Una pelea cubana contra la Calumnia.

José Gabriel Barrenechea.

Cierta tarde, ya muy difuminada en mi memoria, Hilda Ravilero, aquella dama de cuyos gestos y palabras no podía desprender mi atención cuando me sentaba, aun adolescente, a ver su programa en mi viejo televisor ruso, invitó a conversar creo recordar que a Raulito Roa. Todo es brumas en aquel programa, excepto un pequeño tramo, que ha quedado remachado en mi alma de cubano viejo. No recuerdo la pregunta que respondía, solo a, ¿Raúl Roa, el joven?, indicando para un rincóndel estudio:

-¿Ve esa maceta? Pues en ella hay más tierra que toda la que tenía Aureliano en Guatemala, o en cualquier parte.

Se refería, claro, a las tierras que según Eduardo Chibás el Secretario de Educación del gobierno de Carlos Prío, Aureliano Sánchez Arango, había comprado para sí en Guatemala con dinero robado a de dicha secretaría. Calumnia no inocente del “Adalid de Cuba”, que bien sabía que el dinero que en realidad haya se enviaba tenía no otro objeto que apoyar a la Guatemala de Arévalo, tan mal vista por ciertos sectores de la política y las finanzas americanas.

Eduardo Chibás, alguien que se daba un tiro cada vez que se le “perdía” una maleta, o temía no resultar electo a una Constituyente[i], el único político cubano de relieve que en el periodo auténtico se opuso abiertamente a ayudar al gobierno progresista de Arévalo, o a pedirle explicaciones a los americanos por su actuación en Puerto Rico. Eduardo Chibás, el mismo que un régimen que se pretendió y se pretende antiimperialista elevó desde un inicio a lo más alto de su Panteón Revolucionario, mientras a Aureliano, que nunca hizo del peculado o de la histeria política, solo le reservó la execración.

Y es que larga data tiene la calumnia en Cuba como forma de medro. Carpentier, al leer la papelería cubana del siglo XVI, conservada en los Archivos de Indias, señaló en su momento ese espíritu de “denuncia”, por lo general anónimo, casi siempre calumniosa, que todos practican contra todos en los albores de la Isla. Observación que Carpentier hace, y no por pura casualidad, a fines de los sesentas, cuando en Cuba ya existía una institución para promover, recoger y canalizar todas esas “informaciones” hacia los órganos represivos del régimen: Los Comités de Defensa de la Revolución, los CDR.

La calumnia llegó a género literario durante nuestro siglo XIX. Sin embargo, aunque es en esencia de tema cubano, su autoría no procede casi nunca de la pluma de compatriotas nuestros, sino de españoles. Léase las Cartas Criollas para el Camagüey, o a autores como Vicente García Verdugo, Tesifonte Gallegos, Rafael Guerrero, F. Moreno con su Cuba y su Gente, a la que le respondiera don RaimundoCabrera en su sublime Cuba y sus jueces(alguien de quien se ha difamado mucho en la Cuba bajo ocupaciónde los mediocres, pero que padeció por su Patria lo que todos sus calumniadores juntos no han hecho nunca), por solo citar algunos de los que ahora tengo a mano.

Para el lector informado de hoy resulta inconcebible como se pudo entonces creer en tanta calumnia que publicó la prensa integrista. ¿Cómo se pudo dar crédito a que aquellos hombres, que antes de la guerra disfrutaban por lo general de una estándar de vida muchísimo más elevado y refinado que el de cualquier español contemporáneo, y que durante ella debieron sufrir la desnudez, el hambre, la intemperie, el exilio y la pobreza, que aquellos Aguileras, Eduardos Machados, Céspedes, Agramontes, Morales, Cisneros, lo sacrificaran todo solo por ser agentes fieles, valientes y decididos al servicio de Washington, del Presidente Ulises Grant y su secretario de estado MisterFish? Porque amigos míos, les informo que esa acusación no la inventó el actual régimen. Para comprobarlo les recomiendo que lean por ejemplo las memorias de Gerardo Machado, de la que podríamos extraer algunos fragmentos y publicarlos en Granma sin que para nada desentonaran(más adelante este blog publicará algunos).

Entre nosotros la calumnia no suele quitarle el sueño a sus autores. En Cuba todos estamos muy seguros de que la verdad, la razón y la justicia están de nuestro lado, y que si no le encontramos algún punto débil, vulnerable a nuestro contrario, se debe no a otra cosa que a su malévola capacidad para ocultarlo. Por ello, como no podemos permitir de ningún modo que este triunfe y consecuentemente el Mal se expanda, pues no hay que tener escrúpulos de ninguna especie ante cualquier recurso: Para algunos la calumnia es un deber, y por tanto el calumniador más que un inmoral es un héroe.

Pero también hay algo más. Los cubanos no parecemos conformarnos con las justas razones, al parecer necesitamos amontonarlas hasta ocultar lo combatido bajo una pila amorfa de ellas. Así, por ejemplo, para la generación que tumbó a Machado no bastaba con que este hubiera subvertido el orden constitucional, o el evidente desmande de sus órganos represivos. Del Machadato no podía quedar nada, y que mejor manera que enlodando hasta lo mejor de su periodo de gobierno (que como en todo hubo sus luces también), así surgió la leyenda negra de la carretera central: Está tuvo menos ancho que el proyectado porque lo que faltó fue al bolsillo de Machado y sus guatacas más próximos, Carlos Miguel de Céspedes, “Pepito” Izquierdo, Viriato…Leyenda que cualquiera puede comprobar falsa si dispone de tiempo para disfrutar de la lectura de Las Siete Maravillas de la Ingeniería Civil en Cuba, de don Juan de las Cuevas, y publicado por la Editorial Científico Técnica; en La Habana, no en Miami.

¿Qué hacer contra la calumnia? Pues un gran esfuerzo de atención por parte de cada uno de nosotros. De ese mal no nos defiende ninguna autoridad superior, o incluso suprahumana, porque de hecho semejantes “defensores” suelen establecerse o mantenerse gracias a ella. Somos los individuos, los ciudadanos, los que debemos defendernos individualmente de la calumnia y de quienes la utilizan para sus intereses. Somos nosotros los que debemos insistir en la presentación de los dichosos maletines con las pruebas dentro, o exigir qué como fuente válida no pueda citarse a un tío del señor que le vende el pan al primo de un emigrado que cierta vez nos salpicó con su carro al pasarnos por el lado en una tarde de lluvias.

