Para acabar un Embargo.

José Gabriel Barrenechea.

La Nación Cubana no nace de una supuesta voluntad de segregarnos del mundo occidental en expansión. Cuba adviene, más bien, por la voluntad de los cubanos de conectarse a ese mundo del que los intenta aislar la mentalidad conventual de la Corona Española. Desde esa perenne revuelta criolla contra aquella, que es en definitiva el comercio de rescate, hasta el pase al mercado negro de los actuales importadores de ropa a quienes el monopolio estatal pretendió hacer desaparecer, pasando por la revuelta de los vegueros o la misma Guerra de los Treinta Años por nuestra independencia, lo cubano se ha manifestado por sobre todo en un ansía de conectarse con el naciente mundo de la modernidad, y en consecuencia, en el enfrentamiento al espíritu galalaico-castellano de encierro.

Esa actitud que, desde los inicios mismos de la colonización asumen los habitantes de la Isla, de no dejarse encerrar en el entramado monopolista comercial de las Leyes de Indias, su irreverente imposición de las propias reglas, que incluyen el intercambio abierto con todos los que por esos siglos navegan por el Mar Caribe y por la cara americana del Atlántico, se transforma, con la ocupación de La Habana por los británicos, y más tarde con la Revolución Francesa que saca del juego a Haití, en la aspiración clara y distinta al Libre Comercio.

Cuba es la primera nación occidental que nace con y por esta aspiración. Es precisamente ella la que une por primera vez en un interés común a todos los cubanos de las clases libres, o lo que es lo mismo, de las que por entonces cuentan.

La culminación de esa aspiración fundacional nuestra es, a no dudarlo, la Doctrina Grau. No hay mejor enunciación suya que las siguientes palabras que Guillermo Belt Ramírez, Presidente de la Delegación Cubana a la Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz de Río de Janeiro, en 1947, pronunciara ante ella:

“La Delegación de Cuba considera que el capítulo que se refiere a las amenazas y los actos de agresión será incompleto y carecerá de valor si en el mismo no se incluyen las amenazas y agresiones de carácter económico. La simple notificación que un Estado haga a otro de que aplicarán sanciones o medidas coercitivas de carácter económico, financiero o comercial, si no accede a sus demandas, deberá ser considerada una amenaza. La aplicación unilateral de estas medidas deberá ser considerada como un acto de agresión”.

Doctrina que si bien los cubanos no logramos hacer adoptar como principio de las relaciones internacionales en 1947, si lo conseguimos en 1948 (al menos en el papel), en Bogotá, cuando en la Carta de la Organización de Estados Americanos, en su artículo 16, quedó establecido:

“Ningún Estado podrá aplicar o estimular medidas coercitivas de carácter económico y político para forzar la voluntad soberana de otro Estado y obtener ventajas de cualquier naturaleza”.

¿Cómo entender entonces que algunos cubanos apoyen al presente el Embargo de los EE.UU. a nuestro pueblo, o lo que es lo mismo, una nueva forma de encierro, una violación de nuestra aspiración constituyente?

En un anterior trabajo me referí a las semejanzas entre dos de nuestros extremismos, Anexionismo y Nacionalismo Radical (castrismo); a la sospechosa manera en que uno y otro justifican su existencia en la del otro. Pues bien, algo parecido se percibe entre quienes apoyan el Embargo, y los partidarios de la ortodoxia castrista. Por lo menos unos y otros afirmanimprescindibles sus radicales posturas y actitudes debido a las mantenidas por el otro.

Para cualquiera que entienda la particular y excepcional naturaleza del régimen cubano, resulta evidente que la desaparición del Embargo significará para él una herida de muerte. Mucho más ahora, cuando se acerca de manera irremediable al momento en que la “generación histórica” saldrá del juego, y en que necesariamente habrá un vacío de poder hasta que los nuevos dirigentes cooptados por dicha generación logren adquirir la suficiente legitimidad, más que nada ante el resto de la nomenclatura, y sobre todo ante las instituciones armadas.

El régimen cubano pertenece al grupode los que en su momento intentó imponer una versión diferente de convivencia humana a la del mainstream mundial. Fracasado ese intento, solo le quedaba un camino para seguir existiendo sin grandes variaciones de principios: aislarse sanitariamente del mundo que lo rodeaba. Norcorea, por ejemplo, fue efectiva en ese reto: La estabilidad de la dinastía de los “chinitos siniestros” se explica en buena medida por suprobada capacidad para poner a vivir a sus súbditos en la cara oculta de la Luna.

En el caso de Cuba ese aislamiento hubiera resultado mucho más difícil de imponer desde dentro, por la misma naturaleza de nuestra Nación. Pueblo atlántico más que latinoamericano, el régimen no logro desconectarnos por completo de Occidente ni aun en los tiempos en que el CAME aseguraba cierta prosperidad relativa, así que resultaba poco previsibleque lo consiguiera tras la desaparición del campo socialista. Mas no hubo necesidad: el aislamiento se lo regalaron, y en bandeja de plata, desde el exterior; desde los EE.UU. nada menos, o sea, desde la nación que por fuerza es el principal complemento de una economía como la nuestra, incapaz de la autárquia económica.

Si el régimen cubano ha sobrevivido 25 años a 1989, solo se explica en un final por el mantenimiento y hasta endurecimiento del Embargo de los EE.UU.

