco más hábil en volver a su favor argumentos ajenos, podría muy bien presentar ese aumento de inasistencia como prueba de que la sociedad cubana se liberaliza: Ya a nadie se lo presiona en Cuba para salir a votar, sugeriría Díaz-Canel mientras observa con el rabillo del ojo al vejete con las charreteras cargadas de estrellas que dormita a su lado. O quizás afirmaría sin pestañear que, como nuestro pueblo ha comprendido la solidez de su sistema político-social, muchos ahora se dan el lujo de no participar en la seguridad de que sus conciudadanos tomaran la decisión correcta (fíjense, por favor, en lo poco que pestañea nuestro hombre).

En todo caso debe tenerse en cuenta que más fácil que cambiar los votos lo es en Cuba alterar los registros, dado que los mismos dependen de una organización paraestatal como el CDR, y dado que aquí nadie de los de a pie tiene idea clara de cuántos habitan y tienen derecho al sufragio en una región determinada. Es por lo tanto relativamente fácil cambiar el registro, a cualquier nivel, pero muy difícil hacer fraude en un sistema en el que participan tantas personas (unas 200 000, incluidos niños), y en un país en que sus habitantes tienden a no ocultarse nada en sus conversaciones. Es por esto último que ante un elevado por ciento de voto NO, si luego Alina Balseiro nos saliera con un valor menor del mismo (incluso uno real pero menor que el que subjetivamente esperara la ciudadanía), una ola de subterránea contrariedad recorrería la Isla[i].

Y ya que como decimos saber el régimen nunca admitirá el NO, al menos en un por ciento que supere el 38%, podría precisamente ser esto lo que se persigue con el NO: obligar al régimen, al hacer fraude, a generar una razonable irritación en la población que la lleve a aumentar en su grado (muy bajo ahora, casi inexistente) de politización.

Porque nada hay tan peligroso como ilusionar a la ciudadanía de que por primera vez en mucho tiempo se tiene verdadero poder de decisión, de decir Sí o NO, para que luego a la hora de la verdad se compruebe que todo no ha pasado de un burdo engaño más.

Ligado a lo anterior hay una tercera razón, y que se aplica solo a aquellos que pueden votar desde el exterior (entre un 1 y un 2% del padrón electoral): En este caso, al no existir registros electorales claros, el régimen puede manipular todavía con mayor holgura los números y hacer “desaparecer”[ii] a muchísimos votantes (incluso a la mayoría).

Por lo tanto, si no discutimos que en el caso del votante de la Isla la inasistencia es también un recurso, aunque de muchísima menor eficacia que el NO, en el de aquel a quien se le permite votar desde el exterior ya no lo es. Ante él, antes de aceptar el que lo “desaparezcan” al no asistir, solo le queda un recurso: Ir a votar NO.

#XelNO.

[i] En todo caso la Ley permite que todos los ciudadanos estemos presentes en el momento del escrutinio en cualquier Mesa (artículo 112; Ley 72, Electoral). Personalmente, de manera disciplinada, sin poses para sobresalir y sin intentar hacer de ello un show mediático, como un simple ciudadano más, estaré presente en la que haya realizado mi voto. Le sugiero a todos que hagan exactamente lo mismo, que por ejemplo los que lo tengan asistan sin móvil encima, y que solo abandonemos dicha actitud reservada, respetuosa, si la Chusmosidad del Estado intentara impedirnos realizar ese deber ciudadano.

[ii] En mayor escala que lo que ha venido haciendo en las últimas elecciones con los electores de la Isla, y lo que explica la existencia de unos 300 000 electores que aparecen en los Registros antes de las elecciones para desaparecer inmediatamente después de ellas, con el evidente propósito de reducir así los por cientos de inasistencia a urnas.

En Santa Clara la Reforma llega en guagua Girón.

José Gabriel Barrenechea.

Algo pasado de años para su cuidado en imitar la imagen de Maluma, en todo caso en la cercanía de unos 35 que se notan, espera en una de las más poco concurridas paradas de guagua santaclareñas. Tiene un título universitario y hace un lustro vive de la música, de tocar en “los Cayos”: En los hoteles del Cayo Santa María, al norte de esta provincia de Villa Clara.

Sabe que se ha convocado un Referendo Constitucional, “para cambiar la Constitución”. Lo que no tiene claro es si esos cambios lo favorecerán a él, o cómo es que se realizará el Referendo. Recuerda que hace años, en el 2002, cuando cursaba su onceno grado, tuvo que firmar una planilla en su CDR, para darle su aprobación a la anterior Reforma. Fue su primera experiencia electoral y por eso conserva una vívida memoria de lo ocurrido.