 

 

[i]En su polémica con Aureliano,Chibás decía poseer en una maleta las pruebas de los robos de aquel. Presionado para presentarla, al no tener ninguna, por no haberlas, optó por una forma radical de calumnia: darse un tiro. Porque Chibás ya se había dado un tiro por el mismo lugar doce años antes, cuando temió no salir electo para la Constituyente del 40. Un segundo tiro en la ingle, con una trayectoria muy bien estudiada, que por desgracia se complicó a la semana.

Una necesaria aclaración.

José Gabriel Barrenechea.

Me disculpo con antelación de mis lectores, pero en los próximos días no voy a poder sentarme a escribir ni una línea. Voy a irme de francachela con los 500 dólares que les afané a la gente de la NSA, y a los miamenses que cooperan con las campañas revisteras subversivas. Ya saben: mujeres, alcohol, juego, prendas, una dentadura de oro… después que cuelgue esto.

He estado reflexionando que hacer con ese dinerito, y bueno, a la verdad, sería malgastarlo comprándome otro par de zapatos además del único que tengo; mucha más ropa que mis 4 pantalones de los adquiridos en las “tiendas de yuma muerto”; una nueva viga central para que la casa de mis padres no nos caiga arriba; quizás una altísima valla en el patio para que no se nos cuele en el comedor y las habitaciones la peste de las cochiqueras de nuestros vecinos; o una buena inversión para que el viejo no tenga que seguir tostando café a sus ochenta y tres, después de haberse sacrificado por esta “Revolución” muchísimo más que lo que ha hecho cierta señora de cierto blog, muy dado a la infamia, que por lo que leo hasta amigos tiene de los que desde Miami cooperan con dinero para la “subversión revistera”. Mi padre, a diferencia de la, ¿compañera?, es consecuente con lo que cree, y por eso nunca tendría amigos semejantes. Por esa consecuencia lo admiro.

Claro, la referida señora no es más que un peón en este juego. Quienes importan son quienes mueven su mano, y que al parecer han decidido aprovechar mi silencio, por respeto de otros, para manchar mi reputación. Como a los otros no les ha importado saber qué pasó, pues no tengo razón para mantener mis escrúpulos. Por lo tanto, voy a explicar porque salí de Cuadernos de Pensamiento Plural…

Un imprescindible aparte antes de comenzar: Para cualquiera que lea Plural es evidente que esa publicación éramos Yo, y en menor medida, aunque significativa, Félix Castilla, que no solo le ha dado su particular visualidad, su corporeidad más bien, sino también una considerable parte de sus textos. Su editor, sin embargo, he sido yo. Muchas de sus páginas están ocupadas por trabajos míos (según los segurosos yo cree Plural porque no tenía donde meter lo que escribía), y las restantes han sido llenadas gracias a mis búsquedas bibliográficas o a mis particulares relaciones personales dentro de la república de las letras santaclareñas. Relaciones que venían desde el tiempo en que trabaje en el ICL, y que organicé, por ejemplo, el entramado literario de la Feria del Libro 2010 en Santa Clara. Relaciones que se mantenían, y mantienen, a pesar de mi postura abiertamente opositora, y que rendían frutos para la revista, porque en ese medio se sabía que Barrenechea ni se aprovecharía de ellos, ni manipularía sus opiniones, y mucho sus actitudes para darme celebridad de “pervertidor de intelectuales”. A su modo de ver trataban con un juicioso editor de una publicación que bajo mi control mantendría la seriedad. Confianza que llegó al punto de que un autor tan sinceramente revolucionario como Idiel García, presidente de la AHS en Villa Clara, llegóa entregarme un trabajo para la revista que sin embargo no pudo ser publicado por las habituales limitaciones de todo tipo de algunos “hermanos de lucha”.

Pero entremos en materia.

A fines de abril presentamos el poemario de Rafael Vilches publicado por Neopress. Desde un inicio me opuse a presentarlo en un espacio público, ya que esto significaría una provocación al régimen, que traería como consecuencia la desarticulación del grupo ya existente, y alejaría a otros que ya se acercaban. Mas predominó el deseo de figurar más que el de trabajar con calma, y debí ceder: Los recursos no los gestionaba yo.

Cuando se hizo en los altos de la librería Pepe Medina, de verdad creí que se había alcanzado un arreglo sin mi conocimiento; que para evitar problemas mayores el régimen había aceptado esta variante que le habrían propuesto otros. Me pareció incluso que aquello era un intento de resemantizar aquella presentación. Yo, de hecho, no estoy cerrado a esos acercamientos, por tanto no los juzgo más que por su utilidad momentánea, y por sobre todo al largo plazo (lograr que el régimen ceda aunque sea un milímetro es ya un logro).

Varios días después se me advirtió por varios de los escritores implicados, que estaban citados esa tarde para Cultura Provincial, con el partido y la policía política, “para nada bueno”. Y nada bueno debía de ser cuando al que debía dejarle varios trabajos para la revista se negó a aceptarlos: “porque ahora no puedo tener eso en la computadora, seguro ahorita me meten un registro”. También llegó a mi conocimiento (por otra vía), que el día anterior se había decidido separar de su puesto de trabajo a la directora de la Librería, que había accedido a la presentación sin que nadie le dijera en qué consistía (comoen verdad nadie le informó en qué consistía aquello).

Ante la situación asumí la misma posición que ahora adoptaría sin dudar: Canjear mi completa salida de Cuadernos por la permanencia en sus puestos de todos los implicados que evidentemente no se habían prestado para una posible “jugada”.

Pacto que al fin se logró.

Se preguntarán entonces algunos: ¿Por qué si todo salió tan a pedir de boca yo publiqué mi “Carta Abierta” del 2 de mayo, en la mañana? ¿Por qué arriesgar lo que tan bien había salido?