Es innegable que ante el levantamiento del mismo el régimen no habría respondido sino con más desplantes, y para nada con una política respetuosa de los derechos políticos y civiles. Sin embargo, le habría resultado muy peligroso responder auto-bloqueándose, por lo que habría tenido que a la larga adaptarse a las nuevas condiciones y situaciones consecuentesa la desaparición del Embargo.

Cada medida en la dirección de un auto-bloqueo como respuesta, solo habría aumentado el descontento, al que en la nueva situación ya no habría manera de contener con argumentos de ciudad sitiada; porque sin sitio concreto ya no podría haberlos. Si estos argumentos, debido a su carácter tangible logran por lo general llegar a la embotada sensibilidad de las masas, y en consecuencia consiguen su apoyo para quienes los invocan, no ocurre lo mismo con los etéreos del tipo de los del “Carril Dos”. Las masas suelen estar predispuestas al tipo de enemigos que implica la ciudad sitiada, pero no a los de la “sutil penetración ideológica”, y sobre todo cuando esta última iría necesariamente acompañada de un considerable mejoramiento de sus condiciones de vida, ya que téngase presente que la eliminación del Embargo habría ocurrido en años en que solo se podía ya ir hacia arriba, como 1993.

Al régimen, por lo tanto le habría resultado imposible ponerle barreras al enorme flujo de personas, de información, de dinero y oportunidades, con los consiguientes intereses en su continuo engrosamiento que aquí surgirían, hasta en la misma nomenclatura. Como hemos visto de ninguna manera podía responderal levantamiento del Embargo con un auto-bloqueo, y debido a ello habría tenido necesariamente que cambiar. El totalitarismo habría sido lo primero arrasado por el torrente de la apertura, y su lugar lo habría ocupado un autoritarismo de partido único que muy poco habría tenidopara intentar permanecer, salvo el carisma de Fidel. Mas el carisma de Fidel mismo no habría conseguido sobrevivir a la larga con las fronteras abiertas de par en par y en una circunstancia en que lo cotidiano fuera lo habitual.Hombre de lo aislado y lo trascendental, también él pronto habría sido superado.

De hecho, si el Embargo se hubiera levantado en 1992, es muy poco probable que el régimen hubiese podido aguantar hasta que sus órganos de inteligencia consiguieran afirmar el régimen chavista en Venezuela. Es así casi seguro que Cuba hubiesecomenzado a transitar hacia la democracia antes del arribo del nuevo milenio.

Mas no sucedió de esa maneraademás de porque en general ni el público ni los políticos suelen aceptar nunca como eficaz o moral el uso de la paciencia,del más que empujar abrir cauces a las tendencias a colapsar inmanentes a ciertos regímenes, por la particularidad de tres posturas, que aun sin quererlo (o al menos eso pretenden sus sostenedores), contribuyeron a la ilógica persistencia de un régimen como el cubano: La de cierto sector de la política norteamericana que vivesu relación con Cuba de la misma forma guapetonil que los castristas viven la suya con ellos, o sea, que ceder, transar, no es una opción; lade unapoderosa porción de nuestros emigrados,quienes prefirieron pensar en términos de reclamación de bienes nacionalizados,y noen los de una democratización de la que no era seguro obtener todo lo que se esperaba si por el contrario se lograba arrodillar al país (más que a los Castros, no nos engañemos); y porque otro grupo considerable, por sobre todo entre la gran mayoría de los disidentes (con honorabilísimas excepciones: Payá, por ejemplo, aunque no el único), no se atrevían de ninguna manera a imaginar una política que los separara de ese sector anterior.

Esperar que con presiones exteriores sobre el régimen se logrealgo es contraproducente, no encaja con las mismas razones que se dan para no cambiar de las presiones a la paciente apertura de cauces a la inmanente tendencia del régimen a decaer: Hasta a un escolar le es evidente que a este no le gusta ser presionado, que en esa situación actúano de otra forma que enquistándose más y más. Pero es que además, actuando de esa manera se consigue a su vez solidarizar aún más a las masas con el régimen, ya no solo por su discurso de ciudad sitiada en el que se las presenta como las principales perjudicadas (en lo que, como vimos, hay al menos una pizca de razón), sino también porque los cubanos tendemos a ponernos siempre del lado del que es presionado.

Solo dándole sin precondiciones lo que no puede rechazar sin perder credibilidad, solo cediéndole lo que a la larga él no puede asimilar, se logrará democratizar a Cuba (aunque por desgracia, para mí también, por cierto, no es nada seguro que se obtengan restituciones de bienes nacionalizados). A no ser, claro, que como ya advirtió Yoani lo que se pretende no sea otra cosa que meterle presión a la caldera hasta que explote… Lo cual créanme, no le conviene a nadie, excepto a los elementos caóticos de nuestra sociedad (que no son pocos), o de las colindantes.

