El obseso.

Marx LGBTpor José Gabriel Barrenechea.

Hace algunos años compartí oficina en el Instituto Provincial del Libro de Villa Clara con un señor que estaba por publicar su primer cuaderno de poesía. Poeta mediocre, tenía la particularidad de poseer una visión de su circunstancia por completo sexualizada. Demasiado freudiana, en el sentido de aquella frase que no sé si era o no del psiquiatra vienés, pero que muy bien define la creencia central de un tipo muy particular de personaje; bastante abundante, por cierto: “El instinto sexual es la base del comportamiento humano”.

Acostumbraba este señor los lunes, a primera hora de la mañana, quisiera yo o no, que nunca me pidió autorización para ello, contarme las películas que había visto, o los libros que había terminado de leer ese fin de semana. Algo aburrido ante una de sus pésimas narraciones, a las que para alargarlas un poco más solo les faltaba el consabido “para no hacerte el cuento muy largo”, mi espíritu sarcástico no pudo continuar conteniéndose y cierto lunes le espeté:

-Mira MX, no me sigas contando que todas tus historias terminan siempre en lo mismo. Si tú vinieras mañana y me empezaras a contar el último dibujo animado que viste hoy en la tarde, uno sobre dos tiernos ositos pandas que eran amiguitos desde fiñes y jugaban entre los retoños de bambú, a mí no me cabrían dudas de que al hacerse viejos los dos oseznos iban a terminar en maricones…

Y es que mi compañero de oficina era así de obsesivo: Solo leía libros y veía películas en que el sexo fuera el Tema con mayúscula, y en este caso muchas veces llevado a esos límites más allá de lo aconsejable, en todos los sentidos, a que tienden a llegar los que se obseden con una sola de las infinitas dimensiones de lo humano. Así por ejemplo, con el Imperio de los sentidos, de Nagisa Oshima, creo recordar que tuvo para un mes de dale que dale, entre la nada breve sinopsis, que duro hasta el miércoles, y los detalles que de repente y en las más inadecuadas situaciones le daba por recordar.

A tan poco saludables niveles llegaba en su sexualización de la realidad que recuerdo que un día en que comentaba, en presencia del compañero seguroso destinado a “atendernos” en la Empresa del Libro, su muy libre lectura de La Sagrada Familia (más bien lo que él, MX, entendía deberían haber escrito allí Marx y Engels), no pude más que fingir un accidente y dejarle caer encima mi taza de café. Y es que en sus ojillos cada vez más encendidos y en aquel arrebato oratorio que yo le conocía tan bien adiviné que MX estaba a solo dos frases de soltarse a hablar de las “evidentes” tendencias homosexuales de Marx. Una afirmación por demás sin evidencias, como casi todas las de él en estos asuntos, y que muy seguramente el muy testosterónico seguroso no iba a digerir para nada bien.

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Carácter Monárquico de la Constitución de 1976.

José Gabriel Barrenechea.

¿Por qué afirmo que, a pesar de la superficial y aparente semejanza entre ambas, la Constitución Cubana de 1976 es otra cosa bien distinta que la Soviética de 1977?

Si la segunda define en teoría un régimen parlamentario, y en la realidad el gobierno consensuado de una elite de funcionarios, la nuestra, por su parte, más que uno presidencialista, prefigura uno monárquico. Si en la soviética en su artículo 121 se definen las atribuciones del Presídium del Soviet Supremo de la URSS, y en el 131 los límites de las atribuciones del Consejo de Ministros, en cambio falta ese larguísimo, semejante al 91 de la nuestra del 76, o el aun un tanto más largo 93 de la de 1992, en que se establecen con claridad los muchos poderes del equivalente cubano del Presidente del Presídium del Soviet Supremo de la URSS, el Presidente del Consejo de Estado de la República de Cuba.

