La carta inconclusa de Martí a Porfirio Díaz.

A los participantes en el Seminario Nacional Martiano, reunidos en mi pueblito: Encrucijada.

José Gabriel Barrenechea.

Foto de la estatua de Martí en NYC tomada directamente como colaboración a El Hidalgo, aunque ahora también puede ser tomada a su copia en La Habana

Analicemos la última carta conocida de José Martí: La destinada a Manuel Mercado y que dejara inconclusa a su muerte el 19 de mayo de 1895.

Esta carta es asumida con demasiada frecuencia como el testamento político, antiestadounidense, de José Martí. Pero, ¿lo es en realidad?

Si como casi todos los estudiosos de su vida y obra coinciden, Martí ni se suicidó, ni tenía intención de ello, no cabe darle a estas líneas la trascendencia que implica tratarla como un testamento. No puede en consecuencia considerarse a esta carta más que como una más de las muchas que por esos días escribió quien intentaba sacar adelante la Revolución, y preparar la República.

Es innegable, sin embargo, su singularidad en otro sentido. Mientras casi todas las que escribió tras su arribo a Cuba tenían como destino a generales en campaña o a sus colaboradores más cercanos en el exterior, esta, junto a la carta al New York Herald del 2 de mayo, integra un muy definido grupo aparte.

En ella Martí hace política exterior de la Revolución.

Está destinada a un Subsecretario de Gobernación de Porfirio Díaz, el equivalente contemporáneo cubano de un Viceministro del Interior, y por lo tanto un hombre de la primera línea de la represión porfirista, proverbial por su brutalidad. Al funcionario que ha desempeñado ese cargo con tal eficacia que ha permanecido en él desde 1882, y lo hará aún hasta 1900, cinco años después de la muerte de Martí.

Alguien que es verdad, ha sido su amigo de sus meses mejicanos a mediados de la década de los setenta, pero que no podemos tampoco pasar por alto que es 15 años mayor que él, ya casado, con quien el joven y soltero Martí tenía pocos puntos en común. Alguien a quién ha estado largos años sin ver personalmente (solo por unos pocos días en el verano del 94), y con quien es evidente no coincide en lo esencial de su visión política: Mercado ha terminado en un muy importante y comprometido puesto dentro de la brutal dictadura ante cuya ascensión Martí, en protesta, decidiera dejar suelo mejicano.

Llama la atención que Martí, después de dejar Méjico, no restablecerá contactos epistolares continuos con Mercado sino cuando evidentemente trata de conseguir un espacio en El Partido Liberal, órgano oficial del Porfirato. Para abandonar una actividad laboral que lo ahoga espiritual e intelectualmente, sí, pero sobre todo para ganar una tribuna periodística importantísima para su labor en pro de buscar apoyos en Latinoamérica a la lucha por la independencia de Cuba.

Se reafirma el fin en el fondo utilitario de la relación, al menos desde el lado de Martí (que por su parte y de manera significativa no conservó las respuestas de Mercado, lo que habría permitido saber que animaba en el fondo a aquel), en que cuando ya por su abierto comprometimiento político en los planes para la Guerra Necesaria no pueda seguir colaborando con El Partido Liberal, suspenderá, en enero de 1890, casi por completo el profuso intercambio epistolar que había mantenido con Mercado desde 1882. Para no reanudarlo sino hasta mayo de 1895, y lo más sorprendente, con una carta en extremo prolija dada su misma situación, en que ni el tiempo ni las condiciones le abundaban.

Si nos fijamos, desde su desembarco en Cuba solo las dos destinadas a sus colaboradores más cercanos en el exterior, Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra, o al New York Herald, son comparables en cuanto a dimensiones. Cartas estas para nada personales, con fines utilitarios políticos muy claros.

No perdamos de vista lo en extremo complicado, y sobre todo lo peligroso, de sacar cartas al extranjero desde el campo de la Revolución. En realidad resulta muy difícil de imaginar que un hombre como Martí pretendiera usar el correo de la Revolución, y arriesgar vidas de compatriotas en consecuencia, solo para poder desahogar un tanto el alma con un compadre.

¿Pero si no era un desahogo, o una simple carta a un amigo a quien le cumple por lo mucho que ha demorado en escribirle, si no era tampoco un testamento ni nada parecido, qué hace a esta carta tan importante al punto de que Martí, en medio de la guerra y con una complicada situación política dentro del mismo campo revolucionario, le dedicara las varias horas que debió emplear en pensarla y escribirla, o el que considerara ponerla en papel aun a sabiendas de lo que costaba sacar al exterior cualquier documento? Una pista: El destinatario, su protector mejicano más que su amigo, le ha servido de introductor en una muy probable entrevista personal con Porfirio Díaz, en el verano del año anterior.

Como no tenemos constancia de que se haya efectuado esa entrevista, y mucho menos de lo que se habló allí, solo el análisis del texto, y de su contexto, puede respondernos a estas alturas esa larga pregunta del párrafo superior. Y lo primero que salta a la vista tras una rápida lectura de la carta es la pregunta de si la aplastante mayoría de sus intérpretes han pasado realmente más allá de su primer párrafo. Del consabido: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso…”, tan popularizado no solo por la propaganda gubernamental, sino por muy nombrados estudiosos cubanos de la obra del Maestro.

Martí comienza escribiéndole a Mercado: “Ya puedo escribir, ya puedo decirle con que ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía y mi orgullo y obligación”, lo que en sí no es más que una implícita disculpa por el largo tiempo que no “ha podido hacerle escribir una carta más sobre el papel de carta y periódico que llena al día”, como hacía el final del trunco texto explicita. No ha podido hacerlo en un final porque, como retoma a continuación: “ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber…”. O sea, él no ha podido escribirle porque la misma naturaleza trascendental de su obra, que por cierto lo incluye a él, a Manuel Mercado, como actor principalísimo, no se lo había permitido; al menos hasta ahora.

El primer párrafo funciona por tanto como una carnada para el específico lector de este texto, un Subsecretario de Gobernación de Méjico, con puerta abierta a Porfirio Díaz. Martí pretende ganarse toda la atención de su interlocutor, confabularlo con él desde el mismo inicio de la misiva, y por eso no pierde tiempo e improvisa una ingeniosa disculpa con que restablece distancias, mientras a su vez esa misma disculpa le sirve para introducirle, casi de inmediato y sin transición, en una interpretación de su Vía Crucis existencial. Reforzada por una anonadadora serie de fuertes imágenes poéticas.

Mediante este ardid literario Martí, que era muchísimo más que un intuitivo, presenta su labor por la independencia cubana como un intento más bien de proteger al Méjico de Don Porfirio de una supuesta amenaza norteamericana. Este es el verdadero sentido tras el tan citado “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso…”; puro artificio literario para impresionar a quien tan importante es para la independencia de Cuba. Al menos en los planes geopolíticos de Martí.

Para esa fecha Martí ha terminado por comprender que la guerra no será breve, lo que en realidad ya temía desde el fracaso de la expedición de “La Fernandina”. Consecuentemente, no bastaba solo con el dinero de los tabaqueros para financiarla. Por lo que ante la repugnancia de Martí a que la República naciera endeudada por el esfuerzo libertario, se imponía allegar los recursos necesarios, por sobre todo los bélicos, en las repúblicas latinoamericanas. En este caso Méjico, por su cercanía y fácil acceso a la Isla, y por lo imponente de los recursos militares que el Porfirato había reunido en su empeño por convertir a su país en una pequeña potencia regional, debió jugar un papel central en los planes de Martí.

En el segundo párrafo Martí ya pasa a la ofensiva. Mas el político Martí no arrincona. Sus intenciones se nos transparentan en esa frase cortada por guiones de mal engarce gramatical: “Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos les habrían impedido la adhesión ostensible…” con lo que les ha dejado la puerta abierta a los mencionados pueblos para ayudar sin remordimientos a Cuba en el presente, o en el futuro, aun cuando nada hayan hecho por ella en el pasado (o hayan hecho en su contra, como fue el caso durante la Conferencia Panamericana de 1889).

Pero también los condiciona sutilmente a brindar esa ayuda: El que no lo hayan hecho antes es cierto que se explica por lo dicho, pero de ahora en adelante, cuando ya son conscientes de que alguien se sacrifica por “el bien inmediato y de ellos”, ya no. Negarse a ayudar a quien se ofrenda por cegar la posibilidad de que los pueblos de Nuestra América se anexen al “Norte revuelto y brutal que los desprecia” es ya un crimen, una cobardía. Y claro que si nos hemos dejado impresionar por la exageración que Martí hace no ya de las intenciones de los EE.UU., sino de sus reales posibilidades, un suicidio.

En los párrafos tercero y cuarto Martí rebaja un poco el tono trascendentalista-poético que hasta ahora le ha dado a la carta, y por lo tanto sospechoso para un político tan pasado por todas las aguas como Porfirio Díaz. El núcleo de ellos son los comentarios que, a través de Manuel Mercado, pretende deslizar en los oídos del Tirano: Que según Bryson, corresponsal del New York Herald en Cuba, el Capitán General Martínez Campos le ha asegurado que “llegada la hora, España preferiría entenderse con los Estados Unidos a rendir la Isla a los cubanos”. Pero además, que según el periodista americano, los EE UU tienen muy bien guardado un sustituto para nada menos que el mismo Don Porfirio, el destinatario último real de esta carta sui generis:

“Y aun me habló Bryson más: de un conocido nuestro y de lo que  en el Norte se le cuida, como candidato de los Estados Unidos, para cuando el actual Presidente desaparezca, a la Presidencia de México.”

De seguro para Martí el dictador mejicano no iba a conseguir conciliar el sueño con la misma facilidad tras saber que España preferiría entregarle esa isla, tan estratégicamente situada en medio de los principales caminos que comunicaban a Méjico con el Mundo, nada menos que a los EE UU. Quienes ya no solo parecían guardar apetencias sobre lo que del norte le había dejado a su país el Tratado Guadalupe-Hidalgo, sino que también preparaban candidaturas para sustituirlo; nadie podía asegurarle que solo a su muerte.

Y ya hemos visto cuanto podía ganar la causa de Cuba con ese insomnio inducido en el tirano azteca.

En el quinto párrafo Martí se prepara para la osadía del comienzo del sexto. Para que por una parte pierda un tanto su carácter de importunidad (que lo tiene, y muy pronunciado), pero sin perder no obstante toda su fuerza expresiva. Osadía que, por cierto, sería una mejor elección que el consabido “En silencio ha tenido que ser…” si quisiéramos de alguna manera extractar la carta en una de sus frases. Me refiero a las siguientes líneas:

“Y México, ¿no hallará modo sagaz, efectivo e inmediato, de auxiliar, a tiempo, a quien lo defiende? Si lo hallará,-o yo se lo hallaré.”

La carta toda en realidad gira alrededor de estas líneas. Martí manifiesta su desesperación por el apoyo mejicano, ahora que la guerra no pinta a ser tan corta como creyera cuando la levantó. A pesar de su descripción optimista del estado de la guerra en el sexto párrafo, en su fuero interno sabe que el esfuerzo independentista no será ya tan breve, ni mucho menos tan generoso.

En el análisis de la carta no se puede simplemente pasar de largo sin prestarle atención a un fragmento de ese quinto párrafo. Me refiero a que según Martí los EE UU jamás aceptarán la cesión a ellos, por España, “de un país en guerra”, y dado que la “guerra”, o los revolucionarios que la hacen, no tienen intención de pedir la anexión ni de aceptarla, esa posibilidad se cierra por completo mientras haya guerra, o lo que es lo mismo, revolucionarios sobre las armas. Lo que debemos entender como un subrayado al Méjico Porfirista, para que comprenda que si quieren mantener su flanco derecho sin peligro americano deben apoyar necesariamente a la Revolución.

Pero hay más aquí. Este fragmento nos revela la comprensión clara que Martí tiene de los EE UU, tan distinta de la que han querido endilgarle algunos de sus presuntos seguidores políticos actuales. Para Martí los EE UU, por su naturaleza de nación democrática, fundada sobre las principales libertades humanas, “no pueden contraer… el compromiso odioso y absurdo de abatir por su cuenta y con sus armas una guerra de independencia americana”.

Sobre esta firme creencia se afincaba en buena medida toda su política, que de otra manera, sin este fundamento, no podría más que parecernos que el resultado de los delirios de un loco, o en todo caso de los devaneos intelectuales de un arbitrista de café. ¿Por qué ante las costas mismas de unos EE UU, que supuestamente no tenían en cuenta ninguna consideración ajena ante sus apetencias imperialistas, Martí se atreve a querer fundar una República independiente, cincuenta veces menos poblada que aquella nación? Pues porque Martí no ve a los EE UU de manera tan simplista. Él ha vivido en el Monstruo y le conoce las entrañas; y ya desde el affaire Cutting ha sistematizado cuál debe ser la actitud ante ese gigante: Enfrentarlos con sus propios elementos. Recordemos que para Martí los EE UU son en realidad el resultado del equilibrio de dos elementos enfrentados, uno “tempestuoso y rampante”, y otro de “humanidad y justicia”.