El régimen cubano ha organizado a la sociedad cubana de manera tal que cualquier apertura profunda hacia un mundo que en su momento pretendió superar, y del cual tanto se diferenció, implicará cambios en dicha sociedad que tarde o temprano la obliguen a desembarazarse del régimen, o a este a acomodarse a los mismos, en una medida que lo conducirían a una gradual ampliación de la soberanía, y por tanto a su desaparición. Cuba no es China, un estado de 1400 millones de habitantes que es capaz de dictarle sus condiciones al mundo, no es tampoco una nación no occidental como Vietnam, o un régimen autoritario con economía capitalista que sería capaz de asimilar, con total facilidad, aun los relativamente escasos flujos de capital que correrán hacia acá, o las consiguientes presiones que estos ejercerán para el establecimiento de legislaciones claras en lo económico, lo financiero, lo impositivo, pero también en lo civil, lo penal…

El régimen cubano no vive en la realidad del presente, y por tanto ha debido rodear a sus súbditos en un capullo de símbolos, en un país de fantasías de mal cartón que la primera brisa se llevará, si abrimos de par en par puertas y ventanas.

Hay algo más, y no lo menor: Pretender alcanzar la libertad mediante las presiones económicas de externos, además de no caber en nuestra naturaleza, es asumir, en el caso poco probable de que sirviera para algo, deudas de gratitud demasiado gravosas. No solo debemos pensar en comenzar la democratización, en buena medida porque su éxito dependerá de que tras el minuto cero logremos un país apto para aprovechar todas sus posibilidades de desarrollo, que no son pocas, por cierto, pero que dependen de nuestra independencia política.

Es además inmoral, porque supone utilizar la miseria de nuestra misma gente para conseguir lo que en todo caso nosotros, los que nos pretendemos líderes suyos, no hemos podido. Un político no está para obligar mediante coacciones a que las masas hagan lo que ellos consideren, a no ser que las coacciones empleadas sean de tipo moral, en que mediante el ejemplo personal se provoca la acción gracias a la vergüenza.

Alcanzar la democracia por nosotros mismos es posible, y al hablar de nosotros incluyo a todos los cubanos, vivan donde vivan. Es cierto que los de adentro no podemos prescindir de la solidaridad de otros países (si el régimen no nos ha fusilado a todos de una buena vez, no nos engañemos, es no por otra razón que por el miedo al escándalo internacional), o que los de afuera no pueden dejar de utilizar sus redes de influencia, pero lo que si no podemos es pretender que otra Nación nos haga lo que a nosotros, y solo a nosotros nos toca (es bueno recordar aquí que no solo hay cubanos emigrados en los EE.UU.). Más cuando los mismos mecanismos que pretendemos utilizar van tan en contra de nuestra naturaleza de pueblo atlántico, fundado sobre y por la aspiración al más completo intercambio con el mundo, y específico con nuestra civilización: la occidental.

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Fuerza moral (4).

José Gabriel Barrenechea.

Advirtamos que si algo entendió muy bien la actual Dictadura es esta dinámica desmedida y paradójica de la cubanidad.

Dicha Dictadura también surgió de otra de nuestras fuerzas morales. Solo que a diferencia de la del 30, y en buena medida debido a ella, por el aquello de que nos parecemos siempre más a nuestros abuelos que a nuestros padres, sin olvidar la influencia que la atmosfera mundial de la época tuvo, no fue desde un principio una fuerza moral democrática. Cualquiera que haya leído los escasos documentos que tras de sí dejaron los otros dos grandes líderes de dicha fuerza moral, Frank País y José Antonio Echeverría, se sorprenderá de la similitud de pensamiento en general con las del único que quedó vivo: Fidel Castro. En los tres logra percibirse esa mezcla tan nuestra de moral-falangismo con socialismo soviético, que ha caracterizado nuestra vida política a posteriori de 1959.

Contrario de lo que muchos piensan, la generación de 1956 si sintió con claridad el espíritu de las masas cubanas de entonces, su trascendentalismo constitutivo liberado en el 30, pero que por entonces se juzgaba traicionado por los mismos que lo echaron a rodar. Imbuidos ellos mismos de la desilusión popular con los muchachos del 30, ya para entonces respetables cincuentones, que han permitido el establecimiento de ese sistema político tan poco dado a la espectacularidad llamado democracia, los muchachos del 56 han decidido que las cosas deben ser hechas con mucha más teatralidad.

Pongamos el ejemplo de la soberanía. La nueva fuerza moral, influida además de por todo lo que sucede en lugares como Egipto o en Bandung, por la naciente televisión, y por la generación de los “rebeldes sin causa”, entiende el nacionalismo desde la bravuconada y la espectacularidad. Para ellos la única forma de defender a Cuba pasa por reunir a medio país en una Plaza,y desafiar a los americanos desde la tribunaen el más perfecto estilo de la guapería rellolla.

Es esta la razón de por qué la resistencia de los sesentas no ha logrado convertirse en fuerza moral, de por qué no ha alcanzado a derribar a Fidel Castro: Ese sentido de la espectacularidad del nacionalismo de Fidel Castro y su generación política les ha permitido escamotearle a cualquier sucesor el ímpetu trascendentalizador. Porqueno podemos dejar de hacer notar que si algo distingue a lo trascendente, es que no suele percibirse en lo cotidiano si no en lo extra-cotidiano; esfera esta que cae por completo dentro de lo espectacular.

