De trabajos voluntarios, globos y referendos.

José Gabriel Barrenechea.

Según el semanario de la CTC, Trabajadores, 70 000 villaclareños participaron el pasado domingo 1 de abril en la Jornada Nacional de Trabajo Voluntario.

O sea, uno más o menos de cada 10 habitantes de esta provincia se sumó a la movilización. Un número que resulta poco creíble para quienes vivimos aquí, y este domingo salimos a la calle desde muy temprano.

Pero si bien el número de participantes no parece concordar con el ambiente de la calle, donde ni se vieron camiones y guaguas camino de la agricultura, ni centros de trabajo en labores de “limpieza y embellecimiento”, los resultados sí parecen confirmar algo que ya hemos dicho: Los trabajos voluntarios tienen la nociva consecuencia de malacostumbrar al trabajador a la bajísima productividad de que suele hacerse gala en los mismos.

Tengamos en cuenta que según Trabajadores los resultados de este trabajo voluntario fueron la siembra de 25 ha de caña, y la recogida de 650 quintales de papa. Lo que equivale a decir que cada uno de los 70 000 movilizados recogió algo menos de una libra de papas, y sembró poco más 15 pedazos de caña en 7 metros de un surco.

Todo un logro en la promoción de la vagancia en Cuba.

Preguntémonos ahora cuánto se gasta en movilizar a 70 000 personas. Seguramente mucho más de lo necesario para organizar uno de los 2 referendos que deberían convocarse anualmente en Cuba, una supuesta democracia directa.

Para sembrar 25 ha de caña, y recoger 650 quintales de papas, unas 30 toneladas, no se requiere movilizar a más del 20% de la población laboral de Villa Clara. Con menos de 300 trabajadores se realiza cualquiera de las dos actividades, en una jornada normal de trabajo, y dadas las condiciones atrasadas del campo cubano.

No se requiere para ello movilizar a tantos villaclareños, o al menos pretenderlo en esos informes que se comienzan a inflar desde la base hasta llegar a globos inmensos al llegar a la oficina de Raúl Castro.

Sería más educativo para nuestro pueblo, en un pleno sentido cívico, y más conveniente para el realista gobierno de este país, que el tiempo que hoy se gasta en ejercitar la infinita capacidad de mentir del cuadro administrativo castrista mediante la convocatoria a trabajos voluntarios, se empleara en su lugar en organizar referendos. En los cuales se le pida la opinión al ciudadano aun sobre los asuntos de apariencia más nimia.

Advertisements

Más allá de la burbuja de libertad negativa.

“Ningún otro proyecto individual será tan impresionante para la humanidad ni más importante que los viajes de largo alcance al espacio; y ninguno será tan difícil y costoso de conseguir.”

John F. Kennedy.

José Gabriel Barrenechea.

Mientras más reducido es el espacio en que se vive, mientras mayor es el amontonamiento humano, más inevitable resulta el establecer un cada vez mayor número de regulaciones que ayuden a mantener la convivencia y a su vez a preservar vivible el medio compartido. El hombre que habita junto a otras diez personas en un apartamento de cincuenta metros cuadrados no disfruta de la misma libertad que aquel que vive solo, en un château en medio de la campiña. En el primer caso la promiscuidad obliga a establecer un enorme número de reglas de convivencia; en el segundo esas reglas son mínimas, si acaso las que debe mantener en su trato ocasional con el repartidor del periódico, con la señora que limpia una vez a la semana, o con los vecinos de las distantes propiedades que circundan la suya.

La Humanidad vive amontonada en un espacio cada vez más limitado: La Tierra. Un espacio, o más bien una superficie, en la cual los recursos son cada vez más escasos, y en que incluso pequeñas acciones pueden alterar el precario equilibrio entre los humanos, la biosfera, la atmósfera, el suelo y los océanos. Es por ello que las regulaciones se multiplican, sobre todo aquellas dirigidas a limitar lo que puede hacer el propietario con lo poseído. Lo cual es completamente paradójico, porque resulta que nuestro sistema económico mercantil no puede vivir sin crecer, y en nuestro actual encierro planetario no hemos encontrado otro remedio a esa necesidad de crecimiento, que al promover el consumo compulsivo por el individuo desde pequeñas burbujas de libertad negativa.

O sea, por un lado estamos obligados a limitar esos espacios de libertad negativa, sobre todo para establecer un control de los recursos cada vez más escasos, y por el otro a estimularlos, sobre todo para que desde ellos los individuos impulsen el crecimiento económico.

No obstante, la solución no es tan obvia como los enemigos acérrimos del Mercado suponen. Es cierto que el sistema económico mercantil no puede vivir sin crecer, más no nos apuremos en indignarnos contra el crecimiento y clamar por un bucólico desarrollo sostenible. En primer lugar el Segundo Principio de la Termodinámica impide de manera enfática ese imposible tan imposible como el perpetuum mobile: ningún desarrollo será jamás sostenible, “amigable” con el medio en que se produce; en segundo, la necesidad de crecimiento del sistema mercantil responde en última instancia a una necesidad humana más profunda: La Humanidad no puede vivir sin crecer constantemente en todos los sentidos. Intensiva y extensivamente.

Es indiscutible que en la Tierra se requiere ya, de manera urgente, abandonar al sistema mercantil como el dominante en nuestra economía, y a la vez establecer un gobierno mundial único. Pero se requiere para suplir dos necesidades del momento, circunstanciales: Para controlar de manera estricta nuestra interacción con un medio cada vez más frágil; y para privilegiar el destino de nuestros recursos hacia la preparación del gran salto fuera de los límites de este planeta.

Lo segundo es incomparablemente más importante que lo primero, y esa prioridad explica, en un final, la circunstancialidad del abandono, o del establecimiento, mencionados en la primera oración del párrafo de arriba.

Incluso si alcanzáramos a establecer a tiempo un gobierno mundial fuerte, y aun si este fuera realmente democrático, inclusivo de todos los humanos, con condiciones de acceso al poder de decisión lo más igualitarias posibles lo mismo para un indio, un camerunés, que para un americano, la sociedad humana encerrada por límites, sobre todo los que le marca la planificación económica, no puede más que languidecer, rápido o poco a poco, hasta regresar a estadios sociales que por  sí mismos se ocuparán de rebajar la población mundial, o su capacidad de consumo, hasta números que volverán a estar muy lejos de los límites terráqueos.

Ya ha ocurrido con las primeras sociedades del neolítico, asentadas en los márgenes de los grandes ríos. Contrario al criterio general del público, dichas sociedades al permanecer aisladas por una u otra razón caían tarde o temprano en una decadencia de las que solo las salvaba la llegada de algún pueblo nómada. Constreñidas a sus pequeños espacios dichas sociedades se cargaban de regulaciones y estratificaciones que las debilitaban al punto que cualquier pequeña catástrofe, o minúscula banda de extranjeros libres, las hacían caer rendidas.

Otro buen ejemplo es el caso soviético. La URSS creció, es cierto, pero por el estímulo externo que representaba la necesidad de competir y defenderse del Mundo Libre. De haber el Ejército Rojo conseguido seguir más allá de Varsovia en 1920, hasta dejar a todo el mundo convertido al “socialismo” soviético antes de 1925, no caben dudas: el Sputnik nunca se hubiera elevado más allá de la atmosfera terrestre.

Un cúmulo de razones conducen a esa Humanidad, encerrada de manera definitiva en el planeta Tierra, a esa inevitable involución. Solo señalaré aquí dos:

1-La propia naturaleza creciente de los controles necesarios para mantener la convivencia amontonada. Existe un momento crítico en que tanto control necesariamente se comienza a retroalimentar a sí mismo, incluso más allá de las verdaderas necesidades de control del momento, para degenerar en el inevitable estado totalitario. El equilibrio de orden y libertad es muy precario en las sociedades humanas, y solo se evita la recaída en la estructura totalitaria y estratificada con la existencia de zonas que escapan a cualquier control, donde el individuo puede ser libre, y darle el ejemplo de esa libertad incluso a aquellos que al hallarse en el centro mismo de la sociedad no pueden vivir más que de manera muy limitada la libertad. Sin esas áreas de libertad periféricas, como ocurrirá necesariamente en una Humanidad encerrada en la Tierra, la abundancia de normas terminará por empoderar hasta al infinito al gobierno mundial único en detrimento de los individuos; y esta involución es inevitable por más democrático que haya sido ese gobierno en sus inicios.

2-En un mundo humano que se asemeja más a una prisión panóptica que a ese hogar desde cuya ventana observamos de niños el anchuroso e ilimitado mundo que se abre ante nuestras ilusiones, la ausencia de horizontes a los que dirigir la imaginación terminará por anquilosarla. De hecho es lo que ya ocurre hoy, en este mundo en que la falta de reales expectativas para los individuos imaginativos han ido creando este establo actual, en que consumimos desde cubículos cada vez más y más pequeños, y en que el crecimiento y el desarrollo no son el resultado de la ocupación de nuevos espacios extensivos, sino por el intensivismo de economías minuciosas, más preocupadas de detalles superfluos que de verdaderas cuestiones humanas. Un mundo en que la fantasía, moribunda, no hace más que reciclar una y otra vez los productos de generaciones muy anteriores. Aquellas últimas en que ese epítome del hombre individual, el explorador, pudo enfrentarse solo valido de sus habilidades a las maravillas que siempre habitan más allá del horizonte opresivo que encierra al hombre social, ese demasiado amontonado en el centro de su sociedad.