Lo que resta de la no terminada carta, hasta la corta parte “personal”, es en sí una explicación de esta oración: “Yo ya lo habría hallado y propuesto” -el modo discreto de que México auxilie a tiempo a quien lo defiende, a Cuba, se entiende.

Martí explica en definitiva porque no ha hecho ninguna de las dos cosas: La Revolución carece aún de forma jurídica, no es todavía más que un desordenado conjunto de tropas dirigidas por viejos caudillos. Habrá que esperar a que se dé una estructura de gobierno, a que sus fuerzas se organicen en un ejército que responda a ese gobierno. Esta es la tarea del momento, la que una vez terminada permitirá hacer tratados, o acuerdos (casi de seguro secretos) con las naciones latinoamericanas.

Que esté él o no al frente de la futura República en Armas, le aclara a su intermediario mejicano, no es tan importante. Su pensamiento no desaparecería. Pero de todas formas no hay porque preocuparse, “defenderé lo que tengo yo por garantía y servicio de la Revolución”, le escribe a Mercado-Porfirio, y tras estas palabras descubrimos la razón de su prematura muerte en Dos Ríos. El intelectual que ha levantado la Revolución sabe que la única manera que tiene de llevarla por el camino correcto hasta dejarla convertida en República Democrática y Virtuosa, es demostrando su arrojo en el campo de batalla. Mucho depende de que él logre mostrar su valor en el campo de batalla.

Solo que Martí conoce las batallas únicamente por los libros. Es esa la razón de la disparatada carga a que se lanza en medio del confuso combate de Dos Ríos. Mucho sabe que está en juego: Martí es consciente de que en el campo insurrecto solo él comprende que la independencia de Cuba, más que en los campos de batalla, se ganaba en los sutiles acomodos de la Isla entre los muchos poderes globales y regionales de la época. Precisamente la carta que entonces llevaba en uno de los bolsillos de su saco era una poderosa y bien pensada arma en esa sutil batalla.

Una carta dirigida a Don Porfirio, a través de su protector mejicano, Manuel Mercado.

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Izquierda y derecha en Cuba: discursos y realidades.

Pedro Campos.

(Tomado del blog Primero Cuba.)

Los conceptos izquierda y derecha aparecieron específicamente en la votación realizada por la Asamblea Nacional Constituyente, surgida de la Revolución Francesa en 1789, cuando se discutía si se incluía en la Constitución el veto del rey a las leyes aprobadas por la futura Asamblea Legislativa.

Los diputados que estaban a favor del veto —de hecho, el mantenimiento del poder absoluto del monarca— se situaron a la derecha del presidente de la Asamblea. Los que estaban en contra, y por tanto a favor de la soberanía de la Asamblea sobre la autoridad real, se situaron a la izquierda.

Así, tales nociones quedaron asociadas a las luchas a favor o en contra de los derechos civiles y políticos de las mayorías, de la igualdad ante la ley, de la democracia, de la soberanía popular o la centralización del poder.

Por eso, el término derecha ha sido apropiado para calificar a los gobiernos dictatoriales que han suprimido el Estado de derecho, los derechos ciudadanos, las elecciones y procesos democráticos, las constituciones democráticas, los parlamentos y han gobernado por leyes impuestas sin aprobación popular.

En la actualidad, en la mayoría de los países, más y menos desarrollados, la distinción entre izquierda y derecha se hace transparente por las grandes diferencias sociales y económicas y por el control del poder político por las minorías de los grandes intereses capitalistas.

Cada cual puede acomodar esos criterios tradicionales a la situación en Cuba, como bien le parezca, para identificar dónde están la izquierda y la derecha.

Desde mi punto de vista, en nuestro país las diferencias tienden a nublarse por el discurso revolucionario y antiimperialista del poder y el hecho real de que la Constitución vigente fue aprobada por una amplia mayoría del pueblo. Pero habría que recordar que eso fue hace casi 40 años y en otras condiciones nacionales e internacionales.

Además, la aplicación práctica de esa Constitución ha resultado en una alta concentración del poder político y económico en manos de una elite tradicional, sin alternancia, resistente a cambios verdaderamente democráticos en el sistema político cubano.

Echada a un lado la fraseología del poder y sus medios, al trasladar aquellos  conceptos a la realidad cubana de hoy día, encontraríamos la izquierda en los que luchan a favor de la descentralización, la democratización y socialización del poder político y económico, y porque se respeten los derechos políticos, civiles, económicos y sociales de todos los cubanos.

En fin, por cambios que  favorezcan a las mayorías marginadas o limitadas en su participación en la política y la economía, por el alto nivel de centralización y monopolización de las mismas.

Hoy, en Cuba, la derecha, en términos políticos heredados de la Revolución Francesa, estaría claramente representada en quienes se aferran al poder político y económico centralizado y monopolizado por la elite que se considera ella misma única heredera de la revolución popular y democrática de 1959.

Una minoría que excluye de las decisiones de todo tipo a las grandes mayorías del pueblo cubano, en nombre de un “socialismo” que ha encubierto un capitalismo monopolista de Estado administrado por esa elite y del “marxismo-leninismo”, reconocido disfraz  del neo estalinismo.

Si a eso le agregamos las políticas económicas de corte neoliberal aplicadas por el Gobierno como el cierre de empresas y fábricas, la racionalización de miles de empleos, el estímulo a la explotación asalariada por privados y la apertura amplia al capital internacional, en quien cifra las esperanzas para salir de la crisis, marginando y limitando las posibilidades de las fuerzas productivas de los propios cubanos, entonces ya no quedarían dudas.

Pero, para evitar confusiones, habría que hablar de una Nueva Derecha Cubana en el poder y no confundirla con la vieja derecha desplazada del control de la nación, por la revolución política de 1959, asentada desde entonces en EEUU que, tampoco, representaba ni defendía ayer, ni hoy representa ni defiende, los intereses de las mayorías excluidas de participar en el poder político y económico, interesada solo en recuperarlo para sí.

De manera que cuando se habla de la Nueva Derecha Cubana en el poder, se está haciendo honor a aquella noción política de la Revolución Francesa, pues al final de cuentas no es el discurso lo que califica si una perspectiva política es de izquierda o derecha, sino la posición respecto a los derechos políticos y civiles de las mayorías, a la soberanía popular.

Hoy en Cuba una izquierda, diversa —que iría desde anarquistas y socialistas de distintas corrientes, hasta demócratas y liberales—, demanda la democratización del poder político y económico y  la liberación de la economía de los controles monopólicos estatales, a fin de que se respeten los derechos humanos, civiles, políticos, económicos, sociales y culturales de todos los cubanos y puedan florecer las llamadas —por los estatalistas— formas “no estatales” de producción.

Se trata de un lenguaje revolucionario en sus esencias, sin la fraseología “izquierdista” de la Nueva Derecha en el poder que, por mucho camuflaje, se identifica con la elite minoritaria que todo decide, poseedora del poder político y económico, el cual no está dispuesto a compartir con las mayorías.

Y, aunque parezca paradójico, encontramos defendiendo posiciones de izquierda, como son los derechos civiles y políticos de las mayorías desposeídas y explotadas, a grupos que el Gobierno “socialista” califica de “contrarrevolucionarios al servicio del imperialismo”

Es la dialéctica de la historia, de la lucha que se desata cuando sectores minoritarios se apropian del poder y tratan de excluir a otros, mayoritarios o no.

Para solucionar las contradicciones sociales sin grandes conflictos, el poder político y económico debe estar compartido entre todos los ciudadanos, quienes deben decidir en referendos y procesos renovados las leyes que a todos atañen, elegir democráticamente por el voto directo y secreto los cargos públicos en alternancia, aprobar y controlar los presupuestos participativos y administrar directamente sus negocios en forma individual o colectiva, lo cual debe quedar claramente establecido en la ley de leyes, la Constitución.

A fin de promover el diálogo inclusivo de todos los cubanos que nos ayude a salir del actual laberinto y encontrar ese camino, esa Amplia Izquierda Cubana debería echar a un lado sus otras diferencias y tratar de coordinar sus proyectos y acciones pacíficas y democráticas.

Burocracia, Poder y Participación en la Cuba Revolucionaria.

José Gabriel Barrenechea.

thDos factores explican el camino seguido por el proceso cubano de construcción del socialismo en los sesentas: Sin lugar a dudas uno de ellos lo es la evidente necesidad personal de Fidel Castro de convertirse en algo así como el Dios Supremo de un Panteón Revolucionario, pero sobre todo lo es el universo de ideas, supuestos y creencias, la mentalidad del pueblo cubano de entonces.

Es ineludible resaltar esa verdad ante las visiones que de manera simplista dejan en un muy limitado número de manos la responsabilidad de lo ocurrido en la Cuba Socialista: Si en la cultura del pueblo cubano, y no solo en su cultura política, no hubiesen existido condiciones propicias para el ascenso de un Fidel Castro, si no hubiesen existido los mecanismos mentales legitimadores, este señor nunca hubiera conseguido realizar lo que evidentemente deseaba y sobre todo necesitaba, por su muy particular psicología, desde sus tiempos de tiratiros universitario.

En las líneas que siguen mostraremos a esas precondiciones culturales conformar el devenir cubano de los últimos 60 años. Para ello nos concentraremos en una de las vías por la cual la cultura, las ideas y creencias del pueblo cubano contribuyeron ya no tanto al ascenso de Fidel Castro a la condición de César, como a su posterior legitimación en la de Dios Supremo del Panteón Revolucionario.

Nos ocuparemos de la relaciones de la Revolución Cubana con la burocracia.

La actitud cubana revolucionaria ante la burocracia es determinada por dos precondiciones: Primero, la experiencia soviética con su excesiva burocratización, fenómeno que se quiere evitar; segundo, el estado mental cubano de pachanga constante, pero sobre todo su sublimación política, el estado mental cubano revolucionario, con su necesidad de un nivel de exaltamiento ininterrumpido y su crónica incomodidad para ajustarse a los cánones de una sociedad moderna.

1.

Toda sociedad contemporánea depende de la existencia de una burocracia, o de varias, para ser más exactos. En esencia de unas instituciones que administren de manera impersonal la esfera de lo cotidiano. Ninguna sociedad puede vivir al presente sin burocracias, al menos sin retroceder de manera abrupta a estadios sociales en que, por ejemplo, no se podrían mantener las altas expectativas de vida actuales, o los bajísimos índices de mortalidad infantil presentes. Esta dependencia, que es ya enorme en una sociedad capitalista, escala a niveles mayores en una socialista. Algo que, por cierto, Max Weber había predicho unos cuantos años antes de la Revolución Rusa de 1917, al tomar en cuenta la preocupante insistencia del socialismo de su época por identificarse más con la posibilidad de una completa y centralizada planificación de la economía, que con la de verdaderamente socializar la propiedad (lo primero puede lograrse, como después de hecho ocurrió, sin socializar en absoluto, al convertir al estado en una enorme e ilimitada empresa fordista).

Consecuentemente con las previsiones de Weber la sociedad soviética no tarda en burocratizarse.

Pero esa burocratización, que en definitiva no es más que un síntoma de algo más esencial, es tomada por la crítica que aún se aferra a la viabilidad y legitimidad del experimento leninista como la causa última de lo que evidentemente ha salido mal en la URSS, como la maligna perversión de lo que sin esas desviaciones debería de haber salido maravillosamente bien. “La burocracia es la causa de todos los males del socialismo”, no tardan en afirmar los críticos comunistas, o lo que es lo mismo, quienes no quieren romper de manera definitiva con la tradición inaugurada por la Revolución Bolchevique de octubre-noviembre de 1917. Sin explicar nunca, por cierto, de qué manera los burócratas han conseguido hacerse con el control de la sociedad soviética en tal magnitud como para pervertir su funcionamiento.

La realidad, no obstante, nada tiene en común con las afirmaciones de los críticos comunistas (entre ellos los cubanos de la década de los sesentas, y los no pocos trasnochados del presente): Son los bolcheviques, una élite de aventureros-intelectuales-profetas, que vive en los márgenes más remotos de la sociedad rusa y en general europea (solo un poco más acá que los anarquistas), quienes se han hecho con el poder en Rusia gracias a un golpe de estado, no la burocracia zarista o alguna otra que como las esporas de algún hongo maligno viva a la caza de algún estado que parasitar. Y lo han conquistado al ganarse el apoyo del enorme ejército ruso de campesinos reclutados a la fuerza, el cual solo desea el fin de la guerra y su consiguiente e inmediata desmovilización. Algo que solo el partido bolchevique promete hacer de inmediato. Es el apoyo del ejército y en especial de la marinería de la Flota del Báltico el factor determinante en la estabilidad inicial del Sovnarkorm (Sóviet de Comisarios del Pueblo), ya que la influencia bolchevique sobre el resto de la sociedad es muy limitada, y en un final mucho menor que la de otros movimientos socialistas de carácter agrario. Lo cual se evidencia en los resultados de la elección de delegados a la Asamblea Constituyente, por la cual los bolcheviques han clamado más que nadie mientras han sido oposición, y a la que no tardan en disolver una vez en el poder.