Pero ladictadura castrista, además, se ha dado a la tarea de evitar la constitución de otra fuerza moral con el establecimiento de un particular totalitarismo.Ha echado mano a diario a la calumnia y al desprestigio, al absoluto control de los medios, y hasta de los símbolos. Ha hundido a Cuba en la precariedad económica, a la vez que ha estatuido una legislación en que casi toda acción necesaria para continuar vivo cae de lleno en el plano de lo ilegal, de lo sancionable,manteniendo así al ciudadano en un precario estado legal, y en una indefensión casi completa frente a las autoridades. En fin, en un clima en el que es casi imposible el surgimiento ni de la ética requerida, ni de la inteligencia o cultura necesarias, o incluso del imprescindible orgullo de ser cubano en ese elemento joven, que se ha criado en un país que ven caerse a pedazos, dominado por la apatía, la abulia, el hedonismo, la mediocridad, el miedo, el deseo de poner mar de por medio…

Pero cuidado, a pesar del innegable daño antropológico el alma cubana aun alienta en el subsuelo de la Nación. Cincuenta años de aculturación sistemática en realidad se han estrellado contra la desmesurada esencia de la cubanidad, que en un final ha hecho como ya hizo antiguamente ante los Capitanes Generales con sus facultades omnímodas: Acatar pero no cumplir. Acatar, hasta un día en que todo parece salirse de los cauces esperados, hasta ese inexplicable día en el que tanto “cubanólogo”, tanto académico, pierde pie…

Hoy las paradojas de la Cubanidad nos vuelven a colocar en la misma encrucijada de siempre: Solo una fuerza moral podrá arrastrar a las masas a derribar la dictadura presente; esa misma fuerza moral que luego, a pesar suyo incluso, se convertirá en un peligro para la democratización…

¿Habrá manera de salir del ciclo cerrado, sea a la derecha o a la izquierda, en que hasta ahora hemos vivido? La respuesta solo parecen tenerla hombres como Miguel Díaz-Canel, cooptado por el actual presidente para sustituirle en el 2018. En sus manos está que por primera vez logremos realizar una transición, no una revolución… y que no nos engañemos, llegará si no se camina hacia una apertura política, porque está en la profunda naturaleza de la Nación.

Naturaleza caótica, desmesurada, contraproducente, necesitada de corrección, está bien, pero no obstante sublime, de esto que somos: cubanos.

Intelectuales y Participación

José Gabriel Barrenechea.