-En la Constitución ellos van a poner lo que quieran, y nosotros después vamos a tener que ir a firmar que estamos de acuerdo-me afirma con gesto escéptico-Yo no tengo muchas esperanzas de que venga algo bueno para mí. Ahora mismo andan rumores de que para la temporada alta que viene van a restringir lo de la contratación de grupos musicales en los Cayos, y en ese caso no me va a quedar más que irme.

Va sentada junto a mí, del lado de la ventanilla, en una de esas minúsculas guaguas Girón que en Santa Clara se usan para el transporte público. Es estudiante universitaria y acaba de salir de una de las reuniones preparatorias del próximo congreso nacional de la FEU. “La Reforma va a servir para perfeccionar nuestro socialismo”, me espeta a mis preguntas, mientras me mira recelosa. En las pasadas elecciones del 11 de marzo sirvió como observadora en las mesas electorales de su municipio, Camajuaní.

-¿Crees que está bien que en las elecciones para diputados solo podamos marcar Sí por los propuestos, pero no negativamente?-le pregunto.

-El que no esté de acuerdo deja la boleta en blanco y ya-me responde muy segura.

-Pero tú estuviste en el escrutinio de alguna mesa este 11 de marzo, ¿o no?

-Sí, sí, ahí mismo en la cuadra en que vivo. Fue una experiencia tan bonita como cuando de niña cuidaba las urnas…

-Bueno, pues entonces te debes de haber dado cuenta de que las boletas en blanco no se contabilizaban, y que solo se tenían en cuenta las votadas afirmativamente.

-Sí, bueno…

-Comprenderás entonces que es matemáticamente casi imposible que los candidatos propuestos en boleta puedan perder una elección con semejante mecanismo de escrutinio.

La muchacha me mira sin saber qué responderme, ni tan siquiera su socorrido sí. Finalmente me echa una de esas parrafadas que escuchó esta tarde en la reunión preparatoria. En el mismo tono y con las mismas inflexiones que los dirigentes de la FEU y la Juventud usan para responder a los medios. Es evidente que más que convencerme, busca vencerme al mantenerme callado hasta la parada en que se bajará de la guagüita.

-Mira-la interrumpo mientras me pongo de pie-no es un problema de que en tu mesa se hayan equivocado, o de la siempre oportuna burocracia, esa forma de escrutinio está en la Ley Electoral. Por cierto, acaba de llegar a nuestras librerías la tirada de dicha Ley que se hizo para que nos llegara a los ciudadanos antes de las elecciones. Solo que por el… Bloqueo no pudo ser.

El que se baja soy yo, en la parada del Parque Vidal, y antes de entrar al Café Literario me doy una vuelta por la librería Pepe Medina. Está más concurrida que de costumbre, como ha venido ocurriendo después de que la otra del centro, la Vietnam Heroico, pasara a convertirse en una librería en CUC. Cosas de la Doi Moi, bromeo con una de las muchachitas que ha sido reubicada aquí, por no contar con las recomendaciones necesarias para laborar en un centro de importancia tan estratégica como lo es toda entidad que cobre en pesos “convertibles”.

Desde los estantes dos jóvenes llegan hasta la dieciochesca caja registradora para pagar por un ejemplar de la Ley Electoral.

Él es estudiante de Lengua Inglesa, ella de Periodismo.  Han leído algunas de las críticas que se le han hecho recientemente a la Ley Electoral, y dicen querer contrastar lo leído con el texto legal para llegar a conclusiones propias.

A mi pregunta de qué creen de la próxima Reforma Constitucional es ella quien me responde:

-Yo no espero nada nuevo. Van a agregar a lo máximo lo de los dos periodos y alguna declaración sobre el trabajo por cuenta propia, de que ha llegado para quedarse y cosas así, bien ambiguas, pero de manera que si el día de mañana quieren echarlo todo para atrás no haya nada concreto que se los impida.

-¿Y qué creen ustedes, que entonces lo mejor es no participar, o en todo caso marcar sí, por lo menos para coger ese poquito que nos dan?

-¡Para nada!-vuelve a responderme ella-Es bien importante participar y marcar con una X en el NO…

-Pero entonces quedará como que lo que se quiere es que siga estando vigente la Constitución anterior.

-¡Que va! Aquí se sabe que incluso los viejitos que no quieren ni esos pocos progresos que se harán van a votar Sí, por disciplina. Para ellos lo que importa es la unidad, y por eso votarán por lo que digan desde arriba. A no ser, claro, que los cambios sean de verdad, que entonces votarían No. Pero como eso no va a ocurrir, el que vote No lo que quiere decir es que no está de acuerdo, y que quiere más.

-Ustedes ya parten de que la Reforma no los dejará satisfechos. Pero les pregunto: ¿Qué cambios ustedes apoyarían? ¿Qué Socialismo los haría votar Sí?