De hecho yo no tuve la respuesta afirmativa a mi propuesta hasta esa tarde, que cierto personaje se comunicó conmigo para comentarme además, que “la carta está en candela” (en Cuba todo parece arder en estos días).

Pero sobre todo porque simplemente no fue tan fácil. Como otros, poco después vi, el régimen pensó que mi actitud se debía a mi intención de evitarme problemas a mí mismo, y en consecuencia se le ordenó a la policía política me retuviera en Encrucijada. Así, en la nada pequeña estación de dicha policía en Encrucijada se me presionó por horas (“porque esto ahora viene en candela”), con amenazas de actos de repudio a la casa de mi padre, adonde ahora vivo circunstancialmente, para que firmara un ridículo y cursi documento en que me declaraba un Raúl Capo… disculpen, un agente fiel, valiente y decidido.

Fue por eso por lo que escribí mi “Carta Abierta”. Si el régimen no la hubiera “cagado” intentando, como siempre, con sus recursos y partes matoniles, ni tan siquiera hubiera subido un posts 2 horas después, ni hubiera publicado 16 en mayo. Como también si no la hubiera “cagado” ahora con el dichoso chisme que publicó la señora de marras, esto tampoco se publicaría.

En resumen: Sí pacté. Lo hice no por mí, con quien es casi seguro no se habrían metido, mientras que si me hubiera dedicado a publicitar a los cuatro vientos la represión que había desatado con mi hábil manipulación de los “intelectuales”, habría ganado, por el contrario, mucha celebridad. Para ello debería haberme desinteresado de que botaran de sus puestos de trabajo a muchos, y no solo del grupo de presentadores enterados. Claro, si Plural hubiera tenido a su disposición el dineral que se me acusa haber robado, no habría habido problemas, con ello pagaría de inmediato el sueldo oficial anual de 4 de ellos.

Como se ve no hay nada oscuro en mi salida de Cuadernos de Pensamiento Plural.

Pero es más: Si la señora aludida quiere entrevistar a este bloguero para desenmascarar su escasa naturaleza “independiente”, no habrá problemas. Claro, si publica absolutamente todo lo que yo responda, y no lo que ella crea que no le va a traer problemas.

¿Se anima? Vamos, mujer, a ver si le quita ese tufo chancletero a su blog… Y no tiene que estar prestándose a rumores. ¿A usted pensado si todo no fue más que una celada del enemigo-amigo miamense?

Ah. Y salúdeme a Chang…

Para acabar un Embargo.

José Gabriel Barrenechea.

La Nación Cubana no nace de una supuesta voluntad de segregarnos del mundo occidental en expansión. Cuba adviene, más bien, por la voluntad de los cubanos de conectarse a ese mundo del que los intenta aislar la mentalidad conventual de la Corona Española. Desde esa perenne revuelta criolla contra aquella, que es en definitiva el comercio de rescate, hasta el pase al mercado negro de los actuales importadores de ropa a quienes el monopolio estatal pretendió hacer desaparecer, pasando por la revuelta de los vegueros o la misma Guerra de los Treinta Años por nuestra independencia, lo cubano se ha manifestado por sobre todo en un ansía de conectarse con el naciente mundo de la modernidad, y en consecuencia, en el enfrentamiento al espíritu galalaico-castellano de encierro.

Esa actitud que, desde los inicios mismos de la colonización asumen los habitantes de la Isla, de no dejarse encerrar en el entramado monopolista comercial de las Leyes de Indias, su irreverente imposición de las propias reglas, que incluyen el intercambio abierto con todos los que por esos siglos navegan por el Mar Caribe y por la cara americana del Atlántico, se transforma, con la ocupación de La Habana por los británicos, y más tarde con la Revolución Francesa que saca del juego a Haití, en la aspiración clara y distinta al Libre Comercio.

Cuba es la primera nación occidental que nace con y por esta aspiración. Es precisamente ella la que une por primera vez en un interés común a todos los cubanos de las clases libres, o lo que es lo mismo, de las que por entonces cuentan.

La culminación de esa aspiración fundacional nuestra es, a no dudarlo, la Doctrina Grau. No hay mejor enunciación suya que las siguientes palabras que Guillermo Belt Ramírez, Presidente de la Delegación Cubana a la Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz de Río de Janeiro, en 1947, pronunciara ante ella:

“La Delegación de Cuba considera que el capítulo que se refiere a las amenazas y los actos de agresión será incompleto y carecerá de valor si en el mismo no se incluyen las amenazas y agresiones de carácter económico. La simple notificación que un Estado haga a otro de que aplicarán sanciones o medidas coercitivas de carácter económico, financiero o comercial, si no accede a sus demandas, deberá ser considerada una amenaza. La aplicación unilateral de estas medidas deberá ser considerada como un acto de agresión”.

Doctrina que si bien los cubanos no logramos hacer adoptar como principio de las relaciones internacionales en 1947, si lo conseguimos en 1948 (al menos en el papel), en Bogotá, cuando en la Carta de la Organización de Estados Americanos, en su artículo 16, quedó establecido:

“Ningún Estado podrá aplicar o estimular medidas coercitivas de carácter económico y político para forzar la voluntad soberana de otro Estado y obtener ventajas de cualquier naturaleza”.

¿Cómo entender entonces que algunos cubanos apoyen al presente el Embargo de los EE.UU. a nuestro pueblo, o lo que es lo mismo, una nueva forma de encierro, una violación de nuestra aspiración constituyente?

En un anterior trabajo me referí a las semejanzas entre dos de nuestros extremismos, Anexionismo y Nacionalismo Radical (castrismo); a la sospechosa manera en que uno y otro justifican su existencia en la del otro. Pues bien, algo parecido se percibe entre quienes apoyan el Embargo, y los partidarios de la ortodoxia castrista. Por lo menos unos y otros afirmanimprescindibles sus radicales posturas y actitudes debido a las mantenidas por el otro.

Para cualquiera que entienda la particular y excepcional naturaleza del régimen cubano, resulta evidente que la desaparición del Embargo significará para él una herida de muerte. Mucho más ahora, cuando se acerca de manera irremediable al momento en que la “generación histórica” saldrá del juego, y en que necesariamente habrá un vacío de poder hasta que los nuevos dirigentes cooptados por dicha generación logren adquirir la suficiente legitimidad, más que nada ante el resto de la nomenclatura, y sobre todo ante las instituciones armadas.