Hoy la imaginación ha llegado a ser ese estado mecánico en que los niños repiten una y otra vez las mismas operaciones en sus juegos virtuales, a salvo en sus burbujas de seguridad; no el recurso supremo que es en verdad para enfrentar lo inesperado, para no aterrarse ante lo maravilloso.

El desarrollo solo sirve para permitirnos suplir nuestra principal necesidad: hacernos más libres, más libres no en cuanto al número de caminos abiertos ante nuestros pies, sino en cuanto a los recursos para saltar sobre lo que hoy nos constriñe, y dejar así a quienes nos siguen en la próxima generación sus propias constricciones. Es una perversión creer que consiste en hacernos cada vez más y más confortable este limitado corral de libertad negativa, que por demás cada día se nos hace más y más pequeño, en un piso en que miles de millones compartimos hacinados unos pocos metros cuadrados de superficie.

La sociedad humana siempre debe tener una última frontera. Entre límites externos estrictos, que a su vez multiplican hasta el infinito las regulaciones inter-humanas, los humanos nos ahogaremos de claustrofobia; pero sobre todo por la limitación de nuestra naturaleza creadora y nuestra insaciable ansia de libertad. Por no decir que es iluso esperar que una autoridad como la que estamos obligados a establecer no se convierta con el tiempo en la peor y más totalitaria dictadura que alguna vez haya vivido la Humanidad. No en balde a un tan conspicuo amante de los totalitarismos como Fidel Castro le parecía tan imposible que alguna vez consiguiéramos dejar la Tierra: En realidad no es que no lo creyera, sino que la alternativa le resultaba tan apetecible que rechazaba con repugnancia la posibilidad de abandonar una caldera a presión en que se podría moldear la Humanidad tan al gusto de individuos como él.

Sobre la imposibilidad de los viajes a larga distancia en el espacio extraterrestre es bueno traer a colación una conocida anécdota: En sus últimos años una de las mentes más brillantes del diecinueve, William Thomson, Lord Kelvin, afirmaba que era imposible que el hombre volara algún día en una máquina de mayor densidad que la del aire. Solo un par de años, por cierto, antes de que los hermanos Wright demostraran plenamente lo contrario.

La solución a nuestras necesidades del momento es el gobierno mundial establecido con un fin prioritario, y circunstancial: Concentrar nuestros recursos para comenzar la conquista de los vastos espacios fuera de la superficie de la Tierra.

Ya establecidas las primeras colonias, estas, al interactuar con la superpoblada Tierra, evitarán el totalitarismo que se cierne sobre una sociedad demasiado regulada ya no solo por el estatismo sino hasta por los consumismos de corral de oro. Lo conseguirán con su reflujo constante de “exteriores”, de colonos, que por vivir en la periferia menos regulada traerán constantemente nuevos valores que eviten los procesos de descomposición terráquea en el totalitarismo (tal vez tendrán en un principio más constricciones naturales, dadas por la necesidad de llevar la atmósfera con ellos, por ejemplo, pero sin dudas estarán miles de veces más por su cuenta de lo que cualquier contemporáneo terrícola podría a su vez).

Pero aún más importantes en esta tarea serán los exploradores. Como los occidentales que recorrieron el mundo en la Modernidad, los Stanley, Magallanes, o Cook, cuyo papel en la evolución europea no ha sido todavía suficientemente reconocido, los primeros exploradores serán vitales para que el mundo que quede atrás no termine convertido en eso que Marx llamaba formación despótica asiática. Serán ellos quienes hagan renacer la fantasía, no ese sucedáneo sintético, electrónico, que por tal tenemos hoy; serán ellos quienes hagan que en nuestros niños se encienda esa ansia de amplias praderas reales, más allá de todos los horizontes, que es la única verdadera escuela del amor a la libertad: la máxima aspiración humana, la que nos hace tales.

Es un simple cálculo de invertir hoy para recoger mañana: Limitaremos primero libertades al presente, libertades como la de posesión, sustituiremos el modelo económico actual, basado en el crecimiento a través de la promoción del consumo por los individuos desde confortables burbujas de libertad negativa, por una economía planificada, centralizada de guerra, en el eficiente modelo anglo-americano de la última Guerra Mundial, con el fin de poder volver a lanzar un programa semejante al Apolo de los sesentas del pasado siglo, solo que cien, mil veces más dotado de recursos. Un programa, o un conjunto de ellos, que nos lleven a colonizar Marte, a experimentar ingeniería planetaria en Venus, a establecer grandes colonias minero-industriales más allá de la órbita de Marte… incluso a probar con nuestros medios actuales enviar misiones centenarias a las más próximas estrellas.

Todo ello nos permitirá vivir más humanamente aquí en La Tierra, entre las estrecheces y controles que ya posiblemente nunca abandonaran a los terrícolas, pero con esa libertad que siempre se obtiene de tener un área a dónde largarnos, a dónde el hombre pueda volver a desempeñar su función de explorador, de colonizador, si es que ya el confortable corral lo ahoga.

Para ello se requiere que al menos en las tres grandes potencias globales: EE.UU., Rusia y China, abandonen definitivamente el poder esas clases políticas del otro siglo, de los tiempos de la Guerra Fría. Es por sobre todo necesario que la futura clase política americana comprenda que los tiempos en que su país generaba la mitad del PIB mundial ya han pasado definitivamente, y que ya ellos solos no se bastan para los ingentes desafíos del futuro.

En cuanto a la clase empresarial, y a esa Internacional de las Transnacionales que forman muchos intelectuales relacionadas a ella desde sus “tanques pensantes”, es imprescindible que acaben de entender que si se quiere volver en algún momento futuro a disfrutar de la plena libertad de posesión, y a un libre mercado que suelen elevar a la ridícula categoría de verdad ontológica, se hace necesario abandonar por el momento ciertos derechos humanos, y volver a los crecimientos que reclaman los tiempos: los extensivos.

En cuanto al público, que es un disparate esperar la absoluta seguridad. No existe algo así como un derecho a la vida, tal derecho es un constructo humano, resultado de nuestra capacidad de transformar el medio en que vivimos y depende de la disposición de ciertas mujeres y hombres de poner en riesgo su vida por el bien general. Poner mujeres y hombres en el espacio siempre será un riesgo considerable, y no una, sino muchas misiones terminarán en el fracaso y la muerte de sus integrantes. Pero ello no debe llevar a suspender proyectos, a detener pruebas. Lo que debe ser hecho costará vidas, porque así es el vivir, y esas pérdidas no deben de impactarnos tan profundamente porque en última instancia para quienes se enrolen en tales misiones la vida no es algo que se debe guardar en la seguridad de alguna burbuja, sino un bien para gastarse en lo que debe de ser hecho.

Recordemos siempre que las últimas palabras del pionero de la aviación, Otto Lilienthal, poco antes de morir producto de un accidente aéreo, fueron:

“Es necesario que haya sacrificios”.

Cháchara de muertos.

Es sábado en la noche. Mi esposa me ha arrastrado aquí, de visita a casa de una amiga suya. Ellas dos, que ya se acercan o han llegado a los cuarentas, y la madre de la anfitriona, que ya pasó hace mucho por el cabo de los sesentas, se hallan concentradas en el minucioso recuento de todos los conocidos comunes que han muerto en los últimos años, o a quienes alguna enfermedad terminal los tiene a un paso de mudarse al cementerio. No puedo decir que sean felices con semejante diálogo, pero no parece afectarles gran cosa. Yo, en cambio, olvidado de las tres mujeres, me encojo cada vez más en el sillón. Me siento volver al pasado, a alguna de las noches de mi niñez, en que desde un sillón inmenso sigo una tertulia semejante…

Cuando era niño mis padres regularmente salían a hacer visitas después de comer. Padres cubanos por antonomasia, nunca me dejaban atrás.

Las visitas se podían dividir en dos tipos básicos: las encantadoras, por lo regular a la casa de alguno de los muchos hermanos o hermanas más jóvenes de mi madre, o las angustiantes, a la de personas algo mayores que mis padres, sobre todo a la de alguna de las muchas solteronas, y algún que otro solterón, a quienes mis padres tenían por costumbre cumplimentar al menos una vez al año.

Recuerdo en particular las visitas a las tías abuelas solteronas que se habían hecho cargo del cuidado y crianza de un condiscípulo y buen amigo de mi hermano. Primas decimoctavas o algo así de mi padre, decimonovenas mías, por tanto. Dos ancianas que en el recuerdo se me antoja conservaban retazos del porte y del vestido de las ancianas de principios del siglo XX. Nos recibían siempre en una sala, que en mi reducido tamaño de entonces, tanto físico como intelectual, me parecía tan vasta como el salón de algún palacio. Solo que el salón de un palacio muy lúgubre, transilvano en la imagen que había dejado en mi memoria una escena del Drácula de Béla Lugosi -escena escamoteada en 24 por Segundo a la estricta censura de “escenas impresionables” a la que me sometían los psicólogos. Y es que por las carencias de los setentas a la sala la iluminaba una única bombilla incandescente de 2 Watts, o por lo menos de una potencia parecida, colgada de una de aquellas arañas de mal vidrio, imitación de las de cristal, que tanto abundaban en las casas que poco antes habían sido de clase media.