Quien me responde ahora es él:

-Hace unos días yo descargué un artículo en que un señor estudia la obra del autor de Rebelión en la Granja y 1984, y dice que George Orwell estaba por el Socialismo. Solo que por uno que no tenía nada que ver con el que se construía en Rusia. Orwell, dice el señor, creía en que los humanos somos todos hermanos, y que por lo tanto se debe luchar por una sociedad sin desigualdades. Pero también que la gente común debemos tener un fuerte control sobre los que gobiernan. Si ese Socialismo fuera el de la próxima Constitución, pues yo votaría Sí. Lo que pasa es que yo no creo que sea eso lo que ocurra.

En el punto de ETECSA una señora muy mayor intenta entender por qué para sustituir su teléfono de línea fija roto debe pagar en divisas. Su chequera no le alcanza para eso, argumenta ante el funcionario, que le habla de gratuidades y de la bondad de la empresa, “la única en el mundo que entrega los teléfonos gratis”.

Tras escuchar sus cuestionamientos le preguntó:

-¿Cree que la Reforma Constitucional resolverá estos problemas como el suyo?

-Hay mijito, aquí lo que hace falta es otro Fidel. Esto después que él se tuvo que ir ya no se parece a como era antes.

-¿Cómo votará en el próximo Referendo, sí o no?

-Eso es cosa de ustedes la gente joven. A mí realmente ya todo se me da lo mismo…

Esa tarde, de regreso a Placetas, comparto parada con un negro cuarentón. Somos de los que tenemos que dejar ir los camiones particulares, por no llegar a los diez pesos que en ellos cuesta el pasaje. En consecuencia entre nosotros pronto surge la solidaridad de los jodidos.

Ya en confianza le pregunto lo que ese día he preguntado ya un centenar de veces. Su respuesta, la de un hombre que pertenece al grupo poblacional más abundante hoy día en la Isla, la de los “medios tiempos”, es directa, salida de las entrañas:

-Mira, asere, eso es cosa de ustedes los blancos. Ahora tú te pones a hablar por ahí y no te pasa nada, si acaso te sacan del trabajo, pero a mí me trancan. Y el caso es que a un negro en huelga de hambre no le hacen el mismo caso en Mayami que a un blanquito con estudios como tú.

-Lo de la Reforma y el Referendo a mí ni me va, ni me viene. Yo ni tengo ni tendré piscina, ni como pirarme de aquí, y a mis dos negritas no las he podido llevar ni a un barracón en la playa de Juan Fanguito, ¡por no hablar de un hotel cómico! Y asere, eso va a seguir así con Díaz-Canel, con Lazo, y hasta con el Coco Fariñas o Antúnez de presidente…

-Y mira, vamos a no hablar más cáscara de piña, que ahí viene la guagua.

Tras las apariencias en la Asamblea Nacional todo sigue igualito.

José Gabriel Barrenechea.

Se observa desde la anterior Legislatura que la Asamblea Nacional tiende a mostrarse más activa, a sesionar durante algunos días más de lo corriente.

No obstante, estos cambios son solo cuantitativos, ya que la Asamblea Nacional no ha pasado a ser todavía ni de lejos el “órgano supremo del poder del Estado”, aquel que “representa y expresa la voluntad soberana de todo el pueblo”, el único “con potestad constituyente y legislativa en la República”, como se establece en el papel de la Constitución vigente; “de dientes pa’ afuera”, a la manera que solemos decir en Cuba.

Por el contrario, la Asamblea Nacional es todavía un órgano diseñado para aprobar por unanimidad las decisiones, y la santa voluntad, de los miembros clave del Consejo de Estado; para así darles a aquellas (sus decisiones) y a esta (su voluntad) un barniz de legitimidad democrática.

Solo que como ahora, en el post-castrismo, es más necesario que nunca dar esa apariencia de amplia participación ciudadana, de que Cuba es un estado socialista en que manda el pueblo, no los mandamases, se requiere extremar un poco más la mano en el barnizado. De ahí que quepa vaticinar que de ahora en lo adelante la Asamblea seguramente se reunirá más de una vez en el año, y por mucho más tiempo, cada vez, que el fin de semana hasta ahora habitual.

De que todo sigue igual en el cuartico post-castrista da buena cuenta lo sucedido en estos días en el Palacio de Convenciones: Significativamente la Asamblea Nacional no discutió en su seno hasta consensuar las propuestas de quienes integrarían las comisiones en que se divide. Esas propuestas vinieron, impresas con suficiente anticipación, del Consejo de Estado, y nuestros “autónomos” diputados se limitaron a aprobarlas… por unanimidad, por supuesto.