Acto que en los primeros días de enero de 1918 sella definitivamente los destinos del proceso soviético.

Ya Weber había señalado al empresario como el contrapeso en el Capitalismo de la racionalidad de la burocracia, en lo esencial en lo económico, aunque ciertamente no solo en ello. En cuanto al representante electo, a la libertad de prensa y en general a la opinión pública, aunque son más bien formas de contrapeso del poder político en sí, se sobreentiende que también lo son de la burocracia, si es que observamos que en esas instituciones se crean constantemente las discontinuidades sociales, intuitivo-carismáticas, que se ocupan de contrapesar la racionalidad administrativa de aquella. Todas estas instituciones y especiales grupos sociales se encargaban de limitar a la burocracia al papel de imprescindibles servidores, bajo control público o privado, al tiempo que por su propia constitución y supuestos limitan que dichas discontinuidades intuitivo-carismáticas puedan alcanzar a su vez a monopolizar la actividad en la sociedad en cuestión (algo suicida para una sociedad moderna, con sus elevadísimos requerimientos de orden).

En el Socialismo más ortodoxo, al hacer desaparecer al empresario, resulta evidente que la única manera de controlar a la imprescindible burocracia pasa por todos esos otros medios de contrapeso arriba mencionados, además de novedosas y progresistas formas de participación ciudadana y laboral, como el control de los trabajadores sobre la actividad productiva a todos los niveles y en todas las áreas. Pero al cerrar la Asamblea Constituyente y aplastar la Oposición Obrera se renunció a todo ello en la naciente URSS, incluso, y es muy significativo esto, con mayor determinación que al empresariado.

Mas no fue una burocracia anterior, alguna que se esparce mediante esporas malignas o una socialista todavía inexistente quien decidió prescindir desde un inicio de tales controles, sino el grupúsculo que dirigió el golpe de estado, auto seleccionado en base al supuesto usufructo de la única verdad posible (solo ellos sabían cómo construir ese destino final obligado de la Historia, el Comunismo): La Vanguardia leninista, el Partido. Y lo cierto es que esa élite de aventureros-intelectuales-profetas, que se había adueñado del país mediante una jugada política, pudo simplemente haber decidido prescindir de administrarlo mediante una burocracia, a la manera de Iván el Terrible y todos los déspotas rusos pre-modernos. Pero el hecho es que si quería administrarlo con la suficiente eficiencia para permitirle a su gobierno sobrevivir y permanecer independiente frente a la amenaza de unos poderes centrales occidentales empeñados en modernizar bajo su control al planeta entero, necesitaban de una burocracia, o de una administración que de alguna manera se le pareciera.

Que necesariamente este mal remedo de las burocracias occidentales, en especial de las muy eficientes del Imperio Alemán, pronto superara a esa élite leninista hasta triunfar con Stalin, en propiedad el Zar de los Burócratas, no niega lo dicho: El socialismo soviético se burocratiza no por la naturaleza interna de la burocracia, sino por la de ese particular socialismo, autocrático y piramidal, en que tanto por su propia concepción leninista de una Vanguardia que debe dirigir el proceso, como por las circunstancias históricas específicas en que llega al poder, son echados a un lado todos los posibles controles sociales desde abajo o desde planos horizontales alternos. Lo demás lo harán las necesidades de sobrevivencia de las élites leninistas, en medio de un mundo en que sin cierta racionalidad de la administración no se puede soñar con conseguirlo.

El proceso burocratizador, en consecuencia, no es más que el resultado necesario de la inicial concentración desproporcionada del poder en el vértice de una sociedad contemporánea que a consecuencia de su propia concepción teórica se piramidaliza de manera cada vez más monstruosa, ya que ante ese núcleo de poder, el Partido, El Politburó, El Gran Líder por último, no queda otro recurso que echar mano de una hipertrofiada burocracia que se ocupe ya no solo de administrar una economía a medias modernizada, sino aun de los más nimios detalles de la vida humana de los súbditos (quizás la única burocracia soviética eficiente es la Cheká).

Sin embargo, la primera crítica comunista, compuesta en esencia por los intelectuales leninistas que han iniciado el proceso pero que han terminado apartados más tarde o más temprano, solo verá con claridad la consecuencia, nunca la causa que los incluye a ellos como actores principales. Por lo tanto interpretará esa consecuencia como un resultado de la mala naturaleza de la desagradecida burocracia creada por ellos, que ha terminado por desplazarlos del poder, no de sus propias concepciones teóricas o de sus decisiones tácticas. El más brillante entre todos, Trotsky, lleva este discurso hasta sus últimas consecuencias al tratar a la burocracia como una clase social en sí misma, y asignarle por tanto modos de acción en base a unos supuestos intereses de clase a los que en conjunto no puede renunciar.

Pero la realidad es que a pesar de lo sostenido por esa primera crítica comunista, y por los que después solo repiten de una u otra manera sus ideas al respecto (la crítica cubana de los sesentas, por ejemplo), la burocratización soviética se origina en el coartamiento de lo participativo en base a medidas tácticas (la necesidad de conservar el poder que ha ganado la minoría mediante rejuegos políticos), pero sobre todo en la adscripción de los comunistas a la creencia en las vanguardias políticas y su papel director.

Porque en esencia ninguna vanguardia, sea élite política, económica o social, será nunca de por sí un contrapeso de la burocracia. Mucho menos cuando se encuentra enfrentada por un lado a un mundo que vive un proceso modernizador bajo el impulso de otros centros de poder, y por el otro a toda su propia sociedad, y en consecuencia necesita rodearse de un cuadro administrativo racional que les ayude a ejercer el poder en esa precaria situación.

La élite, en todo caso, solo pervierte la racionalidad de la burocracia. Al situar a toda la sociedad, incluidos ellos mismos, no ya bajo un marco legal claro y de estricto cumplimiento para todos (lo que Weber llamaba administración burocrática en estado puro, y nosotros estado de derecho), sino bajo el de su voluntad monda y lironda, la retrotrae hasta los tiempos pre-modernos y convierte a la burocracia en el irracional cuadro administrativo de alguna sociedad equivalente. En un proceso que nunca termina de completarse mientras el estado socialista en cuestión esté obligado a competir por el dominio del mundo con otros estados en que la racionalidad impere, pero que se cerrará definitivamente si el socialismo leninista consigue extenderse a todo el planeta (algo que por fortuna no sucedió y que en esencia hubiera significado un retroceso mundial al año 1000).

Y es que en el Socialismo Real, aquel que unos muy asustados tories británicos de 1867 identificaban acertadamente con la Democracia más plena, el equilibrio frente a la imprescindible burocracia deberá proporcionarlo la mayor participación posible de la ciudadanía, y sobre todo de los trabajadores, ya no solo en la política sino en la gestión de la economía a todos los niveles. Sin ese control, cuando la participación ciudadana es disminuida al mínimo posible (no nos engañemos, siempre la hay, aun de parte del esclavo), la burocracia, por interés del grupo político que se ha hecho del poder, no por interés propio, crecerá y crecerá para permitirles a estos controlar lo que ahora los ciudadanos no pueden consensuar. Esto es en esencia lo ocurrido en la URSS: La Vanguardia leninista, el Partido, a partir de 1919 el limitadísimo Politburó, y por último después de 1934 el Gran Líder, al limitar la participación y crear una sociedad con fines supra cotidianos a los que solo ellos pueden conducirla, provocan el crecimiento desbocado de una burocracia que mediante la administración de lo cotidiano les permita subsistir en su estatus de nuevos y contemporáneos Moisés.

2.

Además de la reticencia ante la burocracia, heredada de la crítica leninista, en el cubano de a pie existe una marcada sospecha a todo lo impersonal, y en el de algunos aires intelectuales una aversión por lo cotidiano algo más marcada de lo habitual para esta capa, que en los tiempos revolucionarios que corren a partir de 1959 los llevará a unos y otros a desconfiar por partida doble de una institución humana que existe en la modernidad, como hemos dicho, para administrar lo cotidiano de manera impersonal.

Para el cubano de todas las épocas, excepto para ciertas capas urbanas que serán en esencia las que pronto se opongan a la Revolución, las relaciones entre seres humanos siempre tienen que ser personales, por lo que no puede más que identificar a cualquier burocracia como contraria a la naturaleza populista del proceso inaugurado en 1959. Mientras para el cubano con aires intelectuales, para quien lo reglado, lo sometido a programa, lo exhaustivo era y es aun hoy un pecado, lo cotidiano contrario a la vida, y la espontaneidad por su parte la única actitud digna de reconocimiento, los exaltados tiempos revolucionarios lo llevan un paso más allá, hasta adjudicarle el papel de principal enemigo interno.

No es de extrañar entonces que para intentar solucionar el problema de la burocratización, ya advertido en el caso soviético, en el cubano el foco de atención no tarde en fijarse en lo impersonal y en lo cotidiano, en el método y la regla que se oponen a la epopeya constante en que se estima debe vivir el ser humano revolucionario. Y que como medio de resolverlo se pretenderá personalizar de modo absoluto todas las relaciones humanas (Fidel Castro con su jeep y su habano en todas partes, al habla con todos a la vez, al tanto de todos los problemas), pero por sobre todo trascendentalizar, extra-cotidianizar absolutamente la vida del ser humano revolucionario.

Siempre según aquella serie de editoriales que Granma publicara a principios de 1966, recopilados más tarde en la revista Bohemia bajo el título de La Lucha contra el Burocratismo: Tarea Decisiva, la solución a que “…mientras permanezca el Estado como institución y mientras la organización administrativa y política no sea, plenamente, de tipo comunista, existirá el peligro de que se vaya formando una capa especial de ciudadanos en el seno del aparato burocrático, administrativo y de dirección, solo puede consistir en la promoción, “…el desarrollo de un hombre nuevo, con una conciencia y una actitud nuevas ante la vida…” En concreto el desarrollo de un individuo constantemente concentrado en la edificación del comunismo, dispuesto a la “entrega total a la causa revolucionaria”, a “actos de valor y sacrificio excepcionales por ella”, y que perpetúe “en la vida cotidiana esa actitud heroica”: Un revolucionario a tiempo completo, un Tábano de la conocida novela romántica. En fin, una mujer o un hombre que no viva en lo rutinario, sino en lo trascendente: un asceta revolucionario.

O sea, un individuo en alerta constante, que participe ininterrumpidamente, pero no en la solución consensuada de los problemas concretos y cotidianos que se le presentan a su sociedad, sino en la construcción de un ideal de sociedad en la que de alguna manera mística, al final de los tiempos, esos problemas desaparecerán o hallarán solución definitiva y satisfactoria para todos y cada uno de sus integrantes.

Este énfasis más que en lo cotidiano en lo trascendente, sin embargo, no provocará el advenimiento de un hombre nuevo socialista, y mucho menos el estado de participación constante, por parte de todos, que de modo evidente esperan los editorialistas, sino por el contrario la conformación definitiva de un Panteón Revolucionario encabezado por un Imperante Carismático y su posterior legitimación ad aeternas.

La realidad es que la autodisciplina, la insomne vigilancia de sí mismo, de sus acciones y hasta de sus pensamientos que todo ascetismo implica, genera un esfuerzo psíquico descomunal, asumible solo por unos pocos individuos.

De esta manera la diferencia natural de aptitudes humanas para los esfuerzos psíquicos o para el mantenimiento de la atención tenderá a polarizar a la sociedad, a reproducir dentro de ella las previas desigualdades en la distribución de poder, desfigurando lo que en sus inicios, y al menos en teoría, era sin dudas un destacable intento igualitarista. Así, mientras los ascetas verdaderos sienten de manera continuada la exaltada gracia revolucionaria en su interior, alcanzada gracias a haber cumplido, por propia voluntad, con determinadas normas y principios que a su vez han aceptado solo tras someterlos a su particular criterio, las inmensas mayorías o no pueden, o están demasiado apegadas a lo mundano como para alcanzar tal estado. Imbuidas en las agobiantes necesidades cotidianas, no es en sí que carezcan de la cultura o de la inteligencia necesarias para aspirar a tener un criterio propio, sino sobre todo de tiempo liberado de las necesidades cotidianas de subsistencia para buscar en su transcurso las normas y los principios que les permitan disciplinar sus vidas, en el camino de auto perfeccionamiento constante que es todo ascetismo.