Lo que me deprimía no era sin embargo la escasa y amarillenta luz, o lo desolado de aquel espacio en que el techo, como en todo caserón de madera de la época colonial, llegaba a los cinco metros. Me angustiaba el tema invariable de las conversaciones que ocurrían en semejante escenario. No se hablaba en él nunca más que de enfermedad y muerte. Por sobre todo de la enfermedad y la muerte de la gente joven, a quienes la última arrancaba en la flor de la vida. De cánceres fulminantes que eran descubiertos hoy para arrastrar a la tumba, antes del mes, a alguna muchacha a quien recordaba no hacía mucho mi madre había saludado en la calle principal del pueblo. De truculentos accidentes de tránsito, que de improviso arrebataban de la vida a un veinteañero estudiante, guajirito encrucijadense que comenzaba a abrirse paso en La Habana. De inexplicados síntomas que habían terminado por matar allá en Santa Clara, en una cama del hospital provincial, a aquel enorme y vital guajirón, contemporáneo de mi hermano; alguien a quien aún no hacía un mes había visto yo saludar a mi hermano con su enorme vozarrón repleto de gallos, a la hora de coger la guagua para irse a la beca.

Estas experiencias ajenas venían a desbaratar la creencia a la que me había abrazado con desesperación, desde el momento en que comprendí que, como a todo mortal, me esperaba la muerte.

Y es que me las había ingeniado para dejar afuera a las contingencias, hasta quedarme al natural envejecimiento como única causa posible de mi muerte. O sea, había hecho mis cálculos en la fe de que a mí no me iba a ocurrir ningún percance en el claro y despejado trayecto de la vida. Que la muerte me esperaba, sí, pero para allá para ese remotísimo y difuso porvenir en que alcanzara la vejez extrema, a los noventa o incluso cien años. Todo un alivio si se tiene en cuenta que, comparativamente, por entonces los años de mi vida que alcanzaba a recordar no pasaban de los tres o cuatro, y que aunque ya sabía de la existencia de cifras tales como noventa, o cien, se me antojaban tan poco concebibles, tan desproporcionadas, como al presente ciertos infinitos numéricos.

De esas conversaciones sobre enfermedades y la consecuente muerte que acarreaban habría de quedarme una singular secuela: Mi recelo ante mi cuerpo. Era él, en última instancia, el enemigo. Del cuerpo, de mi cuerpo, procedía todo lo más temido por mí entonces: La muerte, en primer lugar, resultaba una consecuencia lógica de su naturaleza corruptible, enfermiza, de esa indetenible tendencia suya a envejecer y degradarse; pero también ese dejarme expuesto en medio de las cosas, a merced de sus agresiones, de accidentes y contagios, que no tenían por qué tener una fecha fija para salirme al paso.

Del cuerpo procedía algo quizás más terrible aún, o por lo menos algo más concreto: el dolor. Era él quien dolía, y yo había tenido un nacimiento demasiado traumático, en que el dolor debió haber sido demasiado totalizador como para que todo en mí, en aquel niño asustado que fui, no girara a su alrededor: “La vida es dolor”. Quizás pertenezca yo al reducido número de individuos que han tenido la adecuada experiencia vital para comprender a cabalidad este dicho medieval, al menos a posteriori de la Época Romántica.

Tan compleja interacción de elementos en mi personalidad en formación, escúchenme bien mis muy queridos amigos de la Seguridad del Estado que tanto se preocupan por mi salud (no en balde se la pasan advirtiéndome de la posibilidad de que me pase algo), habría de conducirme al inadaptado que soy. Nacido en una cultura en que lo sensual, lo corporal, imperan de manera absoluta sobre lo racional-espiritual, no podría ser de otro modo. Para el cubano típico es su cuerpo el más firme anclaje a la existencia, más allá de una espiritualidad en que más que perdido, no tarda en sentirse mareado. Cual aquel primo mío a quien le venían vahídos al intentar pensar en lo infinito, pero también en cualquier idea compleja.

Reconozco que no eran solo las tertulias a las que me llevaban mis padres las causantes de todos estos resultados, si no la espuma de una época determinada que arribaba hasta la apartada caleta en que desarrollaba mi vida. Eran tiempos en que había parásitos y microbios amenazantes no solo en cada rincón, sino en cada superficie, en general en cada contacto. Ávidos de llevarnos lo más urgentemente posible a las tumbas, quizás por un contrato de negocios con los gusanos que las habitan; que de alguna manera les pagarían por llevarnos tan tiernos y frescos a sus siempre hambrientas fauces.

Atmósfera de un tiempo asperjado de DDT que mi madre, y el todavía vital régimen revolucionario, se encargaban de mantener vivo con sus campañas contra los niños descalzos, o que no se lavaban las manos cada dos por tres. Niños malos a los cuales las barrigas se les inflaban en esa repulsiva manera en que a los guajiritos de antes de la Revolución. Constantemente mostrados por la televisión o el cine, en ciertos fragmentos de documentales pre-revolucionarios que llegaríamos a aprendernos de memoria.

Aun hoy soy incapaz de terminar los documentales sobre enfermedades. Sobre todo los documentales sobre parásitos. En lo fundamental sobre gusanos que nos comen por dentro y se introducen en nuestros órganos y hasta en nuestro cerebro… Es tal la incapacidad referida que no bien me he dado cuenta de que ese es precisamente el tema de lo que pasan en Multivisión, el canal escogido para esas gracias, cuando ya me bato en retirada, más bien huyó despavorido de frente al televisor. Al no poder simplemente apagarlo, por resultarle en cambio los dichosos documentales tan interesantes a mi esposa. Además de psicóloga, algo como media médica ella, no sé.

He conseguido superar muchos de mis miedos de infante, subir hasta el piso 14 de Reinaldo y Yoani, nada menos que en un elevador; aplastar a una araña peluda en presencia de alguna de mis amantes, mientras ponía la misma cara de impasibilidad con que San Jorge enfrentaba un dragón para antes del desayuno; entrar en el mar sin que el tema del tiburón en Jaws, que de inmediato empieza a resonar en mi interior con solo oler la espuma del oleaje, no me haga sufrir de los ataques de pánico que me daban de pequeño cuando alguien intentaba meterme en el agua… más todavía soy incapaz de ni tan siquiera escuchar contar historias de sanguijuelas bondadosas.

Quizás sea, digo yo, porque a la larga y en los días grises me asalta la duda de si tras mi muerte, más que el animado café repleto de discutidores que he imaginado siempre el mejor de los paraísos posibles, lo que en cambio se reunirá conmigo será “cierta asamblea de gusanos políticos”. La misma, o de una naturaleza semejante, a la que según Hamlet andaba en tratos con Polonio poco después de su muerte.

¡Dios, el Gran Monstruo Espagueti Volador, la Sacrosanta Tetera de Russell, o el Divino Unicornio Rosa Invisible… así no lo quieran!

Por fortuna todo ello había quedado atrás, más o menos, con la llegada de mi adolescencia. Esa edad en que los sentidos nos embotan hasta el punto de llegar a convertirnos en animales de manada. Si es que no se cuenta de antes con lo antídotos correspondientes, en cuyo caso si cabe asegurar que es esa la edad más maravillosa de nuestra existencia, en que el mundo frente a nosotros no es otra cosa que un injusto mecanismo, como todo mecanismo, de pésimo funcionamiento por demás, al que hemos nacido para destruir, para reemplazar por ese paraíso vivo, repleto de luz… ese que habitaba de antes en nuestra mente, de una forma todavía difusa, desde nuestra infancia, quizás desde antes… y que me perdone Locke, pero que tampoco se embulle Platón.

De ese destino demasiado gregario me salvó el que ya para entonces fuera un inadaptado más que patológico, ontológico. Pero, no obstante, con la adolescencia desapareció mi terror a la muerte y el dolor, y mi absoluto desprecio por el que me parecía el culpable último de la existencia de ambos. Nunca las tendría todas con mi cuerpo, pero comenzaría a verle su lado bueno.

Describiré la evolución de una de mis aristas para que se comprenda a que me refiero: No sé por qué me dio por imaginar en mi infancia que mi pene estaba conformado en su interior por una osamenta a imitación de la de la caja torácica, con costillas que se cerraban sobre sí mismas. Osamenta la cual podría salir despedida si hacía los ejercicios con que el urólogo pretendía, sin necesidad de operación, despegar la piel de mi prepucio. En consecuencia me negué a realizar tales ejercicios, mucho menos a dejármelos realizar, que estaría flacucho y chiquito, pero para conseguir coserme la cabeza, algo que ocurría bastante a menudo por mi predisposición a rompérmela, o a que me la rompieran, se necesitaba de dos hombres bien alimentados para sujetarme. Me recuerdo incluso, ante sugerencias del médico o de mi madre, que de no solucionar mi problema no podría tener contactos con mujeres, manifestando mi criterio de que nada importante se perdía en tal caso.