Es así que uno no se explica (bueno, en verdad uno si se lo explica…) que alguien tan agudo como el relevante jurista cubano, Julio Fernández Bulté, escriba en su ensayo “El proceso de institucionalización en Cuba” que, “la Constitución de 1976 nos aproximó, funcional y estructuralmente, a los países socialistas de Europa del Este y nos separó en cierta medida de nuestras tradiciones presidencialistas”. Porque en la realidad, más que en la teoría, y no “en cierta medida”, sino en una inusitada, la Constitución de marras fue más que presidencialista, monárquica, y ni tan siquiera a la manera de la Inglaterra del siglo XVIII, sino a la de la Francia de 1700, bajo el Rey Sol.

En este sentido resulta sumamente locuaz el siguiente fragmento tomado del libro “Comentarios a la Constitución Socialista”,del “miembro clave de la comisión encargada de redactar el Anteproyecto de la Constitución Socialista”, profesor y diplomático Fernando Álvarez Tabío:

“La función múltiple atribuida al Presidente del Consejo de Estado, en lo político, en lo económico, en lo legislativo, en lo gubernamental, en lo administrativo, en lo militar, la cual ostenta como máximo depositario de la soberanía nacional y defensor más representativo de la causa de la democracia y del socialismo, solo podemos concebirla en quien, desde las epopeyas del Moncada y la Sierra Maestra, guiado por el pensamiento de José Martí, condujo la Revolución a la victoria. En la historia de todos los pueblos hay grandes hombres cuya vida y obra están estrechamente ligadas a las más gloriosas etapas históricas de la nación. Estos hombres simbolizan las más altas cualidades de su pueblo; dedican toda su vida a la lucha por su independencia y su felicidad; sus palabras y sus acciones reflejan las aspiraciones más acariciadas y la voluntad más firme de la Nación.”

“El presidente del Consejo de Estado de nuestra República, compañero Fidel Castro Ruz, es uno de ellos. Consideramos, pues, que el artículo 91 de la Constitución es un justo homenaje a su persona.”

Solo la aceptación desprejuiciada de este carácter monárquico de nuestra Ley de Leyes, nos ayudará a comprender por qué, según lo expresa el catedrático Walter Mondelo en “Constitución, regla de reconocimiento y valores jurídicos en el derecho cubano”, nuestra Carta Magna no ha podido consolidarse como el patrón de la constitucionalidad y la legalidad. En definitiva por qué la misma no es “usada regularmente como criterio para identificar el derecho válido y para fundamentar el deber de obediencia a sus normas”.

Apartándonos de divagaciones kelsenianas o hartianas, concebidas para no tener que ver lo evidente, sin perder prestigio académico de paso, el hecho de que aún se debata “si los decretos-leyes (del Consejo de Estado) tienen igual jerarquía que la ley, cuando la Constitución faculta únicamente a la Asamblea Nacional a promulgar leyes y, además, a revocar los decretos-leyes del Consejo de Estado si se oponen a la ley o a la Constitución”, el que por otra parte en casi 38 años la Asamblea Nacional no haya nunca ejercido su derecho a “decidir acerca de la constitucionalidad de (los) decretos-leyes”, o “revocar en todo o en parte los decretos-leyes que haya dictado el Consejo de Estado”, solo se comprende a cabalidad si aceptamos que dicha constitución se ha hecho a la medida del imperante carismático, Fidel Castro.

Y es que en esencia dicha Constitución no consiste más que en una reescritura de las constituciones socialistas de corte soviético, redactada por los seguidores más próximos del líder carismático y bajo su directa supervisión, con el fin de obtener los beneficios de la pertenencia al CAME sin a la vez verse obligados a desprenderse de las particulares formas que ha terminado asumiendo el poder en la Cuba revolucionaria. De este modo todo lo que no este escrito allí para legitimar dicho poder carismático, o que pueda entrar en contradicción con el mismo, ha sido expurgado cuidadosamente de todo valor real.Como por ejemplo la grandilocuente declaración que es en sí el artículo 69 de la versión de 1992, que establece que “La Asamblea Nacional del Poder Popular es el órgano supremo del poder del Estado. Representa y expresa la voluntad soberana de todo el pueblo”.

Tal declaración carece de la más absoluta realidad, si comprendemos no solo que reuniéndose a lo sumo una semana al año es imposible ejercer semejante poder, sino también que por el actual sistema electoral, que impide el surgimiento de otras figuras políticas de alcance nacional independientes de las previamente existentes, la Asamblea se encontrará siempre, y por completo, en manos de poderes anteriores a su elección: el imperante carismático, y a quienes este tenga a bien designar para sucederle.