Desarmemos ese mito, el de la participación de los intelectuales cubanos en la ideación del que llamaremos de ahora en adelante, solo para abreviar, Socialismo Cubano.
Salvo haber preparado la atmósfera en que pudo crecer vigorosamente, mediante una activa campaña de desprestigio de las formas republicano-democráticas, a finales de los cuarentas y principios de los cincuentas, no mucho más han hecho, o han podido hacer, los intelectuales cubanos por ese Socialismo. Han cortado caña, han estado en las trincheras, han alfabetizado, han creado una obra en que se loaba los logros, o, al menos en los últimos años, en que se criticaba (superficialmente), pero nunca han podido aportar lo que se supone hace en sí a un intelectual: ideas, propuestas. No han sido arquitectos y ni tan siquiera ingenieros; solo peones de obra.
¿Alguien puede mencionar en todo el periodo posterior a 1959 un pensamiento estructurado socialista que no sea más que en un final exegesis del pensamiento de Fidel Castro o Ernesto Guevara? Desde aquel memorable editorial en contra del burocratismo, hasta el pensamiento del recuperado de Fernando Martínez Heredia a mediados de los ochentas, los intelectuales “revolucionarios” no han hecho más que comentar, que traducir a la terminología “científica” el pensamiento de los Jefes. Así, el bastante destacable ataque al burocratismo solo se escribió después de que Fidel Castro hubiera dado el tiro de arrancada en par de discursos, y a su vez lanzado en ellos las líneas generales; el revivido pensamiento guevariano por Heredia o Tablada en tiempos del desmerengamiento, solo estructuró un poco el que en esencia presentaba Fidel Castro en su campaña de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas.
Resulta sintomático que la Teoría de la Dependencia, que debió haber sido creación de las universidades cubanas lo haya sido de las chilenas. Y digo que debió ser creación cubana no solo porque en esencia, aunque sin un planteamiento claro, esa fue la concepción de las relaciones internacionales que usaban desde un principio los dirigentes cubanos para orientar su actividad, sino porque además este era un país en que existía una fuerte tradición de auto-reflexión, aun comunista, y por lo tanto no se explica como una de las más claras intelectualidades latinoamericanas no haya podido plantear de modo distinto y sistemático lo que era la atmósfera difusa de la revolución, y su novedad. Obsérvese, no obstante, que ello exigía algo más que exégesis…
Pero leamos a uno de los exegetas más estimados de los Jefes Indiscutibles: El señor Roberto Fernández Retamar, en su Hacia una intelectualidad revolucionaria en Cuba, de 1967:
“Hace poco me preguntaba en México Víctor Flores Olea porque los intelectuales cubanos no participan sino excepcionalmente en las discusiones sobre problemas de tanto interés como las referidas al estímulo material y al estímulo moral, a la ley del valor, etc., asuntos que solían ser tratados por el Che, Dorticós y otros.”
O sea, Retamar reconoce desde un inicio que, incluso en ese periodo que ahora los de su generación pretenden vendernos como el más participativo en la conformación del proyecto socialista, esa especie de Tierra de la Participación Perdida, los intelectuales no solían participar, “sino excepcionalmente”.
Retamar, claro, intenta explicar esta extraña situación, de que en un país en efervescencia revolucionaria, respirándose pretendidamente optimismo y provenir luminoso hasta por los poros, los intelectuales, seres metiches de por sí, no intervengan en el que quizás sea el más atractivo de los campos humanos: la política. Empieza por aclararnos que esos compañeros, Dorticós y el “Che”, también son intelectuales, y que por la naturaleza de su trabajo necesariamente abordaban esos asuntos. Pero como de lo que está hablando no es de una revolución a la soviética, asignacionalista, o lo que es lo mismo, en que haya una completa división de responsabilidades, sino de la más maravillosa Tierra de la Participación Socialista, debe buscar pronto otra explicación a ese raro desgano intelectual. Para él no será otro que la escasa formación económica de nuestros intelectuales. Recuerda así que Carpentier, en el congreso constitutivo de la UNEAC en agosto de 1961, había notado el hecho de que se necesitaba un Rodó que supiera de economía .
Así nuestro hombre, para explicar la extraña no participación de los intelectuales en un campo en el que siempre están ávidos de participar, ¡mucho más las vanguardias!, echa mano de una idea de Ernesto Guevara, y la comenta: los intelectuales cubanos no participan en la ideación del Socialismo Cubano no porque no los dejen, si no por su incapacidad para entender de economía.
No obstante algo evidente falla en este discurso. Ni el “Che”, ni Fidel Castro sabían ni pitoche de economía, a no ser que la habilidad para destruir una economía nacional completa en menos de una década pueda considerarse conocimiento válido. Me atrevo a afirmar, como muy probable, que en esta materia seres tan antieconómicos como Lezama o Piñera supieran más que los dos Jefes juntos. En cuanto a Dorticós, que sí algo sabía, no tenía los pantalones para salirle al paso de los disparates salidos del magín de aquellos dos .
La verdad es que gracias a la desacreditación de las formas republicano-democráticas, desde muy pronto en 1959 se fueron cerrando las posibilidades de opinar sobre estos temas, hasta que aproximadamente en 1965 era ya por completo imposible que la iniciativa en la ideación del Proyecto viniera desde otro lugar social que no fuera la cúpula.
Y así ha continuado hasta el presente.
Nadie que ostente facultades omnímodas, poderes absolutos y discrecionales, los cede de buena gana. Esperar, como algunos de nuestros intelectuales, que Raúl Castro, o su heredero Díaz Canel, cedan de buena gana algo de su poder de pensar y decidir lo que va a hacerse del modelo de Socialismo Cubano, es de una ingenuidad vergonzosa. Más que recordar las palabras de año nuevo del General Presidente, en que pedía colaboración a los intelectuales para tal, debería venir a nuestra memoria que fue él quien cerró el CEA, y quien más hizo por cerrar el departamento de filosofía de la UH en 1971.
En realidad Raúl solo les pidió a los intelectuales cubanos que hagan como siempre, exegesis, y si alguien se pasa, pues nada, para eso están esos compañeros tan poco afectos a filosofías y otras debilidades y pajarerías ideológicas aledañas, los de la Seguridad del Estado.
Lo contradictorio de ese pedido está, sin embargo, en que si en definitiva se podía hacer exegesis del pensamiento de 3-mirada-al-VIII-Congreso2-mirada-al-VIII-Congreso, no obstante no se puede hacer lo mismo con la ausencia de pensamiento; y si algo es evidente que no tiene el General Presidente, y mucho menos su heredero, es uno…
No quiere decir esto sin embargo que nos debamos quedar callados, al no haber nada que comentar. Por el contrario, más bien ha llegado el momento de pensar, y de hablar, y de escribir, hasta por los codos.
Si como hemos visto los intelectuales son en un final los máximos responsables de este desaguisado llamado Socialismo Cubano, o más bien Castrismo, a ellos les toca componerlo.
¿Cómo? Pues de los más variados modos. Pero al parecer lo primero debe ser volver a prestigiar los valores democrático-republicanos. Valores no perfectos, pero al menos si perfectibles, abiertos a nuestra intervención para el mejoramiento, a diferencia de los pretendidamente perfectos valores autoritarios, castristas, que por esa misma perfección nos miran con mala cara (esas caras torvas de oficial del G-2 que casi todos hemos tenido que enfrentar en algún momento) al intentar nada más que pasarles un trapo: Cambiar lo perfecto, aun ligeramente, es destruirlo.
Lo segundo, comenzar a exigir un Estado de Derecho. Exigirle a Raúl que cumpla con la pretendida y cacareada institucionalización. Que se acabe de establecer toda la legislación complementaria a los derechos que dice garantizar la Constitución de la República, desde la Ley de Prensa hasta la de Cultos; que no se sigan operando cambios discrecionales a la Constitución sin reformarla; que se nos dé una verdadera Ley Electoral, y no esa Ley Para el Falseo de lo Electoral, lo que no implica necesariamente el pluripartidismo, por cierto; que se ponga bajo fuero civil a las instituciones policíacas, y sobre todo a la Seguridad del Estado, que hoy día disfrutan de un poder que ni la guardia civil española en tiempos de Tacón; que se reduzcan los exagerados poderes del Presidente del Consejo de Estado…
Si realmente los que se van a reunir este fin de semana en el VIII Congreso de la UNEAC se sienten intelectuales, y no unos logreros, unos tenderos preocupados por sus ridículas canonjías oficiales, por la “35”, es esto lo que deberían pedir: Real participación en la vida política de su Patria, al menos participación a la manera de un intelectual, que nada tiene que ver con el resignado asentimiento.