Una posición que cambiaría radicalmente a partir de más o menos mis once o doce años, cuando me descubrí sufriendo erecciones con las amenazas que en cierta novela se le hacían a Susana Pérez, mi afrodita de entonces, y de todavía… de meterla en prisión y dejarla en manos de unos esbirros, actores a quienes evidentemente la libido se les aceleraba tanto como a mí de solo imaginar semejante posibilidad. Fue tan rápido y tan natural el proceso que no mantengo recuerdo de él. Un buen día ya echaba para atrás mi prepucio, solo para comprobar que muchos miedos se me hubieran eliminado si en la educación primaria en Cuba hubiéramos tenido algún curso sencillo de educación sexual.

Incluso padecí por entonces esa enfermedad que tanto afecta a la juventud, el bodybuilding. El querer convertir a mi cuerpo en el centro de mi vida me llevó, lo confieso, a intentar darle esa forma de nube que tipos como Arnold habían puesto de moda. Sin resultados para nada espectaculares, afortunadamente, porque el gimnasio por mi escogido fue el de unos primos, adonde todos los que asistían eran primos paternos de todos lo grados habidos y por haber, indefectiblemente todos con el gen familiar del gusto por agarrarse a discutir. O sea, por aferrarse a una idea, o posición intelectual, y defenderla por el mero gusto de hacerlo, por el orgullo de ganar, más que por la búsqueda desinteresada de la verdad.

Así que yo, el peor ejemplar de la familia, pronto deje de cumplir con mi programa de ejercicios para en su lugar irme al gimnasio a  discutir cada tarde de cualquier nimiedad o problema trascendente, que por entonces no tenía distingos.

Debo aclararle a los psicólogos, esos tergiversadores de la realidad humana que me merecen el mismo crédito que los médicos a Woody Allen, que nunca he sido alguien enfermizo. De hecho la primera vez que vine a ponerme penicilinas fue a mis 22 años, en ese 1993 en que todos en esta Isla estábamos como para envidiar a un ratón de ferretería, o al Chaplin que en La Quimera del Oro la emprende a mordiscos contra una bota.

Sin embargo, esa juventud ya ha pasado definitivamente. He comenzado a hacerme viejo. Tengo ahora la edad, años menos, años más, que tenía mi padre cuando a mi pregunta de “adónde vas”, evidentemente con la esperanza de que me llevara a mí también, me respondía que “para viejo”. He comenzado a sentir que ya todo no funciona tan maravillosamente como diez o veinte años atrás, cuando ni me preocupaba el dichoso cuerpo, porque a la larga lo sabía capaz de restablecerse de todos los excesos, o de resistir cualquier epidemia, siempre y cuando mi dieta no volviera a reducirse de la manera drástica en que lo hizo en los noventa.

Lo peor es que han vuelto las chácharas de enfermos y muertos. A mí alrededor mis contemporáneos ya solo me parecen ocuparse de esos temas. Incluso ejemplares mucho más jóvenes recaen en el dichoso tema, como ese treintipicón que hoy se me sentó al lado en la guagua, y le contaba a alguien en el otro extremo del ruidoso vehículo de las cuitas que lo tuvieron a un paso de la muerte.

Trato de engañarme con la idea de que el problema está en que es mi cuerpo quien ha envejecido, no yo mismo. Pero entonces me pregunto: ¿Y qué hago entonces dándole vueltas en mi cabeza al tema de la muerte…? ¿Será que más que envejecer en mi interior, regreso a mi niñez…? Solo para darme cuenta de que ahora mis contertulias ríen sin sombras entre sus carcajadas, y que mi seriedad parece ser el motivo de esa vitalidad que inunda la sala…

Materia en Mente.

Cuanto más de cerca se mira, menos parece descansar en bases sólidas la posición materialista en la física.

Adam Frank.

Traducción, Ariadna Barrenechea Martín.

Este ensayo ha sido tomado de la revista digital Aeon.

Adam Frank es profesor de astronomía en la Universidad de Rochester de Nueva York y cofundador del blog 13.7 de NPR: Cosmos & Cultura, del que también es colaborador habitual. Es el autor de varios libros, el más reciente About Time: Cosmology and Culture at the Twilight of the Big Bang (2011).

1

El materialismo se mantiene firme en estos días, en los debates sobre una de las cuestiones científicas más fundamentales: la naturaleza de la conciencia. Al abordar el problema de la mente y el cerebro, muchos investigadores prominentes abogan por un universo totalmente reducible a la materia. “Por supuesto, no eres más que la actividad de tus neuronas”, proclaman. Esa posición parece razonable y sensata a la luz de los avances de la neurociencia, con imágenes brillantes de cerebros que se iluminan como árboles de Navidad mientras los sujetos de prueba comen manzanas, miran películas o sueñan. ¿No se conocen ya todas las leyes básicas de la física?

Desde esta apropiada e inflexible posición, el problema de la conciencia parece ser solo de conexiones, como argumentó el físico estadounidense Michio Kaku en The Future of the Mind (2014). En el debate sobre la conciencia, aquellos que son partidarios de que la comprensión de la mente pueda requerir algo más que una posición de ‘nada más que materia’, a menudo son descritos como víctimas de una ilusión, un razonamiento impreciso o, lo peor de todo, adhesión a una atracción mística.

Es difícil no sentir el peso intuitivo de la sensatez metafísica de hoy. Como en la Carga de Pickett a lo alto de la colina en Gettysburg, ¿quién quiere discutir con la posición superior de aquellos armados  con las más precisas Imágenes por Resonancia Magnética Funcional, Electroencefalogramas y otros artefactos materiales de la posición materialista? Sin embargo, en el reducto materialista de aspecto imponente hay una debilidad importante escondida. Es tan simple como innegable: después de más de un siglo de profundas exploraciones en el mundo subatómico, nuestra mejor teoría sobre cómo se comporta la materia, todavía nos dice muy poco sobre qué es la materia. Los materialistas apelan a la física para explicar la mente, pero en la física moderna las partículas que conforman el cerebro siguen siendo, en muchos aspectos, tan misteriosas como la conciencia misma.

Cuando yo era un joven estudiante de física, una vez le pregunté a un profesor: ‘¿Qué es un electrón?’ Su respuesta me sorprendió. “Un electrón”, dijo, “es aquello a lo que le atribuimos las propiedades del electrón.” Esa respuesta vaga y circular estaba muy lejos del sueño que me llevó a la física, un sueño de teorías que describían perfectamente la realidad. Como casi todos los estudiantes en los últimos 100 años, me impresionaba la mecánica cuántica, la física del micro-mundo. En lugar de una visión clara de pequeños fragmentos de  materia que explican todas las grandes cosas que nos rodean, la física cuántica nos permite hacer un cálculo poderoso, pero a la vez  paradójico. Con su énfasis en las ondas de probabilidad, las incertidumbres esenciales y los experimentadores que perturban la realidad que intentan medir, la mecánica cuántica hizo que imaginar las cosas del mundo como fragmentos clásicos de materia (o bolas de billar en miniatura) sea casi imposible.

Como la mayoría de los físicos, aprendí a ignorar la rareza de la física cuántica. ‘¡Cállate y calcula!’ (El dictum del físico estadounidense David Mermin) funciona bien si estás tratando de obtener el 100 por ciento en tu tarea de Teoría Cuántica Avanzada, o de construir un láser. Sin embargo, detrás de la precisión calculadora inigualable de la mecánica cuántica se encuentran preguntas persistentes y obstinadas sobre lo que implican esas reglas cuánticas para la naturaleza de la realidad, incluido nuestro lugar en ella.

Esas preguntas son bien conocidas en la comunidad de la física, pero tal vez nuestro hábito de callarlas ha tenido demasiado éxito. Un siglo de agnosticismo sobre la verdadera naturaleza de la materia no ha llegado a alcanzar lo suficientemente bien otros campos, donde el materialismo todavía parece ser la forma más sensata de lidiar con el mundo y, sobre todo, con la mente. Algunos neurocientíficos piensan ser precisos, y tener buenos basamentos, al aferrarse firmemente a las referencias materialistas. Los biólogos moleculares, los genetistas y muchos otros tipos de investigadores, así como también el público no experto, se han visto igualmente atraídos por la aparente finalidad del materialismo. Sin embargo,  esta convicción está fuera de sintonía con lo que los físicos sabemos sobre el mundo material, o más bien, lo que no sabemos.

Desde que Albert Einstein y Max Planck introdujeron la idea del cuanto a principios del siglo XX, barriendo con la antigua visión clásica de la realidad, nunca hemos logrado encontrar una nueva realidad definitiva que tome su lugar. La interpretación de la física cuántica sigue siendo tan difícil como siempre. Como una descripción matemática de las cerdas solares y los circuitos digitales, la mecánica cuántica funciona bien. Pero si uno quiere aplicar la posición materialista a un concepto tan sutil y profundo como la conciencia, claramente debe pedirse algo más. Cuanto más se mira, más parece que la posición materialista (o “fisicalista”) no es el puerto seguro de la sensatez metafísica que muchos desean.