¡Ni con Marx, ni con nadie, por la real participación!

José Gabriel Barrenechea.

No pretendo criticar a un profeta menor (Lenin en este caso), protestando con sonoros golpes en el pecho que si se acomete semejante labor, cercana a la apostasía, es solo por salvaguardar límpido el dogma del profeta original (Carlos Marx). El esposo de Jenny es innegablemente uno de los grandes pensadores sociales de todos los tiempos, pero solo un pensador más en la ya veterana comunidad de humanos, pensadores profesionales o no, que es donde se consensuan las ideas que dominan nuestras imaginaciones, y nos guían en la resolución de nuestros problemas.

Más allá de las grandes palabras que suelen pronunciarse desde poses prófeticas, “los altos fines”, “la sociedad comunista”, lo cierto es que nadie conoce la forma de las cosas que vendrán, y en consecuencia nadie debe adjudicarse el monopolio de la soberanía en base a ese (des)conocimiento. Ni partidos, ni clases, que por otra parte nadie define con suficiente claridad, ni pretendidas reencarnaciones de Nostradamus, de Moisés o de Cristo.

Las sociedades humanas no tienen “altos fines” suprahistóricos, ni destinos finales preestablecidos, sino otros un tanto prosaicos para ciertos gustos. Ellas son tan solo el recurso del cual, inconscientemente en un principio, nos valemos los individuos humanos para persistir, y al mismo tiempo mejorar nuestras condiciones de vida. No siguen un guión preestablecido en la forma de leyes del determinismo histórico, sino que enfrentan de continuo circunstancias nuevas.

Desengañémonos, el que durante los últimos 10 000 años la humanidad haya vivido un periodo de increíble regularidad y ausencia de megacatástrofes, en el que en consecuencia lo endógeno haya predominado en cuanto al camino de su evolución, no debe confundirnos: Las sociedades humanas evolucionan de acuerdo con su necesidad de enfrentar a un Universo que, a diferencia de lo que hemos estado creyendo durante los 2000 años precedentes, no es para nada un lugar benigno para la vida. Debemos desechar de una vez y paratodas las ideas bíblicas de que el mundo es un paraíso, del que sin embargo no podemos disfrutar porque alguien haya dicho en algún momento de su prehistoria: “esto es mío”, y a continuación levantado una cerca.

El día que tal hagamos, terminaremos por ver claro que nuestro supremo capital para sobrevivir y prosperar no es otro que la diversidad; que por lo mismo extender cada vez más el ejercicio de la soberanía es más una ventaja que una desventaja. Hacerlo permite aprovechar, al menos con más rapidez, una mayor cantidad de experiencias y de formas de resolver problemas; permite, por tanto, tener una mayor cantidad de respuestas potenciales a un mayor número de circunstancias, y en consecuencia unas mayores probabilidades de sobrevivir.

En este sentido la libertad debe ser reinterpretada como una necesidad más que como un derecho. Y si hasta ahora podíamos haberla considerado de este último modo, los ingentes retos a que nos enfrentamos, y a los que estamos por enfrentarnos (el probable fin de la era apacible, aun por nuestro mismo actuar sobre el clima planetario), nos obligan a establecer la libertad como lo que en realidad es: un deber esencial, a asumir por el individuo, y a defender por la sociedad. Es en ese sentido que marcha la verdadera superación del capitalismo y no en el contrario: En el de que las sociedades en un futuro deban organizarse no ya para limitar libertades, con el pretendido fin de evitar el caos social, sino para facilitar cada vez más su ejercicio a todos sus miembros.

Es por ello que cualquier proyecto presente, que en verdad pretenda superar al Capitalismo, deba antes que nada potenciar y facilitar, aun más que aquel, la participación consciente de los individuos en la gestión tanto política como económica, financiera o científica de sus sociedades. No dejar ésta en manos de una minoría, por más calificada que se pretenda (política, pero también financieramente); una minoría que por su propia esencia de tal, representa una regresión más que un avance.