El régimen cubano pertenece al grupode los que en su momento intentó imponer una versión diferente de convivencia humana a la del mainstream mundial. Fracasado ese intento, solo le quedaba un camino para seguir existiendo sin grandes variaciones de principios: aislarse sanitariamente del mundo que lo rodeaba. Norcorea, por ejemplo, fue efectiva en ese reto: La estabilidad de la dinastía de los “chinitos siniestros” se explica en buena medida por suprobada capacidad para poner a vivir a sus súbditos en la cara oculta de la Luna.

En el caso de Cuba ese aislamiento hubiera resultado mucho más difícil de imponer desde dentro, por la misma naturaleza de nuestra Nación. Pueblo atlántico más que latinoamericano, el régimen no logro desconectarnos por completo de Occidente ni aun en los tiempos en que el CAME aseguraba cierta prosperidad relativa, así que resultaba poco previsibleque lo consiguiera tras la desaparición del campo socialista. Mas no hubo necesidad: el aislamiento se lo regalaron, y en bandeja de plata, desde el exterior; desde los EE.UU. nada menos, o sea, desde la nación que por fuerza es el principal complemento de una economía como la nuestra, incapaz de la autárquia económica.

Si el régimen cubano ha sobrevivido 25 años a 1989, solo se explica en un final por el mantenimiento y hasta endurecimiento del Embargo de los EE.UU.

Es innegable que ante el levantamiento del mismo el régimen no habría respondido sino con más desplantes, y para nada con una política respetuosa de los derechos políticos y civiles. Sin embargo, le habría resultado muy peligroso responder auto-bloqueándose, por lo que habría tenido que a la larga adaptarse a las nuevas condiciones y situaciones consecuentesa la desaparición del Embargo.

Cada medida en la dirección de un auto-bloqueo como respuesta, solo habría aumentado el descontento, al que en la nueva situación ya no habría manera de contener con argumentos de ciudad sitiada; porque sin sitio concreto ya no podría haberlos. Si estos argumentos, debido a su carácter tangible logran por lo general llegar a la embotada sensibilidad de las masas, y en consecuencia consiguen su apoyo para quienes los invocan, no ocurre lo mismo con los etéreos del tipo de los del “Carril Dos”. Las masas suelen estar predispuestas al tipo de enemigos que implica la ciudad sitiada, pero no a los de la “sutil penetración ideológica”, y sobre todo cuando esta última iría necesariamente acompañada de un considerable mejoramiento de sus condiciones de vida, ya que téngase presente que la eliminación del Embargo habría ocurrido en años en que solo se podía ya ir hacia arriba, como 1993.

Al régimen, por lo tanto le habría resultado imposible ponerle barreras al enorme flujo de personas, de información, de dinero y oportunidades, con los consiguientes intereses en su continuo engrosamiento que aquí surgirían, hasta en la misma nomenclatura. Como hemos visto de ninguna manera podía responderal levantamiento del Embargo con un auto-bloqueo, y debido a ello habría tenido necesariamente que cambiar. El totalitarismo habría sido lo primero arrasado por el torrente de la apertura, y su lugar lo habría ocupado un autoritarismo de partido único que muy poco habría tenidopara intentar permanecer, salvo el carisma de Fidel. Mas el carisma de Fidel mismo no habría conseguido sobrevivir a la larga con las fronteras abiertas de par en par y en una circunstancia en que lo cotidiano fuera lo habitual.Hombre de lo aislado y lo trascendental, también él pronto habría sido superado.

De hecho, si el Embargo se hubiera levantado en 1992, es muy poco probable que el régimen hubiese podido aguantar hasta que sus órganos de inteligencia consiguieran afirmar el régimen chavista en Venezuela. Es así casi seguro que Cuba hubiesecomenzado a transitar hacia la democracia antes del arribo del nuevo milenio.

Mas no sucedió de esa maneraademás de porque en general ni el público ni los políticos suelen aceptar nunca como eficaz o moral el uso de la paciencia,del más que empujar abrir cauces a las tendencias a colapsar inmanentes a ciertos regímenes, por la particularidad de tres posturas, que aun sin quererlo (o al menos eso pretenden sus sostenedores), contribuyeron a la ilógica persistencia de un régimen como el cubano: La de cierto sector de la política norteamericana que vivesu relación con Cuba de la misma forma guapetonil que los castristas viven la suya con ellos, o sea, que ceder, transar, no es una opción; lade unapoderosa porción de nuestros emigrados,quienes prefirieron pensar en términos de reclamación de bienes nacionalizados,y noen los de una democratización de la que no era seguro obtener todo lo que se esperaba si por el contrario se lograba arrodillar al país (más que a los Castros, no nos engañemos); y porque otro grupo considerable, por sobre todo entre la gran mayoría de los disidentes (con honorabilísimas excepciones: Payá, por ejemplo, aunque no el único), no se atrevían de ninguna manera a imaginar una política que los separara de ese sector anterior.

Esperar que con presiones exteriores sobre el régimen se logrealgo es contraproducente, no encaja con las mismas razones que se dan para no cambiar de las presiones a la paciente apertura de cauces a la inmanente tendencia del régimen a decaer: Hasta a un escolar le es evidente que a este no le gusta ser presionado, que en esa situación actúano de otra forma que enquistándose más y más. Pero es que además, actuando de esa manera se consigue a su vez solidarizar aún más a las masas con el régimen, ya no solo por su discurso de ciudad sitiada en el que se las presenta como las principales perjudicadas (en lo que, como vimos, hay al menos una pizca de razón), sino también porque los cubanos tendemos a ponernos siempre del lado del que es presionado.

Solo dándole sin precondiciones lo que no puede rechazar sin perder credibilidad, solo cediéndole lo que a la larga él no puede asimilar, se logrará democratizar a Cuba (aunque por desgracia, para mí también, por cierto, no es nada seguro que se obtengan restituciones de bienes nacionalizados). A no ser, claro, que como ya advirtió Yoani lo que se pretende no sea otra cosa que meterle presión a la caldera hasta que explote… Lo cual créanme, no le conviene a nadie, excepto a los elementos caóticos de nuestra sociedad (que no son pocos), o de las colindantes.