2.

Para los físicos, la ambigüedad de la materia se reduce a lo que llamamos el problema de medición, y su relación con una entidad conocida como la función de onda. De vuelta a los buenos tiempos de la física newtoniana, el comportamiento de las partículas estaba determinado por una ley matemática sencilla que decía que F=ma. Se aplica una fuerza F a una partícula de masa m, y la partícula se moverá con una aceleración a. Era fácil imaginar esto en tu cabeza. ¿Partícula? Listo. ¿Fuerza? Listo. ¿Aceleración? Sí. En marcha.

La ecuación F=ma proporcionó las dos cosas más importantes en la imagen newtoniana del mundo: la ubicación de una partícula y su velocidad. Esto es lo que los físicos llaman el estado de una partícula. Las leyes de Newton indicaban el estado de la partícula en cualquier momento y con la precisión que se necesitara. Si el estado de cada partícula se describe mediante una ecuación tan simple, y si los sistemas extensos son simplemente grandes combinaciones de partículas, entonces el mundo entero debería comportarse de una manera totalmente predecible. Muchos materialistas todavía cargan el peso de esa vieja idea clásica. Es por eso que la física todavía es ampliamente considerada como la fuente última de respuestas a las preguntas sobre el mundo, tanto fuera como dentro de nuestras cabezas.

En la física de Isaac Newton, la posición y la velocidad eran propiedades claramente definidas e imaginables de una partícula. Las mediciones del estado de la partícula no cambiaban nada en principio. La ecuación F=ma era verdadera tanto si mirabas la partícula como si no lo hacías. Todo eso se vino abajo a medida que los científicos comenzaron a investigar a escala atómica a principios del siglo pasado. En un estallido de creatividad, los físicos idearon un nuevo conjunto de reglas conocidas como mecánica cuántica. Una pieza importantísima de la nueva física se encarnó en la ecuación de Schrödinger. Al igual que la de Newton: F=ma, la ecuación de Schrödinger representa la maquinaria matemática para hacer física: describe cómo está cambiando el estado de una partícula. Pero para dar cuenta de todos los nuevos fenómenos que descubrían por entonces los físicos (fenómenos de los que Newton no tenía conocimiento), el físico austriaco Erwin Schrödinger tuvo que formular un tipo de ecuación muy diferente.

Cuando los cálculos se realizan con la ecuación de Schrödinger, lo que queda no es el estado newtoniano de  posición y  velocidad exactas. En su lugar se obtiene lo que se denomina la función de onda (los físicos se refieren a ella como psi por el símbolo griego Ψ que se usa para denotarla). A diferencia del estado newtoniano, que puede ser claramente imaginado de una forma explicable por el sentido común, la función de onda es un desorden epistemológico y ontológico. La función de onda no proporciona una medida específica de la ubicación y velocidad de una partícula; solo proporciona probabilidades en el nivel básico de la realidad. Psi parece decir que, en todo momento, la partícula tiene muchas posiciones y muchas velocidades. En efecto, los distinguibles fragmentos de materia de la física newtoniana se desvanecen en conjuntos de potencialidades o posibilidades.

¿Cómo puede existir una regla para el mundo objetivo antes de que se realice una medición, y otra que aparece después de la medición?

No son solo la posición y la velocidad las que desaparecen. La función de onda trata a todas las propiedades de la partícula (carga eléctrica, energía, rotación, etc.) de la misma manera. Todos se convierten en probabilidades que tienen muchos valores posibles al mismo tiempo. Tomado literalmente, es como si la partícula no tuviera propiedades definidas en absoluto. Esto es lo que el físico alemán Werner Heisenberg, uno de los fundadores de la mecánica cuántica, quería decir cuando aconsejaba a la gente que no pensara en los átomos como “cosas”. Incluso en este nivel básico, la perspectiva cuántica crea mucha confusión en cualquier convicción materialista sobre lo que constituye el mundo.

Pero las cosas se ponen aún más raras. De acuerdo con la forma estándar de tratar el cálculo cuántico, el acto de realizar una medición en la partícula elimina todas las funciones de la onda, excepto la que registran tus instrumentos. Se dice que la función de onda colapsa cuando todas las posiciones o velocidades potenciales borrosas desaparecen en el acto de medición. Es como si la ecuación de Schrödinger, que hace un gran trabajo al describir la partícula desaparecida antes de que se realice la medición, de repente no funcionara.

Puedes ver cómo esto desafía la visión simplista, basada en la física, de un mundo materialista objetivo. ¿Cómo puede existir una regla matemática para el mundo objetivo externo antes de realizar una medición, y otra que aparece después de que esta tiene lugar? Durante cien años, los físicos y filósofos se han estado dando una paliza entre ellos (y a sí mismos) tratando de descubrir cómo interpretar la función de onda y el problema de la medición asociado. ¿Qué nos dice exactamente la mecánica cuántica sobre el mundo? ¿Qué describe la función de onda? ¿Qué pasa realmente cuando tiene lugar una medición? Sobre todo, ¿qué es la materia?

3.

Hoy no existen respuestas definitivas a estas preguntas. Ni siquiera existe un consenso sobre a qué se parecerán estas respuestas. Más bien existen múltiples interpretaciones de la teoría cuántica, cada una de las cuales corresponde a una forma muy diferente de considerar la materia y todo lo compuesto por ella (lo que, por supuesto, significa todo). La primera interpretación en cobrar auge, la interpretación de Copenhague, se asocia con el físico danés Niels Bohr y otros fundadores de la teoría cuántica. En su opinión, no tenía sentido hablar de las propiedades de los átomos en sí mismos. La mecánica cuántica era una teoría que solo le hablaba a nuestro conocimiento del mundo, no sobre la naturaleza intrínseca de este. El problema de la medición asociado con la ecuación de Schrödinger resaltaba esta barrera entre la epistemología y la ontología al hacer explícito el papel del observador (es decir: nosotros) en la obtención del conocimiento.

Sin embargo, no todos los investigadores estaban tan dispuestos a renunciar al ideal del acceso objetivo a un mundo perfectamente objetivo. Algunos depositaron sus esperanzas en el descubrimiento de variables ocultas, un conjunto de reglas deterministas que acechan bajo las probabilidades de la mecánica cuántica. Otros tomaron una posición más extrema. En la interpretación de muchos mundos, propugnada por el físico estadounidense Hugh Everett, la autoridad de la función de onda y su ecuación gobernante de Schrödinger eran tomadas como absolutas. Las mediciones no suspenden la ecuación, ni colapsan la función de onda, simplemente hacen que el Universo se divida en muchas versiones paralelas (quizás infinitas) de sí mismo. Por lo tanto, para cada experimentador que mide un electrón aquí, se crea un universo paralelo en el que su experimentador copia paralela encuentra el electrón allí. La interpretación de los muchos mundos es favorecida por muchos materialistas, pero tiene un alto precio.

Aquí hay un punto aún más importante: hasta ahora no hay forma de distinguir experimentalmente entre estas interpretaciones ampliamente diferentes. Cuál eliges es principalmente una cuestión de temperamento filosófico. Como dice el teórico estadounidense Christopher Fuchs, por un lado están los psi-ontólogos que quieren que la función de onda describa el mundo objetivo “allá afuera”. Por otro lado, están los psi-epistemólogos que ven la función de onda como una descripción de nuestro conocimiento y sus límites. En este momento, casi no hay forma de resolver la disputa científicamente (aunque parece haberse descartado una forma estándar de variables ocultas).

Esta arbitrariedad de tener que decidir a qué interpretación afiliarse socava completamente la estricta posición materialista. La cuestión aquí no es si la elección de muchos famosos materialistas de la interpretación de los muchos mundos paralelos es la correcta, o si lo es la tontería de El Tao de la Física y su budismo cuántico. El verdadero problema es que, en cada caso, los proponentes son libres de elegir una interpretación sobre otras… bueno… porque les gusta. Todos, en todos lados, están en el mismo bote. Y no se puede apelar a la autoridad de “lo que dice la mecánica cuántica”, porque la mecánica cuántica no dice mucho de nada con respecto a su propia interpretación.

Cada interpretación de la mecánica cuántica tiene sus propias ventajas filosóficas y científicas, pero todas vienen con su propio precio. De una forma u otra, obligan a los seguidores a dar un paso de gigantes más allá del tipo de “realismo ingenuo”, la visión de pequeños fragmentos de materia determinista, que era posible con la visión newtoniana del mundo; por cierto, cambiar a una interpretación de “campos” cuánticos no resuelve el problema. Era fácil pensar que los objetos matemáticos involucrados con la mecánica newtoniana se referían a las cosas reales, de una manera intuitiva. Pero aquellos que se adscriben a la psi-ontología, al a veces llamado realismo de la función de onda, deben ahora navegar en un laberinto de desafíos para mantener sus puntos de vista. The Wave Function (2013), editado por los filósofos Alyssa Ney y David Z Albert, describe muchas de las opciones pensadas para responder a esos desafíos, y que pueden tornarse bastante extrañas. Leer, a través del denso análisis de este libro, rápidamente disipa cualquier esperanza de que el materialismo ofrezca un punto de referencia simple y concreto para el problema de la conciencia.