Es de señalar que resulta por completo increíble que ni uno solo de los 600 diputados haya expresado al menos sus dudas sobre la selección de otro legislador para alguna de esas comisiones. Sobre todo si tenemos en cuenta que se habla de varios centenares de comisionados.

En cuanto a las intervenciones de los diputados no puede más que decirse que, salvo excepciones, no parecen haber tenido otro interés que demostrar, por parte del interviniente, su absoluta sintonía con lo definido previamente en el Consejo de Estado, o con lo que les informan unos ministros que van a hacer como si rindieran cuentas frente a las comisiones. De hecho nos atrevemos a afirmar que al menos el 50% de esas intervenciones no han tenido otro objetivo que el del diputado en cuestión, logrero manifiesto, de señalarse ante los que más mandan, los mandamases. Quienes pueden mantenerlo por siempre en su asiento “aprobativo” (no puede llamarse a nuestros diputados ni tan siquiera “consultores”, porque como ya hemos señalado más arriba ellos solo están allí para aprobar), o incluso buscarle algún acomodo de más provecho, más y más adentro del restringido círculo en que se toman las decisiones.

Un último punto a señalar es esa insistencia de nuestros medios, a indicación de los mandamases, en que la Comisión creada para elaborar el Anteproyecto de Reforma Constitucional nos representa a todos los cubanos.

Al menos en mi caso particular no es así. En ese símil demográfico, en ese modelo en pequeño de la Nación Cubana que dicen haber armado con esa selección los que más mandan, no se ha escogido a nadie como yo; y conste que no habló desde un supuesto excepcionalismo mío.

Y es que resulta imposible armar comisiones de modo que representen a la infinita variedad y riqueza de detalles del ser humano: Somos irrepetibles, no lo olvidemos nunca, sobre todo ante los que desean estandarizarnos y ponernos a pastar, como los carneros, en algún campo de su propiedad.

No nos embelequemos a nosotros mismos, si el objetivo es tomar decisiones lo más ajustadas posible a nuestra realidad, lo más práctico que para hacerlo hasta ahora hemos descubierto (por tanto, no lo que sirve para alcanzar de manera infalible la mejor decisión) es dejar que el soberano, el conjunto de la ciudadanía,  elija de dentro de sí a su poder legislante, por medio de las complejas formas en que se ha venido haciendo en las democracias occidentales desde mediados del siglo XIX[i].

Este recurso de crear comisiones que busquen representar demográficamente una copia en pequeño de la sociedad en cuestión pertenece a lo que ahora suele llamarse democracia deliberativa. Un recurso de gran utilidad, siempre que esas comisiones no sean las que decidan sobre el asunto a solucionar, sino que los acuerdos alcanzados por ella solo sirvan a los miembros del órgano legislativo en cuestión (poder legislante) para hacerse una idea aproximada de la opinión de la sociedad en un momento determinado, y en base a ello, y a sus propias opiniones, compromisos, impulsos irracionales… enfrentarse al proceso de consensuación subsiguiente al interior de dicho órgano.

En todo caso la real similitud, la semejanza de esas comisiones escogidas con la sociedad de la que en teoría son una muestra reducida resulta harto discutible. Las mismas han sido siempre escogidas por alguien, en consideración a criterios e intereses que son solo suyos.

En cuanto a intentar validar esas muestras en base a haber sido escogidas al seguir de manera escrupulosa criterios científicos, no cambia nada. La Ciencia, bien lo sabemos al presente tras los trabajos de Popper, Kuhn, Lakatos, Feyerabend… nunca nos dará un conocimiento acabado y exacto, solo aproximaciones que aceptamos en no poca medida gracias al consenso de la comunidad científica, y de la extra-científica que la rodea.

O sea, al nuestro saber científico mismo ser doxa, no la episteme que el mismo creador del término, Platón, situaba en un plano inalcanzable para el ser humano, no cabe utilizar a la Ciencia, como a veces se ha utilizado en la Modernidad, para justificar el imperio de ciertas formas políticas sobre la vida del supremo opinante: el hombre.

Es en el Diálogo sin otras cortapisas que las del respeto al espacio en que se realiza, que no puede ser cerrado para nadie, donde encontramos nuestras respuestas, siempre contingentes.

[i] la Partidocracia está llena de defectos, pero antes de simplemente echarla a la basura debemos preguntarnos: ¿Hemos encontrado algo mejor para sustituirla, algo que no sea regresar a las formas anteriores a las que vino a sustituir, demostradamente peores? Porque por desgracia ese ha sido el resultado del Leninismo, que con el supuesto objetivo de superar a la Modernidad Capitalista no ha hecho más que hacernos retroceder a la Pre-modernidad autoritaria.