Ellos solo podrán abandonar lo cotidiano intermitentemente, sobre todo en La Plaza, en el gran acto mistérico de las concentraciones, so riesgo de morirse de hambre o sufrir un colapso nervioso.

En consecuencia esas normas y principios mencionados los tomaran de fuera, ya hechos, de una entidad en cuyo criterio, voluntad e intenciones no tardan sin embargo en comenzar a creer por fe. Así, en esta particular sociedad de revolucionarios, fundada sobre lo heroico y lo trascendental, el elegido será al final uno de los compañeros iniciales y no un dogma: El que tenga el carisma para hacerlos sentirse a ellos también, de cuando en cuando, trascendentes, supra-históricos. Como ya dijimos en La Plaza, en medio de las concentraciones, cuando el calor, el sol tropical a plano, la falta de oxígeno, la imposibilidad incluso de volverse o amarrarse los cordones de los zapatos en medio de la multitud, y sobre todo sus palabras en torrente que llegan desde todas la direcciones posibles, retransmitidas por mil altavoces, establezcan esa unión mística entre líder y pueblo de que nos habla más de un observador contemporáneo.

th (1)Con semejante y mayoritaria relación basada en la fe dentro de la sociedad que se quiso igualitaria, al menos entre los revolucionarios, es evidente que pronto ocurrirá un desequilibrio de poder entre los mismos ascetas verdaderos en favor del elegido. Más temprano que tarde, independientemente de si es un santo verdadero o solo un charlatán, la fe mayoritaria fija en él lo ensoberbecen (si es que él mismo no lo estaba de antes, como es sin lugar a dudas el caso de Fidel Castro desde su más tierna niñez). Si las grandes mayorías lo siguen, si las grandes mayorías se abandonan a su criterio, no pueden caber dudas de su monopolio de la verdad. Solo él sabe lo que debe hacerse; solo él tiene la claridad; solo él conoce el camino correcto. En consecuencia es su deber concentrar en sus manos el poder para evitar el error; incluso en los más nimios detalles. Pronto cualquier norma o principio asumido por otro criterio que no sea el suyo pone en peligro la magna obra que la mayoría de los revolucionarios han echado sobre sus hombros; un desafío malintencionado o en el mejor de los casos miope, que no puede permitirse “ni por un tantico así”. Y en el rechazo de tales “autosuficiencias” de los demás ascetas verdaderos las mayorías no solo apoyan al elegido por su fe en él: Para ellas la independencia de criterio de los demás ascetas es también una humillación, un molesto recordatorio de su falta de él, o de voluntad para obrar a su dictado.

Habrá llegado, por tanto, la hora en que Saturno devora a sus hijos: La Revolución que pretendía evitar con sus caminos trascendentalistas el caer en semejantes “errores” devora a los demás ascetas revolucionarios. En el nuevo escenario para ellos solo quedaran dos opciones: o abandonar el ascetismo y convertirse al revolucionarismo por fe, aunque claro, desde la siempre favorable posición del miembro secundario del Panteón (del santoral, en propiedad); o no transigir, lo que significa la excomunión y el martirio, y siempre la rebaja a la categoría de concreción del Mal Contrarrevolucionario en los imaginarios de las grandes mayorías.

De este modo lo que aparentaba ser una solución democrática a la manifiesta falta de libertad del socialismo leninista soviético, una unión de heroicos y extra-cotidianos hombres nuevos iguales entre sí, participativos a tiempo completo, se convierte, debido a la naturaleza humana, de la que las grandes mayorías atrapadas en sus urgencias cotidianas no pueden escapar, en el imperio de uno solo: El Imperante Carismático. En un socialismo en el que las grandes mayorías no ejercen el poder real no porque se los impida la burocracia elevada a la categoría de nueva clase explotadora, sino por algo todavía peor: Porque simplemente ni se creen capaces, ni tampoco lo hayan necesario, al compararse con el Trascendente y Personal objeto de su fe, de su fidelidad.

Un modo más eficiente que el leninista de retrotraer a lo pre-moderno la sociedad en cuestión.

3.

No obstante, por la misma razón que la élite leninista soviética se viera obligada a poner la administración del estado en manos de un remedo de burocracia, más temprano que tarde el Imperante Carismático cubano también tendrá que hacer algo parecido. La necesidad de sobrevivir como Imperante, en medio de un mundo al cual se lo moderniza desde centros de poder situados más allá de las costas dela Isla, hará nacer las únicas burocracias eficientes del castrismo: las políticas, militares y policiales (aunque no tan eficientes como las soviéticas: la inmensa mayoría de los atentados a Fidel Castro fueron detectados por  indiscreciones de quienes los llevaban adelante y por la alerta actitud del revolucionario de la calle, no por una Seguridad del Estado que normalmente andaba comiendo catibía).

En cuanto a las demás burocracias, sobre todo las que se ocupan de administrar lo económico, sufrirán en su desarrollo la influencia del aconomicismo sobre el que a nivel cultural se asienta el castrismo. Un principio esencial suyo, al cual se mostrará en extremo hábil en conservar, aun en medio de la contemporaneidad. Y es que el castrismo no tarda en comprender que más que un mal, su cercanía extrema a los EE.UU. es por el contrario el único recurso de que dispone para mantener a la Isla viviendo en unos perpetuos tiempos heroicos, que legitimen idealmente la posición de privilegio del Imperante Carismático, a la vez que una segura y sui generis fuente de riquezas y capital. Para explotar económicamente a la cual solo hay que venderse como el aliado ideal de todos aquellos que en la segunda mitad del siglo XX, e inicios del XXI, pretendan oponerse al intento globalizador-modernizador de Occidente, encabezado por entonces por los EE.UU.

Esto último explica el que, en lo económico y en su política exterior, la historia revolucionaria de la Cuba posterior a 1959 pueda reducirse a la búsqueda incansable de mecenas que, con tal de molestar a Washington al sufragar un enclave hostil a la vista de sus costas, se ocupen de mantener económicamente a la Isla.

Ese aconomicismo esencial al castrismo, y la singular manera en que consigue conservarlo, no serán sin embargo obstáculos a la burocratización: Por el contrario, de modo paradójico más que evitar la formación de una burocracia administrativa y económica la impulsan a niveles inesperados. Porque sostenido por una economía que por un lado es estructuralmente todavía la misma de antes de 1959, dedicada en lo fundamental a la exportación de bienes agrícolas estacionales y semielaborados, y viviendo ahora de explotar la cercanía extrema a los EE.UU. y el diferendo histórico cubano con dicha Nación, el castrismo no tardará en descubrir en la burocracia el recurso ideal para solucionar la estructural falta de puestos de trabajo, y hasta para fomentar políticas de pleno empleo. Así la burocracia cubana crece y crece de manera desmesurada, al tiempo que se reducen de manera drástica los “contenidos de trabajo” de los burócratas y se solapan sus funciones de una manera en realidad inextricable.

Todo por mantener a la población ocupada en algo. Una obsesión histórica del castrismo, que entiende muy bien que su supervivencia depende de mantener a las grandes mayorías constantemente movilizadas en alguna actividad: Solo el estado de pachanga revolucionaria ininterrumpida puede garantizar esa supervivencia.

Pero no obstante el regreso real de la burocracia a la Cuba de Fidel, tanto en el discurso oficial como en general en los imaginarios colectivos se continúa identificando a lo impersonal y lo cotidiano con lo contrarrevolucionario.

Porque el negativo papel de la lucha cubana contra los demonios del burocratismo no queda limitado al proceso mediante el cual se impone el endiosamiento revolucionario, sino que de manera más peligrosa todavía se extiende más allá, a aquel otro subsiguiente mediante el cual se lo legitima y mantiene vivo ad aeternas.Incluso cuando de manera evidente esos mismos dioses promueven ahora la tan repelida burocratización.

En la Cuba posterior a 1970 será siempre la burocracia la que cargue con la responsabilidad por los platos rotos. Es ella no solo el chivo expiatorio de que se valen el Dios supremo del Panteón Revolucionario(Fidel Castro, el Imperante Carismático) y sus Santos Subsidiarios (sus raules, almeidas, vilmas et al) para desviar la atención de encima de ellos y sobre todo de la particular estructura del socialismo cubano, piramidal, autocrático (incluso cabe decir hasta teocrático), sino que es por sobre todo el recurso del que se vale la intelectualidad y los formadores de opinión para eludir el bulto a criticar lo que en realidad deberían. Jugar con la cadena, pero no con el mono, decimos en Cuba, para denominar a esa actitud de dudosa ética adoptada por intelectuales orgánicos pero dizque contestatarios a su vez. Actitud que le permite a muchos disfrutar de una vida placentera mientras se simula tener bien afeitada la lengua.

Mas en justicia no hay solo temor y oportunismo detrás de esa actitud. Como ya hemos visto, en buena medida, y no solo para los formadores de opinión, en Cuba la píldora del autocratismo es tragable porque entre ellos aún se ve a lo impersonal y rutinario como lo repulsivo, y a lo heroico, extra-cotidiano, lo personal, al carisma sin contrapesos racionales, como lo más aconsejable para una buena y valedera convivencia social.

Algo que aunque en niveles menos tóxicos ocurre en cualquier otra sociedad, por cierto sea dicho. Ya que muy raramente se encuentra a un pensador, un artista o un académico que algún vez haya tenido que ver con una empresa económica real, o que haya puesto sus pies en una administración para algo más que mirar a su alrededor por encima del hombro.

En definitiva la burocracia, pronto renacida tras el final de los años heroicos, exaltados e irracionales de las postrimerías de los sesentas, e indudablemente por necesidades de sobrevivencia de quien manda, cargará una y otra vez con las culpas en la Cuba de Fidel. Hasta el punto de que algunos grupos de pensamiento no tarden en desempolvar, sobre todo desde mediados de los ochentas, la añeja idea de muchos leninistas apartados del poder por Stalin y que en sí había estado en la base de la vía cubana al socialismo: Aquella de que el socialismo no requiere de una burocracia, que esta es en sí un fenómeno privativo del Capitalismo y una de las malas herencias suyas con que puede llegar a cargar. Una institución burguesa, a la cual solo pueden tener por imprescindible intelectuales burgueses como Max Weber.

Por cierto que, inveteradamente fieles a la vía trascendentalista y personalista de construcción del socialismo, si se los presiona solo un poco los integrantes de estos grupos de pensamiento no se demuestran para nada remisos en reconocer, de manera precisa, que lo no deseable de la burocracia es su atención fija en lo cotidiano y el carácter impersonal del ejercicio de sus funciones. Lo que hace dudar no ya de la consecuencia de sus razonamientos, sino de su capacidad para comprender la realidad social en que viven, porque al satanizar a la burocracia cubana en base a tales características parecen no caer en cuenta de que esta es ineficiente sobre todo por no ser ni lo uno ni lo otro: O sea, por no ser una burocracia en el más pleno sentido del término definido por ellos mismos.

Si se observa, la burocracia nuestra no cumple con ninguno de los caracteres típicos que según Weber debe poseer una que merezca el nombre de tal.

Eso que al presente llamamos burocracia en Cuba, o sea, el cuadro administrativo castrista, es en primerísimo lugar cualquier cosa menos impersonal. De hecho en la Cuba de Fidel tenemos un sobrenombre muy particular para el tipo de sociedad que definen las relaciones preferidas por su cuadro administrativo: Sociolismo, el socialismo de los compadres, en que los cargos no son asignados por las competencias individuales, sino por la incondicionalidad hacia el Panteón Revolucionario y por las relaciones personales de los pretendientes. Unos cargos que por demás no tienen una remuneración efectiva estable, sino que dependen por sobre todo de lo que se pueda “resolver” por quien los ocupa. Ya que aunque absolutamente todos los burócratas cubanos cobran un sueldo mensual, la realidad es que con el mismo no pueden atender a las necesidades básicas de sus familias incluso ni durante una semana del mes. Lo que los obliga a echar mano del robo y de la sisa para conseguirlo. Y aclaramos que al hablar de lo que se pueda “resolver” no nos referimos solo a lo que se obtenga a resultas del cargo que se ocupa en cuestión, sino y sobre todo del complejo entramado de relaciones de compadreo que en definitiva conforman la verdadera estructura de la burocracia cubana, y que la definen como tal.

O sea, que a la manera de cualquier cuadro administrativo patrimonial o feudal, la “burocracia” cubana vive de explotar sus cargos. Y esto es válido tanto para el Ministro o el jefe de departamento en una institución nacional, como para la funcionaria que se ocupa de organizar la actividad de los médicos y sus interacciones con el público en cualquier policlínico de barrio.