El atractivo de la interpretación de los muchos mundos paralelos, por ejemplo, es su capacidad para mantener la realidad en la física matemática. En esta interpretación, sí, la función de onda es real y, sí, describe un mundo de materia que obedece a reglas matemáticas, ya sea que alguien esté mirando o no. El precio que pagas por esta posición es un número infinito de universos paralelos que se dividen infinitamente en una infinidad de otros universos paralelos que luego se separan en… bueno, creo que coges la idea. También hay que pagar un gran precio por las posiciones psi-epistemológicas. La física desde esta perspectiva ya no es una descripción del mundo en sí mismo. En cambio, es una descripción de las reglas para nuestra interacción con el mundo. Al decir del teórico estadounidense Joseph Eberly: “No es la función de onda del electrón, es tu función de onda”.

Una nueva versión particularmente convincente de la posición psi-epistemológica, llamada bayesianismo cuántico o QBism, eleva esta perspectiva a un nivel más alto de especificidad al tomar las probabilidades en la mecánica cuántica al pie de la letra. Según Fuchs, el principal defensor del QBism, las probabilidades irreductibles de la mecánica cuántica nos dicen que en realidad se trata de una teoría sobre hacer apuestas acerca del comportamiento del mundo (a través de nuestras mediciones), y luego actualizar nuestro conocimiento, después de que se realicen esas mediciones. De esta manera, QBism señala explícitamente a nuestro error de no incluir al sujeto observador, error que se encuentra en la raíz de la rareza cuántica. Como Mermin escribió en la revista Nature: “QBism atribuye el embrollo en los fundamentos de la mecánica cuántica a nuestra eliminación no reconocida del científico de la ciencia”.

Volver a situar al sujeto que percibe en la física socavaría toda la perspectiva materialista. Una teoría de la mente que depende de la materia, que a su vez depende de la mente, no podría traer el terreno sólido que tantos materialistas anhelan.

4.

Es fácil ver cómo llegamos aquí. El materialismo es una filosofía atractiva; al menos, lo fue antes de que la mecánica cuántica alterara nuestro pensamiento sobre la materia. “Lo refuto de esta manera”, dijo el escritor del siglo 18 Samuel Johnson, y pateó una gran roca como refutación a los argumentos contra el materialismo que acababa de tener que soportar. La patada de Johnson describe la esencia de una testaruda (y coja) visión materialista del mundo. Proporciona un relato acerca de lo que está hecho el mundo exactamente: pedazos de cosas llamadas materia. Y dado que la materia tiene propiedades que son independientes y externas a todo lo que tiene que ver con nosotros, podemos usar esas propiedades para construir una cuenta totalmente objetiva de un mundo totalmente objetivo. Esta visión realista de la realidad parece inspirar gran parte de la confianza pública del materialismo en descifrar el misterio de la mente humana.

Hoy, sin embargo, es difícil conciliar esa confianza con las múltiples interpretaciones de la mecánica cuántica. La mecánica newtoniana podría estar bien para explicar la actividad del cerebro. Puede manejar cosas como el flujo sanguíneo a través de los capilares y la difusión química a través de las sinapsis, pero el fundamento del materialismo se vuelve mucho más inestable cuando intentamos lidiar con el misterio más profundo de la mente, es decir, la rareza de ser un sujeto con experiencia. En este dominio no hay forma de evitar las complicaciones científicas y filosóficas que acompañan a la mecánica cuántica.

En primer lugar, las diferencias entre las posiciones psi-ontológica y psi-epistemológica son tan fundamentales que, sin saber cuál es la correcta, es imposible saber a qué se refiere intrínsecamente la mecánica cuántica. Imagine por un momento que algo así como la interpretación QBist de la mecánica cuántica fuera la cierta. Si este énfasis en el sujeto observador fuera la lección correcta a aprender de la física cuántica, entonces la idea del acceso perfecto y objetivo al mundo que yace en el corazón del materialismo perdería una gran de impulso. Dicho de otra manera: si el QBism u otros puntos de vista similares a los del grupo de Copenhague fueran los correctos, podrían existir enormes sorpresas esperándonos en nuestra exploración del sujeto y del objeto, y estos deberían incluirse en cualquier versión explicativa de la mente. Sorpresas y adiciones ante las que el materialismo de la vieja escuela, al ser una forma particular de psi-ontología, necesariamente estaría ciego.

Un segundo punto relacionado es que, en ausencia de evidencia experimental, quedamos ante una irreductible democracia de posibilidades. En una reunión sobre la teoría cuántica de 2011, tres investigadores llevaron a cabo una encuesta, al preguntar a los participantes: ‘¿Cuál es tu interpretación favorita de la mecánica cuántica?’ Seis modelos diferentes obtuvieron votos, algunos participantes votaron por ‘otro’ no incluido en la encuesta y otros más marcaron ‘sin preferencia’. Tan útil como podría ser este ejercicio para evaluar las inclinaciones de los investigadores, celebrar un referéndum para determinar cuál interpretación se debería convertir en la “oficial” en la próxima reunión de la American Physical Society (o la American Philosophical Society) no nos acercará más a las respuestas que buscamos. Tampoco dar taconazos en el suelo, hacer proclamaciones a gritos o nombrar a nuestros físicos favoritos ganadores del Premio Nobel.

Dadas estas dificultades, uno debe preguntarse por qué dentro de la comunidad investigadora ciertas alternativas extrañas, sugeridas por las interpretaciones cuánticas, son ampliamente preferidas sobre otras. ¿Por qué la infinitud de universos paralelos, en la interpretación de los mundos múltiples, se asocia con la posición sobria y dura, mientras que incluir al sujeto perceptivo es condenado como cruzar a las costas de la anti-ciencia, en el mejor de los casos, o a las del misticismo en el peor?

Es en este sentido que el asunto inacabado de la mecánica cuántica nivela el campo de juego. El terreno elevado del materialismo se desinfla cuando se baja hasta sus raíces mecánico-cuánticas,  ya que el hacerlo demanda el que se acepten posibilidades metafísicas que parecen no ser más “razonables” que otras alternativas. Algunos investigadores de la conciencia podrían pensar que son duros y concretos cuando recurren a la autoridad de la física. Sin embargo, cuando a los físicos nos presionan sobre este tema, a menudo nos miramos los pies, sonreímos tímidamente y murmuramos “es complicado”. Sabemos que la materia nos es aún misteriosa, así como la mente es aún misteriosa, y no sabemos cuáles deberían ser las conexiones entre esos misterios. Clasificar la conciencia como un problema material equivale a decir que la conciencia también permanece fundamentalmente sin explicación.

En lugar de eliminar el misterio de la mente al atribuirlo a los mecanismos de la materia, podemos comenzar a avanzar al reconocer dónde nos dejan las múltiples interpretaciones de la mecánica cuántica. Han pasado más de 20 años desde que el filósofo australiano David Chalmers introdujo la idea del “duro problema de la conciencia”. Al continuar el trabajo del filósofo estadounidense Thomas Nagel, Chalmers señaló la viveza, la presencia intrínseca, de la experiencia del sujeto que percibe como un problema que ningún relato explicativo de la conciencia parece capaz de abrazar. La posición de Chalmers golpeó un nervio de muchos filósofos, al articular la sensación de que fundamentalmente ocurría algo más en la conciencia que el simple proceso de computar con carne. Pero, ¿qué es ese “más”?

Algunos investigadores de la conciencia ven el duro problema como real pero intrínsecamente insoluble; otros postulan una gama de opciones para su explicación. Esas soluciones incluyen posibilidades que proyectan demasiado la mente en la materia. La conciencia podría, por ejemplo, ser un ejemplo de la aparición de una nueva entidad en el Universo no contenida en las leyes de las partículas. También existe la posibilidad más radical aún de que se agregue una forma rudimentaria de conciencia a la lista de cosas, como la masa o la carga eléctrica, de las que está construido el mundo. Independientemente de la dirección que tome la mayor radicalidad, la democracia no resuelta de las interpretaciones cuánticas equivale a que nuestra comprensión actual de la materia es poco probable que por sí sola explique la naturaleza de la mente. Parece tan probable como que ocurriera lo contrario.

Si bien los materialistas pueden seguir deseando el terreno elevado de la sobriedad y la testarudez, deberían recordar la advertencia del poeta estadounidense Richard Wilbur:

Patea en la roca, Sam Johnson, rompe tus huesos:
Pero vaga, vaga te es aún la sustancia de las piedras.

El Plebiscito: Nuestra más convincente Arma tras el 19 de abril

No hace mucho cierto catedrático, de eso que llaman filosofía en la Universidad Central de Las Villas, concedió una entrevista al semanario villaclareño Retaguardia. En ella el individuo sostuvo, nada menos, que si algún sistema electoral se parecía al cubano era el suizo.