Declaración.

José Gabriel Barrenechea.

A consecuencia de mi participación en el programa 1800, on line, de Radio Martí y que conducen Lizandra Díaz y Juan Juan Almeida, la empresa ETECSA me cortó la posibilidad de subir nuevos posts a este blog. El Hidalgo Rural Cubano es todavía accesible si se usa google desde cualquier telepunto con conexión a internet, pero al intentar agregar nuevos textos el sitio de inmediato se bloquea.

Podría pensarse que este bloqueo es perfectamente legal si tomamos en cuenta las reglas que inicialmente la policía del pensamiento le impuso a la empresa. Mas no es así. Si bien es cierto que no está permitido arrastrar textos, o cortar y pegar, y que de entrada el click secundario está desabilitado, sin embargo yo debo de tener el derecho de teclear directamente mis textos. No obstante la carencia de sutileza de estos señores es tan mayúscula que hasta eso me prohíben. Y habló de falta de sutileza porque resulta evidente que tal proceder resultaría absolutamente incosteable para mí, a la vez que a ellos les hubiera dejado una puerta abierta para justificarse.

Mas estos señores solo saben expresarse mediante la guapería matonil, mediante el acoso.

Precisamente es esto lo que me preocupa. Porque para mí quedó claro que los señores habían preparado, con su sutileza característica, un operativo por si a mí me daba por reaccionar de mala manera ante este atropello. De haber hecho al menos un gesto de desagrado, estoy seguro que alguno de los “compañeros del pueblo” presentes habría reaccionado airada y revolucionariamente. Conseguir encarcelarme por desacato parece ser el objetivo.

He venido tomando toda una serie de medidas en los últimos meses para garantizar que al menos no se pueda mentir sobre cualquier hecho relacionado conmigo. Para que lo que se haga en contra mía deba ser hecho como a ellos les gusta: a cojones.

Por ejemplo: He hecho, y puesto a buen resguardo un catálogo fotográfico de mis libros, para el caso de un registro. Que pasen la pena de que se sepa que se me ocupó a

A las puertas del Café Literario de Santa Clara

A las puertas del Café Literario de Santa Clara

(de quien poseo casi todo). Pero también he puesto a buen recaudo pruebas concretas de amenazas veladas y descarnadas…

¿Qué si tengo miedo?, sonreirán los insutiles. Por supuesto, a los hombres que tienen más miedo que uno hay que temerles siempre. Y ellos tienen miedo, miedo terrible de su misma organización, porque son los que mejor conocen su naturaleza despiadada. Pregúntesele a cualquiera de ellos en confianza si alguna vez han denunciado algo de lo mucho que hay que denunciar en Cuba. Le responderán que sí, pero la realidad es que saben que de atreverse a tal pasarían por un calvario aun mayor que cualquier disidente cubano.

Para ellos solo tengo los versos de Martí: Cultivo  una Rosa Blanca en julio como en enero, para el amigo sincero que me da su mano franca, y para el cruel que me arranca, el corazón con que vivo, cardos ni oruga cultivo, cultivo una Rosa Blanca.

El Hidalgo no ha muerto, si es lo que esperaban. Con franqueza, sin esconderme, porque no hago nada incorrecto, si no por el contrario cumplo con mis deberes de cubano, comunico que ahora enviaré mis posts al exterior en donde amigos se encargarán de colgarlos. Y lo haré por mi correo nauta. Así cuando también me cierren esta vía no sé qué podrán argüir ciertos “amigos de Cuba”. ¡Mira como corre a una embajada!-cuando Atilio’s Boron, Luises Brito, y sus comparsas no han tenido ningún empacho de meterse a su vez en las de países enemigos de sus patrias en el pasado, o Lenin tampoco lo tuvo de aceptarle un tren a  un estado en guerra contra su pueblo.

Pido por último perdón a cualquiera que haga a partir de ahora un comentario de lo publicado, porque si antes me resultaba difícil responderlo, ahora ni enterarme de él.

¿Por qué soy un repugnante gusano? (1)

José Gabriel Barrenechea.

Creo que fue en el verano de 2009 que el Comandante, en una de sus Divagaciones, ¿o Reflexiones?, no me acuerdo, se preguntó como cierta muchachita (Yoani Sánchez), nacida, criada y educada bajo su providencial régimen, podía haberse pasado al bando de sus enemigos. Como soy del tipo al que le gusta tomar la iniciativa, a partir de ahora me propongo, poco a poco, explicar como fue que no terminé uniéndome al bando de los carneros y sí al de los gusanos (repugnante era una de las más profundas descalificaciones, de las que solía echar mano el Comandante en sus epifanías escatológicas).

“Porque hay que decir que en esta batalla se han demostrado muchas cosas interesantes. Empezaría por decir la increíble participación de la juventud, la combatividad y el fervor de nuestra juventud, porque esta ha sido la primera gran batalla de toda una generación de jóvenes. La masiva participación de las mujeres, cosa notable; pero además, la actitud de los intelectuales, los trabajadores intelectuales, de los periodistas,

El niño que sigo siendo

El niño que sigo siendo

de los escritores, de los artistas, de los técnicos, de los profesionales, de los médicos ¡una actitud magnífica! Hay que decir que han estado en primera línea en esta batalla también los trabajadores intelectuales, ¡y ni que decir tienen los estudiantes!”