En cuanto a su conocimiento de la actividad que se ocupa de controlar, debe admitirse que a diferencia del alemán de los tiempos de Weber el burócrata cubano quizás sea el individuo con relaciones directas con la misma que más en oscuras anda respecto a ella. Esto, más que un tópico humorístico, es una amarga realidad en la Cuba de Fidel. Pero además, y esto es sumamente importante, en el socialismo cubano la función primordial de la burocracia no consiste en administrar la actividad cotidiana del país. Como ya dijimos, en el socialismo de pleno empleo cubano, sostenido por una economía históricamente débil en lo estructural, en que la capacidad de empleo real ha estado siempre muy limitada, la burocracia es por sobre todo un recurso para conseguirle acomodo laboral a un enorme por ciento de la población del país; del mismo modo que la pretendida universitarización total, propuesta por Fidel Castro a principios de este siglo, era por sobre todo un medio para sacar de las calles a los jóvenes y tener un mejor control de ellos.

Este uso de la burocracia no solo como medio controlador, sino como destino en que controlar, provoca su hipertrofia, lo que a su vez causa la catastrófica caída de su eficiencia en el cumplimiento de sus funciones, a resultas de la conocida Ley de los rendimientos decrecientes.

Tampoco puede decirse que haya mucho de racionalidad en los principios por los que se rige la  administración de la burocracia cubana, o de carácter rutinario en el tratamiento de sus asuntos. En Cuba la administración se rige no por planes y estudios cuidadosos de la realidad, sino por metas y consignas, por voliciones y evoluciones estomacales de cualquiera situado en una posición de poder, sin más conocimiento de la actividad en cuestión que el de lo imperioso de “triunfar y vencer”.

Y es que en Cuba, al menos para los que mandan y para las hipertrofiadas intelectualidades que se ocupan de legitimar ese mandato, la actividad económica nunca es tomada como lo que es, una actividad cotidiana y rutinaria, sino como una heroica.

Conclusiones.

De un modo en apariencias paradójico la solución cubana a la burocratización soviética dará como resultado el mismo socialismo burocratizado.

En Cuba, con el declarado propósito de evitar caer en la excesiva racionalización burocrática soviética, se intenta establecer un ascetismo que, sin embargo, por su carácter trascendentalista y por su ensayo de personalizar todas las relaciones humanas a su interior, resulta inoperante sobre todo para una compleja sociedad contemporánea (y en general para cualquier sociedad que no viva abiertamente del botín o de las ayudas de un mecenas).

El problema está en que al querer promover la participación mediante el ascetismo lo que se consigue más tarde o más temprano es dividir a la sociedad en ascetas reales de un lado y seguidores en potencia del otro. Al menos en un primer momento, porque el proceso de polarización social nunca se detendrá allí. O sea, justificar desde una base empírica, gracias al experimento cubano de los sesentas, la visión vanguardista de Lenin de que deben de existir quienes guíen y quienes sean guiados.

Esto se consigue porque aunque sin dudas en el plano teórico la vía cubana promueve la participación, en la práctica es esta de un tipo que nunca puede mantenerse por mucho tiempo. Así, al eliminar los mecanismos legales de contrapeso que permitan mantener abierta la posibilidad participativa en los instantes críticos y ante los asuntos puntuales y cotidianos, en la creencia de que supuestamente el impulso participativo ha sido sembrado en lo profundo del corazón del revolucionario, lo que se facilita es que tras la pronta retracción del esfuerzo psíquico constante por unas mayorías incapaces de mantenerlo por mucho tiempo, el poder real se concentre de manera extraordinaria en las manos de ciertas élites, incluso en las de ciertos individuos.

Mucho menos coopera el hecho de que los objetivos que persigue la sociedad en cuestión no sean los relacionados con la solución de los problemas cotidianos que se le presentan a la asociación, sino unos extra-cotidianos, siempre en un instante más allá de la extensión de la vida de los humanos presentes. Unos objetivos que necesariamente han sido definidos, propuestos por una élite anterior al impulso ascético, y que en consecuencia ya parte con una ventaja en la lucha por el poder en la sociedad en cuestión.

Debe señalarse también que la solución cubana legitima el “orden de cosas” con mucha mayor eficiencia que la soviética leninista, y que en concreto solo es comparable, por su capacidad para resistir con eficiencia las adversidades que se le presentan a la asociación humana, con el nacionalsocialismo alemán. El cubano castrista, como el nazi-alemán, cuentan con un aparato ideal que le permite encuadrarse dentro de su religión, y a la vez participar más conscientemente en los grandes momentos de crisis de lo que alguna vez pudo lograrse respecto al hombre soviético. En este sentido cabe indicar que el caso cubano se encuentra más próximo a los fascismos, que a los socialismos leninistas.

Todo lo dicho más arriba nos deja ante una evidencia: En la construcción de un Socialismo o una Democracia Real, que para el caso no hay ninguna diferencia entre uno y otro, de un socialismo basado en la participación de los ciudadanos, la mentalidad, digamos que el civismo, no bastan, ni aun o mucho menos cuando se pretende llevar ese civismo hasta un estado ascético. Son imprescindibles los mecanismos e instituciones que mantengan abiertos los espacios de participación y le permitan al ciudadano participar en el momento oportuno, mientras a su vez vive su vida (en la cual sus preocupaciones por toda la sociedad no cubren más que una pequeña proporción de su tiempo). Y por otra parte esos mecanismos e instituciones, creados por los hombres en la Modernidad, y a los cuales no se puede simplemente lanzar por la borda de la gran nave humana, no deben estar ahí tampoco solo para consensuar la construcción de la futura sociedad en que, por su misma concepción, se le dará respuesta a todos los problemas de manera satisfactoria para todos: Deben estar para consensuar la solución de nuestros problemas cotidianos, a corto, mediano y largo plazo, para nada más.

El Reino de la Libertad, la Sociedad Abierta, es solo una sociedad hacia la que se tiende, sin alcanzársela nunca en definitiva. Una sociedad ideal en que todos participamos en igualdad de condiciones, todo el tiempo. Querer hacerla ahora mismo, y en consecuencia abandonar por completo nuestras vidas en ese empeño, solo nos conducirá a repetir los mismos errores en los que el pueblo cubano lleva ya sesenta años extraviado.

Notas tras leer On Becoming Cubans, de Louis A. Pérez, Jr: El Real origen de la Modernidad Cubana

José Gabriel Barrenechea.

En su grueso pero imprescindible libro, por cierto muy mal traducido para esta edición cubana, LAPJ se concentra primeramente en el proceso por el cual nuestros ancestros cubanos adoptaron el mercado, el consumismo americano, los valores del trabajo duro, como formas de vida con que buscar distinguirse de lo español. A partir de aquí, en el que es de manera evidente el objetivo final de la extensa obra, explica el complejo proceso que llevaría a la explosión de nacionalismo de 1959; precisamente como consecuencia de las incongruencias que arrastraba a la larga esa adopción de lo americano como nuestro paradigma de modernidad:

Cuba, una diminuta economía fuertemente ligada a la enorme de los EE.UU., como su suministrador de un producto semielaborado, el azúcar crudo, nunca podría llegar a los niveles de consumo de la nación que se le presentaba como su modelo consumista de lo moderno, lo cual acabaría por elevar el nivel de insatisfacción individual hasta niveles de ingobernabilidad nacional.

Debe de admitirse que su historia está bien contada, aunque también que no está muy bien argumentada: Por ejemplo, sus citas han sido escogidas de una manera harto interesada, al punto de que algunas, con las cuales intenta sustentar su idea sobre las características singulares del proceso de la evolución insular en cierta etapa, corresponden a un periodo o muy anterior, o claramente posterior. En general puede afirmarse que un número nada despreciable de sus citas resultan sutilmente descontextualizadas, y además en no pocas se nota ese error propio del no cubano de no tener en cuenta la tendencia a la elipsis, a la exageración, tan propia del pensamiento insular.

La historia de LAPJ es sin embargo una visión parcial de un americano de ascendencia cubana que ve a Cuba y su evolución histórica solo desde los EE.UU. Así, aunque frecuentemente refiere que nuestra idea de lo moderno no solo procede de raíces americanas, sin embargo estas declaraciones encuentran poco sustento en el cuerpo de ideas que constituyen su obra, con lo que tales declaraciones quedan solo en una especie de disculpa que no encuentra asiento real en la misma. Una parcialidad de trascendental importancia si recordamos que el objetivo del autor es precisamente explicar la Revolución de 1959 a partir de los tratos de los cubanos con la idea de la modernidad.

Un hecho tan inusitado como la explosión nacionalista cubana del cambio de década de los cincuenta a los sesenta no se explica solo a partir de las incongruencias del modelo foráneo de desarrollo adoptado. La insatisfacción individual del que no consigue consumir lo que la propaganda le enseña es lo aconsejable, si es que quiere ser alguien en ese modelo consumista, en la generalidad de los casos solo lleva al surgimiento de subculturas marginales del barrio, del gueto, y en el más organizado de los casos a olas de saqueos, rara vez a explosiones nacionalistas. No nos engañemos, incongruencias con modelos foráneos adoptados han ocurrido siempre en todas partes, pero rara vez han llegado a dar lugar a esa tendencia muy cubana a la quijotada de que una nación minúscula desafíe a un superpoder global, lo cual no solo ocurrirá en 1959, sino también algo antes, en 1933.

Un hecho así solo puede explicarse en la existencia anterior al modelo americano de modernidad de una o varias poderosas tradiciones nacionales, sobre todo de alguna tradición modernizadora, que siempre haya ejercido una eficiente resistencia a la influencia americana. O sea, que contrario a lo que suele afirmarse por la historiografía oficial interesada en ningunear a las élites habaneras de fines del siglo XVIII y principios del diecinueve, discurso sobre el que se monta tan alegremente el de LAPJ, lo esencial cubano no se forma en el periodo que Martí llama de Tregua Fecunda, cuando aprendimos a jugar pelota. El impulso de la cubanidad nace muchísimo antes, por el mismo tiempo en que un grupo de abogados de los intereses inmobiliarios americanos se encuentran reunidos en Filadelfia para imponer una Constitución que garantice el cobro de lo que el pueblo le debe a esos intereses.

Es cierto que en la segunda mitad del diecinueve en Cuba, en un proceso auto impuesto que nos llevó a preferir los frijoles negros a los garbanzos, determinados estratos de la sociedad cubana adoptaron los valores americanos de trabajo duro, del mercado y el consumismo, como los valores imprescindibles que le faltaban a nuestra nacionalidad para distinguirse de la española. Pero de ahí a plantear como LAPJ que esos valores fueron adoptados por lo más significativo de la sociedad, existe un gran trecho, que repetimos, el autor no logra superar con sus abundantes pero sospechosas citas.

Dejémoslo muy claro: La idea de la modernidad cubana ante la medievalidad de España no nace, sin embargo, de nuestros contactos con los EE.UU. Esta idea, sino de ella misma, es en todo caso el resultado de la actividad y relaciones de la élite habanera en las postrimerías del siglo XVIII e inicios del diecinueve. En primer lugar, y por lo tanto paradójicamente, de las relaciones de esa élite con lo más avanzado de la monarquía de Carlos III, a la que tanto debería. Fue a través de esas relaciones que en La Habana se introdujo el pensamiento ilustrado de origen francés, recalentado antes entre los allegados afrancesados de Carlos III. De hecho es de las experiencias que ven sufrir a esos afrancesados, en parte, y de la experiencia de la propia élite habanera en las relaciones que mantiene con el resto de España, la de sotana y pandereta, que procede la idea distinta de nuestros tatarabuelos sobre la Medievalidad incorregible de la Metrópoli.

La preservación posterior de este foco habanero de ilustración dentro del Imperio Español tuvo que ver con el pragmatismo que aquí se originó antes de tener contactos significativos con los EE.UU. en los noventa del dieciocho. Un pragmatismo que procedía de la muy práctica vida anterior en la Factoría, y con el que se embebió desde un principio nuestro sentido de lo moderno. Y fue ese pragmatismo el que le permitió a la élite habanera la suficiente flexibilidad mental para pactar con Carlos IV y Fernando VII, y así convertirse con sus capitales obtenidos del azúcar, el café, y de la quema de bosques y el tráfico humano, porque no decirlo, en el verdadero poder tras el trono absolutista imperial español.

Es incuestionable que la idea de la modernidad liberal y pragmática nació en Cuba algo antes de que la influencia americana resultara todo lo significativa que después llegó a ser. No es por lo tanto una imposición ni un préstamo americano, sino un producto autóctono. Puede decirse más bien que el surgimiento de esa idea en ambos países sigue procesos paralelos, parecidos, en que el pragmatismo que luego coloreara al pensamiento ilustrado que llega de Europa se origina en las condiciones de vida de los años en que las colonias son solo sitios para la extracción de recursos. Condiciones de vida en que el europeo (no solo el africano) se descubre aculturado en las nuevas tierras, y en que al faltar el sustento de las tradiciones milenarias que lo amparaban en el Viejo Mundo debe necesariamente echar mano de su razón práctica para organizar su interacción con el nuevo medio natural, y sobre todo su convivencia con los demás aculturados.