El creo recordar que doctor, mas no en qué, al parecer se atrevía a afirmar tal al tomar en cuenta una institución que se aplica a medias en una etapa de nuestro proceso electoral, y que ya casi ha desaparecido en Suiza: la nominación en asambleas públicas, a mano alzada, de los candidatos a los ayuntamientos de la comunidad, y de los representantes de esta en la Federación. Lo cierto es, sin embargo, que la Landsgemeinde solo permanece en dos pequeños cantones que no reúnen ni el 1% de la población helvética; mientras en Cuba es de aplicación nacional. Aunque aclaramos que solo para la elección de unos concejales de barrio, los delegados a las Asambleas Municipales del Poder Popular, dotados de muy poco poder dentro del híper-centralizado y vertical estado cubano.

La otra institución que también parece haber llevado al mencionado doctor a tan aventurado, e inexacto juicio, es una que si se aplica en Suiza con regularidad, pero que en Cuba no pasa más allá de estar en las buenas intenciones de la Ley, en la teoría: el plebiscito. En el país europeo se los realiza varias veces en el año; en Cuba, donde está definido como parte importante del sistema político en vigor desde 1976, no obstante nunca se los ha convocado en los 42 años de vigencia de la Constitución en que se sostiene ese orden.

La verdad es que en Cuba los que en realidad mandan, que hasta se las ingenian para pasar por mandatarios ante los ingenuos, demuestran un temor pánico al plebiscito. Al cual, no obstante, mantienen en la letra como parte central del sistema político cubano. En buena medida con el objetivo de permitir que inescrupulosos propagandistas del régimen cubano, como el Doctor Mirabilis de marras, hagan creer a públicos escasamente informados de la realidad cubana que aquí vivimos en una democracia directa.

Es tal el miedo de quienes mandan al plebiscito, que cuando en 1992 ingeniaron plebiscitarle a la ciudadanía, en sus municipios, una lista de delegados provinciales y otra de diputados, se tomaron el cuidado de organizar esos plebiscitos de modo que el electorado no tuviera la opción real de rechazar dichas listas. Lo cual se logra con el muy simple artificio legal de considerar voto válido solo aquel en que se vote afirmativamente por uno, por varios, o por todos los integrantes de la lista, mientras a su vez el voto contrario a la propuesta completa, o voto en blanco, pasa a considerarse no válido.

Aclaro que si en 1992 se echó mano del plebiscito, no fue porque quienes mandaban demostraran alguna preferencia por él, sino porque los legisladores designados para ello no consiguieron ingeniar un mejor mecanismo, capaz de permitir hacer, de manera creíble, lo que se pretendía: En apariencias llevar a “elecciones” populares los asientos en las asambleas provinciales, y en la Asamblea Nacional, los cuales hasta entonces se elegían por las asambleas municipales, sin participación del electorado; pero llevarlos a “elecciones” sin realmente dejar en el voto de los electores la posibilidad de decidir, y sobre todo sin verse obligados a dejar en manos de los ciudadanos el proceso de nominación de los candidatos que aparecerían en las listas. Proceso de nominación que, por otra parte, debido a los enormes números de electores ahora involucrados, no podrían realizarse por el mecanismo en que se nominaba a los candidatos a delegados a las asambleas municipales: en asambleas públicas y a mano alzada.

El miedo del régimen castrista a dejar en manos de los ciudadanos la posibilidad de decidir sobre cualquier cuestión de peso, afirmativa o negativamente, se transparenta en el hecho de que la única vez en que se “consultó” al supuesto soberano, el pueblo, sobre un asunto clave: la reforma constitucional de junio de 2002 que haría irreformable la Constitución, se prefirió hacerlo mediante el uso de un subterfugio legal, y no a través de lo legislado en el Título IX de la Ley Electoral. Un recurso mediante el cual no se pediría decidir de manera secreta, al marcar sí, o no, sino apoyar públicamente, con la firma.

El subterfugio seguido fue este: Como la iniciativa de las leyes, según el artículo 88 de la Constitución, compete entre otros “al Comité Nacional de la Central de Trabajadores de Cuba y a las Direcciones Nacionales de las demás organizaciones de masas y sociales”, se optó por montar un proceso de recogida de firmas por estas organizaciones. Un proceso que aunque evidentemente partió de Fidel Castro en persona, y se realizó con el apoyo logístico total de las infraestructuras del estado, se presentó cual si procediese de una propuesta de las direcciones nacionales mencionadas: de la CTC, los CDR, la ANAP, la FMC, la FEU, la FEEM, y como asunto que corría por entero a su cargo. Organizaciones las cuales, no debe de pasarse por alto, al menos a excepción de la CTC y la FEU, no cuentan con mecanismos democráticos, creíbles, de elección de esas dirigencias nacionales.

Una vez conseguido entre los días 15, 16 y 17 de junio el masivo apoyo en firmas para la propuesta, la misma fue presentada a la Asamblea Nacional, que sumarísimamente y por unanimidad la aprobó el 26 de junio de 2002. Con lo que se dio así por concluido el proceso de reforma constitucional.

Mediante este subterfugio se evitaron los riesgos del tan temido plebiscito. El ciudadano no tuvo la posibilidad de elegir de manera secreta entre dar su apoyo, o negárselo, a la propuesta de reforma constitucional. Por el contrario, se lo convocó como a un acto patriótico, que ningún buen cubano que mereciera vivir en Cuba dejaría de realizar. Se lo convocó a irse hasta uno de aquellos libros que amanecieron el día 15 en cada esquina del país, entre banderas e himnos patrióticos, a estampar en él y de manera pública su firma de apoyo. A aprobar con su firma, frente a sus vecinos o compañeros de trabajo, una reforma que la omnipresente propaganda oficial sostenía que, de alguna manera esotérica, iba a evitar el ya inminente ataque a nuestro país por George W Bush. Todo ello, por lo tanto, en medio de una desenfrenada atmósfera histérica, en que se presentaba a dicha reforma de manera semejante a como en los EE.UU. de entonces a la Ley Patriótica del 26 de octubre de 2001.

De manera pública, no secreta, lo que lógicamente implicaba que el negarse a hacerlo también sería un acto público. Aun cuando usted fuera plenamente consciente de que la reforma no iba dirigida contra las travesuras de George W. Bush, que por entonces amenazaba a cuanto rincón oscuro fuera de Texas y los turbios negocios de su familia hubiera en este mundo, sino contra el presidente Carter, a quien por esos días se le permitió acceder a los medios oficiales cubanos, y que desde allí se había atrevido a hacer una defensa de la necesidad para la sociedad cubana de considerar propuestas como el Proyecto Varela.

Un subterfugio no legal, en definitiva. Y es que la reforma propuesta giraba alrededor de la adopción de un número de cláusulas irreformables, lo cual implicaba limitación de las facultades de la Asamblea Nacional, ya que de adoptarse dichas cláusulas perdería ella su  anterior facultad de reformar de manera total la Constitución. Para cuyo caso, el de adquisición o pérdida de facultades de la Asamblea a resultas de una reforma, el artículo 137 resultaba claro: “Si la reforma es total o se refiere a la integración y facultades de la Asamblea Nacional del Poder Popular… requiere, además, la ratificación por el voto favorable de la mayoría de los ciudadanos con derecho electoral, en referendo convocado por la propia Asamblea.”

O sea, que como con la reforma la Asamblea Nacional perdía facultades, no bastaba con el proceso de recogida de firmas y su posterior aprobación por la Asamblea misma. La propuesta para llegar a convertirse en reforma constitucional, legalmente adoptada, debía llevarse finalmente a referendo[i].

Ilegalidad ante la cual no cabe argüir, como en su momento Fidel Castro mismo, la falta de necesidad de convocar a ese plebiscito, en vistas del número aplastante de firmas recogidas en apoyo a la propuesta. En primer lugar porque tal excepción de que un número suficiente de firmas anulara la necesidad de convocar a un plebiscito no estaba, ni está aun hoy en la Constitución, y porque no es el mismo proceso aquel por el cual se reunió ese asentimiento escrito, que el que en su Título IX, artículos de 162 a 170, estatuye la Ley Electoral para el mecanismo de consulta popular por el cual es legal recoger un asentimiento, o disentimiento, popular: el referendo.

Lo cierto es que el plebiscito solo forma parte sistema político cubano, en la letra, en teoría, como un hábil recurso para confundir y manipular a aquellos que no conocen la realidad de Cuba. El híper-centralizado y vertical estado cubano no consulta a la ciudadanía, al menos no de manera en que esta tenga la verdadera oportunidad de oponerse a lo que los que mandan creen debe de hacerse: Si al compañero Raúl Castro, tras uno de sus frecuente viajes en la madrugada al baño, le da por pensar que la panacea cubana es aumentar la edad de retiro, “será así y san se acabó”. Independientemente de que para mantener las formas se organice un programa de asambleas para “consultar” a los trabajadores, y de lo que estos opinen en dichas asambleas.

No obstante, el referendo está ahí, en la Constitución, en la Ley Electoral, y en las expectativas que a los “amigos de afuera” les han creado propagandistas como el catedrático de marras. El referendo está ahí, y es hoy por hoy el más importante recurso legal con que contamos los que buscamos democratizar a Cuba; sobre todo tras el incuestionable éxito de las pasadas elecciones del 11 de marzo, en que poco más de un 17% del electorado se negó a salir a votar, y en que en La Habana el voto selectivo alcanzó a ser la cuarta parte del voto válido[ii].