Pocos sucesos me han marcado más que aquellas gloriosas jornadas de abril-mayo de 1980, en que según Fidel Castro en su discurso de primero de mayo de 1980, mi generación, aun de pantalones cortos, libró su “primera gran batalla”. Si José Gabriel Barrenechea, niño bueno, correcto y aplicado como pocos, nunca entró en la UJC, se lo debe más que nada a la demostración que ante “el niño aquel” desplegó por aquellos días la… Revolución.

Como todos los niños de mi generación se me había enseñado a leer y a escribir en aquella cartilla en que las referencias al Comandante eran más abundantes que a padre, papi o papá, y solo cedían ante mamá, madre o mami, aunque no por mucho. Cuatro años antes había vivido estremecido aquel mediodía en que todos los mayores de mi barrio, incluida la gusana de mi abuela Juana Cápiro, lloraron de impotencia porque los señores Orlando Boch y Posada Carriles habían decidido que la mejor manera de tumbar al Comandante era reventar en pleno vuelo un DC de Cubana… que total, solo llevaba “cuatro negritas” adentro.

Con semejante bagaje no sería de extrañar que yo hubiera seguido el “camino correcto. Mas al parecer Babalú Ayé, agente encubierto de la CIA, no tenía esos planes para mí.

Que la UJC y gritar “Pa’ lo que sea Fidel, pa’ lo que sea”, en público y sin sonrojarme, no me estaban destinados por los caracoles, me lo demuestra lo oportuno de algunos sucesos, que en mi historia personal antecedieron casi inmediatamente a las ya referidas gloriosas jornadas: En los finales de marzo de ese año 1980, gracias a un regalo de mi papá, leí de un tirón El Tulipán Negro, novela en que Dumas padre narra el asesinato de los hermanos Jan y Cornelio de Witt por una multitud “heroica y viril” de seguidores del Estatúder (especie de Comandante en Jefe de los holandeses de mediados del siglo XVII) Guillermo.

En alguna de sus diarias crónicas para El Nacional de Caracas, Alejo Carpentier menciona lo influyentes que suelen ser las primeras lecturas a los ocho o nueve años, su peso cien veces más importante en nuestra formación que obras incluso más serias, pero leídas más tarde, aun a esa edad todavía maleable que es la adolescencia. A lo que yo añado que si hechos muy semejantes a los descritos y juzgados por el autor (siempre se juzga en la obra literaria, incluso si su autor es un Alain Robbe-Grillet), tuvieran el mal tino de coincidir con esa lectura, pueden dar al traste con años de paciente labor de fregado mental.

Así, debido a la coincidencia temporal entre mi lectura de El Tulipán Negro y el comienzo de la crisis del Mariel, han quedado inextricablemente mezcladas en mi imaginación las imágenes de las turbas que esperaban en la plaza de la cárcel de La Haya, para subir a matar a los hermanos republicanos a instigación del Estatúder, y la de los que le hacían un acto de repudio a una vecina de un tío mío, a instigación del Comandante. Pero también la de mi hermano, a quien recuerdo llorar avergonzado por no haber conseguido a interrumpir las humillaciones de que fue objeto una vieja maestra de mi pueblo, Delfa, que se marchaba del país, y la del capitán de la compañía de mosqueteros que evitaba que la chusma holandesa demostrara su combatividad y fidelidad a toda prueba (¿o sería mejor decir guillermidad a toda prueba?). Dos veces he vuelto a releer esa novela después y es siempre el rostro de mi hermano el del capitán.

Y por cierto, aclaro que la vecina de mi tío, ni nadie en su casa tenía, o ha tenido intenciones, alguna vez, de traicionar a la Patria y al Dueño Indiscutible de la misma. Solo que en aquellos días de mi infancia, que tan bien recuerdo, se le podía caer a huevazos y hasta a pedradas a cualquiera por el más nebuloso rumor.

Política Exterior Cubana en el último medio siglo

La política exterior cubana se ha manifestado de dos maneras claramente discernibles tras 1959. Durante un primer periodo, desde esta fecha hasta que Fidel Castro aprobará públicamente la invasión soviética a Checoslovaquia, ha sido expansiva; de entonces acá, de supervivencia.

Durante el primero, el único que podemos llamar con propiedad revolucionario, la Nación ha intentado darse la posición internacional a la que se siente predestinada por su historia: la de Nación alfa: Descendiente de aquellas generaciones que durante los siglos XVII y XVIII habían vivido en lo que por entonces era la única parte todavía activa de lo que fuera el Imperio Español; de aquellas que, a finales de aquel segundo siglo y la primera mitad del XIX, habían levantado la única economía de plantación establecida por propia iniciativa y con capitales propios de los nativos; o de aquellas otras que poco antes del advenimiento del siglo XX habían derrotado al ejército más numeroso que jamás haya cruzado el Atlántico de este a oeste, y que aun hoy supera la suma total de todos los que hayan realizado igual travesía, la de 1960 se propuso eliminar hasta la más insignificante influencia externa, en lo fundamental norteamericana, sobre las decisiones conscientes o inconscientes del cuerpo social que formaban.