Tampoco debe de exagerarse la influencia inglesa en la tendencia cubana al liberalismo, que ni sesenta años de estatismo castrista han logrado hacer desaparecer: Desde mucho antes que los ingleses ocuparan La Habana, en Cuba se comerciaba más que con la Metrópoli con cualquiera que pasara en su barco por nuestras costas: inglés, hugonote, calvinista, y hasta con el mismo Lutero si hubiera tenido a bien armar un barco y dedicarse al comercio de rescate con los muy prácticos hijos de esta Isla (aquí hasta los curas comerciaban con los herejes). La aspiración a comerciar libremente no nos la inocularon los Hijos de Albión, en todo caso lo que sucedió fue que esa ocupación provocó un cambio radical en la actitud que los borbones españoles habían asumido hacia el comercio isleño, y con ello habría de desatarse el proceso que nos llevaría a definirnos por sobre todo como modernos; décadas antes que nuestra interacción con los EE.UU. se hiciera todo lo profunda que luego fue.

Es bueno entender que la élite habanera ascenderá a la gloria dentro del moribundo Imperio Español gracias a su localización geográfica: En aquellos tiempos de navegación a vela su puerto, y la Isla toda, eran la cabeza de playa ideal de este lado del Atlántico. No solo se podía controlar desde aquí el acceso desde Europa a Las Españas americanas, sino incluso al interior de la masa continental norteamericana, a través del Mississippi. A la comprensión de esto por un monarca borbón, y su círculo, Carlos III y sus Floridablanca, Aranda…, decididos a reinstaurar la gloria del Imperio, cabe achacarse el impulso que luego se encargaría de acelerar la Revolución Francesa, primero al aislar a la Isla de España ya en los 1790, y sobre todo al provocar la revuelta de Haití, que habría de dejar en cenizas a la gran productora de azúcar y café de la época.

Sin lugar a dudas la élite habanera es nuestro primer estamento moderno, y el que originará ese principio y tradición centralísima de la cubanidad: el deseo de ser modernos, de estar en la última. Y la influencia para ese principio no viene de Norteamérica, sino sobre todo de Francia a través de Carlos III. Alguien a quien los cubanos deberíamos volver a levantarle, con todo y lo feo que era, un monumento en lugar central de la ciudad de La Habana, bien de cara a la mar.

No obstante debe de señalarse que frente a gobiernos empeñados en reescribir nuestra historia nuestro pueblo, con su raro olfato, ha sabido adoptar una postura digna de encomio: La avenida Salvador Allende (digno de respetuosa memoria él también, aunque en otra parte) es aún Calzada de Carlos III para unos habaneros que presienten lo que le deben al Rey Narizón.

 

A posteriori de la muerte de Don Carlos, la élite habanera, que en muchos sentidos actúa como un grupo plenamente consciente de sus intereses, pronto supera al estatismo ilustrado matritense y llega hasta a obtener dos importantes victorias: El libre comercio en la práctica, desde los 1790, y el derecho a quemar en los fogones de sus ingenios los valiosísimos bosques de la Isla (todo un disparate a la luz de hoy, no a la de entonces). Esto último a través de una serie de victorias parciales sobre nada menos que la poderosísima Real Armada, en los tiempos en que ella era todavía el principal cuidado de la dirección del decadente Imperio.

Libre comercio y derecho a hacer desaparecer ese baluarte de lo oscuro, lo mágico, lo atrasado: El bosque, donde los niños y hasta los hombres solían desaparecer de manera misteriosa. Dos signos de la Modernidad ilustrada, muy anteriores a los tiempos en que a los cubanitos les diera por irse a estudiar a los EE.UU.

He aquí, en esa clase que pronto lucha por ilustrarse, que no tarda en viajar, a EE.UU., es cierto, pero más que nada a España, a Francia, a Inglaterra, a Italia (la Italia de las luchas románticas por la Libertad y la Unidad nacional)… la primera clase cubana que conscientemente se ve distinta de lo español.

Si LAPJ hubiese leído lo escrito por los principales intelectuales y líderes de opinión de la élite habanera habría comprobado que aunque no tienen el mismo criterio deplorable de Norteamérica que de Suramérica, su visión de ella es la de una nación de zafios. No olvidemos que hablamos de unos EE.UU. en que los participantes a la fiesta de ascensión presidencial de Andrew Jackson se comportaron de una manera que avergonzaría a muchos negros nuestros en un día de fiesta (“¡Jesús, que gente más chusma su mercé!”, le habría comentado a Don Arango y Parreño la negrita encargada de la limpieza de la casa, al ver por RT en el televisor de su amo las “hazañas” de los blanquísimos y rubios ancestros de Donald Trump; a lo que habría respondido Don Arango: “Un país de mierda, mi hijita”).

Porque para estos primeros modernos cubanos no es la nación del norte un modelo de modernidad, sino en todo caso Inglaterra (como para casi todo español inteligente).

Es en nuestra relación con el despotismo ilustrado de Carlos III, y la tendencia pragmática que nos dejó la Factoría,  donde deben de buscarse los inicios y primeros pasos de la tendencia a la Modernidad en Cuba. Tendencia que coloreará ese modernismo cubano, hasta el punto de situar a una tradición modernista plenamente cubana, de orígenes y esencias no americanas, en constante contraste con los EE.UU., y con aquella otra tradición que admitimos sí nace del proceso descrito por LAPJ (en la cual Martí es figura clave, por cierto, aunque LAPJ no se atreve a admitirlo).

En fin, la Revolución de 1959 (pero no la del 33) se explica en cierta medida en las incongruencias que arrastraba a la larga la adopción de lo americano como el paradigma de modernidad, pero también en que esa adopción nunca fue más que parcial y en gran medida superficial, debido a que esa idea de modernidad venía a superponerse a una más antigua, y de más arraigo en consecuencia. Pero sobre todo a que la nueva idea de modernidad estaba irreductiblemente ligada a una poderosísima nación vecina con la que la primera tradición modernista cubana nunca ha logrado estar a bien: Cuestión de sobrevivencia, se entiende, y todos sabemos lo aficionadas a la perennidad que suelen resultar las tradiciones.

Menos importantes que las malangas.

Fragmentos del Discurso pronunciado ante los miembros del infame Departamento de Seguridad del Estado por el Che, el 18 de mayo de 1962.

En: Guevara, Ernesto Che. América Latina, despertar de un continente. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004. Pág. 320-323.

(…) nosotros hemos andado por el camino

de las debilidades un buen rato, y todos ustedes

tienen su parte de culpa en ese camino;

parte mínima naturalmente, nosotros somos

mucho más culpables, dirigentes del Gobierno

con la obligación de ser perspicaces, pero

anduvimos por ese camino que se ha llamado

sectario, que es mucho más que sectario,

estúpido; el camino de la separación de las

masas, el camino de la ligación rígida a veces,

de medidas correctas a medidas absurdas,

el camino de la supresión de la crítica,

no solamente de la supresión de la crítica por

quien tiene legítimo derecho de hacerlo, que

es el pueblo, sino la supresión de la vigilancia

crítica por parte del aparato del Partido,

que se convirtió en ejecutor y al convertirse

en ejecutor perdió sus características de vigilancia,

de inspección. Eso nos llevó a errores

serios económicos, recuérdense que sobre la

base de todos los movimientos políticos está

la economía, y nosotros cometimos errores

económicos, es decir, fuimos por el camino

que al imperialismo le interesaba. Ellos ahora

quieren destruir nuestra base económica mediante

el bloqueo; mediante todas estas cosas

nosotros lo íbamos ayudando.

 

¿Por qué les digo que ustedes tienen su

parte? Por ejemplo, los Comités de Defensa,

una institución que surgió al calor de la vigilancia

popular, que representaba el ansia del

pueblo de defender su Revolución, se fue

convirtiendo en un hazlo todo, en la imposición,

en la madriguera del oportunismo. Se

fue convirtiendo en una organización antipática

al pueblo. Hoy creo poder decir, con mucha

razón, que los CDR son antipáticos al

pueblo; aquí tomaron una serie de medidas

arbitrarias, pero aquí no se vio tanto y no es

para nosotros tan importante eso; el campo

que es nuestra base, de donde salió nuestro

ejército guerrillero con el cual se nutrió durante

dos años, que triunfó sobre las ciudades,

nosotros lo descuidamos totalmente, lo

tiramos al abandono, y lo dejamos en manos

de los CDR. Comités de Defensa de la Revolución llenos

de garruchos*, llenos de gente de ese tipo,

oportunistas de toda laya que no se pararon

en ningún momento a pensar en el daño

que le estaban haciendo a la Revolución. Y

como todo es parte de una lucha, el imperialismo

empezó a trabajar sobre esto, a trabajar

cada vez más y trabajó bastante bien; creó en

algunas zonas un verdadero antagonismo entre

la Revolución y algunos sectores de la

pequeña burguesía, que fueron excesivamente

abrumados por la acción revolucionaria.

Todo eso establece una lección que tenemos

que aprender y establece además una gran

verdad, y es que los cuerpos de seguridad de

cualquier tipo que sean, tienen que estar bajo

el control del pueblo, a veces puede parecer y

a veces es imprescindible tomar medidas expeditivas

con el peligro que se corre de ser

arbitrario. Es lógico que en momentos de excesiva

tensión no se puede andar con paños

tibios, aquí se ha apresado a mucha gente sin

saber exactamente si eran culpables. Nosotros,

en la Sierra hemos fusilado gentes, sin

saber si eran totalmente culpables, pero hay

un momento en que la Revolución no podía

pararse a averiguar demasiado, tenía la obligación

sagrada de triunfar. En momentos en

que ya las relaciones naturales entre las gentes

vuelven a tener su importancia, tenemos

que dar un pasito atrás y establecer esas relaciones,

no seguir con las relaciones del fuerte

y del débil, del yo lo digo y se acabó. En primer

lugar, porque no es justo y en segundo

lugar y muy importante, porque no es político.

Así como los CDR se han convertido en

organismos antipáticos, o por lo menos han

perdido una gran parte del prestigio que tenían

y del cariño que tenían, los cuerpos de la

seguridad se pueden convertir en lo mismo,

de hecho han cometido errores de ese tipo.

Nosotros tenemos la gran virtud de habernos

salvado de caer en la tortura, en todas las cosas

tremendas en que se ha caído en muchos

países defendiendo principios justos.

 

Establecimos un principio que Fidel defendió

mucho siempre, de no tocar nunca la

gente, aun cuando se le fusilara al minuto, y

Puede ser que haya habido excepciones, yo

conozco alguna excepción, pero lo fundamental

es que este cuerpo mantuvo esa actitud,

y eso es muy importante, porque aquí

todo se sabe, todo lo que nosotros a veces no

decimos por el periódico, todo lo que no queremos

ni enterarnos siquiera, después nos

enteramos. Yo llego a mi casa y mi mujer me

dice: mira, se metió en la embajada fulano, o

mira una guagua que un soldado tiroteó; todo

se sabe y así también se saben los atropellos

y las malas acciones que comete un cuerpo,

por más clandestino que sea, por más subterráneo

que trabaje, el pueblo tiene muchos

conocimientos y sabe apreciar todas esas cosas.

Ustedes tienen un papel importantísimo

en la defensa del país, menos importante que

el desarrollo de la economía, acuérdense de

eso, menos importante. Para nosotros es mucho

más importante tener malanga que tenerlos

a ustedes, pero de todas maneras ustedes

tienen un papel importante y hay que saber

desempeñarlo, porque todavía tenemos batallas

muy duras y durante quien sabe cuánto

tiempo, porque todos nosotros tenemos que ir

a poner nuestras vidas a disposición de la Revolución,

en un campo o en otro, con mayor

o menor premura, en un futuro más o menos

cercano. Pero las batallas seguirán. (…) Ustedes

podrán ser grandes informadores al Gobierno

de lo que siente el pueblo; pero por

ejemplo, en Matanzas, los jefes de la Revolución

salían con unas sogas por el pueblo diciendo

que el INRA ponía la soga, que el

pueblo pusiera el ahorcado y no hubo ningún

informe, por lo menos yo no leí de que sucediera

eso, no se supo cumplir con el deber y

ni siquiera supo enterarse el cuerpo de seguridad

de que sucedían cosas como esas. Eso

es como el ejemplo del llamado terror rojo

que se quiso imponer en Matanzas contra el

terror blanco, sin darse cuenta que el terror

blanco no existía nada más que en la mente

de algunos extraviados; el terror blanco lo

desatamos nosotros con nuestras medidas

absurdas y después metimos el terror rojo. En

Matanzas ocurrió un caso curioso y triste, de

las medidas absurdas que puede tomar un

grupo revolucionario cuando no tiene control;

ahora eso se puede repetir y todos tenemos

que estar vigilantes para que no se repita.