El régimen cubano ha organizado a la sociedad cubana de manera tal que cualquier apertura profunda hacia un mundo que en su momento pretendió superar, y del cual tanto se diferenció, implicará cambios en dicha sociedad que tarde o temprano la obliguen a desembarazarse del régimen, o a este a acomodarse a los mismos, en una medida que lo conducirían a una gradual ampliación de la soberanía, y por tanto a su desaparición. Cuba no es China, un estado de 1400 millones de habitantes que es capaz de dictarle sus condiciones al mundo, no es tampoco una nación no occidental como Vietnam, o un régimen autoritario con economía capitalista que sería capaz de asimilar, con total facilidad, aun los relativamente escasos flujos de capital que correrán hacia acá, o las consiguientes presiones que estos ejercerán para el establecimiento de legislaciones claras en lo económico, lo financiero, lo impositivo, pero también en lo civil, lo penal…

El régimen cubano no vive en la realidad del presente, y por tanto ha debido rodear a sus súbditos en un capullo de símbolos, en un país de fantasías de mal cartón que la primera brisa se llevará, si abrimos de par en par puertas y ventanas.

Hay algo más, y no lo menor: Pretender alcanzar la libertad mediante las presiones económicas de externos, además de no caber en nuestra naturaleza, es asumir, en el caso poco probable de que sirviera para algo, deudas de gratitud demasiado gravosas. No solo debemos pensar en comenzar la democratización, en buena medida porque su éxito dependerá de que tras el minuto cero logremos un país apto para aprovechar todas sus posibilidades de desarrollo, que no son pocas, por cierto, pero que dependen de nuestra independencia política.

Es además inmoral, porque supone utilizar la miseria de nuestra misma gente para conseguir lo que en todo caso nosotros, los que nos pretendemos líderes suyos, no hemos podido. Un político no está para obligar mediante coacciones a que las masas hagan lo que ellos consideren, a no ser que las coacciones empleadas sean de tipo moral, en que mediante el ejemplo personal se provoca la acción gracias a la vergüenza.

Alcanzar la democracia por nosotros mismos es posible, y al hablar de nosotros incluyo a todos los cubanos, vivan donde vivan. Es cierto que los de adentro no podemos prescindir de la solidaridad de otros países (si el régimen no nos ha fusilado a todos de una buena vez, no nos engañemos, es no por otra razón que por el miedo al escándalo internacional), o que los de afuera no pueden dejar de utilizar sus redes de influencia, pero lo que si no podemos es pretender que otra Nación nos haga lo que a nosotros, y solo a nosotros nos toca (es bueno recordar aquí que no solo hay cubanos emigrados en los EE.UU.). Más cuando los mismos mecanismos que pretendemos utilizar van tan en contra de nuestra naturaleza de pueblo atlántico, fundado sobre y por la aspiración al más completo intercambio con el mundo, y específico con nuestra civilización: la occidental.

TUBULAR BELLS.

José Gabriel Barrenechea.

Se sentaban sobre una semiderruida cerca de piedras. Abajo, a un costado, les quedaban el pueblo y sus luces; arriba, el cielo repleto de estrellas.

-¿… y muy lejos?- preguntó el niño.

-Muchísimo. ¿Ves esa de allá, la azulosa? Si se apagara ahora mismo, nosotros no nos enteraríamos hasta dentro de 200 años– le respondió su padre.

Bajó la mirada desde el cielo hasta sus pies, que colgaban a poco más de un metro del suelo. Le costaba imaginar que algo se apagara y él no lo advirtiera de inmediato.

– Pero así y todo lo lejos que están, algún día se llegará hasta ellas– continuó su padre. –Tú lo verás, cuando seas viejo, pero lo verás.

-¿En un cohete?

-Sí, pero en uno más potente que los de ahora. Para entonces ya estaremos en el comunismo y no habrá más países: ni Cuba, ni los Estados Unidos…

-¿Tampoco va a haber Estados Unidos?

-Allí también habrá triunfado la Revolución.

Permanecieron un par de minutos en silencio, el padre con la mirada en el firmamento; el niño de nuevo en sus zapatos.

Como un destello, toda una larga serie de recuerdos se unieron en su mente en una certeza que le armó un nudo en la garganta: El tiempo cumplía una función más que la de amparar sus, en apariencias, interminable tardes de juegos sobre las baldosas del patio. El tiempo también marcaba los límites, incluso los de él mismo.

-Papi, ¿yo me voy a morir?

Se volvió. Los ojos de su hijo titilaban a escasos centímetros de los suyos.

-Todos moriremos algún día. – le dijo al oído, mientras lo apretaba contra su pecho – Pero a ti te falta mucho, mucho tiempo. Tanto que en un futuro esta noche te llegará a parecer muy vieja, como si la hubieras vivido en otro tiempo. Un tiempo de leyendas.

De lo lejos, quizás desde el centro de la isla, el terral se traía a ratos el lejano bramido de un ingenio.

Se mantuvieron abrazados un minuto, tal vez dos. Al cabo, el niño olvidó. Pero solo por el momento.A fin de cuentas los abismos, cuando nos sorprenden, es para convertirse en parte inalienable de nosotros mismos.

-¡Cuando sea grande voy a ser cosmonauta!- gritó, como si hubiese encontrado la muy buscada respuesta a cierta pregunta anterior.

– Pero para hacerte cosmonauta no puedes seguir tan mono, tienes que comértelo todo para que te pongas fuerte, porque si no, no vas a pasar ni las primeras pruebas.

-¿Cuáles pruebas?

-Nadar, correr, levantar pesas, girar en ruedas sin marearte…

-¿Dar vueltas igual que los pilotos?

-¡Claro!, porque para hacerse cosmonauta primero hay que graduarse de piloto.

-¡Pues yo voy a estudiar para manejar un MIG-15!

Regresaron al pueblo tomados de la mano. Desde las casas que flanqueaban la calle les llegaron las notas futuristas de Tubular Bells, que alguien, allá en La Habana, había escogido como tema musical de un programa de televisión. Al padre las notas le provocaron otra efusión de divagaciones optimistas.