Preguntémonos: ¿Si uno de cada seis cubanos con derecho al sufragio activo se atrevió a expresar públicamente su disconformidad con un sistema político en que constantemente se llama a la unidad monolítica, a la incondicionalidad al régimen, sus dirigentes y sus instituciones, qué ocurrirá cuando todos los ciudadanos tengan la ocasión de expresarse positiva, o negativamente, acerca de un asusto cualquiera?; por ejemplo, acerca de las tan anunciadas y dilatadas próximas reformas a la Constitución.

Pidamos que se sometan a referendo, como corresponde legalmente, las próximas reformas constitucionales, pero no nos quedemos ahí: Pidamos que se active el referendo como parte fundamental de esa supuesta democracia directa que los jerarcas del régimen y sus propagandistas sostienen es el sistema político cubano. Pidamos que se establezca como costumbre, o como ley escrita, que por lo menos dos veces al año la Asamblea Nacional deba llamar a referendo popular.

Este es un mecanismo de promoción cívica, de socialización y hasta de fiesta popular, y en todo caso no cabe que se arguya por jerarcas y propagandistas que sería demasiado molestar a la ciudadanía al ocuparle varios domingos del año. Al menos no cabe en un país en que esos mismos jerarcas y propagandistas se han dedicado, por décadas, a promover la utilización del domingo no para descansar, o hacer lo que se le venga en ganas a las familias, sino para hacer trabajo voluntario. Por demás nadie puede negar a estas alturas de nuestra experiencia colectiva que par de domingos del año, utilizados para consultar a la ciudadanía, tendrían mayor utilidad social que doce dedicados a hacer trabajo voluntario.

Nada puede juntar más voluntades alrededor de la democratización que el pedido de hacer efectivo el mecanismo plebiscitario dentro del sistema político cubano: Une en un objetivo a quienes disentimos abiertamente; a quienes no se atreven a romper de manera abierta, precisamente por sostener que dentro del sistema político actual hay recursos, como el referendo, que sirven para reformarlo desde dentro; a los propios jerarcas y propagandistas del régimen, que no pueden desdecirse tan descaradamente, mucho más a posteriori del 19 de abril… Incluso pone de nuestro lado a quienes en el exterior aún se tragan discursos como los de Ricardo Alarcón de Quesada, Iroel “Risitas” Sánchez, Rosa Miriam Elizalde, Cristina Escobar, Sergio Alejandro Gómez… sobre la democracia más plena que haya visto jamás el mundo.

Obligar al régimen a someter a referendo el que la ciudadanía tenga o no el derecho a volver a ser consultada, eso al menos, es ya un paso gigantesco, sin vuelta atrás. Con ello pondríamos en manos de los cubanos de hoy la posibilidad de responder sí, o no, a una cuestión presentada por ese estado que se ha abrogado todas las atribuciones y derechos en detrimento nuestro. Algo que por última vez tuvieron la oportunidad de hacer nuestros abuelos, aquel ya remotísimo 24 de febrero de 1976. Cuando atrapados en la ola de expectativas que levantó la Institucionalización, sobre todo ilusionados con la promesa, repetida muchas veces por aquellos días, de que a partir de ese referendo ya nunca se dejaría de consultárselos sobre las cuestiones vitales del país, nuestros abuelos dieron su asentimiento a la actual Constitución de la República.

[i] Contrario a lo que muchos ahora pretenden, Fidel Castro y los legisladores que prepararon con él la reforma no tenían un pelo de bobos: Sabían que no bastaba legalmente con el proceso de recogida de firmas, y que al no permitir que se convocara el plebiscito dejaban su reforma en la ilegalidad. Es por ello que en el nuevo artículo 137 de la Constitución, tras la reforma de 2002, eliminaron la referencia del primer párrafo a la facultad de la Asamblea para reformar totalmente la Constitución, pero la mantuvieron en el segundo. De este modo se admite en el primer párrafo que la Asamblea ya no tiene esa facultad que ahora le limitan las clausulas irreformables, mientras al mantener la redacción del segundo párrafo intacta se consigue tener un recurso para redirigir, y hacer caer al lector desatento en la impresión de que nada se ha cambiado en las facultades de la Asamblea.

La realidad es que como definen las clausulas adicionadas por sí mismas, ya la Asamblea no puede reformar de manera total la Constitución, y que esa palabra total que aparece en el segundo párrafo del artículo 137 solo está allí para confundir. Así, si lo que se pretende es señalar el carácter irreformable de la Constitución, los exégetas del régimen podrán referirse al primer párrafo, pero si lo que quieran es salirle al paso a aquellos que ponen en cuestión el procedimiento para la reforma constitucional del 2002, tratarán de enfocar nuestra atención en el intacto párrafo segundo.

Recordemos que Fidel Castro puede que no asistiera mucho a clases en su facultad de derecho, pero sin dudas ha sido uno de los cubanos más inteligentes de todos los tiempos.

[ii] El voto selectivo pasó de 18,70% del voto válido en 2013, a 19,56% ahora. Un crecimiento considerable si consideramos que en el 2013 participó el 90,88% de los electores, y ahora poco menos del 83%: sin lugar a dudas muchos de los que se sumaron a las filas de los que se abstienen de votar procedían precisamente de las filas del voto selectivo.

El relajo del Registro de Electores en Cuba.

1.

Tras las pasadas elecciones de noviembre el Registro de Electores fue reajustado a la baja. Se le quitaron casi 300 mil electores y con ello el por ciento de participación mejoró del 86 al 89.

Tres meses después, para estas elecciones del 11 de marzo, sospechosamente el Registro había recuperado esos casi 300 mil electores.

Luego, cuando pasa ese domingo 11 de marzo, y el por ciento de participación baja hasta el histórico 82%, se reajusta por tercera vez el Registro y una vez más los casi 300 mil electores se desvanecen.

¿A qué obedece este quita y pon? ¿A deficiencias en la elaboración del Registro, o a una burda maniobra para hacer más presentables los porcentajes de asistencia a urnas?

Recordemos que en Cuba el gobierno presume de la unidad monolítica del pueblo en apoyo a esa entelequia: La Revolución.  O sea, el pueblo en el discurso auto-legitimador del régimen castrista le es absolutamente incondicional a esa cúpula y los muchos lodos anexos que dejó atrás una Revolución que en todo caso no sobrevivió más allá de 1968. O por lo menos que le es absolutamente incondicional en un 98%, o un 95%, pero nunca en un 82%.

2.

Los últimos datos del Registro de Electores, presentados este domingo 18, rebajan el número de electores a 8 639 989 votantes.

Sin embargo, ese número de electores no resulta creíble.

Según la Oficina Nacional de Estadísticas, en abril del 2014 éramos en Cuba 11 224 190 residentes permanentes, número que no ha variado significativamente de entonces acá.

De ellos 2 033 549 tenían menos de 16 años cumplidos, la edad a partir de la cual se puede ejercer el derecho al sufragio activo, y 9 190 641 tenían 16 o más.

Por tanto, si al número de ciudadanos cubanos con edad suficiente para votar le restamos el presentado este domingo por la Comisión Electoral Nacional, obtendremos la cifra de 550 652 individuos que aunque con más de 16 no aparecen sin embargo en el Registro. Un número considerable, que equivale al 6% de las personas en Cuba mayores de edad y con derecho al voto.

O sea, 1 cubano en edad de votar, de cada 17, o poco menos, no está incluido en el Registro.

Pero en Cuba solo quedan incapacitados del derecho al sufragio activo los privados de libertad, que si creemos al propio gobierno no llegan a 91 906, o sea, menos del 1% de la ciudadanía que por su edad debería tener ese derecho; y los incapacitados mentales. En este caso solo los casos severos, ya que aquí es bien conocido votan hasta los mayores de 100 años, por lo cual el conjunto de los declarados incapacitados mentales si acaso adicionarían un 2% a nuestro cálculo.

Falta por tanto algo más de un 3%. Más o menos los 300 mil que constantemente son adicionados y restados al Registro.

3.

En todo caso, ¿qué explica esos continuos errores en la conformación del Registro, que sube y baja continuamente, en cifras significativas y casi de un mes para otro?: Una de dos, o que los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) ya no funcionan nada bien, o que ha habido manipulación, intencionada, valga la redundancia, del Registro.

El caso es que en Cuba todos debemos tener una dirección, la cual va incluida en el carnet de identidad obligatorio, e imprescindible para casi cada gestión, desde subir a un ómnibus nacional hasta comprar ciertas medicinas. Esa dirección a su vez debe estar registrada por el CDR en que usted vive, pertenezca usted o no a dicha organización. Y es precisamente en base a ese Libro de Registro de Direcciones de cada CDR que se elabora el Registro de Electores.

O sea, en Cuba existe un muy bien montado sistema de control, para determinar el número de votantes, y su ubicación, que solo podría fallar en caso de que la organización encargada de hacerlo funcionar, el CDR, hubiese dejado de marchar como debiera…