Contrarrevolucionario es todo aquel que

contraviene la moral revolucionaria, no se

olviden de eso. Contrarrevolucionario es

aquel que lucha contra la Revolución, pero

también es contrarrevolucionario el señor que

valido de su influencia consigue una casa,

que después consigue dos carros, que después

viola el racionamiento, que después tiene

todo lo que no tiene el pueblo, y que lo

ostenta o no lo ostenta pero lo tiene. Ese es

un contrarrevolucionario, a ese sí hay que

denunciarlo enseguida, y al que utiliza sus

influencias buenas o malas para su provecho

personal o de sus amistades, ese es contrarrevolucionario

y hay que perseguirlo pero con

saña, perseguirlo y aniquilarlo.

 

El oportunismo es un enemigo de la Revolución

y florece en todos los lugares donde

no hay control popular, por eso es que es tan

importante controlarlo en los cuerpos de seguridad.

En los cuerpos en donde el control

se ejerce desde muy arriba, donde no puede

haber por el mismo trabajo del cuerpo, un

control de cada uno de los pasos, de cada uno

de los miembros, allí sí hay que ser inflexibles

por las mismas dos razones: porque es

de justicia y nosotros hemos hecho una Revolución

contra la injusticia y porque es de

política, el hacerlo, porque todos aquellos

que, hablando de revolución violan la moral

revolucionaria, no solamente son traidores

potenciales a la Revolución, sino que además

son los peores detractores de la Revolución,

porque la gente los ve y conoce lo que se

hace, aun cuando nosotros mismos no conociéramos

las cosas o no quisiéramos conocerlas,

las gentes las conocían y así nuestra Revolución,

caminando por ese sendero erróneo,

por el que caminó unos cuantos meses,

fue dilapidando la cosa más sagrada que tiene,

que es la fe que tiene en ella, y ahora tendremos

que volver a trabajar juntos con más

entusiasmo que nunca, con más austeridad

que nunca, para recuperar lo que dilapidamos (…)

El Bautizo.

José Gabriel Barrenechea.

Se detuvieron a escasos pasos de la esquina. Colgado de un poste, bajo la amarillenta luz de una bombilla de escasos watts, un cartel en letras medio torcidas llamaba a ganarle la guerra al imperialismo. Aunque por el momento solo en los campos de caña.

– ¿Qué pasa?- susurró la joven mientras se reacomodaba el niño sobre el otro brazo.

-Me pareció escuchar pasos.

-¿La ronda?

La vieja no respondió. Durante nunca más de medio minuto, que a la joven, sin embargo, se le antojó lo menos un cuarto de hora, permanecieron inmóviles y en silencio.

– Parece que no es nada. Sigamos.

– ¿Doblamos aquí?- preguntó la joven, cuando por fin se asomaron a la esquina, señalando a la derecha con un fugaz movimiento de la cabeza.

– No, vamos a dar un rodeo. Iremos por la calle de más abajo.

Atravesaron la iluminada calle principal del pueblo, tratando de no llamar la atención. Dos cuadras a la derecha, frente al local del partido, un jeep detenido ronroneaba a la espera de alguien. Todavía más allá, a cinco cuadras, una plaza arbolada cerraba la visión.

Al tiempo que de nuevo se vieron flanqueadas por casas, el niño comenzó a gemir.

-Te advertí que no le pusieras tantos trapos encima- la recriminó la vieja-Lo vas a asfixiar. Quítale al menos ese pañal.

-¡Aquí, en el medio de la calle, con lo traicioneras que son las corrientes de aire!

-Ni que lo fueras a dejar desnudo. Si debajo de ese pañal ni tú misma te acuerdas cuantas cosas más le enredaste al cuerpo.

-¿Qué horas serán?- preguntó la joven, una docena de pasos más adelante.

Habían estado esperando en la sala de la casa de la joven, con las luces apagadas. Ella meciendo al niño en un pesado sillón, la vieja atisbando a la calle a través de un postigo entreabierto.

-¿Qué horas serán?- Preguntó la joven.

La vieja miró por encima de ella, y por unos instantes escrutó las semipenumbras del interior de la casa.

– La una menos diez. Niña, no han pasado ni cinco minutos desde la última vez que me preguntaste.

-Es que ya llevamos dos horas esperando el cambio de guardia. ¿Y si le da por pensar que ya no vamos a ir?

-No te preocupes, allí estará. Si él ya ni duerme.

A lo lejos se escuchó el alargado bramido de una locomotora. Luego volvió a quedar tan solo el sordo traqueteo del sillón.

-Mira, vamos, que no veo a ninguna de esas dos por ninguna parte. Seguro Gladis ya se fue a dormir, y Verónica a despertar a su marido, que es quien las releva.

Para lo avanzado de la estación, la madrugada no resultaba muy fría.

Doblaron en la siguiente esquina, una cuadra más allá de la principal. No tardaron en descubrir que desde un portal las observaban un par de sombras. A unas casas de distancia las distinguieron como mujeres.

-¿Y ahora?- murmuró la joven.

-A éstas seguro se les paró el reloj y no se han podido enterar de que ya es hora de despertar al segundo turno.

-…o es que no tienen reloj.

Se saludaron.

– ¿Le pasa algo al niño?- preguntó una mulata de rasgos angulosos.

-Una bobería. Un poquito de fiebre. Pero imagínese, como a estas horas de la madrugada es cuando a las boberías le da por complicarse, y como su padre anda para lo de la zafra…

La velada sugerencia de la vieja a lo avanzado de la hora no pareció alterar para nada a las de guardia.

-¿Y hace mucho que lo movilizaron?- intervino ahora una campesina de hablar atropellado.

-Desde dos o tres días antes del discurso de inauguración de la zafra- le respondió la joven-¿Usted lo conoce?

-¡Claro! él es el instructor de mi núcleo del partido.

El que su esposo fuese algo más que un miembro de filas, todo un instructor, enorgulleció a la joven. Se le notó en la nueva manera de mirar a la que, hasta un momento antes, no pasaba de ser para ella más que una guajira ñonga de hablar ininteligible.

-¿Vengan acá, y ese milagro ustedes no se han ido a acostar?- preguntó la vieja.

-No,- respondió la mulata- es que como el compañero del segundo turno nos releva casi siempre antes de tiempo, hoy quisimos devolverle el favor y despertarlo un poco más tarde.

-Hay, ojala a mí me hubiera tocado un relevo como el de ustedes-se lamentó la joven- porque lo que es el mío, hay que llamarlo a la una en punto.

-Bueno, vamos a seguir- intervino la vieja, no muy cómoda con lo bien que se desenvolvía su compañera en ciertos temas.

Se despidieron. Las de guardia en el CDR les desearon que no fuera nada y ellas, a su vez, les respondieron que por supuesto, que ya sabían que no era nada, pero que así y todo les agradecían los buenos deseos.

-Con las enfermedades no se juega- murmuró la joven, en cuanto calculó que ya no podrían escucharlas.

-No seas supersticiosa. Acuérdate de a qué llevamos al niño.

Poco antes de la siguiente esquina, una fluctuación de la atmósfera se trajo consigo el ronroneo del motor de un remoto automóvil. La joven aminoró el paso, para cubrirle mejor la cara al niño. La tenue brisa se la había descubierto en parte.

-Apúrate, mujer, que todavía nos va a coger el segundo turno en la calle.

Dentro del policlínico una enfermera de piernas desnudas dormitaba recostada a una mesa metálica, mientras en un rincón, fuera de la mirada de las dos mujeres, un radio hacía un recuento de lo que lograría el país de cumplirse con la meta de la zafra de ese año, la de los diez millones.

-A mí lo que me preocupa es que esas dos allá atrás nos van a ver seguir de largo.

-No te preocupes. A esa guajira del partido a la legua se le ve que le teme más al sereno que al mismísimo diablo. No me hace falta voltear la cabeza para saber que continúan bajo aquel mismo portal. Mientras sigamos por esta acera no podrán vernos; no tienen ángulo. Además, ya casi llegamos a la esquina.

Las dos mujeres habían planeado aquella salida desde mucho antes, en susurros casi, como si temieran que alguien tuviese la oreja pegada del otro lado de las paredes de madera de la casa.

-¿No se lo irás a decir a tu marido?

La joven denegó con la cabeza y los brazos, pero con expresión de no andar muy convencida de estar haciendo lo correcto. En la cocina humeaba un jarro de café, a su lado esperaba un pulido artefacto de madera del que colgaba el gorro de tela en que se lo colaría.

-Es que tu marido ha cambiado tanto en los últimos años. Si hasta me cuesta reconocer en él a aquel muchachito que por las tardes venía a escuchar mis ejercicios de piano.

-Entiéndalo Petra: Él no iba a decir que no por nada malo. Es que si se enteran, eso después le va a afectar el futuro al niño. Mire lo que le pasó a Umber, el hijo de Zenaida, que lo sacaron de la Universidad.

En la cuna, frente a ellas, el niño se chupaba los dos primeros nudillos de su mano izquierda.

-No te preocupes- la tranquilizó la vieja- A esa hora del cambio de guardia del CDR hay por lo menos quince minutos en que se puede atravesar el pueblo sin que nadie lo vea a uno.

Y tras una corta pausa.

-Pero y si por desgracia nos vieran, bueno, que se le va a hacer. A fin de cuentas esto es más para el bien del niño que diez carreras universitarias juntas.

La joven madre asintió, aunque no muy convencida.

La plaza arbolada que antes habían entrevisto, desde el otro extremo del pueblo, apareció ahora ante ellas al alcanzar la nueva esquina. Entre los árboles, en la penumbra, se adivinaba la forma oblonga de una iglesia. Al fondo de la edificación, una línea de luz muy baja, casi en el suelo, anunciaba la presencia de una puerta, y de una habitación iluminada detrás de ella. La vieja llamó con un par de toques quedos, a los que no tardó en responder un cura un tanto encorvado.

-Pasen hijitas, pasen- invitó solícito.

En su sarmentosa mano izquierda sostenía una edición económica de El Criterio, de Balmes. Uno de sus largos dedos le servía de improvisado marcador.

-Bueno padre- intervino la joven madre- cuando ya la puerta se había cerrado tras de ellas- apúrese con el bautizo, que todavía nos queda lo más difícil: regresar.

A lo lejos se escuchó el alargado pito del central. Acababa de completarse otro millón de toneladas de azúcar. Por un instante, mientras el viejo cura se colocaba la casulla, la joven se preguntó si no estaría poniendo en peligro que su hijo obtuviera una de esas muchas carreras universitarias que parecía anunciar aquel silbato.

En defensa de la Campaña por el NO.

José Gabriel Barrenechea.

Para algunos pareciera que hay solo dos soluciones realistas al problema cubano: O que los americanos vengan y arrasen la Isla con sus F-22 y sus tanques M-1 Abrams, o que el régimen se caiga solo, por ley natural, como los mangos maduros.

Es de destacar que algunos de esos algunos viven allá afuera, adónde no caerán las bombas, o dónde se puede esperar, en un local climatizado, ante una abundante mesa y sobre un cómodo asiento, a que el muy cabrón mango-manzana castrista acabe de caerse.

Por desgracia, o más exactamente por elección, yo vivo aquí, y ni tengo mesa, ya no hablemos de que poner encima, y tampoco podré recibir con buen talante que un ejército extranjero, comandado ahora por un payaso, venga a liberarnos a pura bomba inteligente y uranio empobrecido.

Vivo aquí como otros 11 millones de cubanos; a quienes quizás los mencionados algunos de tanto no compartir la dura realidad que soportan ya no alcancen a comprender. Mi gente, que en estos años de persecución y acoso me ha dado tantas muestras de solidaridad; en todo caso muchísimas más de las que he recibido de un exilio que cuando viaja acá a la Isla suele virarme la cara para no tener que comprometerse al saludarme, o que si ayuda es siempre desde el condicionamiento burdo: Si no me he muerto de hambre, literalmente, se lo debo a quienes me rodean aquí, y en no pocos casos a algunos que no comparten mis ideas.

De más está decir que no me dispongo a esperar por las tales leyes naturales de la evolución… de los mangales castristas, ya que envejezco aquí, donde está la candela, y por ello quizás las arrugas se me notan mucho más que a mis contemporáneos de por allá afuera; sobre todo los que pueden dedicarse, por deporte, a ponerle peros a todo.