-Cuando se llegue al comunismo y la ciencia se ponga al alcance de todos los hombres, de seguro se le descubrirá una cura a la muerte. Quizá no sea en los próximos años, pero como tú vas a hacerte cosmonauta y viajarás a la velocidad de la luz…

-Pero, papi, si no me voy a morir nunca, ¿entonces voy a poder ir a todas las estrellas que se ven allá arriba?

Habían llegado. El hombre abrió la portada del jardín y el niño corrió hacia su madre, que llevaba ya un rato esperándolos en el portal.

-¡Mami, mami, voy a ser cosmonauta, como Yuri Gagarin!

No se detuvo mucho. Siguió hacia el interior de la casa para informar a su abuelo de su trascendental elección.

-¿Cómo la pasaron?- preguntó ella, en cuanto él llegó a su lado después de atravesar los rosales y limoneros del jardín.

“Bien”, le respondió él, con un gesto.

-Aquí estuvo Armando. Dice que mañana quieren verte en el Partido- le espetó ella tras una corta pausa.

-¿Algún problema…?

-No, no, nada, ¡¿qué va a ser, chico?!, otro curso u otra mierda cualquiera que nadie quiere pasar y bueno, ahí está el bobo maletudo de Joseíto, pa’ lo que sea.

Quiso ponerla en su lugar, mas no pasó de eso, de querer. Con cualquiera de las otras mujeres con las que trataba a diario le hubiera bastado con empezar con un “compañera”, y luego seguir con la consabida retahíla de correctas razones. Con ella, sin embargo, tal proceder solo empeoraría las cosas.

La fragancia de un galán de noche los envolvió por unos segundos, luego el viento recobró sus derroteros habituales.

Su esposa regresó a adentro, a intentar que el niño bajara la voz, no fuera a despertar a su hermana menor. Se dio la vuelta y se aferró con fuerza a la barandadel portal. Por el resquicio de la puerta entreabierta, a sus espaldas,novio pasar a su bolígrafo nuevo en un viaje intergaláctico, entre los dedos de su hijo.

Por primera vez, en nueve años,de su propio tiempo de leyendas le llegó un recuerdo. Uno de esos recuerdos que como fragmentos difuminados parecen emerger de un océano de oscuridad: Un cowboy cabalgando solitario, sobre una ilimitada pradera, camino del espejismo de unas montañas. La escena de una vieja película en blanco y negro, de las de la matinée. Su padre a su lado susurrándole algo de unas tales Rocallosas, y de una siempre elusiva última frontera. Sobre ellos, a través de una tronera en el destartalado techo del cine, la estrella azulosa, distante a doscientos ocho años luz de la tierra y su futuro.

Más allá de la calle, tras los pinos de la casa de enfrente, cruzó una estrella fugaz. La fragancia del galán de noche lo envolvió de nuevo por un instante, por el instante en que comprendió de veraz que además de la muerte hay otros límites.

Por primera vez en onceaños de Revolución sentía con nitidez que aquella no se parecía a su vida.

Fuerza moral (4).

José Gabriel Barrenechea.

Advirtamos que si algo entendió muy bien la actual Dictadura es esta dinámica desmedida y paradójica de la cubanidad.

Dicha Dictadura también surgió de otra de nuestras fuerzas morales. Solo que a diferencia de la del 30, y en buena medida debido a ella, por el aquello de que nos parecemos siempre más a nuestros abuelos que a nuestros padres, sin olvidar la influencia que la atmosfera mundial de la época tuvo, no fue desde un principio una fuerza moral democrática. Cualquiera que haya leído los escasos documentos que tras de sí dejaron los otros dos grandes líderes de dicha fuerza moral, Frank País y José Antonio Echeverría, se sorprenderá de la similitud de pensamiento en general con las del único que quedó vivo: Fidel Castro. En los tres logra percibirse esa mezcla tan nuestra de moral-falangismo con socialismo soviético, que ha caracterizado nuestra vida política a posteriori de 1959.

Contrario de lo que muchos piensan, la generación de 1956 si sintió con claridad el espíritu de las masas cubanas de entonces, su trascendentalismo constitutivo liberado en el 30, pero que por entonces se juzgaba traicionado por los mismos que lo echaron a rodar. Imbuidos ellos mismos de la desilusión popular con los muchachos del 30, ya para entonces respetables cincuentones, que han permitido el establecimiento de ese sistema político tan poco dado a la espectacularidad llamado democracia, los muchachos del 56 han decidido que las cosas deben ser hechas con mucha más teatralidad.

Pongamos el ejemplo de la soberanía. La nueva fuerza moral, influida además de por todo lo que sucede en lugares como Egipto o en Bandung, por la naciente televisión, y por la generación de los “rebeldes sin causa”, entiende el nacionalismo desde la bravuconada y la espectacularidad. Para ellos la única forma de defender a Cuba pasa por reunir a medio país en una Plaza,y desafiar a los americanos desde la tribunaen el más perfecto estilo de la guapería rellolla.

Es esta la razón de por qué la resistencia de los sesentas no ha logrado convertirse en fuerza moral, de por qué no ha alcanzado a derribar a Fidel Castro: Ese sentido de la espectacularidad del nacionalismo de Fidel Castro y su generación política les ha permitido escamotearle a cualquier sucesor el ímpetu trascendentalizador. Porqueno podemos dejar de hacer notar que si algo distingue a lo trascendente, es que no suele percibirse en lo cotidiano si no en lo extra-cotidiano; esfera esta que cae por completo dentro de lo espectacular.