Búsqueda de una independencia a ultranza que, dado que no cabía en la práctica aislar de modo absoluto a la Nación, solo podía alcanzarse disputándole la hegemonía hemisférica a los EE.UU.

Porque es eso lo que en definitiva se ha intentado en los sesentas con la gran ofensiva guerrillera y de apoyo a cualquier forma de subversión en América Latina: Crear un subcontinente a imagen y semejanza de cómo creen los cubanos debe ser Nuestra América.

Y lo hacen, repetimos, por su herencia histórica. Es cierto que la presencia del desproporcionado individuo Fidel Castro ha sido determinante, pero debemos comprender a su vez que un Fidel Castro solo podía darse en una nación con tal herencia histórica. Solo en una nación al sur de los EE.UU., la única con un pasado imperial-marítimo, y con realizaciones militares y económicas dignas de nación alfa, podía darse una generación como la de nuestros padres y abuelos, y un individuo al que solo cabe comparar con los grandes españoles de la conquista. Una generación y un líder que intentaran lo impensable para cualquier otro latinoamericano: arrebatarle a los norteamericanos la hegemonía hemisférica, sino mundial (pero repetimos, es la generación completa lo importante, no el líder).

Mas la aspiración excede con mucho las capacidades de la Nación y sobre todo del suelo o el subsuelo sobre el que se asienta. Tras una década homérica, quienes en definitiva respaldan económicamente el sueño, los soviéticos, dan claros signos de no estar dispuestos a seguir haciéndolo; en primer lugar porque tal sueño va a contrapelo de sus propios planes para el Tercer Mundo. La euforia, por otra parte, termina por agotar los espíritus a la vez que los cuerpos se descubren viviendo en 1971 peor que en 1957.

Ante la élite, y por sobre todo el líder, que se ha hecho poco a poco con el poder absoluto, al haber aceptado seguir a la generación de los sesentas en sus sueños de situar a la Nación dentro del exclusivo grupo de las alfas, se alza entonces la necesidad de solucionar un problema, si es que quieren seguir detentando ese poder absoluto: satisfacer las aspiraciones de mejorías tangibles de la población, lo que solo es posible si los soviéticos no retiran su apoyo; es más, si aceptan llevarlo a escalas superiores. Y como nada quiere más esa élite, por sobre todo Fidel Castro, que seguir en tan privilegiadas posiciones de grandes machos alfas de la manada nacional, se pondrán a la obra.

Así, entre esa aceptación de Fidel Castro del derecho de intervención soviético en el verano de 1968, y su visita de dos meses a la URSS en el otoño de 1972, durante la cual obtiene los increíbles Acuerdos Económico-Financieros de 23 de diciembre por cansancio (al parecer Brezhnev temió se le fuera a quedar por allá, pidiera ciudadanía y luego intentara desplazarlo del poder), se estructurará una nueva política exterior cubana. Una política exterior que aunque destinada a lograr específicamente el aumento del subsidio soviético, imprescindible para contentar a los cuerpos de los seguidores, ya en esencia ha sido pensada lo suficientemente abstracta para poder ser utilizada en cualquier nueva situación: A partir de las navidades de 1972 la Cuba de Fidel reciclará lo que en definitiva había sido el deseo de ser reconocida como igual a los EEUU, en un burdo antiamericanismo, y en un capital. Capital altamente productivo que Fidel Castro sabrá explotar a la perfección y que en esencia consiste en presentarse como el privilegiado aliado de cualquier enemigo de los EEUU dispuesto a subsidiar toda nuestra economía de despilfarro.

Mas tal modelo de política exterior que tan bien funcionaba durante la Guerra Fría, y que le permitirá a la Nación vivir unos años como los ochentas de relativa, y por sobre todo igualitaria prosperidad, ya no lo hará tan bien a partir de 1989, a pesar de los malabares de diplomáticos de Fidel Castro, de las payasadas fuera de lugar de su hermano, cantándole nada menos que canciones maoístas a seguidores de Deng Xioping, o de la afortunada, y bien ayudada por el G-2, aparición de un Hugo Chávez.

Y todo porque tal modelo para ser en definitiva útil requiere que se cumplan un grupo de condiciones: (1) Una superpotencia mundial, pero no en teoría ni a nivel de discurso mediático, sino en lo concreto de su poderío, (2) que tenga absoluta voluntad de dominio más que regional, mundial, y que por tanto este dispuesta, al no sentir mucho interés por insertarse en el actual orden político-económico internacional, a obviar cualquier consideración de racionalidad económica por tal de mantener un molesto enclave de confrontación a menos de 90 millas del actual líder de ese orden mundial, y por último (3), que dicha confrontación, y a pesar de sí misma, se mantenga en el tiempo de manera estable, ya que solo así podríamos sacarle real provecho.

Condiciones que es evidente no se cumplen hoy, ni por lo que parece en un futuro mediato en que China no parece dispuesta a cuestionar el actual orden político-económico-financiero, y en el que una Rusia que decrece demográficamente a niveles catastróficos no da muestras de poder convertirse en algo más de lo que ya es: un suministrador de materias primas o de productos industriales de bajo agregado tecnológico.

Guerrilleros de las FARC disfrutan de las costas de Cuba

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