Yo debo hacer algo. Aunque sea un disparate, pero debo hacer algo. Esperar, y oponerme a todo, no es una opción válida para mí. Ya no por razones éticas, sino puramente vitales. Y además, contrario a lo que a primera vista pudiera parecer, el “disparate” de pretender usar el Referendo para hacer mover al régimen descansa en meditados cálculos, no solo en embullo; que bueno, digan lo que digan sus enemigos, sin embullo es mejor no emprender nada

Los cálculos:

1-Raúl Castro, que al presente sigue al frente del país (ahí estaba en el lugar de honor de la tribuna este 1º de mayo), ha prometido que la Reforma Constitucional será sometida a un Referendo. El cual, de realizarse, no se dilatará más allá del 24 de febrero del próximo año (después de ese plazo olvidémonos de él).

2-Según la Ley Electoral el mismo solo puede hacerse pidiéndole a los electores que, de manera secreta, marquen en sus boletas si aprueban o no la propuesta de Reforma Constitucional. Una reforma que puede apostarse resultará insuficiente para las aspiraciones de un número significativo de cubanos. Insuficiencia de la que hay que tratar de concientizarlos para que actúen de conformidad con ella.

3-La evidencia de las estadísticas electorales muestra que la apertura del acceso a internet, y las facilidades para viajar al exterior, han disparado desde las elecciones parlamentarias del 2008 el número de ciudadanos que se atreven a no participar en las mascaradas de elecciones (participación-2008: 96,89%; 2013: 90,88%; 2018: 83%). Ello a pesar del conocido y muy eficiente sistema de control, encabezado por la Seguridad del Estado, y de las represalias que se toman contra los remisos.

Así, el mayor conocimiento de su realidad, gracias a la facilidad de acceder a otras fuentes de información, ha permitido que un número importante de ciudadanos se hagan conscientes de su insatisfacción, al punto de que en las últimas elecciones parlamentarias se llegó a el histórico 17% de abstencionismo. Lo que equivale a que uno de cada seis electores cubanos no asistió a las urnas (en la ciudad de La Habana casi uno de cada cuatro).

Sin embargo, lo más importante en esa mayor facilidad para informarse está en el que los ciudadanos hayan descubierto, o aprendido, maneras de aprovechar fisuras dentro del proceso electoral para expresar su descontento. Esto explicaría el aumento del voto selectivo (el único voto que sería capaz de al menos hacer derrotar parcialmente una candidatura en las elecciones parlamentarias). Un aumento con respecto a las elecciones de 2013 (18,79% entonces; 19,56% ahora) que no puede reducirse de manera simplista al constatado de casi un punto porcentual, ya que es incuestionable que en realidad el voto selectivo habría sido algo mayor si a su vez no hubiese aumentado el número de votantes que se negaron a participar.

Téngase en cuenta que un número significativo de los que este 11 de marzo se atrevieron a no asistir a las urnas es altamente probable que hasta la anterior elección de 2013 prefirieran manifestar su descontento precisamente mediante el voto selectivo. Por lo que el aumento constatado en casi un 1% del voto selectivo, a pesar de que cierto número de los votantes selectivos históricos se decidieran ahora por una forma de oposición superior: el abstenerse, solo se explica por un aumento varias veces mayor en el por ciento de votantes que por primera vez escogieron este 11 de marzo esta forma de expresar su descontento.

En resumen, si se observa que incluso en estas últimas “elecciones” parlamentarias en que el ardid de anular el voto en blanco, o voto contrario a toda la propuesta de candidatura, impide que se pueda derrotar de manera completa la misma, si así y todo, perdidos al interior de un sistema electoral abstruso y lleno de trampas, un número considerable de electores fue capaz de dar con las únicas dos actitudes que podían tener un resultado: ¿Qué sucederá cuando como en el Referendo sí haya la posibilidad de derrotar la propuesta de Reforma presentada por el régimen?

Recordemos que en el Referendo, según establece la Ley Electoral, el voto por completo opuesto a lo que se propone, el “NO”, tiene que ser considerado.

Sucederá, no me canso de repetir, lo que seamos capaces de hacer entre todos. Desde la actividad de los formadores de opinión, a través de los medios que ahora se infiltran eficientemente por las grietas que ha abierto internet (pero no solo desde allí: en junio del pasado año la revista Vitral, de amplia circulación nacional en papel, publicó un extenso y muy crítico trabajo sobre el Proceso Electoral Cubano), el trabajo persona a persona de las organizaciones disidentes, hasta la brega cotidiana de los cubanos residentes en el exterior entre sus familiares y amigos.

3a-Precisamente a ganar la atención de la mayor cantidad posible de cubanos residentes en el exterior es que va dirigida la propuesta de exigir su participación en el próximo Referendo.

Es cierto que legalmente no se les permite hacerlo, pero las razones procedimentales que pueden señalarse como claves para no permitirles participar en las elecciones de delegados a las asambleas municipales, y posteriormente en las elecciones de delegados a las asambleas provinciales y a la Asamblea Nacional, no se dan en el caso del Referendo. La negativa, como hemos demostrado en un artículo anterior, al no deberse a las características del proceso electoral específico (el Referendo), solo puede ser debida a las características de estos posibles votantes, que el legislador por alguna razón teme.

¿Qué se pudiera ganar, en fin, con una campaña como esta?

a-Si el régimen se asustara ante una campaña para promover que los cubanos digan NO, siempre y cuando no aparezcan en la Reforma sus expectativas, se ganará en dejarlo un poco más en evidencia: Contaremos con un hecho más para convencer a quienes todavía no lo están, adentro y afuera, de que el régimen sabe que no cuenta con el apoyo popular y por ello no se atreve a convocar el Referendo.

b-Si lo hiciera, pero sin la participación de los cubanos residentes en el exterior, lo dejaría en evidencia ante unos cuantos que por allá afuera habitan sin querer ver la realidad: cuál es la verdadera actitud del régimen hacia ellos.

Sobre todo entre aquellos que ahora integran los grupos de solidaridad con la dictadura que el MINREX, al grito de: “Segurosos por todos los países, uníos”, ha organizado en muchas ciudades del mundo.

En esto, como en todo, el logro será mayor o menor en dependencia de lo que seamos capaces de hacer y de demostrar con nuestra actividad. Podría comenzarse por una vigorosa campaña alternativa para hacer ver a los cubanos como los únicos latinoamericanos a los que no se les permite participar en alguna etapa de su proceso electoral. Algo necesario, porque según he podido comprobar en mi conversación con más de un comunitario miamense esta realidad no es de conocimiento público entre muchos de ellos.

c-Si lo hiciera y lo ganara, pero con un 30 o incluso 40% de voto negativo, quedaría demostrado que existe un sector importante de la población que está en desacuerdo con la política gubernamental, y que lo está porque desea cambios más profundos de los que se promovieron en la propuesta de Reforma Constitucional.

d-Si lo hiciera y lo perdiera, lo dicho más arriba quedaría demostrado con mayor fuerza.

¿Tumbaremos al régimen con esto?

Muy poco probable, pero en todo caso haremos algo más que esperar a que la rana crié pelos. O peor, a que los americanos, o unos futuros chinos hegemones mundiales, vengan a sacarnos las castañas del fuego.

Las cosas se mueven no porque nos lamentemos de la existencia de fuerzas de rozamiento, en la esperanza no declarada de que Dios venga a hacer algún milagro, sino porque las empujamos una y otra vez, incansablemente.

Para terminar deseo hacer un comentario a un señalamiento que se me ha hecho llegar a través de mi correo: El que nada tiene sentido dentro del marco electoral por la tendencia al fraude que el régimen ha demostrado en sus procesos electorales.

En primer lugar, el régimen no ha necesitado nunca de cambiar el voto en las boletas, y mucho menos de robar o cambiar urnas. Para imponer su voluntad en los procesos electorales que se han hecho hasta ahora, las “elecciones” (del 76 para acá nunca ha habido un Referendo legal), le ha bastado con los tramposos mecanismos electorales definidos por la Ley 72, o con la previa actividad de la Seguridad del Estado.

La realidad es que si algunos han insistido en lo de los supuestos fraudes en masa, en medio del acto comicial en sí, se debe a que o no conocen en verdad el proceso electoral cubano, o como no son capaces de explicarlo optan por el método más fácil: acusar de fraude.

Es cierto, y en lo personal me consta, que en no pocos colegios se suelen marcar boletas en blanco, pero esto más que nada es el resultado del exceso de celo de algunos funcionarios de mesa, o en todo caso de los tejemanejes de la pequeña política municipal. Nunca ha sido a consecuencia de una política nacional y ni tan siquiera provincial, porque en realidad no es necesario echa mano de un recurso tan burdo cuando se cuenta con otros tan sutiles.

Preguntémonos: ¿Para qué arriesgarse al descrédito en las elecciones de delegados municipales, ante los muchos que merodean por los colegios a la hora del escrutinio, incluidos no pocos niños, cuando los que estaban en la boleta todos son gentes incondicionales del régimen? Porque de evitar que no estén los que no lo son se ocupa la eficiente Seguridad del Estado. Cual quedó bien demostrado en el proceso de nominación en los barrios para las elecciones de delegados municipales de noviembre pasado, en que mediante los más variados métodos los segurosos consiguieron que ningún candidato de la disidencia lograra resultar nominado.

En cuanto a las elecciones para delegados provinciales y diputados, ¿para qué arriesgarse a cometer fraude si el mismo mecanismo electoral está pensado para que sea virtualmente imposible que cualquiera de los candidatos no consiga el porciento requerido de voto válido? ¿Para qué ni Félix Julio Alfonso perdiera en la azul Habana Vieja a pesar de su abierta militancia naranja? Recordemos que cada candidato va sólo a ser ratificado en su asiento legislativo, ya que no compite con nadie, al existir únicamente un candidato por plaza, y que en esta situación la Ley Electoral ha definido como no válido el voto en blanco, o voto opuesto a la propuesta de candidatura (ya que solo existe una casilla para marcar SÍ, pero ninguna para marcar NO).

Admitámoslo, hasta ahora el régimen no ha tenido que echar mano del fraude simple y llanamente porque no lo necesitaba. Otra situación se da ante el Referendo, para controlar el cual no existen mecanismos en la Ley Electoral, y en cuyo control de poco sirve tampoco la Seguridad del Estado; salvo quizás en la difusión del rumor de que las boletas están numeradas (en Encrucijada esa bola circuló este 11 de marzo, y al menos en uno de los casos mis redes han logrado identificar como al promotor último del mismo al gordito responsable de enfrentamiento en el municipio).

Sin embargo, a esa tentación al fraude se opone una serie de inconvenientes:

1-Al no habérselo utilizado nunca no existe la práctica, y el fraude es algo que no se organiza con tanta facilidad. Requiere de un amplio personal especializado, incluso hasta de un discurso específico por los políticos mientras se lo realiza.

2-El proceso cubano, con su excesiva cantidad de mesas y funcionarios electorales, con el involucramiento de niños, y para rematar con la reciente suma de estudiantes universitarios encargados de velar por la transparencia del mismo, eleva el número de personas que de alguna manera tendrían algún conocimiento del fraude hasta las 200 000: ¿Es qué alguien cree que en un país como Cuba, donde todo se habla, existe la posibilidad de mantener callada a tanta gente?

3-Marcar las boletas para identificar a los votantes y en base a ellos coaccionar su voto es muy arriesgado; mucho más hoy en que con un teléfono móvil se puede tomarles fotos del mayor detalle, y en que con solo 100 cuc se puede conseguir que te vendan no ya una boleta, sino hasta los calzoncillos que acaba de desechar anoche el actual Presidente.

4-Cambiar los resultados, los números, en las comisiones electorales provinciales, o en la nacional, es en verdad factible. Ya no en las 165 municipales, en que habría ya muchos implicados. Pero por lo mismo que ya señalamos arriba es muy difícil que el hablantín pueblo cubano, que al salir de los colegios electorales lo primero que hace es comunicarse el voto, no llegue a identificar una diferencia demasiado significativa entre estas “encuestas” a pie de urna y los resultados de la compañerita Tibisay Balseiro.

Implementar el fraude en el Referendo es tan complicado y riesgoso que por ello en 2002 Fidel Castro prefirió inventarse un proceso, ilegal, de recogida de firmas, a tener que ponerse a robar urnas, borrar y reescribir boletas, o cambiar los resultados en las comisiones provinciales.

En todo caso, aun si se implementara el fraude exitosamente habría que ver qué resultado dejaría en la moral de no pocos castristas involucrados. Destaquemos que hasta ahora uno de los principales orgullos de no pocos castristas ha sido el que su opción política sea la primera en Cuba que ha conseguido hacer elecciones sin necesidad de apelar al fraude más evidente. Agreguemos que la inmensa mayoría de los castristas, a todos los niveles, desconocen al detalle su sistema electoral, y son por lo tanto inconscientes de las trampas que están insertas en él; y que para casi todos, por esa invisibilidad que a su alrededor genera el miedo, los segurosos no son más que una fábula engendrada por el Imperialismo y sus lacayos. Una fábula tenebrosa que sin embargo habita en todos los subconscientes, incluso hasta en el del compañero Díaz-Canel.