Pero ladictadura castrista, además, se ha dado a la tarea de evitar la constitución de otra fuerza moral con el establecimiento de un particular totalitarismo.Ha echado mano a diario a la calumnia y al desprestigio, al absoluto control de los medios, y hasta de los símbolos. Ha hundido a Cuba en la precariedad económica, a la vez que ha estatuido una legislación en que casi toda acción necesaria para continuar vivo cae de lleno en el plano de lo ilegal, de lo sancionable,manteniendo así al ciudadano en un precario estado legal, y en una indefensión casi completa frente a las autoridades. En fin, en un clima en el que es casi imposible el surgimiento ni de la ética requerida, ni de la inteligencia o cultura necesarias, o incluso del imprescindible orgullo de ser cubano en ese elemento joven, que se ha criado en un país que ven caerse a pedazos, dominado por la apatía, la abulia, el hedonismo, la mediocridad, el miedo, el deseo de poner mar de por medio…

Pero cuidado, a pesar del innegable daño antropológico el alma cubana aun alienta en el subsuelo de la Nación. Cincuenta años de aculturación sistemática en realidad se han estrellado contra la desmesurada esencia de la cubanidad, que en un final ha hecho como ya hizo antiguamente ante los Capitanes Generales con sus facultades omnímodas: Acatar pero no cumplir. Acatar, hasta un día en que todo parece salirse de los cauces esperados, hasta ese inexplicable día en el que tanto “cubanólogo”, tanto académico, pierde pie…

Hoy las paradojas de la Cubanidad nos vuelven a colocar en la misma encrucijada de siempre: Solo una fuerza moral podrá arrastrar a las masas a derribar la dictadura presente; esa misma fuerza moral que luego, a pesar suyo incluso, se convertirá en un peligro para la democratización…

¿Habrá manera de salir del ciclo cerrado, sea a la derecha o a la izquierda, en que hasta ahora hemos vivido? La respuesta solo parecen tenerla hombres como Miguel Díaz-Canel, cooptado por el actual presidente para sustituirle en el 2018. En sus manos está que por primera vez logremos realizar una transición, no una revolución… y que no nos engañemos, llegará si no se camina hacia una apertura política, porque está en la profunda naturaleza de la Nación.

Naturaleza caótica, desmesurada, contraproducente, necesitada de corrección, está bien, pero no obstante sublime, de esto que somos: cubanos.

Fuerza Moral (3).

José Gabriel Barrenechea.

La fuerza moral del 30 fue admirada hasta por los mismos machadistas, que no se escondían para demostrar ese sentimiento hacia aquellos “grupúsculos” de muchachos, que llegaron a armarle al régimen un avispero todavía peor que el del IRA a Inglaterra unos pocos años antes. Como antes de Maikel Collins en las estaciones de policía dublinesas, en las de la Habana se hablaba en voz queda, y por los rincones, de Ángel “Pío” Álvarez.

Sin embargo, aunque rodeados de la general admiración de la sociedad cubana, quedaba todavía un escollo que superar para que las masas se echaran a la lucha bajo su guía espiritual. Y es que lo que proponían para casi nadie pasaba de ser una quijotada, que de ponerse en práctica no pasaría sin consecuencias. Aquello, en la mente de las grandes mayorías, podía conducir no a otra cosa que a una nueva intervención americana amparada en la Enmienda Platt.

Porque atiéndase bien: El desafío de esta fuerza moral no era tan simple como tumbar a Machado. Consistía más bien en derribar a la Primera República, en realidad un semi-protectorado americano, y por tanto cambiar por completo la relación espiritual que hasta entonces habíamos mantenido con aquel vecino. Vecino, pared con pared, con el que habíamos crecido juntos y revueltos, y al que durante todo el siglo XIX habíamos mirado como el modelo moderno que contraponer a la medievalidad española.

Pero entonces llegó un nuevo presidente a la Casa Blanca, y poco después, en mayo de 1933, un nuevo embajador desembarcó en La Habana con la declarada intención de sacar a Gerardo Machado del poder.

SumnerWelles creyó que dominaba el proceso de transición y que todos lo que importaban lo seguían. Se engañaba el hábil diplomático graduado en Harvard, que por su misma educación y experiencia diplomática intentó encerrarnos en los angostos, para nosotros al menos, moldes latinoamericanos. Cuba pronto reveló que le quedaba demasiado grande al brillante intelectual que venía demasiado imbuido de la pedantería política, “objetivista”, que se enseña en el mundo académico americano.

Porque si el pueblo se puso en marcha no fue porque lo viera a él como el guía, sino porque su Mediación fue entendida como que había sido levantada la única restricción válida para no seguir a los jóvenes. A partir de que los americanos demostraron no sentir la salida de Machado de Refugio #1, lo que decían los muchachos, el modelo de país que proponían, el modelo de nueva relación con nuestros vecinos, aunque todavía de modo confuso, entró de súbito en el rango de lo posible para las masas cubanas, para poco más tarde llegar muchísimo más lejos, como todo en este pueblo desmesurado sin comparación hemisférica posible, que nunca se conforma con el dedo cedido cuando se ha puesto en marcha…

Fue tal su impulso, en definitiva, que cuando los muchachos en septiembre fueron en contra de la poderosísima Flota Americana del Atlántico, de los imponentes acorazados con sus poderosísimos cañones de 16 pulgadas, los siguieron sin vacilar.

Lo fundamental para que el proceso se saliera del curso que el sentido común dicta para cualquier otro pueblo, para que esa explosión súbita y sublime del espíritu de independencia del cubano se diera, fue el hecho de que los muchachos no se destiñeron.

Mientras todas las fuerzas políticas racionales del país (incluyendo a nuestras particulares gaticas de María Ramos históricas: los comunistas) corrieron a la Embajada, o entraron por la puerta de atrás, los muchachos dejaron muy claro que allí no se les había perdido nada. Y las masas, aunque en un primer momento también corrieron allá, no dejaron de notar aquella abstención. Por eso para ellas, ya subidas en esa búsqueda de la trascendencia que es inmanente al alma cubana, pero que normalmente va escondida bajo el cinismo hedonista que engendra la desilusión, después de su victoria del 12 de agosto son los muchachos los únicos posibles líderes espirituales del país. Y seguirán siéndolo por largos años.

De hecho la Nación ha seguido con tal devoción a su fuerza moral del 30, que solo cabe explicarse la caída de la democracia en 1952 por su gradual desilusión en esos muchachos a los que ha mirado como Dioses. Porque es la democracia del 40 el legado más trascendente de esos muchachos. Un legado que, por desgracia, se identificó demasiado con sus legatarios. Por ello, aun cuando estos hicieron lo imposible para evitar el resurgimiento de la Dictadura del Hombre Fuerte, fue la natural cotidianización de sus vidas que implicaba el esfuerzo democratizador lo que terminó restándole apoyo a una obra que las masas no entendieron por completo. Ellas, que habían seguido a aquellos muchachos como a seres trascendentes, al verlos descender del plano heroico de la lucha en clara desventaja al de la sosegada política cotidiana, solo percibieron en consecuencia corrupción.

Debemos tener por tanto muy en cuenta dos enseñanzas:

Cuba no cambiará mientras no aparezca una nueva fuerza moral, que digan lo que digan, nuestras masas no perciben en las actuales oposiciones, ni por su inteligencia, ni por su procedencia social, ni por su ética, y mucho menos por sus descoloridas propuestas que nada tienen que ver con la desmesurada alma cubana. Una fuerza moral que reviva esa ansia de trascendencia del cubano, que les proponga esa gran Nación en que el cubano solo admite vivir. Que les restituya su al parecer consustancial sentimiento de destino superior.

Esas fuerzas morales, por otra parte, pueden convertirse en un serio problema futuro para la democratización. Y lo pueden ser tanto por su posible corrupción política, que las lleve a convertirse en tiranía, como por la aparente corrupción, en un sentido más amplio, que engendrará su esfuerzo democratizador posterior. Esfuerzo que necesariamente los cotidianizará a los ojos de quienes hasta ayer los percibían desenvolverse en los planos extra-cotidianos en que siempre se coloca quien defiende la libertad frente a la Tiranía (continuará).

Fuerza Moral (2).

José Gabriel Barrenechea.

Puede parecernos, como le sucedió a Mañach, que el cubano no es un pueblo dado a reconocer al mérito relacionado con el ejercicio de la inteligencia. Mas para nada es así, solo que para el cubano, con el trascendentalismo ibérico a flor de piel conviviendo en la misma alma con el pragmatismo americano, inteligencia es solo aquella que sirve para algo concreto, solo que un algo concreto siempre desmesurado. El cubano no es que no piense, es que lo hace en grande o simplemente no lo hace.

El cubano, trascendentalista y pragmático, respeta y sigue con verdadera devoción una explosiva coincidencia de virtudes: Inteligencia viva, pero no mística o abstracta, aunque si dada a lo grande; moralidad y por último el ingrediente básico: disposición de ese elemento inteligente y moral a sacrificarse por la comunidad cubana; de cuya pertenencia a la misma el admirado-adorado, se muestra orgulloso por sobre todo lo demás.

El cubano de la “calle” sí se ríe de ese lamentable esperpento, que aunque inteligente y culto, trata de hacerse pasar por extranjero; de ese mamarracho que por sobre todo se avergüenza de ser cubano, y que por ello ante cualquier friegatuercas de allende está presto a denostar “del medio y de la incultura, de la mugre, del ruido…”. Pero ese mismo asere, ecobio o monina, verdaderamente ridículo en su pullover recargado de colores, rótulos e imitaciones de perlas, se inmola sin dudar por el cubano inteligente y culto que es capaz de ver, a su vez, lo desmesurado de la cubanidad latiendo muy adentro de esas someras actitudes o piezas de ropa.

Que me perdone Mañach, pero dudo que haya un pueblo más orgulloso de sus grandes inteligencias que el cubano. ¡Ni aun el francés! Pero de sus grandes inteligencias, cubanas.

El otro detalle imprescindible es la moral propiamente dicha. Una fuerza moral debe poseer una muy específica ética, sea dicho con antelación que la de un muy determinado grupo humano. Porque, y esto es relevante, a pesar de que comúnmente la conducta del cubano es la de alguien híper-democrático, nada dado a respetar jerarquías, sin embargo, cuando entra en su etapa no común, en que lo trascendental se respira por doquier, el cubano parece reconocer, y aceptar, la existencia de una especie de aristocracia, a la que naturalmente se subordina. ¿Pero qué grupo social es este?

No uno de fácil definición. No uno que pueda ser identificado ni con una clase social, ni con una élite específica, ni con un estamento determinado. Pero se pueden hacer acotaciones, no obstante, en la medida necesaria para este somero trabajo. Ese grupo lo integran siempre, como su núcleo verdadero, hombres relativamente jóvenes, de los “de su casa”, o lo que es lo mismo, procedentes de familias de clase media acendrada, no necesariamente acomodadas ni mucho menos, porque es vital que dicha familia esté de manera constante enfrentada a cierta inseguridad económica. Una familia admirada por sobre todo por la presencia directora en ella de una madre “luchadora pa’ su casa”, y por un comportamiento de ambos padres muy cívico en el espacio público, o ante el espacio público.

Esto de la procedencia de una familia semejante está dado por el hecho de que en Cuba solo en ellas parecen formarse las virtudes necesarias y, tal vez a consecuencia de la experiencia convertida en tradición, a que el cubano medio solo concede a individuos procedentes de ellas esa contradictoria admiración, a ratos adoración, que suele dedicarle a sus fuerzas morales.  

Porque en esencia las virtudes que se admiran del integrante de la fuerza moral no suelen ser más que las antípodas de aquellas a que el cubano medio en su trato diario suele dar preeminencia. Por ejemplo, en un pueblo tan dado desde hace siglos a los juegos de azar, no se reconocerá nunca como guía espiritual sino a quien nunca haya jugado. Esto está dado porque en el fondo el cubano medio, cultor en el día a día de un hedonismo basto, sueña el mismo con ser capaz de controlar sus apetitos. Anhelo, por cierto, que solo suelen exhibir los miembros de los escasos pueblos que se creen llamados a un destino trascendente.

Es esta en un final la explicación del estoicismo con que todas nuestras fuerzas morales se han presentado, que se respira en sus escritos, por sobre todo los de la que dirigió nuestras Guerras de Independencia. La que explica ese modelo de república estoica con que soñaba Martí, el sanctosantorum de nuestras fuerzas morales; o la suprema desilusión del pueblo con la fuerza moral independentista que ha abandonado su estoicismo en una república liberal y no virtuosa; o con la del 30, el desenvolvimiento de la cual retomaremos en la siguiente entrega.